Capítulo 11

1667 Words
Manada Pure Blood No hubo un solo día más para mí. Las semanas, tal vez los meses, se deslizaban como sombras, borrando la noción del tiempo. Mi lobo, Xander, estaba devastado, solo, y su corazón se sentía traicionado. Le prometí un día más con ella, con nuestra compañera, pero la arranqué de mi vida de raíz, como un maldito imbécil. Sin embargo, había algo que me perseguía. Algo que necesitaba descubrir, aunque me destrozara en el proceso. ¿Es ella era hermana de mi Sara? Ruego a la luna que no lo sea. Porque todo este tiempo he estado agonizando por la ausencia de Sara, y aunque mi amor por ella sigue intacto, lo que siento por Ayla es algo mucho más grande. Mi lobo la llama, la necesita, y su ausencia nos consume. Me siento una basura por permitir que este deseo crezca. Debí haberla dejado con Aaron, o haberla dejado morir sola en algún rincón olvidado del mundo. "Sara es la muerta, enterrada. Sus restos probablemente ya no existan. Me quitaste la segunda oprtunidad de Luna y la condenaste al infierno. Eres un cobarde," me recrimina, Xander, con amargura en su voz. Me he condenado a mí mismo, y soy consciente de ello. Vivo con el miedo de perderla, de tener que aceptar lo que siento. Cada día me está matando un poco más. Cuando estoy con ella me descontrolo, pero al estar solo, la culpa me cae. —Hermano, ¿todo bien? —la voz de Ares me saca de mis pensamientos. Alzo la vista, y veo a los chicos que llamé para discutir sobre... esa mujer. Mi compañera. —¿Cómo está ella? —mi voz suena más áspera de lo que quisiera. Aaron frunce el ceño, su expresión mezcla confusión y molestia. —¿Qué? ¿Ahora sí te afectan las hormonas de la súcubo? —lanza con sarcasmo. —¿Es que no puedes ni mencionar su nombre? —suspiro frustrado. Aaron, que ya está acostumbrado a mis cambios de humor, no muestra sorpresa. Sus palabras no me golpean. —Mira, si esto sigue así, prefiero llevarme a Ayla. Tendría a su hermano, y tal vez la haga niñera de los demonios que quiero poner bajo mi control —dice, Aaron, se levanta y me mira con seriedad, su mirada ya no es una broma. —Aaron, no estoy para juegos. Quiero saber cómo está ella, sin tu sarcasmo ni amenazas —me levanto de mi silla, golpeando el escritorio con más fuerza de la que esperaba. —Yo estoy cansado de tu indecisión —la dureza de su mirada hace que me quede callado, algo en mi pecho duele—. Mi súcubo sufre por estar atrapada en la tierra, y a los cielos no llegará, pero eso no significa que permitiré que tú la hagas sufrir aún más. —¿Quién te dijo que Ayla necesita un demonio como guardián? —me planto frente a él, mi furia subiendo de tono—. ¡Ella es mía, Aaron! No te acerques a ella. ¡No la toques! —Siempre es lo mismo con ustedes —responde, exasperado. Aaron suspira y se aleja un paso. No deja de mirarme con esa mezcla de burla y preocupación. —Mira, Velkan, no soy tu terapeuta. Pero eres mi mejor amigo, y j***r, ¿qué más puedo decirte? —su tono es sincero, pero cargado de frustración. —Soy el hermano mayor, y no soy un buen ejemplo. He rechazado a mi compañera mil veces, soy un maldito egoísta, y no la dejo ir —habla, Ares, las emociones estaban a flor de piel—. Si está contigo la condenas a la miseria, pero si está sin ti, te condenas, porque sientes que le fallaste a Sara. —Ares... Mi voz se ahoga al final, la frustración se apodera de mí mientras me paso las manos por la cara. Me dirijo al mini bar en busca de una botella de whisky, buscando ahogar mis pensamientos. La bebida se ha vuelto mi única compañera. —Ayla no tiene paz desde que llegó a la tierra, Velkan —la voz de Aaron corta el silencio—. Ella no puede tener paz, es un ángel caído. Y mientras tú sigas en esta maldita indecisión, seguirá siendo mi súcubo, acosada por otros demonios que quieren estar bien conmigo. —Yo la marqué, eso es suficiente para que nadie se le acerque —gruño, apretando los puños. —No es suficiente, no tiene tu olor en su cuerpo. Para los demás demonios, Ayla sigue siendo un hermoso ángel caído, atrapada en su condena —Aaron no oculta su preocupación, y eso me golpea más de lo que quiero admitir. Mierda. —¿Pueden ser honestos conmigo, chicos? —mi voz sale cargada de desesperación mientras tomo un trago directo de la botella, sin querer escuchar más de lo que ya me ha dicho. —Estás hormonal —Aaron se queja, pero el tono de su voz es algo que no había oído antes: genuina preocupación—. Velkan, no soy un lobo, y mis emociones no me hacen flaquear como a ti, pero debes admitirlo, hermano. Ambos están atrapados en este círculo. No puedes vivir para siempre en la oscuridad. Guardamos silencio. Esos minutos se sienten como horas. —Solo debes aceptar que los tiempos cambian. Sara partió hace más de cien años. Y la Diosa Luna te ha dado una segunda oportunidad de compañera —Aaron ladea la cabeza, su voz es tranquila, pero con la certeza de alguien que ha vivido la misma lucha—. Y lo vuelvo a repetir, no soy un lobo, y mis emociones no me hacen flaquear como a ti, pero debes admitirlo, Velkan. Ambos han sufrido y merecen la oportunidad de ser felices. Mi cabeza da vueltas, pero por fin, las palabras salen. —Quiero ver a mi compañera... quiero a mi Luna. Y quiero ser feliz con ella. La quiero hacer mía para siempre, y demostrarle que el mundo no tiene que ser la mierda que ella vive —el peso se aligera un poco. Lo dije. Finalmente lo dije. Siempre amaré a Sara, pero lo que siento por Ayla es real, y aunque nunca reemplazará lo que fui con Sara, ahora mismo, mis sentimientos por Ayla son más fuertes, son diferentes, y no voy a huir de ellos. Sara, tú fuiste mi principio. La mujer por la que lloré y la que amé. Pero ahora, debo dejarte ir, una vez más. Y esta vez, es para siempre. ☆☆☆ Horas después, en la academia de ballet, en un salón la vi. Allí estaba ella, su cuerpo vibrante de energía, su rostro serio pero lleno de una fuerza innegable. Ayla bailaba, como si el mundo se hubiera detenido solo para escuchar sus movimientos. Mi mirada no podía apartarse de ella, como si su sola presencia me hipnotizara. Mis piernas se movieron por voluntad propia, acercándome, sin pensar en las consecuencias. ¿Cuánto tiempo más podría estar observándola? La respuesta era simple: no podía seguir resistiéndome. "Simplemente hermosa", dijo, Xander, y mi pecho se apretó al darme cuenta de lo que estaba sintiendo. Era más que atracción. Era una necesidad brutal, un deseo imposible de ignorar. Quería poseer a mi amada compañera. A medida que me acercaba, ella me vio. Sus ojos se clavaron en los míos, desafiantes y cautivadores, pero con algo más... algo que no pude identificar al principio. Mi respiración se aceleró. —¿Cuánto tiempo más seguirás mirándome? Si sigues actuando así, puedo llamar a la policía —su voz, estaba cargada de sarcasmo, me sacó de mi trance. Sonreí, pero no pude evitar que mi mirada se volviera más intensa—. ¿Qué haces aquí? —su tono era casi desafiante, pero había algo en su mirada que no me dejó escapar. —Mi sobrina, Valentina, me dijo que eras el espectáculo de esta noche. Y no se equivocó... —contesté, acercándome lentamente a ella. —¿En serio? ¿Eso es todo? —respondió con una sonrisa irónica, pero su cuerpo ya estaba más cerca del mío, casi como si buscara una cercanía inevitable. Mi pulso se aceleró. La tensión entre nosotros era palpable. Sus labios estaban tan cerca de los míos que podía sentir su aliento cálido, entrecortado por la música que aún sonaba a nuestro alrededor. —¿Por qué no te acercas más, entonces? —susurró, su voz era un desafío, una invitación y sus ojos eran oscuros. Un hermoso pecado. El lobo dentro de mí rugió. No podía más. La rodeé con mis brazos, mi rostro casi pegado al suyo. El deseo me quemaba, pero también había algo más, una conexión que nunca había experimentado. Ella no se apartó. Al contrario, sus manos encontraron mi cuello, y en el instante en que sus labios rozaron los míos, supe que no había vuelta atrás. La besé con toda la desesperación que llevaba acumulada. Fue un beso cargado de deseo, de años de soledad y de una conexión rota que finalmente se sellaba. Ayla me correspondió, su boca sobre la mía era un mundo completamente diferente, un refugio al que mi alma ya no quería escapar. El fuego entre nosotros creció, envolviéndonos en una pasión que parecía consumirnos. Cuando nos separaron, nuestras respiraciones eran entrecortadas. Ayla me miró, su mirada ahora más suave, más vulnerable. —Esto no está bien, Velkan —dijo, pero no se apartó. —¿Qué importa lo que esté bien o mal? —le respondí, mi voz cargada de certeza—. Lo único que sé es que no puedo dejarte ir. Su rostro mostró un leve miedo, pero también una chispa de aceptación. Era solo el comienzo, y yo sabía que mi vida ya no sería la misma. Ni la suya. Pero lo que importaba, lo que realmente importaba, era que ahora éramos dos almas perdidas que se encontraban en medio de la oscuridad.
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