La besé, lenta y profundamente, como si fuera lo único que pudiera hacer para calmar la tormenta en mi interior.
El mundo desapareció a su alrededor. No había nada más que sus labios contra los míos, su aliento, su suavidad. Al principio, ella estaba tensa, sin saber cómo reaccionar, pero yo la guiaba con suavidad, como si cada movimiento fuera una promesa. Mis manos acariciaban su rostro, y la sentí empezar a relajarse, permitiéndome profundizar el beso. El deseo crecía en mí, pero lo controlaba con dificultad, sabiendo que no podía apresurarlo.
Su sabor era adictivo, dulzón y cálido, pero lo que más me encendió fue lo que emanaba de ella. Algo más allá de su simple humanidad, algo que aún no comprendía completamente, pero que mi lobo interior sentía con una intensidad que me sorprendía.
—Si te incomoda, puedo detenerme —murmuré contra sus labios, pero la necesidad en mi voz era inconfundible.
Ella suspiró, y eso me hizo sonreír en su boca, sintiendo cómo su cuerpo comenzaba a moverse con más naturalidad. La atraje más cerca, mis manos bajando por sus caderas hasta posarse sobre su espalda, sintiendo la calidez de su cuerpo y el roce de su piel contra la mía. No había dudas ahora, no había reticencia en ella. Nos entendíamos en silencio, como si nuestra conexión fuera más profunda que cualquier palabra.
—No... no quiero que te detengas —dijo entre susurros, con la voz temblorosa.
Sentí un calor recorrer mi cuerpo al escucharla, y algo salvaje y primal se encendió en mis venas. Mi lobo quería más. Quería reclamarla, marcarla como mía de una manera que fuera imposible de borrar. Pero no era el momento.
Acaricié su cuello, bajando por su línea de mandíbula hasta que mis labios encontraron la curva delicada de su cuello. Ahí, sentí lo que mi lobo había anticipado. Su marca. La misma que había dejado sobre ella, y que ahora parecía llamarme, como si todo en ella estuviera pidiendo que la reclamara una vez más. Pero no podía contenerme.
Mis colmillos aparecieron sin previo aviso, y me incliné sobre ella, mordiendo su marca suavemente, sintiendo la vibración de su cuerpo bajo la presión de mis dientes. Era una caricia, pero también una posesión. Mi lobo rugió en mi pecho, reconociendo lo que estaba ocurriendo.
—¡Duele! —gemía, pero su tono no era de angustia, sino de algo más. Algo que me dijo que no era solo el dolor lo que la hacía reaccionar así, sino el placer inesperado que surgía de esa mordida.
La aroma de su sangre, el perfume inconfundible de su esencia, me envolvió. Era adictivo. La mordí un poco más profundo, reclamando lo que era mío. La marca que había dejado sobre ella se volvió más intensa, más pronunciada. Sabía que a partir de este momento, nada entre nosotros sería lo mismo. El vínculo se fortalecía, y con él, el deseo que compartíamos.
—Mía, mía, mía —susurré entre sus labios, mi voz cargada de necesidad.
Cada palabra se sintió como una sentencia, como si mi cuerpo, mi lobo, no pudiera dejar de repetirlo. La abracé más fuerte, mis manos moviéndose con hambre por su piel. No podía detenerme. No quería.
El suspiro de Ayla me hizo darme cuenta de cuán desesperado me había vuelto por ella. Sus manos temblorosas rozaron mi pecho, y su aliento caliente chocó contra mi piel, lo que solo avivó la llama en mi interior. La besé de nuevo, con más fuerza, más pasión, más desesperación.
—Te quiero —le susurré contra sus labios, mientras mi cuerpo se alineaba con el suyo, presionándola suavemente contra el sofá.
—Velkan... —dijo, su voz temblando, pero con una chispa de fuego. Y eso fue lo que me encendió aún más. Ella no era débil. Sabía lo que quería.
Mis manos viajaron hacia su cuello, sintiendo la suavidad de su piel, mientras mis labios bajaban nuevamente, recorriendo su piel, hundiéndome más profundamente en ella. No podía separarme. No podía dejar de tocarla, de besarla, de marcarla. Mi lobo estaba en su máximo, reclamando su luna.
—Huele tan bien... —dije con una ronquera en mi voz, mientras mis colmillos rozaban su piel nuevamente, buscando ese punto exacto donde la esencia de su marca se intensificaba.
Mi nariz se hundió en la suavidad de su cuello, aspirando el dulce aroma de su sangre, el olor único que solo ella tenía. Me estaba volviendo loco. Mi lobo quería hundir los colmillos más profundamente, más allá de cualquier límite, para hacerla suya por completo.
—¿Te huele? —preguntó, su voz suave, pero su respiración agitada, lo que me dijo que sentía lo mismo que yo.
Asentí, sin separarme de ella, mis labios posándose una vez más sobre su marca, dejándola sentir la intensidad de lo que se había desencadenado entre nosotros.
—Lo siento, Ayla... —mi voz era más suave ahora, pero las palabras salían rasposas, como si mi lobo no pudiera esperar más—. Te necesito. Te quiero completamente. Eres mía.
Ella no dijo nada más, pero su cuerpo respondió. Su cadera se presionó contra la mía, y pude sentir el deseo encenderse en sus venas también. La marca, su esencia, su alma... todo me llamaba, me arrastraba a un lugar de pura necesidad y conexión.
—No quiero que termine... —murmuró, sus ojos brillando con un fuego que correspondía al mío.
Mi lobo gruñó en mi pecho, ansioso por reclamarla, pero antes de que pudiera decir más, la escuché nuevamente.
—Eres un lobo... —su respiración se volvió más errática, más desesperada, mirando a mis ojos.
Y eso fue todo lo que necesité escuchar para detenerme.
—Soy el Alfa de la manada Pure Blood. El último Alfa de sangre pura —admití—. Y tú eres mi compañera, Ayla. Eres la Luna de mi manada.
Ella se quedó en silencio por un momento, pensando las cosas. Su mirada nunca dejó la mía, y formando una sonrisa, habló;
—Después de todo, terminé estando con un hombre viejo... aunque no eres humano —contestó, haciéndome sentir aliviado—. Los sueños que he tenido, al parecer no son del todo mentiras. Solo que Aaron, me asusta cuando aparece y me muestra cosas...
—Ayla... —gruño.
—Debo ir a tomar mis clases. Nos vemos después, Alfa —eso lo dijo tan jodidamente sexy.
Me dió un último beso y antes de irse, la detuve.
El aire estaba cargado de deseo, eléctrico, como si el mismo universo contuviera el aliento. Ayla jadeaba entre mis brazos, temblando, sus pupilas dilatadas, su piel encendida bajo mis caricias. La había empujado suavemente contra la pared antes de que sus rodillas cedieran, y ahora estábamos en el suelo, sobre el frío de la madera, que apenas se sentía entre el calor que nos devoraba.
—Velkan... —susurró mi nombre con un gemido entrecortado, su voz cargada de anhelo y miedo.
Mis labios encontraron los suyos, hambrientos, reclamándola con un beso profundo, desesperado, que arrancó un sonido gutural de su garganta. Las manos de Ayla se enredaron en mi cabello, tirando de él con fuerza, mientras mis dedos se deslizaban por su cintura, ascendían por su espalda, dejando un rastro de fuego sobre su piel.
La besé en el cuello, en la clavícula, escuchando cómo su respiración se quebraba, cómo su cuerpo se arqueaba hacia mí, ofreciéndose sin reservas.
—Eres mía —gruñí junto a su oído—. Desde siempre. Y esta noche... lo serás por completo.
Ayla tembló bajo mí, su piel erizada, su cuerpo encendido, vulnerable y dispuesto. La acomodé suavemente en el suelo, cubriéndola con mi cuerpo, sintiendo el latido frenético de su corazón golpear contra el mío.
—Velkan... por favor... —su voz se quebró en un jadeo, y su súplica me rompió la poca contención que me quedaba.
Mis colmillos se alargaron, el instinto reclamando lo que era mío por derecho. La besé una vez más, largo, profundo, mientras me alineaba con ella, mientras mis manos acariciaban sus caderas, temblorosas. La penetré con lentitud, sintiendo el gemido agudo de Ayla mezclarse con mi propio gruñido ahogado. Sus uñas arañaron mi espalda, sus piernas me rodearon con fuerza, su cuerpo tembló al recibirme por completo.
Y en el clímax de ese instante, cuando su nombre estalló en mis labios, hundí mis colmillos en su cuello, justo en el hueco donde el pulso latía frenético. El sabor de su sangre, dulce, cálido, me inundó los sentidos. La sentí rendirse bajo mí, estremecerse, romperse en un gemido que era placer y dolor al mismo tiempo.
La marca ardió entre nosotros, sellándonos, atándonos de un modo ancestral. Ayla se arqueó, un grito ahogado escapó de su garganta, y su cuerpo se quebró en una oleada de placer abrumador.
—Mía... —murmuré, lamiendo la herida que cerraba lentamente bajo mi boca—. Para siempre. Te amo...
Sus lágrimas brillaron en sus pestañas, una mezcla de amor, entrega y estremecimiento.
—Velkan... te amo... —susurró, apenas audible, mientras su cuerpo temblaba entre mis brazos.
La abracé con fuerza, cubriéndola, protegiéndola, sintiendo cómo su corazón latía al compás del mío, marcado por el mismo destino.
Esa noche, en el suelo frío, bajo la luna que nos vigilaba, Ayla se convirtió en mi compañera. Y yo, en el hombre que jamás volvería a dejarla ir.
El vínculo de compañeros estaba completo y se había instalado en nuestros corazones para siempre.
Amaba a mi segunda oportunidad de compañera. Amaba a mi Luna y ella a mí.
Gracias, Diosa Luna.
Xander, es tu turno.