La observé en silencio, intentando desentrañar lo que ocultaba detrás de esos ojos llenos de tormentas. Quería escucharla, sí, pero más aún quería arrancar de su mente todo lo que callaba. ¿Era posible que mi Sara fuera esa hermana cruel de la que hablaban?
Busqué a Aaron con la mirada, esperando alguna señal, alguna explicación. Pero él solo se encogió de hombros, divertido, indicándome que dejara de distraerme.
—Ayla, ¿qué nos puedes contar de tu hermana? —pregunté al fin, intentando mantener la voz calmada, aunque por dentro ardía el deseo de escuchar que todo había sido un malentendido por ese nombre.
—No es mala... solo... las cosas se complicaron —susurró, bajando la mirada—. Parker tiende a exagerar.
—¿Exagerar? —escupió su hermano, cruzándose de brazos con amargura—. ¿Eso es lo que vas a decir ahora? ¿Otra vez vas a protegerla? ¿Cuándo vas a despertar, Ayla?
Ella se estremeció por la manera en la que le habló. Me acerqué, posando una mano en su brazo, pero ella pareció encogerse más.
—No todo es como lo ves, Parker. Hay cosas que Sara no eligió. Y cosas... cosas que yo tampoco pude evitar.
—¿Como qué? —la interrumpió él, cargado de reproche—. Eres la única que siempre carga con todo, que siempre paga los platos rotos, que se deja pisotear para que nadie más salga herido. Pero afuera, eres un huracán. En el escenario, en la vida, en el trabajo, deslumbras. ¿Por qué no puedes ser esa mujer cuando se trata de nosotros?
Vi a Ayla morderse el labio, para contener el temblor en sus manos. Sentía el dolor de mi compañera en el pecho.
—No lo entenderías —murmuró, su voz apenas se escuchó—. No es tan fácil cuando toda tu familia teme lo que podrías hacer. Cuando te miran como si fueras un error a punto de estallar. Cuando hubiera sido más sencillo nunca haber despertado...
Se apartó hacia la ventana, recibiendo la ráfaga helada de la noche.
—Sara tenía opciones, tú no —sentenció Parker, mirándola como si intentara romperla en mil pedazos con las palabras—. Tú quedaste atrapada en los escombros de lo que ella destruyó.
—No sabes lo que dices, Parker —Ayla negó con la cabeza, con una risa quebrada escapando de sus labios—. Ni siquiera sabes bien lo que ocurrió...
—¡Yo lo recuerdo todo! —explotó él, su voz quebrándose—. Recuerdo cada caída, cada desprecio. Recuerdo cómo Sara convirtió tu vida en un campo minado.
Ayla soltó una carcajada rota, seca, y en sus ojos brilló algo oscuro.
—¿Eso quieres? ¿Que lo diga? ¿Que confiese que siempre fui la sombra? ¿Que me lo tragué todo en silencio porque ella siempre brillaba? No, Parker. No voy a darte ese espectáculo.
Un trueno retumbó en la distancia, y por un instante todo pareció contener el aliento.
—Yo lo haría todo por ti, Parker. Por ti, no por ella. Pero no puedo odiarla. No sé odiarla. Nunca lo supe —su voz se quebró en un susurro.
Parker avanzó un paso, los puños tensos a los costados.
—No es odio lo que quiero, Ayla. Quiero que dejes de mentirte. Quiero que dejes de cargar un infierno que no te pertenece.
La última bombilla chisporroteó y se apagó, dejando la habitación sumida en penumbras. Ayla se dejó caer al suelo, con las manos temblorosas cubriéndose el rostro.
Corrí hacia ella. Aaron murmuró algo, pero para mí, su voz fue como un eco lejano.
—Ayla, mírame —le rogué, sosteniendo su rostro entre mis manos—. Estás aquí. Estás viva. Todo lo demás... son solo palabras.
—Estoy... —su mirada, llena de miedo, me atravesó—. ¿Estoy viva?
—Claro que sí —musité, acariciando su mejilla—. Te lo juro. Ese bonito corazón late muy bien.
Parker soltó una carcajada amarga detrás de mí.
—Bonito discurso —escupió—. Pero tarde o temprano, la verdad siempre sale.
No pude contener el gruñido que escapó de mi garganta. En un instante lo tenía contra la pared, los dedos cerrándose alrededor de su cuello. Ayla gritó mi nombre, su voz fue un rayo que me partió en dos.
—¡No! ¡Por favor! —su súplica me atravesó más que cualquier golpe.
—No dejaré que nadie te haga daño —le prometí, con el pulso en llamas—. Ni siquiera él.
Ayla se derrumbó en el suelo, sollozando. Y entonces lo dijo, con un susurro quebrado que me heló la sangre:
—Eres... diferente. No eres humano.
Mi respiración se cortó un segundo.
—No sabes de qué hablas, Ayla.
—Claro que lo sé —levantó la cabeza, sus ojos empañados y brillantes—. Ahora lo entiendo. Nunca estuve sola entre monstruos.
El silencio se hizo tan denso que casi podía palparse. Parker respiraba agitado contra la pared, mi mano todavía a medio camino entre soltarlo o destrozarlo. Ayla, en el suelo, temblaba como una hoja, y sus palabras flotaban en el aire, un cuchillo que acababa de abrir una herida que ninguno de nosotros sabía cómo cerrar.
—Nunca estuve sola entre monstruos —repitió, como si estuviera probando el sabor amargo de esa verdad.
Mi agarre sobre Parker cedió de golpe. Él resbaló por la pared, jadeando, pero no dijo nada. Ni un insulto. Ni una amenaza. Por primera vez en tanto rato, parecía haberse quedado sin armas.
Me giré hacia ella. Ayla. Esa mujer que había aparecido en mi vida como una tormenta suave, como un susurro capaz de destruir muros.
Y se convitió en todo mi centro.
—¿Qué es lo que crees saber, Ayla? —mi voz sonaba más grave de lo que pretendía.
—Lo suficiente —musitó, incorporándose de rodillas, con una calma tan frágil que dolía—. Lo vi en mis sueños mucho antes de que tú lo supieras. Lo sentí en la piel, en cada palabra que no decías.
Se levantó despacio, sacudiéndose las manos. La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando líneas plateadas sobre su rostro, haciéndola parecer más etérea, más irreal.
—He vivido rodeada de secretos, Velkan —susurró, usando mi nombre como si acariciara un arma cargada—. Creí que lo había visto todo con Sara. Que no había nada peor. Pero entonces llegaste tú. Y me di cuenta de que había monstruos que no rugían... que simplemente miraban. Como tú.
Me quedé quieto, como si de repente mi cuerpo entendiera que cualquier movimiento podía romperla.
—Si supieras quién soy de verdad, Ayla... —empecé, pero ella alzó la mano, deteniéndome.
—No necesito saberlo todo —dijo, con una sonrisa rota—. Ya lo sé. Lo supe desde que me miraste por primera vez como si yo fuera algo que no podías tener... algo que querías proteger y destruir al mismo tiempo.
Un golpe seco nos interrumpió. Parker, que había recuperado el aliento, pateó la pared con furia.
—¡Basta, Ayla! ¡No le des más espacio en tu cabeza! ¡No después de todo lo que hemos pasado!
Ella se volvió hacia él, con una expresión que me arrancó el aire de los pulmones: una mezcla de ternura y cansancio infinito.
—¿Sabes qué es lo peor de los monstruos, Parker? —preguntó, con la voz apenas un hilo—. Que a veces no quieren devorarte. A veces solo quieren que los mires como si fueran humanos.
Me acerqué, despacio. Temí tocarla, temí que se rompiera en mil pedazos entre mis manos.
—Ayla —dije, casi en un susurro—. No soy el enemigo aquí.
Ella me miró, largamente, y por un segundo creí ver un destello de algo más profundo en su mirada.
—No —admitió—. Pero tampoco eres el héroe.
Las palabras me atravesaron como un dardo envenenado. Cerré los ojos un momento, respirando hondo.
—Te protegeré, Ayla. Aunque no me creas ahora.
Ella asintió apenas, los labios le temblaban, antes de volverse hacia Parker.
—Vamos a casa —dijo con suavidad.
Pero cuando intentó caminar, sus piernas flaquearon. Corrí a sostenerla antes de que cayera, y por un instante, solo por un instante, se dejó abrazar.
—Estás ardiendo en fiebre —murmuré, sintiendo su frente helada contra mi cuello.
—Estoy cansada —musitó—. Cansada de huir, de pelear, de ser la sombra de alguien.
La apreté un poco más fuerte, como si pudiera sellar todas las grietas de su cuerpo con mis brazos.
—No más sombras, Ayla —le prometí en voz baja—. No mientras yo esté aquí.
Parker gruñó por lo bajo, pero no se acercó. Sabía que había perdido esa pelea, al menos por ahora.
Mientras la levantaba en brazos, Ayla apoyó la cabeza en mi pecho, murmurando apenas audible:
—Velkan... ¿alguna vez tuviste miedo de lo que eres?
Me detuve en seco, tragando el nudo en mi garganta.
—Cada maldita noche, Ayla —susurré al fin.
Y salimos de allí, dejando atrás un silencio lleno de preguntas que ninguno estaba listo para responder. En el camino miré a Mara y ella rápidamente actuó.
Unos minutos después, lo que Ayla vivió, lo dibujó como un sueño.
—Oye, Velkan —me detengo y miro a Mara—. Su mente divagaba en los recuerdos de su hermana... y no puedo borrar su memoria otra vez. Voy a dañar la mente de nuestra Luna si sigues así. La verdad será por sueños, para que no nos tema.
—Gracias, Mara.
Un día más y asumimos nuestra realidad como venga.