—Parker, nada —dice, con dureza, girándome hacia la chica, observo lo que pasa—. Ayla, me das lástima. Y odio sentir eso. Porque mi deber es sacarte del infierno en el que estamos... pero lo único que puedo ofrecerte es el ballet.
—Lo siento —murmura ella, apenas audible.
—Tu problema es que eres demasiado sumisa con esta mierda de familia. Saca las garras, Ayla. Deja de dar lástima. No dejes que te pisoteen. Muestra quién eres realmente.
Parker nos dirige la mirada desde el otro lado de la habitación, ladeando la cabeza. Esa sonrisa torcida… es la misma de Aaron. Ese mocoso no está haciendo nada bueno. Aaron lo buscará tarde o temprano.
«Parker, tu aura está siendo dominada por un demonio que solo quiere divertirse», pensé.
—Voy a salir. Vean por ella. Y si ven algo extraño —mira a su hermana—, ignoren al viejo borracho que nos tocó como padre.
—Parker...
—Ayla, disfruta del infierno al que decidiste regresar —dice, mientras se encamina a la puerta—. Hubiese sido mejor que nunca despertaras. Era más sencillo verte moribunda en una cama, que viva, sin memoria, siendo una inútil en casa y una hermosa bailarina en la academia.
Cierra la puerta con violencia. La pelirroja suspira y se pone a recoger la casa. Nos ofrece asiento antes de desaparecer por un pasillo. Observo el lugar. Está casi vacío y me sorprende, porque vive en un lugar de lujo.
—¿No estaba la madre aquí? —murmuro.
—Parece que la chica tiene problemas con su vida. Su apariencia es completamente diferente a su realidad —dice Ares, con tono neutral.
—Como si la tuya o la mía fueran mejores —frunzo el ceño—. Esa mujer... huele a sangre. Y no es una fragancia común. Hice bien en rechazarla como mi compañera.
Ares me mira, pero no dice nada. Siempre ha sido así: callado, discreto. Un mal hermano porque nunca apoya mis decisiones.
☆☆☆
Ares se quedó en un rincón, distraído con su celular. Vaya moral tiene… habla mucho de mí, pero él no se ve en el espejo. No acepta a su compañera desde hace años. Solo hace sufrir a su lobo. Por suerte, Valentina todavía es pequeña y no sabe nada sobre las decisiones de su padre.
—Ouch —me quejo cuando la mujer presiona la gasa con alcohol sobre mi herida—. Podrías ser más delicada. Soy de piel sensible y si no querías tratar mis heridas, podías haberme echado.
—Debo estar pagando algún castigo —responde, molesta—. Dos veces en un mismo día contigo. Un récord en desgracias.
Su olor a sangre me desconcierta.
—Trátame bien, quizás me apiade de ti —le digo, mirándola fijamente cuando acerca la gasa a mi rostro—. ¿Eres mi doctora?
—Trabajo social. Ayudo a la gente miserable. Me encanta —sonríe con ironía—. Pero el dinero no alcanza, así que tengo otro trabajo.
No sonrías así… me haces dudar de si levantar el muro o dejarlo caer.
—Entonces no eres médico —la provoco. Ella me lanza una mirada gélida—. No te pedí explicaciones. Eres tú la que me busca conversación.
—Estás en mi casa —detiene la cura y señala la puerta—. Puedes largarte cuando quieras. Te vas con tu hermano.
—Qué sensible —me levanto—. Ares, vámonos. Esta mujer tiene menos modales que un demonio.
—¿Es en serio? —protesta.
Río. Su furia es deliciosa.
—Me alegra hacerte reír, pero mi vida ya es suficientemente complicada como para aguantarte. Vete a jugar al perro sin dueño y herido con otra. Conmigo se acabó el servicio comunitario.
—Necesitas algo dulce. Quizá se te pase el mal humor —le lanzo una última sonrisa burlona—. Bonita vida, extraña.
—Lo que sea —responde, fastidiada.
Ares abre la puerta… y ahí está.
Aaron.
Sus ojos son completamente negros. Las alas del mismo color aletean, lanzándonos a ambos contra la pared con violencia.
—Hola, íncubo —dice con una voz cavernosa—. Al fin te encuentro. Es hora de pagar por tus pecados.
La mujer estaba paralizada, ojos desorbitados. Intenta correr, pero Aaron es más rápido. La atrapa del cuello y la empuja contra la pared.
—No vas a ninguna parte. Eres mía… íncubo. Hueles... delicioso.
Me levanto con rapidez. Lo tomo del brazo y lo aparto con furia.
—¡Aaron, ella es mía! —gruño, sintiendo a mi lobo rugir por dentro—. ¡Es mi compañera! ¡No la vuelvas a tocar!
Lo lanzo contra la pared. Mis colmillos y garras ya están afuera. Aaron se levanta riendo.
—Es mi íncubo. Su pureza me pertenece. Ella pecó y me invocó. Debe pagar las consecuencias.
—¡Es mía, maldito demonio! —grito, tomando el cuerpo inconsciente de la pelirroja—. Yo, Alfa de la manada Pure Blood, reclamo a mi compañera y Luna: Ayla.
La luz brilla dentro del departamento. Ares se arrodilla. A lo lejos, los lobos de la ciudad aúllan al unísono.
—Toca a mi compañera y te aniquilo, Aaron.
—Es un ángel caído. Tarde o temprano vendrá a mí —suspira—. No podías tener otra, ¿verdad? Tenías que escoger justo a mi íncubo. Velkan, está destinada al príncipe del Inframundo.
—Deja de llamarte príncipe —lo fulmino con la mirada—. Aunque seas el dueño del Inframundo, la protegeré con mi vida.
Aaron se ríe, pero algo en su expresión cambia.
—No está marcada —se burla.
Ares intenta llegar a Ayla, pero Aaron lo paraliza con un gesto. No. No se la llevará.
Le agarro las alas negras, lo obligo a mirarme y clavo mis garras en su pecho. Él hace lo mismo, pero tengo más energía. Más rabia. Más amor.
Al fin tenía a mi compañera.
—¡Mía! —la reclamo de nuevo, al tomarla entre mis brazos—. Nadie más que yo tiene derecho sobre ti, mi Luna.
Clavo mis colmillos en su cuello. Ella se queja, me rasguña, susurra algo en un idioma extraño y me aparta. Sus ojos… son como los de Aaron y su piel, de porcelana. Parpadea lentamente y sonríe.
—Gracias… —acaricia mi rostro… y se desmaya.
Beso su frente.
Aaron se levanta, furioso. Pero Ares se interpone.
—Los perros metiches de mi íncubo —masculla Aaron—. Bien. Te la dejo. Pero es un ángel caído. Y pagará por sus pecados cuando yo lo diga.
—No la lastimes —lo advierto—. Ayla es mi compañera. Mi Luna.
—Ella tiene una deuda. Si se redime y vuelve a ser pura… podría sacarla de mi lista. Pero no te ilusiones —chasquea su cuello—. Aunque yo sea el rey del Inframundo, no soy tan compasivo.
—¿Qué hizo? ¿Por qué cayó? —pregunta, Ares.
—Se enamoró de mí y olvidó su misión como ángel guardián. Yo la corrompí. La obligué a desviar a su humano, a disfrutar del caos. Ella me invitó al cielo y eso fue su perdición.
—¿Y si recuerda? —pregunto, sintiendo un escalofrío.
Aaron sonríe con tristeza.
—Entonces, vendrá a mí. Y revivirá su infierno una y otra vez.