Velkan.
El dolor ya no me asustaba, de hecho, yo lo buscaba.
Cada noche salía con el propósito de encontrarlo, de provocarlo, de dejar que se enredara en mi carne hasta desgarrarlo. Porque era mejor sentir algo, aunque fuera punzante y crudo, a vivir con el vacío que ella había dejado.
Caminaba por las calles de Brașov como una sombra sin alma. El abrigo oscuro que llevaba apenas cubría las heridas abiertas en mi cuerpo, pero poco me importaba. Lo necesitaba así: expuesto, quebrado, jodidamente humano en su desgracia.
El humo del vodka barato aún ardía en mi garganta, mezclado con el sabor metálico de la sangre. No sabía si era mía o ajena. Me daba lo mismo. La luna, redonda y brillante, me observaba desde lo alto. Su luz era un recordatorio cruel de todo lo que había perdido. De lo que le habían arrancado.
Mi compañera.
Mi vida.
Mi alma gemela.
Había sido en mi cumpleaños número cuatrocientos. El día en que el consejo me proclamó el último Alfa de sangre pura. El día en que, por primera vez, pensé que tal vez, solo tal vez, la Diosa Luna no me odiaba. Que mis siglos de guerra, sacrificios y lealtad por fin serían recompensados.
Pero ella murió. Mi amada compañera me dejó solo.
Murió entre mis brazos, con la marca aun ardiendo en la piel, arrancada de este mundo por una traición que no supe ver venir. Y con su último aliento, se llevó toda la luz que quedaba en mí.
Desde entonces, solo quedaba restos de aquel lobo. No, mejor dicho. No quedaba nada más que un muerto en vida.
Cruel.
Amargado.
Indiferente.
Una risa gutural lo sacó de mis pensamientos. Estaba en un callejón. No recordaba cómo había llegado. Tres hombres se acercaban con pasos lentos, ojos oscuros y aliento apestoso. No eran humanos. No del todo. Había algo en su olor que me decía que no eran simples ladrones nocturnos.
—¿Tienes muerte en los ojos, amigo? —murmuró uno, sonriendo con dientes afilados—. Nos gusta eso.
Alzo la mirada, los ojos dorados brillando con una furia contenida.
—Solo si vienen a darme el final que necesito —susurro.
El primero se lanzó hacia mí. Yo no lo esquivé. Dejé que el puño me golpeara en la mandíbula y me hiciera girar. Sentí el sabor de la sangre, el crujir del hueso. Y por primera vez en semanas, sonreí.
Los otros dos vinieron después, rápidos, violentos. Pero yo también lo era. Más aún. Luché como si la muerte estuviera al otro lado del callejón, esperándome con los brazos abiertos. Las garras brotaron de mis manos, los ojos ardieron como fuego antiguo, y la bestia dentro de mí rugió con hambre.
Era un Alfa. Un monstruo. Un s*****a con poder.
El suelo se tiñó de sangre. Hombres caían. Costillas se rompían. Un aullido desgarrador retumbó en la noche.
Pero no bastó.
Uno de ellos logró clavarme una hoja de plata entre las costillas. Caí de rodillas, jadeando, sintiendo cómo el veneno se colaba por sus venas.
Agradecí el dolor.
Lo abracé.
—Vamos, Diosa Luna... —susurré al cielo mientras la oscuridad me envolvía—. Déjame ir con ella.
Pero la Diosa no respondió.
La calle quedó en silencio. Solo el eco de mi respiración entrecortada, mi cuerpo tendido en la entrada de una academia de ballet... y unos pasos suaves acercándose.
El destino aún no terminaba conmigo.
☆☆☆
Unas horas antes...
Recordar lo que sucedió hace muchos años se ha convertido en mi rutina diaria. Como si no tuviera otra opción. Los recuerdos me atormentan, me arrastran hacia una espiral interminable de dolor y desesperanza. La vida que llevo hoy es la consecuencia de un destino cruel. Pensé que, por fin, el mundo me sonreiría, que mis acciones serían recompensadas, pero la Diosa Luna se encargó de arrebatarme todo lo que alguna vez amé.
La única mujer que alguna vez me hizo sentir vivo, mi Luna, mi compañera... desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Un golpe del destino tan despiadado que me dejó vacío, destrozado. El día de mi cumpleaños número cuatrocientos, cuando debería haber ascendido como Alfa pura sangre, fue el mismo día en que la vida me arrancó la última chispa de esperanza.
Desde entonces, he vivido en la oscuridad, odiando cada parte de mí que aún respira. La carga de ser el Alfa de la manada Pure Blood pesa como una maldición. He intentado en vano, abandonar este puesto, liberarme de las cadenas que me atan, pero mis amigos, y más aún mi hermano, no me lo permiten. Así que, aquí estoy, atrapado en este infierno en la tierra, un infierno que ni siquiera Aaron, el príncipe del Inframundo, podría gobernar.
—Velkan, ¿cuántas veces hemos hablado de esto? —la voz de Aaron suena a irritación, y me siento como si su mirada perforara mi alma—. Estoy tratando de buscar algo que se escapó del Inframundo, y tú te dedicas a pelear como un maldito animal borracho.
—No te dije que vinieras a salvarme —respondo con desprecio, la sangre cubría mis labios—. ¿Por qué no te vas a cazar a los ángeles traviesos que vagan por las calles de la ciudad?
Aaron se deja caer al suelo con un suspiro exasperado, deteniendo el tiempo como siempre lo hace, como si tuviera derecho sobre la realidad misma.
—j***r, Aaron, no me gusta cuando paras el tiempo —le gruño—. Estás violando las reglas del universo.
—Sabes que no me importa un carajo eso —responde, con una sonrisa burlona, ignorando las leyes de la existencia mientras lo hace—. ¿Qué pasó esta vez? —Aaron señala mi aspecto con desdén—. ¿Te metiste en otra pelea estúpida? Te dije que no lo hicieras, pero aquí estamos. Medio muerto de nuevo.
—Si no te gusta, puedes irte a buscar tu maldita caza —le respondo entre dientes, el cansancio aplastando mis palabras—. ¿A quién le importa si me muero?
Aaron suspira con frustración y se acomoda en el suelo mientras yo me arrastro como una sombra de lo que alguna vez fui.
—Puedo llevarme a todo el maldito mundo al Inframundo si quiero, pero las reglas son claras, Velkan. Cada alma de lobo que envío pasa por tu inspección. No puedes mandarme a los que valen la pena sin pensar en las consecuencias.
—Entonces, ¿por qué te quejas de lo que te mando? —le contesto de forma mordaz, ignorando el dolor que me consume por completo—. Llévate a los que te envío, pero no vengas a darme lecciones.
—No puedes seguir así —su tono cambia, se vuelve más serio—. Estás destrozando tu vida. Cada día te hundes más y más, y yo te he visto. Al principio creí que solo necesitabas tiempo, pero ahora... ahora te has convertido en un asco.
Mis ojos se clavan en él, buscando alguna respuesta. Algo que me devuelva el sentido de lo que aún queda de mí. Pero no hay nada.
—Todo lo que he hecho es seguir mi camino. El mundo no me debe nada, y yo tampoco a él —respondí con una amarga sonrisa—. ¿Qué más da? He perdido a lo único que valía la pena.
Aaron me observa en silencio, su expresión se tensa, como si estuviera sopesando lo que quería decir. Y luego lo suelta, lo que me atraviesa como un cuchillo afilado:
—Sara debe estar muy feliz de verte así —la burla en su voz me revuelca.
Un rugido furioso sale de mi garganta. En un instante, lo tengo por el cuello, mis garras clavándose en su piel. Mi ira es tan ciega que ni siquiera me doy cuenta de la transformación parcial que estoy teniendo, de cómo la bestia que llevo dentro se está apoderando de mí.
—¡No la nombres! —gruño, mi voz se hace profunda, bestial—. Sara no es algo que debas mencionar, ¡y mucho menos tú!
Aaron se transforma, sus ojos se tornan de un rojo brillante mientras sus colmillos se alargan. Su fuerza es mayor que la mía, y cuando me toma por el cuello, me doy cuenta de lo débil que me he vuelto.
—Todo ángel si peca, se convierte en demonio, Velkan. Y tú lo sabes —sus alas negras se despliegan y el aire se llena de tensión—. No hables de Sara como si fuera algo intocable. Ella fue tu Luna, pero no es más que un recuerdo ahora.
La rabia me consume y en un acto desesperado, intento liberarme. Pero mi cuerpo no responde, mi espíritu se ha quebrado demasiado.
—¡Tú no sabes lo que es perder a la persona que más amabas! —mi voz es un grito, mi dolor inundando cada palabra—. No tienes ni idea de lo que es vivir esta agonía sin ella.
Aaron me observa en silencio con una tristeza profunda en sus ojos.
—Lo sé, Velkan. Lo sé mejor de lo que piensas. He perdido muchas cosas también. Pero me estás destruyendo. Te estás destruyendo a ti mismo y no puedo quedarme de brazos cruzados mientras sigues cavando tu tumba. Eres mi mejor amigo. Lo más real que tengo.
Una última mirada atraviesa el silencio que nos rodea, y, al final, él se aleja. El tiempo vuelve a su curso, pero mi alma sigue atrapada en esa burbuja de dolor, en ese grito ahogado que no puede ser escuchado.
Estoy solo de nuevo.
Sara está muerta, y con ella, mi esperanza.