Mal sueño
4
No estaba lista, y se percibió en mi irónica carcajada. ¿Lo decía en serio? ¿Esto
estaba pasando? Claro que no estoy lista, nunca lo he estado. Ni cuando me mudé aquí,
ni cuando me convertí en loba, ni en ningún momento que he pasado. No, no estaba
lista, pero siempre estuve forzada a estarlo. ¡Por dios! ¿Quién hubiera hecho todo lo que
hice si no era yo? Cada abismo al que me lance, fue porque tenía la certeza de que era la
única que podía saltar.
Era irónico como la vida seguía sorprendiéndome, por eso no quise creerle. Me
negaba, como cualquier humano reacio a la verdad latente frente a sus ojos.
—¿Hablas en serio? —Inquirí, suavizando la risa. Los labios del hombre se
encontraron en una delgada línea. Él no estaba bromeando, y poco a poco, mi semblante
acepto la realidad. Decayó brusco, y mi loba me gruño. Estaba enojada por mi
ignorancia consciente. —No puedes...—La garganta se me cerró, y bajé la mirada.
—Sabes cómo es esto. Si te toca, lo tomas o lo dejas. —Fue aflojando su agarre, y
la sangre volvió a correr por mis dedos. Suspiré despacio, porque lo tenía muy cerca,
pero cuando finalmente tome fuerza, lo empuje contra su puerta.
— No vuelvas a hacerlo.
—Y debes tomarlo, porque nunca has tenido opciones Linn. —Continuó, sin
inmutarse por mi enojo.
Mi cuerpo comenzaba a temblar. Quise dejarlo libre, dejarme ir, pero no podía, no
dentro del coche. La sensación de ahogo. La convicción de que te hundirás, era lo que
me perseguía desde que he llegado aquí. Lágrimas de impotencia se arremolinaron en
mis ojos ¿Por qué lo bueno dura tan poco? Creí que estaríamos bien; Thomas, Claire, mi
familia, mi manada y yo, me ilusioné con que todo había acabado. No habría más olas
que atravesar, ni tormentas que soportar. ¿Qué pecados habíamos cometido como para
ser golpeados de esta manera?
—Linn, lo lamento...pero eres el centro de todo esto.
Exhalé. Entendía lo que quería decirme, porque era lo que todos me habían dicho a
lo largo de estos últimos años. Esto significaba ser la loba roja; ser el centro de todas las
desgracias.
—Bien. —Expulsé. Arremangándome de nuevas fuerzas. Mi loba ronroneó dentro
de mí, ella siempre era más fuerte que yo.
—Bien.
—Dime tu nombre.
Estaba tratando de actuar con la cabeza fría. Nada de emociones ni miedos
humanos, ni enojos o impulsos lobunos. Solo una cascara, una maquina lista para hacer
lo que le ordenen.
—Ángel de la muerte. —Respondió.
Era algo largo, muy extenso como para repetir demasiadas veces. — ¿Ángel de la
muerte?
—Si.
— ¿Te parece si te llamo solo Ángel?
—No.
Suspiré. Estaba abrumada, y aun tenía el funeral. Pero si yo me sentía tan desecha,
¿Cómo estarían sintiéndose Thomas y Lukas? Tenía que recomponerme, por ellos.
—Bueno, tengo asuntos de los cuales encargarme. —Dije, abriendo la puerta.
—Espera.
— Nos vemos Ángel. —Salí, y cerré la puerta.
—Adiós Linn. —Escuché. Al inclinarme para ver si continuaba ahí, solo vi dos
asientos vacíos, y un escalofrió me corrió, como si todo lo que había pasado fuera un
mal sueño. —Maldición. —Mascullé frotándome los ojos.
Encaminé a la funeraria, tenebrosamente, había dos familias en el vestíbulo que se
alargaba por un amplio corredor. Reconocí a mi profesor de historia, desmoronado en
un asiento, completamente rendido. Tenía el rostro rojo, y la mirada perdida. De alguna
forma me sintió, fue sorpresivo, porque no puso su atención en las dos mujeres que le
hablaban, sino en mí. Alzó las cejas, impresionado de verme quizás, y yo asentí con la
cabeza. No sé a quién había perdido, pero sé que él no debía estar aquí, ni el, ni la otra
familia, ni yo.
—Todo paso tan rápido. —Oí sollozar a la hija del carnicero, parte de la segunda
familia al otro lado del vestíbulo. — Estaba sano, ayer hablamos, estaba sano...y ahora.
Entrecerré los ojos, y dispersé los sonidos para centrarme solo en lo que venía a
hacer.