La decisión

2241 Words
Desi nunca me perdonaría lo que había pasado aquel día. Ella no era como las demás, no era como ninguna otra chica, y no se merecía todo aquello. Ella merecía ser feliz. Mamá estaba viendo la televisión y papá leyendo en su despacho cuando llegué a casa, apenas pasaban unos minutos de medianoche, y yo nunca llegaba tan pronto a casa un sábado por la noche. Les saludé de pasada, me fui al baño a lavarme la cara y los dientes, y después me metí a mi habitación y cerré la puerta como cada noche. Me puse el pijama y me tumbé en la cama con la lamparita de noche encendida. En mi cabeza seguía dando vueltas a todo lo que había pasado. Había bebido mucho, pero ya tenía la cabeza más clara. Pocos minutos después, mamá llamó a la puerta. - Checo, hijo… ¿puedo pasar? – dijo a través de la puerta, ella nunca entraba si estaba cerrada. - Sí, claro… - dije sentándome en la cama. Ella entró y se sentó a los pies de mi cama mirándome con cara de preocupación. Abracé mis rodillas y me la quedé mirando, yo no tenía muchas ganas de hablar, pero me tocaría hacerlo y no había manera de evitarlo las pocas veces que mamá te miraba así. - Checo, cariño, ¿qué ha pasado? Nunca vienes tan pronto cuando sales, y menos en tu cumpleaños… - Lo sé mamá, pero ya no tenía más ganas de estar allí. - Hijo… has bebido mucho… - dijo poniendo una mano sobre una de mis rodillas, no fue una pregunta. - Puede que sí, mamá, pero estoy bien. Hace más de una hora desde la última copa y he bajado andando desde la discoteca. - Dime que no ha habido ninguna pelea, por favor, hijo… - No, tranquila… nada de eso. Sabes que con la academia no puedo jugármela. - Ya, hijo, pero si bebes tanto… puedes cometer alguna tontería… - De verdad que no, mamá, vete a dormir tranquila. – Podría haber sido una bronca, pero los dos hablábamos pesarosos, preocupados cada uno a nuestra manera. - Y… ¿hay algo de lo que quieras hablar? Negué con la cabeza, y nos quedamos un rato mirándonos a los ojos antes de que mamá sonriese levemente y se levantase de la cama. Siempre había dicho que no hablaría con mamá de chicas, aunque ella quisiese… pero en ese momento, era la única que podría ayudarme y mantener mi secreto. - Mamá… ¿Cómo… cómo se reconoce el amor? - ¿Es eso lo que ha pasado, hijo? ¿Una chica especial? - La más especial, mamá… pero la he cagado… - resoplé sin querer contarle demasiado porque ella fue la primera que me advirtió sobre Desi. – Quise protegerla, que fuese feliz… y al final he sido yo el causante de su infelicidad… - Si de verdad te importa esa chica, encuentra la forma de pedirle perdón y de decirle que la quieres. - Creo que ya es tarde para eso, mamá. - Nunca es tarde si el amor es sincero… - se acercó y me besó en la frente. – Descansa, hijo. Seguramente mañana lo veas todo con otros ojos. Aquella noche me dormí cansado de dar vueltas en mi cabeza a todo lo que había pasado desde que conocí a Desi aquel primer día de clase. Cómo pasó de ser aquella niña empollona a quien pinchar en clase, a ser los ojos y la sonrisa más bonitos que había visto. Soñé que aquella charla que tuvimos a la luz de una farola terminaba en el beso que quería haberle dado, fue lo único que pude recordar al día siguiente sobre mis sueños. Mamá tenía razón, si lo que estaba sintiendo por Desi era sincero y lo que sentía ella también, no sería tarde, sólo tenía que encontrar la manera de volver a hablar con ella, de demostrarle que me gustaba y me importaba. Pero ¿cómo se hacía eso? Siempre había tenido a las chicas que quería, y me daba igual si era un rato o no, pero sabía que con ella no quería un rato, quería que ella fuese feliz. Borja llamó a casa el domingo por la mañana, quería que le contase qué había pasado cuando me fui de la discoteca y tuve que aguantar cómo volvía a echarme la charla por ser yo quien estaba jodiendo a Desi. - Tete… - Ana empujó un poco la puerta de mi habitación cuando ya había colgado el teléfono. - Ana… - dije pesaroso temiéndome lo que se venía. - ¿Qué ha pasado, tete? – se sentó en la silla de mi escritorio y me miró con cara de que todo iba a ir bien… - ¿Qué te ha contado mamá? - Sólo que hay una chica especial y… que la has cagado con ella. - No hay mucho más que contar, Ana… - Tete, antes siempre me contabas… hasta… hasta lo de Claudia… - sonó triste. – Dime que ella no tiene nada que ver con esto. - Digamos que… todo se ha jodido por su culpa, pero no es ella quien importa en esta historia. - Aléjate de ella, tete… sabes que sólo te traerá problemas… y más si hay alguien que te importa de verdad. - Hay alguien especial, Ana, muy especial… pero ella se merece ser feliz y yo sólo la hago daño… No sé qué hacer, no sé qué quiero, Ana… pero ahora no me apetece hablar. Resoplé, me tumbé en la cama y me tapé la cara con la almohada esperando a que Ana se marchase. Hasta hacía poco había sido siempre mi confidente y me cubría casi siempre con papá y mamá, pero ni siquiera quería hablar de esto con ella. ¿Qué le iba a decir? Recordé que aún tenía el teléfono de su casa ¿y si la llamaba e intentaba hablar con ella? Era una locura, nunca había hecho algo así, pero aún tenía el teléfono inalámbrico de la cocina en mi habitación, podía intentarlo. - Hola, ¿quién es? – respondió una voz alegre. Mierda, era María, no me dejaría hablar con ella. - Em… eh… hola, ¿se puede poner Desi, por favor? – hubo silencio durante unos segundos. - Oh… No, está ocupada. – María lo sabía, estaba respondiendo muy borde. - María, por favor… ¿puedes decirle que he llamado? Solo quiero hablar con ella… - No voy a decirle nada, Checo. Llegó llorando a casa… aléjate y déjala que sea feliz. – Sonaba entre enfadada y decepcionada, no pude averiguar mucho más, pero saber que ella llegó a casa llorando por mi culpa me dolió. - Lo siento, María… - Ya… adiós, Checo – y ella colgó el teléfono. No sabría si Desi llegaría a perdonarme alguna vez, pero su hermana no lo haría. Me había advertido también hacía un par de años. Tuvieron que pasar un par de semanas más para que volviese a hablar con alguien de lo que pasó aquella noche de mi cumpleaños. El siguiente fin de semana que pude ir a Madrid a ver a mi familia y amigos, volví a verla a ella, bailando con sus amigas sobre el escenario, en el mismo sitio de todos los fines de semana. No podía dejar de mirarla con cada canción que sonaba. Cruzamos miradas en varias ocasiones y la saludé un par de veces, pero ella no me devolvió el saludo y ni siquiera me dedicó una sonrisa como hacía siempre. Aquel domingo, antes de volver a la academia, decidí llamar de nuevo a su casa, pero fue María otra vez la que cogió el teléfono y también la que me volvió a colgar con la palabra en la boca. Sus palabras fueron muy claras: “Checo, no insistas y no vuelvas a llamar a casa. Déjala que crezca feliz, que haga su vida”. De verdad le debí hacer mucho daño para que ella cambiase así y ni siquiera me sonriese al verme. Aquello dolió bastante. Verla a ella, que me saludase desde la distancia y que me sonriese, se había vuelto imprescindible cada vez que volvía a Madrid, y que ella ya no lo hiciese, sólo significaba que estaba perdiéndola. Después de darme cuenta de aquello, fue cuando volví a hablar de mi cumpleaños. Fue con Saúl, una tarde que salimos a correr por el monte en nuestro tiempo libre después de estudiar un rato. - ¿La quieres? – fue lo único que dijo después de contarle lo sucedido. - No lo sé… pero me gustaría que me perdonase y decirle lo especial que es. Las semanas se hicieron largas hasta las vacaciones de verano. Los fines de semana que volvía a casa fueron rutinarios y sin emoción. Salir, beber, buscar a Desi con la mirada, saludarla sin respuesta, sonreírla sin ser correspondido, y si bebía demasiado, dejarme embaucar por alguna chica para enrollarnos, incluso si aquella chica era Claudia y después terminábamos discutiendo otra vez. Pero había un problema… después de cualquier otra chica, me sentía culpable de que no fuese la niña de los ojos verdes y la sonrisa bonita, la que estaba a mi lado. Dejé de ver a Desi durante muchas semanas aquel verano. No sabía dónde estaba, pero supuse que estaría de vacaciones con su familia, porque a sus amigas sí que las vi a menudo. Bea se lio con Miguel, “por fin” había dicho Borja cuando me lo contó, y ambos nos reímos a carcajadas. Bea parecía la más extrovertida de las amigas de Desi y se fue a interesar por el más tímido de nuestro grupo, a Borja y a mí nos hacía gracia aquello, pero Miguel era un buen tío, si ella le gustaba, se merecía vivir aquello. Le pedí a Borja que intentase averiguar algo de Desi, cómo estaba y si quizás ya me había perdonado. Quería saber algo de ella. Los fines de semana eran muy raros sin ella y sin sus sonrisas. Pero Borja no me dijo nada. Después del verano, un fin de semana Desi me sorprendió saludándome desde lejos y sonriendo como siempre. ¿Qué había cambiado? ¿Ya no estaba enfadada conmigo? Aquella noche todo me dio igual, excepto ella. Había vuelto a ser la misma de siempre conmigo, y me hizo muy feliz aquello. El segundo curso de la academia estaba siendo muy duro, pero ir a Madrid los fines de semana que podía volvía a ser un premio si la veía a ella, si la veía feliz, y sobre todo si me saludaba y me dedicaba alguna sonrisa de las suyas. Era increíble verla disfrutar con sus amigas bailando. Ya no era una niña. Se había convertido en una chica preciosa, y dejaron de interesarme todas las demás. Pero tenía un nuevo impedimento, la carrera profesional. Se acercaba el fin del segundo curso de academia, asignarían destinos según las calificaciones y me había esforzado mucho para que fuesen buenas notas. Con suerte podría elegir entre varias unidades operativas para seguir cogiendo experiencia y puntuación para posibles ascensos futuros. Aquella decisión fue bastante difícil, primero evalué las posibilidades que me ofrecían yo solo, sopesando responsabilidades, opciones de aprendizaje, puntuaciones que conseguiría y también, la peligrosidad de cada destino, ya que había zonas en las que se atacaba por sistema a los militares y prácticamente había que mantener en secreto que lo eras. Cuando tuve más o menos clara una decisión, lo comenté con papá y mamá en casa. Ellos aceptaron mi decisión sin decir si les gustaba o no, aunque les dejé claro que estaría más lejos de casa y no podría verlos tan a menudo. Aquel fin de semana que les dije mi decisión a mis padres, no hablé con nadie más de mi carrera profesional. Con mis amigos hice lo mismo de siempre, ir de botellón y después a la discoteca. Desi y sus amigas bailaban en el borde del escenario como casi todos los fines de semana, pero ella estaba diferente. Llevaba un vestido corto y su pelo suelto. La falda se movía y dejaba ver sus largas piernas bajo los brillos de las luces de colores. Mi Desi. La echaría de menos. La decisión que había tomado en cuanto a mi carrera me volvería a alejar de ella porque la vería mucho menos. Y en esas estaba mi mente cuando nuestras miradas se cruzaron, así que la sonreí y levanté levemente mi mano para saludarla, pero saber que nos alejaríamos dolió y llevé mi mano a mi corazón. Ojalá ella supiese lo importante que era para mí y lo que me iba a costar alejarme después de haber recuperado su sonrisa y su saludo. Miguel, el novio de Lidia y el novio de la hermana de Desi estaban con ellas en el escenario, pero dejaron allí a las chicas y se acercaron hasta donde estábamos nosotros. Aquel día conocí al novio de María, parecía un chico sensato, quizás demasiado serio, pero se notaba que quería mucho a María, y ella era inseparable de Desi, así que seguramente también quisiese a Desi. Aquello me recordó a que yo siempre me metía con los novios de mi hermana Ana, incluso cuando parecían buenos chicos, tendría que dejar de hacer eso, seguramente Ana sabría elegir mejor que yo sus parejas, necesitaba confiar en ella y en sus gustos.
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