Cualquier cosa que me hubiese imaginado en los últimos meses sobre la academia militar se desvaneció de mi mente en las primeras dos semanas.
Compartía habitación con otros tres chicos más o menos de mi misma edad. Sinceramente, la habitación me parecía pequeña para los cuatro, pero nunca compartí habitación en casa, siempre había tenido mi propio cuarto, así que no quedaba más remedio que acostumbrarse a esto.
Los horarios eran muy rígidos. Toque de corneta para despertar, rápido al baño, ponerse el uniforme y a desayunar. A las ocho de la mañana se formaban filas en el patio y de ahí a clase hasta las dos de la tarde; y de noche antes de las once ya tenían que estar apagadas las luces. Por suerte, algunos días había educación física, pensé que aquello me alegraría, pero después de la primera clase de educación física tuve más agujetas que en todos los años de colegio e instituto juntos.
Las comidas eran bastante malas, pero era lo único que había, parecía el típico rancho de las películas de presidiarios. Dudaba mucho que en algún momento llegase a gustarme, así que tendría que aprovechar a comer cosas ricas cuando volviese a casa.
Por las tardes había que estudiar, era necesario porque todo era nuevo, pero algunos días podíamos salir un rato a despejarnos y bajar a la ciudad. Otros días había que hacer “servicios”, tuve que preguntar qué era eso, pero no me gustó la respuesta, básicamente encargarse de tareas comunes, ser responsable por un día de una determinada área, mantener el orden o incluso hacer rondas de vigilancia. A veces también había que hacer guardias de 24 horas y ejercicios continuados de 8 o incluso 12 horas.
No descubrí todo aquello en pocas semanas, sino que tardé más en aprender bien cómo funcionaba todo. Las faltas o los fallos de disciplina eran castigados con arrestos, bien en las tardes y noches, o bien los fines de semana sin poder salir para ir a casa.
El primer fin de semana no volví a Madrid porque quería aprovechar a conocer un poco más todo aquello, pero el segundo fin de semana tampoco pude ir a casa porque el jueves uno de los reclutas de mi clase estaba comiendo chicle durante la última hora y ese fue el motivo de mi primer castigo, toda la clase sin poder volver a casa ese fin de semana.
¿Injusto? Pues sí… pero después de aquello ¿quién iba a protestar? Yo no, lo tenía claro. Me había metido en esto buscando un futuro, así que no me la iba a jugar en el primer mes de academia. Además, no iba a dar pie a que en casa se enfadasen conmigo por echar esta oportunidad por la borda, confié en los consejos del abuelo y del tío para meterme al ejército y buscar un horizonte desde ahí y lo iba a intentar con todas mis ganas, costase lo que costase.
Dos de los compañeros de habitación, Pérez y Cobos (a los reclutas nos llamaban siempre por el apellido), eran un poco raros, no se juntaban mucho con nadie y apenas hablaban, ni siquiera cuando estábamos en la habitación, nunca llegué a saber sus nombres de pila. El tercer compañero era bastante simpático, se llamaba Saúl e hicimos buenas migas desde el primer día.
La primera semana, una de las tardes, Saúl y yo salimos a dar una vuelta con algunos compañeros de clase. Nuestras historias se parecían un poco, los dos nos metimos al ejército porque no nos gustaba estudiar y no sabíamos bien qué hacer con nuestra vida, pero Saúl no venía de familia militar, de hecho me contó algo que me hizo pensar en que prácticamente sus padres le habían echado de casa al decir que se había alistado y llevaba unos meses viviendo en casa de su abuela, que aunque no le gustaba el ejército, le apoyaba en sus decisiones mientras fuesen para buscar una vida mejor y no para meterse en líos. En el fondo, en eso también nos parecíamos, yo no quería defraudar a mi familia y él no quería defraudar a su abuela al haber elegido ambos un camino de uniforme y armas.
Después de tres semanas sin volver a casa, estaba deseando llegar a Madrid el primer fin de semana que pude salir de la academia. En cuanto llegué a casa y pasé por los millones de abrazos y besos de mamá, cogí el teléfono de casa para llamar a Borja para quedar, echaba de menos a mis amigos. Habían quedado para ir de botellón y luego a la discoteca, pero estaba cansado del viaje y decidí ir sólo al botellón en la parte de atrás del parque. Estaba terminando de atarme las zapatillas cuando Borja tocó el telefonillo y salí corriendo de casa.
Le di una palmada a Borja en la espalda en cuanto le vi y él se giró y me dio golpecitos en la cabeza con el pelo casi rapado. Nunca lo había llevado largo, pero tampoco lo había llevado tan rapado como lo tenía ahora y a mi amigo le hizo gracia y soltó un “Te ha crecido la cabeza” riéndose a carcajadas.
De camino al parque, Borja me fue poniendo al día. Me dijo que Miguel y él estaban en clase con Desi y su amiga Bea y se rio añadiendo “Es la empollona más empollona que he conocido en mi vida”. Si no fuese mi mejor amigo, le hubiese sacado los ojos, pero como sí lo era, sólo le di una colleja de la que estuvo quejándose un buen rato. Nadie podía meterse con ella y él lo sabía, además se suponía que él estaría atento para que nadie se metiese con ella, y eso le incluía también a él.
- No, en serio. Todo va bien en clase – dijo para tranquilizarme.
- Vale, pero que no se entere de que cuidas de ella ni de que yo te lo pedí…
- Ni una palabra, tío… pero tengo otra cosa entre manos… a Miguel le gusta su amiga y sabes que Miguel apenas abre la boca con nosotros, eso sí que va a ser difícil… ese se nos muere virgen – y con eso los dos explotamos a reír.
El resto de camino al parque, Borja me preguntó cosas de la academia, pero no podía contar casi nada, así que hablé poco de aquello y en cuanto llegamos al parque con el resto del grupo, volvió a ser un viernes como otro cualquiera, noche de botellón en el parque y sobre las doce de la noche coger el autobús nocturno para volver a casa. El sábado por la noche ya saldría más rato con mis amigos y nos echaríamos unas copas.
Después de aquel primer fin de semana de vuelta a casa tocaron unas semanas más de castigo en la academia. ¿De verdad iba a ser ese el plan? No es que hubiese planeado volver a casa todos los fines de semana, pero sí que creí que podría volver uno sí uno no.
Cuando pude volver era ya casi final de octubre. El otoño se había echado encima y llovía, pero eso nunca nos había parado. Borja y yo fuimos a ver una peli a casa de Juan que se había quedado solo con sus hermanos ese fin de semana, si fuese cualquier otro, haría una fiesta en su casa, pero a Juan no le gustaba llevar a nadie a su casa porque era una casa muy pequeña.
Después de la película, aprovechando que había dejado de llover salimos para ir a comer unas hamburguesas, y me di cuenta de que Juan vivía a apenas dos minutos de casa de Desi, recordaba perfectamente donde vivía ella y estábamos bajando por su calle. Intenté no pensar demasiado en ella pero cuando me quise dar cuenta, Borja y Juan estaban metiéndose conmigo para hacerme volver a la tierra.
No había casi gente por la calle, pero con la tormenta que había caído hasta hacía un rato tampoco era de extrañar que la gente ya estuviese en sus casas o en cualquier lugar al resguardo por si volvía a llover. Vi dos chicas a lo lejos caminando por la acera en nuestra dirección e intenté fijarme por si alguna de ellas era Desi. Y sí, al pasar cerca de una farola vi a Desi con la hermana de Roberto.
Borja también debió verlas porque me dio un codazo. La vi diferente, llevaba el pelo suelto y se había quitado las gafas, muchas veces la había visto así, pero tenía algo diferente. Sonrió cuando cruzamos las miradas y nos quedamos unos segundos mirándonos fijamente. Sólo pude saludar con la mano, no me salió ninguna palabra, pero le devolví la sonrisa.
- Desi, ¿no hay fiesta de cumpleaños? – gritó Borja rompiendo la conexión que había entre nuestras miradas.
- Nooo… - respondió ella mirando a mi amigo.
- Mañana vamos a celebrarlo – dijo risueña la hermana de Roberto mientras seguían andando calle arriba, nosotros nos habíamos quedado parados en el medio de la calle.
No dijeron nada más, pero después de aquello Desi se volvió otra vez hacia nosotros y las dos nos dijeron adiós con la mano.
Era su cumpleaños. Se me había olvidado por completo, pero ya cumplía dieciséis, así que seguramente cumpliría ese ritual no escrito que había en el instituto para ir a la discoteca a la que siempre íbamos. Todos habíamos ido ahí al cumplir los 16, y luego ya algunos nos quedamos y otros se iban a otros bares o discotecas. Pero estaba seguro de que ella iría, porque su hermana María iba casi todos los fines de semana con sus amigas, así que seguramente Desi también iría allí a celebrar su cumpleaños.
Como cualquier sábado con mis amigos, cené algo en casa antes de salir, nos fuimos al parque para el botellón y después ya iríamos a la discoteca. Vaqueros y camisa oscuros, eso fue lo que elegí, cómodo, algo informal, pero lo suficiente arreglado como para que aquella noche fuese diferente si era verdad que Desi iba a la discoteca a celebrar su cumpleaños.
- ¡Vaya pincel! ¿has quedado con alguien? – dijo Borja cuando nos vimos en la plaza del barrio riéndose.
- No seas imbécil, tío. Sábado por la noche, hay que ponerse guapo – intenté quitarle importancia.
- Claaaaro… dime que no te has puesto así por tu querida empollona. – Borja sonrió y se quedó unos segundos callado. Lo que dijo después no me hizo gracia. – Sabes que Claudia siempre está en el parque las noches de botellón, ¿verdad?
- No me jodas, tío… ¿cuántas veces tengo que decirte que paso de ella?
- Tú sí… pero ella te sigue buscando… sólo te digo que, si te has vestido así por Desi, no la cagues y pasa de Claudia de verdad.
¿Ahora era Borja quien me daba consejos? No estaba seguro de que fuese bueno conocernos tanto, pero le quería como a un hermano y sobre todo confiaba en él y sabía que no le contaría a nadie lo que sabía y que yo no era capaz de admitir.
Llevábamos más de una hora en el parque cuando vi aparecer a Claudia con sus amigas, las tres iguales, minifalda demasiado corta y botas altas. ¿Quién se negaría a esas piernas? La miraba de lejos barajando en mi mente la posibilidad de no renunciar a aquel cuerpo fácil. Me había visto y se contoneaba mirándome de reojo mientras hablaba con sus amigas.
- Nos vamos a la discoteca a por unas copas – dijo Borja casi saltando sobre mi espalda mientras Juan, Miguel y Álvaro recogían un poco los restos del botellón.
- Sí – asentí, apartando los ojos de Claudia. – Vámonos ya.
- Si prefieres quedarte… - se rio mi amigo.
- No seas idiota, prefiero ver qué hay en la discoteca.
Así nos fuimos. Sin mirar atrás. Sin buscarla con la mirada como había hecho muchas veces antes. Debía alejarme de ella y no sólo decirlo. Claudia nunca sería una buena opción, aunque fuese una opción fácil y muy placentera.
Borja quiso meterse conmigo a costa de Claudia de camino a la discoteca, pero intenté no hacerle caso. Al llegar a la discoteca hice el mismo ritual de siempre, en lo alto de la escalera que bajaba hasta la pista de baile, eché un vistazo despacio a la gente, entre los reflejos de las luces siempre buscaba grupos de chicas para ponernos cerca de ellas, quizás alguno del grupo ligaría aquella noche.
Entonces la vi, bailando en el borde del escenario con sus amigas, y pese a lo que había bebido en el parque recordé porqué me había arreglado más que otras veces para salir ese sábado.
¿De verdad aquella chica que se movía al ritmo de la música era la pequeña niña que se sentaba a mi lado en clase hacía tan solo dos años? No, ya no era la misma niña. De hecho, ya no parecía una niña. Aparté los ojos de ella, no sabía si ella me había visto a mí, pero yo sí a ella y me alegré de verla allí. Sería un nuevo sitio donde vernos, nuestro nuevo sitio.
Sonaba nuestra música favorita, pero después de verla a ella no seguí buscando grupos de chicas. Algunos de mis amigos ya habían bajado a la pista y se habían quedado cerca de una de las barras, así que simplemente bajé las escaleras y me uní al grupo. Poco después ya tenía la primera copa en la mano. Las risas con mis amigos, los tonteos con chicas que se acercaban a la barra y las bromas con Borja, Miguel y Juan iban intercaladas con algunas miradas furtivas a Desi, que seguía bailando con sus amigas sobre el escenario.
Quería verla de cerca, hablar con ella. Había sido su cumpleaños y lo había olvidado, al menos era una buena excusa para acercarme, pero no quería que mis amigos me viesen.
Estaba terminando mi tercera copa cuando la vi ir con su hermana hacia los aseos. Era mi oportunidad porque en el de chicas siempre había cola, así que dejé mi vaso casi vacío sobre la barra y le dije a Borja que iba al aseo.
Desi bailaba al ritmo de la música en la fila del baño de espaldas a donde yo me paré, pero su hermana María sí que me vio y sonrió. Supuse que era aprobación a que me acercase a Desi aunque dos años antes básicamente me había pedido que me alejase de ella.
- Hola Desi – dije acercándome a su lado.
Ella sonrió sin decir nada y María negó con la cabeza mientras se señalaba la oreja. Estábamos justo debajo de un altavoz, así que me acerqué lo más que pude para hablarle al oído.
- No recordaba que era tu cumpleaños, ¡felicidades!
- Gracias – respondió ella sin quitar la sonrisa de su cara. – No esperaba verte aquí – y el tono de su voz me hizo imaginar su cara tomando un color rosado.
- ¿En serio? – me reí. – Todo el instituto bien aquí. Te dije que nos seguiríamos viendo, y ahora sabes dónde. Pero tengo que irme, me están esperando.
Miré hacia los chicos y di un paso en su dirección. Quería decirle que estaba muy guapa, pero no sería apropiado con su hermana al lado, y sin embargo algo me impulsó a volver hacia ella, en el fondo no quería alejarme tan rápido.
- ¿En clase todo bien? – ella asintió. – Me alegro. Aunque yo no esté, no te he dejado sola. No volverá a haber problemas.
Y ahí ya decidí irme. Quizás había hablado demasiado, pero mientras pudiese, seguiría cuidando de ella aunque no estuviese cerca. Borja me ayudaba con eso, pero no quería descubrirle. En realidad no me gustaba mucho la idea de que fuese Borja quien estuviese cerca de ella y yo lejos, pero era el único aliado que me podía ayudar con eso.
Un rato después vi a Desi marcharse con su hermana y sus amigas. Pasaron por nuestro lado y alargué la mano para intentar agarrarla de la mano, pero solo conseguí rozar su cintura con la punta de mis dedos. Llevaba un par de copas más encima y quería decirle que estaba muy guapa, pero no pude.
A Borja sí se lo dije un par de horas después cuando volvíamos al barrio.
- Estaba muy guapa, ¿verdad?
- Has bebido mucho, tío – se rio él.
- Puede, pero estaba muy guapa y no le he dicho nada… - me uní a su risa.
Poco después llegamos a mi casa y me quedé intentando abrir la puerta del portal mientras Borja seguía calle arriba en dirección a su casa.