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Victoria
Mientras intentaba concentrarse con todas sus fuerzas para lograr convencer al viento de que formara un remolino en su mano, recordó que ese día no había desayunado.
Inmediatamente después de percatarse sintió a su estómago rugir. Eso no la ayudaría a lograr que un minúsculo, suave y casi imperceptible remolino apareciera en su mano. Suspiró irritada, debía pasar esa prueba, llevaba más de dos meses intentando lograrlo. Chicos cinco años menores que ella lo habían logrado en la mitad del tiempo. E incluso ya estaban en una clase avanzada. Mientras tanto, ella continuaba estancada ahí.
Lo único bueno de todo era que al menos sabía su elemento. Aire. El maldito que al parecer la odiaba y no se le daba en gana ayudarla. > Ernesto solía decirle cuando entrenaba con ella. >. Claro, para él era fácil decirlo, el fuego siempre hacía lo que él quería.
Victoria siempre pensó en el fuego como un elemento rebelde, duro, fuerte, abrasador. Y aún así, cada vez que Ernesto necesitaba de él, lograba controlarlo como si fuera un cachorro entrenado.
Siempre tan centrado y ubicado, era poco probable verlo en pánico. Sus ojos color ámbar siempre analizaban cualquier situación, desde la más cotidiana hasta aquellas que salían a partir de un problema complejo. Ella era rebelde, impulsiva, insegura e impaciente; Ernesto era todo lo contrario.
Cada vez que entrenaban juntos a pedido de la madre de ella, Ernesto solía conservar la calma. Por mucho tiempo que llevaran luchando, él respiraba tan tranquilo como si apenas estuvieran comenzando. Cuando Victoria se desesperaba al no lograr una finta, un movimiento o incluso derribarlo, él solo respiraba profundamente y pedía que lo hiciera otra vez.
Aquella vez en que hubo un intento de ataque por parte de los rebeldes hacia el castillo, muchos aprendices entraron en pánico. Recordó a una chica que se abrazaba a su amiga mientras lloraba silenciosamente. Algunos corrían, otros gritaban, los guerreros se preparaban para repeler a los salvajes rebeldes y… Ella estaba con Ernesto en aquel momento.
Jazmín llegó corriendo detrás de varios guerreros, al verlos le pidió a Ernesto que cuidara de Victoria mientras calculaban qué tan grave sería el asunto. Ernesto tranquilamente se encerró en un aula con Victoria mientras ponía trampas improvisadas y sellaba algunas ventanas con tablas que se encontró. Buscó rutas de escape y preparó las pocas armas que logró juntar.
—En caso de que entren —dijo mientras le extendía una daga—. Recuerda atacar hacia abajo, ya sea a la arteria femoral o en el estómago.
Victoria nació con la desventaja de ser pequeña de estatura. No se consideraba una persona muy baja, pero definitivamente habría agradecido tener unos diez centímetros extras para que ese 1.60 fuera un 1.70. Ernesto siempre tan optimista, decía que la ventaja era que podía atacar por debajo con facilidad. Era mucho más sencillo enterrar una daga en la pierna que en el cuello, sobre todo porque muchas veces los seres no se fijaban en la mitad de debajo de su cuerpo.
Lo dijo para quedar bien, pero al menos en épocas de guerra, ser grande era mejor a pequeño.
Aquella vez ocurrió nada. Todo quedó en una amenaza que abolieron en menos de una hora. La verdad es que siempre lo supo. Atacar Fuente Oscura era un s******o, casi tanto como atacar Ágapar. Ambos castillos eran inexpugnables, aunque eso no quitaba el hecho de que hace quince años, Ágapar fue tomado por los rebeldes. Dentro de muchos años, cuando se impartan clases de historia una vez concluida la guerra, se dirá que la caída de Ágapar a manos de los rebeldes fue el inicio formal de la guerra.
A la mayoría de los seres mayores que conocía les gustaba decir que el castillo era de difícil acceso, pero no imposible, que los rebeldes llevaban a muchos seres de agua y electricidad quienes lograron abrir paso a las tropas a través de la potente tormenta. Hubo algunos que incluso decían que la horda de rebeldes era diez veces más grande que la guarnición de guerreros en el interior.
Cualquiera de esas excusas era una tontería pues, así como los rebeldes de agua pudieron ayudar con la tormenta, los guerreros de la Reina de agua también. A pesar de tener cientos de miles de rebeldes a las afueras, el interior siempre puede más. Con una buena organización y una estrategia inteligente, cincuenta le pudieron ganar a mil. Y el castillo era de cuasi imposible acceso y eso era decir más que de difícil acceso.
Ágapar estaba situado en un territorio montañoso, el poderoso castillo se alzaba en lo alto de una saliente firme y perfectamente equilibrada por la cual se accedía después de subir un serpenteante sendero rocoso, angosto y lleno de pinos.
Victoria no sabía mucho de geografía, nunca fue una materia importante para ella, pero viendo simplemente las pinturas y algunas fotografías, sabía que solo un imbécil se atrevería a tomar el castillo.
Y los imbéciles fueron los rebeldes. Ella no estuvo en la batalla, no presenció cada suceso minuto a minuto, ni siquiera tenía consciencia cuando aquello ocurrió. Pero sabía que el señor de Ágapar fue el único que tuvo la culpa de perder el castillo. Tan centrado en las riquezas, los lujos y los banquetes en el gran salón, no se dio cuenta de que las huestes de los rebeldes avanzaban en pequeños grupos en intervalos distintos.
La tarde lluviosa ayudó tal vez en un diez por ciento, pero todo lo demás era mérito de los rebeldes. Excepto la incompetencia del ex señor de Ágapar.
No era ningún secreto que días después de haber apresado al señor de Ágapar y enviarlo junto con su familia a la capital para que la reina decidiera qué hacer con ella, los rebeldes hicieron pública su coronación. La lucha dejó de ser una rebelión más parecida a golpe de estado que podría arreglarse con algunos acuerdos y se convirtió en guerra. >.
Juraban que esas fueron las palabras exactas, pero realmente los únicos que lo podían saber con certeza era quienes estuvieron ahí.
—Victoria —su profesor de elemento la saca de golpe de sus pensamientos—. ¿Aún no puedes con eso?
Victoria miró su mano, dos minúsculas corrientes de aire se entrelazaron y posteriormente se disolvieron. No pudo sentirse más patética.
—Lo estaba logrando —se excusó con un tono sarcástico—. Pero recordé a un guerrero tan bueno como el pan que pasó cerca hace rato y me distraje.
El profesor suspiró irritado y la pasó de largo. Ya tenía tiempo que se había dado por vencido con ella.
La clase concluyó y como siempre, fue una pérdida de tiempo. Victoria salió de primera y evitó las miradas curiosas y burlonas de los chicos de quince años. Ella estaba a pocos meses de cumplir dieciocho y la edad promedio para graduarse como guerrero era entre dieciocho y diecinueve, estar con chicos de catorce y quince años era humillante.
Afuera ya la esperaba Meredith, la hermosa chica de melena castaña y rizos definidos quien poseía un don increíble con el agua y además habilidades espectaculares en el combate. Victoria resopló, la estaba sobrevalorando un poco, pues al lado de ella cualquier ser de su edad era un prodigio. Meredith era buena, tal vez igual al promedio.
Y eso era más que suficiente, Victoria daría todo por ser del promedio o incluso un poquito debajo del promedio.
—Y esa cara me dice que hoy fue un buen día —Meredith caminaba dando vueltas a su alrededor—. ¿Buenos avances? Podríamos practicar si lo necesitas.
Tenía más que suficiente con Ernesto, humillarse era algo a lo que ya se había acostumbrado, pero no frente a su mejor amiga. Aún no necesitaba llegar a eso.
—La verdad no —respondió malhumorada—. Podría decir que voy retrocediendo, ¿es eso posible?
Meredith la miró con pena, su optimismo de pronto desapareciendo.
—Pero eso no importa —Victoria dijo más animada—. Cuéntame de ti, ayer ya ni te pude ver.
Vivían bajo el mismo techo; un castillo enorme, y aún así había días en que no se veían porque su agenda académica estaba muy saturada. Clase de matemáticas, química, historia, física, combate corporal, armas, elemento… Se preguntó qué tan compleja era la vida antes de la guerra.
—Mis alas se están acostumbrando al vuelo de combate, me estoy coordinando mucho más —explicó alegre y segura—. Volar a velocidad es algo sencillo comparado con esto.
Victoria sonrió a pesar de que una punzada de envidia se abrió paso en su estómago. Ella no tenía alas. Corrección, claro que las tenía, todos los seres tenían, pero a ella no le habían brotado. Y a juzgar por el paso lento al que iba, jamás las tendría. En general las alas de los seres eran traslúcidas, suaves y resistentes, Victoria siempre se preguntó cómo se sentiría el roce del aire sobre ellas.
—Sí, me imagino que es más complicado porque además tienes que esquivar golpes.
—Una vez que te coordinas todo es mucho más fácil, cuando te broten podremos practicar juntas.
Lo duda, pues Meredith posiblemente ya ni estaría en el castillo cuando ella se convirtiera en una aprendiz de guerrero decente.
—Tal vez puedas graduarte en las próximas pruebas —Eso le daba un pánico atroz, se quedaría sola—. Has mejorado mucho.
—¿Tú crees? —preguntó dubitativa—. No me hago muchas ilusiones, pero de verdad que muero por ganar un lugar en la batalla y mandar a los enemigos al puto infierno del que salieron.
En lo personal, no veía la emoción en matar seres. No le molestaría, para nada, de hecho, le gustaría tener la capacidad de matar a un ser en algún momento, pero no estaba sedienta de sangre como muchos sí. Ernesto incluido.
Aún así, con tal de encajar, estaba a punto de contestar con un comentario parecido cuando alguien pasó con muy poca delicadeza a su lado.
Apenas pudo esquivarlo para evitar una colisión y aún así, sintió el roce de su brazo con el de él. Un escalofrío la recorrió, fruto del disgusto y del miedo que le provocó ver su rostro.
Se trataba de Dante.
Dante, hijo de los enemigos. Es un rehén. Cuando dos sangrientos rebeldes se coronaron, varios los siguieron, a partir de ahí salieron varios rebeldes que se creen de la nobleza. Actualmente son señores ilegítimos de varios castillos que arrebataron a la reina Casandra. ¿De quién exactamente es hijo? Victoria no lo sabe y realmente no le importa.
Aún recordaba el día en que fueron capturados. Fue hace un año justo después de una sangrienta batalla de la cual los guerreros de la reina salieron victoriosos. Capturaron a cerca de treinta rebeldes, de los cuales solo sobreviven unos veinte prisioneros.
Aquella vez no sabían quién era Dante ni otra chica que apresaron. Se rumora que los sometieron a un interrogatorio intenso y extenso que culminó en su confesión: Él era hijo de un noble, la otra chica igual. Inmediatamente trasladaron a la chica a otro castillo y a Dante lo dejaron ahí.
Su rumoreó que se pidió un rescate, pero que los rebeldes se negaron a pagarlo, así que amenazaron con colgarlo. Victoria estuvo presente cuando todos votaron a favor de deshacerse de Dante, pero al final desistieron, pues la hija de la reina Casandra fue capturada.
Para evitar que la princesa fuera asesinada, tuvieron que dejar vivir a Dante. Incluso se le permitió vagar por el castillo, tenía su habitación propia (nada lujosa) y algunas veces podía salir a los jardínes. Él no podía escapar, tal vez en otro castillo, uno ubicado en el otro lado existiría la posibilidad, pero en Fuente Oscura estaba atrapado.
En cuánto se alejara a más de veinte metros del castillo o utilizara su elemento, quedaría incapacitado.
Por lo que Victoria había escuchado, la princesa recibía un trato familiar.
—¿Crees que se haya ofendido? —preguntó Meredith en un susurro—. Fui algo explícita.
—Parecía un poco enojado, casi me empujó.
Meredith hizo una mueca de disgusto, pero al final hizo un gesto con la mano que dio a entender que en realidad no importaba. Y era verdad. Mientras estuvieran en guerra, ambos bandos pelearían con fiereza. Dante hoy estaba capturado y neutralizado, pero dentro de dos o tres años si es que lograba escapar, podrían encontrárselo en el campo de batalla y él no dudaría en mandarlas a ellas al infierno.
Pero eso no quitaría el hecho de que Victoria probablemente sí se disculparía.
Conforme caminaban al comedor para tomar la última comida del día, se encontraron con Melisa, otra chica de agua quién se sumó a su grupo de amigas. Melisa solía ser impulsiva, igual que ella, pero sabía medirse mucho más. Y, sobre todo, ella sí tenía talento. La conoció gracias a Meredith y a pesar de las múltiples burlas que Victoria solía recibir, se quedó con ellas. Y lo agradecía.
—Díganme que se enteraron —comentó en cuánto llegó junto a ellas—. Díganme que es verdad.
—¿Qué cosa Meli?
Meredith la miró desde su altura como una chica preocupada y es que Melisa llegó en tal estado de alteración, que parecía a punto de perder la cabeza.
—Lo del tipo ese —Melisa comenzó a avanzar hacia el lado contrario—. ¡Lo atraparon! Dijeron que al fin lo capturaron.
Melisa tomó a Meredith del brazo y la guio hacia el vestíbulo secundario, aquel hallado fuera de los aposentos de Bertha, la señora de Fuente Oscura y prima de la reina. A Victoria no le quedó más que seguirlas.
Imaginó que Melisa se refería a que atraparon al hijo de los rebeldes que se coronaron, en términos técnicos el heredero de los rebeldes. Llevaban años intentando dar con él, pero siempre eran falsas alarmas. Cosa mala para los guerreros y buena para los rebeldes, pues si llegaban a atrapar al heredero, la guerra se inclinaría considerablemente a favor de la reina por no decir que los rebeldes perderían la guerra.
Pues la reina aún tenía otra hija que podría ser su heredera, pero los rebeldes solo lo tenían a él.
Llegaron al vestíbulo, muchos seres se arremolinaban a lo largo de la habitación. Al parecer la noticia llegó a todos los rincones del castillo.
Las voces se alzaban con fuerza, era imposible distinguir una sola frase entre el griterío. Melisa decía algo al ser que estaba frente a ella, pero no entendía nada. La emoción y algo parecido a alegría se sentían en el ambiente, ¿El fin de la guerra? ¿Al fin podrían matar a todos los presos del castillo? ¿Venganza?
Para todos eso sería una noticia digna de celebrarse, ¿para otros? Victoria sabía que Dante y todos los seres encerrados en las mazmorras se estarían lamentando. Aún veía el rostro de Dante, sus rizos castaños cayendo sobre su frente, los labios formando una mueca, el ceño fruncido y la mirada color esmeralda rebozando de odio. Un odio que promete venganza.