Silvia
—¡Tiempo! —la voz del profesor resonó por todo el salón de clases—. Terminaron, pasen su examen hacia adelante.
Ilusamente traté de responder algunas preguntas más para evitar entregar un examen en blanco, pero es inútil, el azar y la suerte tendrían que estar de mi lado y hace tiempo me quedó claro que eso es imposible.
La gente solía decir que tal cosa como la suerte no era más que un invento para hacernos sentir mejor, la realidad es que sí existe y únicamente bendice a unos pocos. Una cantidad aún más reducida recibe lo denominado como “un golpe de suerte” y ¡pum! Vida resuelta o casi resuelta. Claro que también creía en el trabajo duro y en la perseverancia, pero no es lo mismo, vale más la suerte que cualquier cosa, pues conocí gente que trabajó duro toda su vida y jamás pudo cumplir un sueño o estar satisfecho consigo mismo.
Mi padre incluido.
No es que no quisiera a mi padre, claro que lo hacía, pero después de varios meses extraños, había llegado el momento en que se convirtió en un paranoico o peor. A veces llegué a sentir que había perdido la cabeza.
Más realista, dejé caer mi lápiz sobre la banca y pasé mi examen a medio contestar hacia mi compañero de adelante. Aprovechando que aún había un compañero sentado detrás de mí, le eché un vistazo a su examen; tampoco le ha ido muy bien. Menos mal no sería la única que reprobaría.
Aún con el ánimo por los suelos y con la certeza de que mi padre me daría una regañada de esas que no se podían olvidar en un año, salí del salón. De por sí este no era su mejor momento, reitero, últimamente estaba más paranoico que de costumbre. Si llegaba un minuto tarde, me reprendía, si tomaba un atajo de la escuela a la casa o viceversa, se enojaba, si no contestaba el móvil al primer pitido, castigo que nunca quitaba.
Poco a poco me iba rellenando el vaso y llegaría un momento en que una gota lo colmaría y sinceramente no sabía lo que ocurriría.
—¡Silvia!
Instintivamente me giré al oír mi nombre. A pesar de reconocer esa maldita voz, mi cuerpo reaccionó sin poder evitarlo. Y es al ver su rostro que el enojo invadió mi cuerpo.
—¿Qué quieres, Pedro?
Intenté responder lo más cortante y duro que pude, pero el nudo en mi garganta impedía que me viera imponente o siquiera enojada. El ver el rostro de Pedro provocó en mi un dolor de estómago y no uno cualquiera, si no aquel que se relaciona con el corazón roto y la decepción. Pero también sentí el golpe de realidad. Pedro era un imbécil, casi como muchos de los hombres a los que me he topado.
La diferencia es que yo le permití herirme.
—No te pongas enojona, si ya te he dicho que el ceño fruncido no va contigo.
Y entonces ocurrió. Sentí el momento exacto en que cualquier rastro de atracción hacia él se disolvió. Ahora solo quedaba asco y disgusto. ¿Cómo pudo gustarme un imbécil como él? Dios, si además cogía como un idiota. No aguantaba más de diez minutos.
—Tú no me dices qué hacer, ¿Qué quieres?
Se acercó a mí lentamente, como si quisiera seducirme o al menos hacer el intento. Pero se veía tan ridículo, que tuve que morderme la lengua para evitar reír.
—Nos toca hacer la exposición de literatura juntos.
Dejé salir lentamente el aire de mis pulmones, en parte aliviada, en parte para evitar soltar la carcajada. Imaginaba que me diría algo peor, tal vez una burla o incluso que sacara a colación el tamaño de mi idiotez al acostarme varias veces con él. Aunque claro que estaba mal, pues el tener que ser un equipo no se veía como un buen panorama. Podría terminar matándolo.
—¿Por qué tan decepcionada? —soltó una carcajada—. ¿Querías que te propusiera uno de nuestros encuentros?
Ay, por favor. Eso ya sobrepasó mi paciencia. Mi mano voló a su mejilla para darle una bofetada tan fuerte, que mi mano quemó.
—¡Idiota!
El hecho de que tuviéramos que hacer equipo no lo podía cambiar, pero no tenía por qué estar soportando su estúpida habladuría. Además, mi padre ya estaría jalándose el cabello de pura desesperación. Iba cinco minutos tarde lo que se traducía como un mes de castigo. Para ese momento ya perdí la cuenta de cuánto tiempo llevo sin salir.
La verdad es que ni me importaba. Sin amigos, con un imbécil que solo me usó y con una vida social de pena, estar encerrada en casa era mi actividad favorita.
Todo empezó con mi inocencia que rayaba la estupidez y mi necesidad de encajar, de tener un grupo, de pertenecer. Siempre fui dejada de lado debido a que mi padre nos movía de un lado a otro sin razón alguna. Un año en tal lado, otro año en este otro. Cambiábamos de estado conforme se podía y debía agradecer de que al menos no nos habíamos mudado de país.
Con mi vida de nómada era complicado poder conservar una amistad, ya no se diga un noviazgo. En sí me acostumbré a ser solo yo, pero era cansado y era desesperante porque no tenía en quién confiar, con quién desahogarme o con quién salir a divertirme. Muchas veces veía en la escuela a las chicas reír en grupo, escuchaba cómo se daban consejos de amor y cómo se consolaban cuando alguna tenía problemas en casa.
Algunas veces intenté acercarme, pero por alguna razón nunca lograba congeniar. Tal vez era mi introversión que rozaba el exceso o era que no tenía temas de conversación interesantes. ¿Quién querría hablar con alguien que no tiene algo qué decir? Podría hablarles sobre las series que me gustaba ver o de las otras escuelas a las que tuve que ir. Tal vez era mi necesidad de agradarle a alguien, de ser querida.
Y no funcionó hasta que llegué a esta ciudad.
No me consideraba popular, pero tampoco una rechazada total. Tenía una amiga cuya personalidad era muy distinta a la mía, pero nos llevábamos bien. Y no le importaba si hablaba de las series que nadie conocía o si mi música no era lo que comúnmente se oía o si no sabía un carajo de maquillaje y chicos.
Con ella aprendí a convivir, aprendí a seguir una charla común y corriente, bebí alcohol por primera vez y aprendí a confiar; a reír.
No es que nunca hubiese tenido una amiga antes, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que mis amistades duraban un año y luego me iba y jamás volvía a verlas. Pero con ella, con Karla, sí me interesaba llegar a los treinta y seguir frecuentándola.
Hasta que cometí el error de enamorarme de Pedro y decirle a Karla. Recordé las charlas entre chicas en las que se aconsejaban y se maquillaban y se secreteaban. Creí que ella me ayudaría a acercarme a Pedro. Y lo hizo. Pero no de la buena manera.
Estuvimos saliendo durante un tiempo, un par de meses en los que se pintó a sí mismo como todo un caballero y caí. En parte culpaba a mi inexperiencia, pero también al idiota por haberme hecho creer cosas inexistentes.
Cuando acepté entregarle mi virginidad lo pensé demasiado. Con mi padre era imposible hablar de esas cosas, de cualquier tipo de cosas. Conociéndolo, sometería a Pedro a un exhaustivo interrogatorio que terminaría espantándolo y no estaba preparada para un corazón roto. Aún después de conocer la reputación de Pedro decidí jugármela y terminé como todo, menos yo, sabían que iba a terminar.
Sola, llorando y deseando jamás haberlo conocido.
Me expuso frente a sus amigos mientras se burlaba de mi inexperiencia a pesar de que yo le dije que era virgen.
Pero la estocada final llegó cuando me enteré de que la mente maestra detrás de todo fue Karla. Mi supuesta amiga convenció a Pedro de follar conmigo un rato para quitarme la curiosidad y tener algo de experiencia. Su excusa fue que quería ser una buena amiga y darme experiencia mientras me abría los ojos para ver que Pedro no era más que un idiota.
Al enfrentarla ella insistió en que lo hizo por ser buena amiga. Yo la odié y hasta la fecha lo hago. Después de gritarle que se pudriera me alejé y no he vuelto a hablar con ella.
Llegué a casa con el ánimo por los suelos, lo que menos necesitaba era más inestabilidad. Pero justo cómo imaginé, la suerte me volvió a escupir en la cara.
El interior de la casa estaba hecho un desastre: Cuadros tirados, vidrios en el suelo, sillas volcadas, ropa por todas partes y mi padre desesperado sentado en el piso metiendo cosas en una maleta.
—¿Papá? —cuestioné irritada—. ¿Qué haces?
Se levantó de un salto listo para defenderse.
—¡Silvia! —nervioso, me dio un corto abrazo—. Qué bien que llegas temprano. Sube a empacar lo indispensable porque tenemos que irnos.
¿Irnos a dónde? Ahora sí perdió la cabeza. No ha pasado ni un año de que nos mudamos, pero desde hace seis meses que se puso peor. No, eso fue demasiado, he soportado, pero ya no más.
—No, papá —dije enojada—. Esto llegó a su límite. Basta de esto. Podría ser que incluso sea un trastorno.
Mi padre me miró irritada y continuó guardando cosas en la maleta.
—Apúrate, Silvia.
—¡Es que no tiene sentido! —exclamé desesperada—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué debemos irnos? Ya no soy una niña que sigue las instrucciones sin preguntar.
—Por favor, hija, esto es urgente. Empaca lo esencial y vámonos. Te explicaré en el camino.
La mirada de terror que vi en el rostro de mi padre y su voz apremiante me obligó a obedecer. Subí a zancadas al piso de arriba, saqué una mochila del interior del clóset y metí todo lo que pudiera servirme.
La situación era extraña. Generalmente mi padre avisaba con al menos dos meses de antelación y podíamos planear una mudanza decente. No llevarnos un octavo o menos de nuestras pertenencias.
Ropa, cargador, teléfono móvil, mi maquillaje esencial y mi chamarra más abrigadora. Imaginaba que una vez instalados nos encargaríamos de reabastecer las necesidades básicas, pues a pesar de que intentaba meter todo lo posible, al final me di cuenta de que llevaba muy poco.
Salimos corriendo de la casa, subimos al automóvil y mi padre arrancó como si la vida se nos fuera en ello. Lo último que vi de mi casa era la ventana de mi habitación cerrada. La cortina rosa pastel entreabierta y el fantasma de nosotros.
Hacía ya mucho tiempo que aprendí a no encariñarme con las personas ni los objetos, pues era común dejarlos atrás para siempre. Sin embargo, ese lugar lo sentí por primera vez como un hogar. Durante varias noches Karla y yo nos quedamos despiertas intentando maquillajes que veíamos en revistas o peinados de gente famosa.
Muchas veces reímos mientras veíamos comedias románticas y argumentábamos que pronto encontraríamos al amor de nuestra vida. Porque el amor siempre lo pintaban bonito en las películas, realmente yo nunca lo había visto de cerca, pues papá siempre estuvo solo y yo nunca pude forjar una relación.
Pero tenía esperanzas. Mi vida no había sido algo de lo que enorgullecerme, menos aún me sentía satisfecha, pero debía mejorar, las cosas no podían ser siempre así.
Esperaba que esa fuera la última vez que nos mudábamos y dejábamos todos atrás.
Mientras nos alejábamos, un sentimiento de nostalgia me embargó, pues a pesar de que las cosas con Karla y Pedro terminaron mal, al menos por un momento sentí que todo iba a mejorar. Y la pasé bien, debo admitir.
No íbamos a regresar, lo sabía. Pero a dónde quiera que fuéramos, haría todo por intentar encajar y por primera vez sentir que pertenecía a un lugar.