Capítulo 3

2780 Words
Oliver Lo primero que pensó Oliver al enterarse de la verdad, fue que el tamaño de los huevos de quien tuvo la brillante idea de esparcir el rumor de que habían capturado al hijo de los rebeldes que se coronaron solo se comparaba con Fuente Oscura. O incluso podría compararlo con Ígoma, el castillo más grande del reino y el que más miedo podría provocar. Oliver no creía en idioteces tales como los espectros, fantasmas, monstruos o seres sobrenaturales. Los vampiros y los hombres lobo solo eran cuentos que usaban los adultos para asustar a los niños que no querían irse a la cama o aquellos que se mostraban reacios a cumplir con sus deberes. Recordó de pronto a su niñero de la época anterior a llegar a Fuente Oscura. Era un joven fornido, de casquete corto y cabello crespo. Oliver era apenas un niño de cinco años que vivía tranquilamente con sus padres en una aldea a la que la guerra aún no había afectado. Y vaya que se enamoró de ese chico. Era imposible, por supuesto, pero lo mejor del amor platónico era la ilusión de que todo podía ser perfecto. Era como vivir en una realidad alterna y sí lo hizo o al menos así fue hasta que llegaron los soldados de la reina y se enfrentaron con unos rebeldes que planeaban saquear la aldea. Eso fue lo que le dijeron, sinceramente Oliver no lo recordaba con certeza. A veces pensaba que, por su bien, su mente bloqueó ese recuerdo; pues la batalla fue la que lo hizo ver la realidad. Estaban en guerra, el hecho de que su aldea no hubiese sido afectada aún no significaba que estuvieran a salvo, pues tarde o temprano iba a llegar. Aunque habría deseado que fuera nunca. Murieron muchos. La mayor parte fueron rebeldes y soldados de la reina, pero hubo varios civiles afectados. Más de los que podía soportar. Su niñero fue uno de ellos. Oliver siempre quiso creer que murió rápido, que aquellas marcas de heridas de espinas fueron causadas por un ser de tierra después de que este hubiese muerto. Se quiso convencer de que sintió el mínimo dolor posible y que no lo torturaron enterrándole una y otra vez las espinas venenosas de alguna planta mortífera. Aquella vez le dieron a elegir a sus padres entre mandarlo a Fuente Oscura o dejarlo con ellos, pero en uno de los castillos de entrenamiento: Rosales, Dilea, Cumbre Dorada o Asturias. Oliver no dudó un segundo en dejar en claro que se iría con sus padres sin importar a qué castillo o territorio los enviaran, así que en un principio viajó con ellos. Fue hasta que sufrieron un pequeño ataque en el que casi muere, que sus padres se dieron cuenta de que era un estorbo. Por lo general, los seres dominaban su elemento, pero era mucho más complejo usar tácticas para dañar y matar a que simplemente usar una táctica para apoyarse en alguna actividad. Sus padres tuvieron que aprender rápido, pero Oliver ni siquiera sabía cuál era su elemento, así que con mucho pesar (o es lo que le gustaba pensar a él), sus padres decidieron dejarlo ir a Fuente Oscura, el castillo de entrenamiento más seguro de todos. Lo visitaban una vez al año, claro que sí. Pero durante mucho tiempo extrañó demasiado la vida en la aldea. Años después, durante su cumpleaños número diez, recibió una carta de su padre. Cosa rara ya que siempre era su madre quien enviaba la correspondencia. Fue la peor noticia que un niño podría haber recibido: Su mamá estaba muerta debido a que la emboscaron tres rebeldes y aunque peleó ferozmente, no logró sobrevivir. Eran muchas cosas las que Oliver aborrecía de la guerra. La peor de todas era que no podían enviar cartas. Cualquier aprendiz de guerrero tenía derecho a recibir noticias de sus familiares de fuera, pero ellos no podían dedicarles una sola palabra. La razón era tan estúpida que le revolvía el estómago: No tenían la madurez suficiente. A los directivos les asustaba que al ser aprendices pudieran revelar cierta información que pudiera resultar confidencial, pues si aquella carta caía en las manos equivocadas, supondría un mal punto para ellos. Pero eran aprendices. No idiotas. De cualquier forma, su padre se fue distanciando de él hasta que dejó de ir a visitarlo y posteriormente de enviarle correspondencia. Pasó un año, dos, luego tres y Oliver tuvo que admitir que no había más que hacer. A su padre no le importaba su hijo. Al parecer la guerra no solo cobraba vidas, si no relaciones afectivas. Una razón más para querer derrotar a los rebeldes. Tan atrás quedaron los cuentos de hadas, vampiros y brujas que servían para asustar niños, atrás quedaron los días inocentes en que lo más placentero era echarse bajo la sombra de una palmera y mirar las nubes moverse por el cielo. Atrás quedó su amor platónico por un niñero quien juraba y perjuraba que los humanos también asustaban a sus hijos con cuentos de monstruos y atrás quedó la ilusión de aquel niño risueño: El de ser un buen ingeniero. Pero lo importante en aquel momento era que alguien había mentido. Alguien había gritado fuertemente que al fin la guerra estaba llegando a su fin y todo fue más que un invento. La decepción fue palpable en el aire. Esa pesadumbre se instaló en sus hombros y se dio cuenta de que era horriblemente densa. —Rastrearemos al culpable de esto —anunció Bertha, la prima más cercana de la reina quien era una total inútil—. Ya saben que soy la única que da anuncios oficiales. No puede ser que se crean cualquier rumor de pasillo que oyen. La señora de Fuente Oscura era un ser de agua a quien nunca había visto usar su elemento. Oliver llegó a pensar más de una vez que la única razón por la que estaba en ese castillo era para evitar que la mataran en la batalla porque por lo que había escuchado, Bertha apenas sabía lanzar ráfagas de agua. —¿De verdad creen que van a dar con el ser que esparció el rumor? —Tomás, su amigo tan alto y delgado como un palo se aclaró la garganta—. Somos cerca de diez mil seres habitando este endemoniado lugar. —Es pendeja —replicó Oliver—. Solo quiere aparentar que tiene el control. Tomás asintió, desinteresado. Fue él quien casi lo acarreó hasta ahí con tal de tener “información de calidad” según su sexto sentido. —Bueno… podríamos ir por un bocadillo de queso —Tomás bostezó—. Mi última clase es de vuelo, así que tengo que estar bien alimentado. Tomás era un ser de tierra que amaba en exceso permanecer en el suelo. Algo común entre seres de tierra. No se podría decir que le tuviera fobia a volar, pero juraba que la primera vez que tuvo que levantarse a más de veinte metros de altura estuvo a punto de desmayarse. Oliver lo siguió por los pasillos mientras medio oía las charlas de los que se cruzaban en su camino. Le parecía increíble la habilidad que la mayoría de los seres tenían para vivir aparentemente normal cuando una guerra sangrienta se llevaba a cabo en el mismo reino que ellos. No criticaba, pues él mismo solía olvidarse de que en cualquier momento podrían mandarlo a la guerra y morir por cualquier descuido de novato. —¿Cómo crees que sea ser hijo de algún noble? —No lo sé, tal vez sea cómodo porque no te separan de tu familia hasta que encuentras tu elemento. —Podría ser, pero luego son unos tramposos de mierda, ¿crees que se bañen con sales de oro? Oliver no sabía un carajo de gente aristócrata porque nunca había conocido a uno. Excepto Vanesa, pero ella no contaba porque un maldito grano en el culo. Esperaba que los demás nobles no fueran como ella, porque de ser así… Bueno, jamás se volvería un rebelde, pero sería difícil luchar por alguien que te trataba como escoria. —Se podrían bañar con aserrín —contestó Oliver—. Lo importante es que sean justos. Los impuestos, los malditos impuestos son los que te dicen si el Señor es bueno o no. —O Señora. —Lo que sea. Se topan en el vestíbulo principal con tres seres jugando con una bola de agua. Se la lanzan entre ellos mientras evitan hacerla caer. En lo personal, Oliver amaba la oscuridad, sobre todo porque él era un ser oscuro, pero si pudiera elegir otro elemento, pediría también tener agua. Era divertido. Victoria, su amiga, tenía dos amigas que eran de agua: Melisa y Meredith. Ambas eran buenas, pero no solían divertirse mucho usando su elemento, le habría gustado entrar a un lago y deslizarse entre las corrientes como si se tratara de toboganes. Sí, le encantaría poder hacer eso antes de morir. —¿Ubicas a Yoli? —continuó Tomás—. La de pecas y cabello rizado, que parece que casi no se lo peina —Oliver asintió—. Pues ayer la encontraron… —¡Hola, Oliver! —una voz cantarina lo llamó desde atrás—. He practicado los movimientos de ataque y bloqueo, estoy segura de que te derribaré pronto. Oliver se giró para encontrarse con Victoria, la chica que causa confusión en todos: Madre increíblemente talentos, padre desconocido y un elemento que parece odiarla. Cuando llegó a Fuente Oscura, él aún no había descubierto su elemento, tampoco Victoria y mientras descubrían con qué elemento los había bendecido la naturaleza, entrenaron juntos. Al momento era difícil encontrarse, pues debido al poco rendimiento de Victoria no solían tomar clases juntos excepto combate. Oliver se atrevería a decir que en eso era medianamente decente. Y aún así, al verla, siempre nacía una sonrisa en su rostro. —¿Ah, sí? —Oliver entrecerró los ojos—. Quiero verte intentarlo —retó con un tono juguetón. —Si gano, propongo que cantes en el escenario del salón de entretenimiento a todo pulmón. Uh. Al parecer iba en serio. Oliver no se consideraba un ser conocido por todos, pero si cantaba, definitivamente lo iban a conocer. Y no en el buen sentido. Detrás de Victoria, Meredith hablaba con Melisa, ambas tan parecidas en personalidad y un poco físicamente, que resultaba raro ver a Victoria en ese grupo. —¿Sí te enteraste de la noticia? —Victoria asintió—. Un drama, me imagino. —Creo que al final todos esperamos algo que haga de nuestro encierro una situación un poco más interesante, ¿no crees? Victoria solía quejarse de eso. No estaban del todo encerrados, si querían podían salir a los jardines e incluso explorar un poco el bosque. Sin alejarse, claro. Había sala común, comedor y demás instalaciones que servían para convivir. Él no se quejaba realmente, Oliver solo deseaba salir al mundo exterior para poner su granito de arena en la guerra. —El chisme alimenta este lugar llamado Fuente Oscura —aportó Tomás—. Y luego se inventan cada cosa… El otro día me enteré de que discutí con un maestro y despedacé un libro entero. Y creo que eso fue lo suave. El ambiente cambió en cuánto una figura esbelta, de cabello color chocolate ondulado y ojos claros almendrados entró en la habitación. Vanesa, quien no la conozca es que vivía debajo de una roca. Siempre existió una rivalidad entre Vanesa y Victoria, la razón tiene que ver con Jazmín y los padres de Victoria quienes al parecer nunca se llevaron muy bien. Pero la rivalidad se convirtió en humillación cuando Victoria no fue ni la mitad de talentosa que Vanesa. Por un momento Oliver creyó que pasarían desapercibidos. De hecho, instintivamente se quedó lo más quieto posible como si de esa forma pudieran hacerse invisibles. Para su mala suerte, eso no sirvió para un carajo. Vanesa vio a Victoria y no dudó en acercarse. —¿Pero qué tenemos aquí? —Solo lárgate, Vanesa, hoy no tengo ganas de ver tu desagradable cara. Algo que Oliver pudo admirar de su amiga, fue el tamaño de ovarios que tuvo para hablarle de esa manera a una chica como Vanesa. Tomando en cuenta que la chica esa era la mejor aprendiz, tenía título de nobleza y una fortuna por heredar… Bueno, sí tenía las de perder. —Uy, pero qué gatita tan enfurecida —Vanesa empezó con tono dulce, pero terminó casi escupiendo veneno—. O gata, más bien. Dime, ¿ya lavaste mi ropa sucia? Las risas no se hicieron de esperar, algunos seres solo se alejaron fingiendo que no vieron nada, pero muchos otros observaban entretenidos. —Si solo vienes a incomodar, puedes retirarte. —Oh, no. Yo solo estoy prediciendo el futuro —Vanesa dice en tono inocente—. Pues al paso que va, terminará siendo sirvienta, ni siquiera llegará a maestra. Las risas son más estruendosas. Al ver a su amiga, notó que la furia la carcomía, su mirada asesina lo dijo todo. Lo siguiente que ocurrió fue tan rápido, que difícilmente supo la cronología de todo, pero lo primero que vio fue a un ser de tez morena, ojos ámbar y un porte que definitivamente podía a uno tirar la truza y lanzarse hacia él. Ernesto. El maldito amor platónico de Victoria. Un tipo definitivamente caliente y talentoso con unos amigos igual de calientes y talentosos y ese grupo al que todos o casi todos querían pertenecer. Si acaso solo el grupo de Vanesa estaba por encima de ellos. Después vio a Rogelio: El mejor aprendiz de la generación. Un gran amigo de Vanesa y casi igual de castroso. Su sonrisa estúpida le molestó demasiado. Ernesto se acercó curioso para ver lo que ocurría al mismo tiempo que Victoria se lanzó hacia Vanesa con un grito de enfado. Como punto para Victoria, Vanesa fue tomada por sorpresa, pero a pesar de que su amiga fuera decente en combate, Vanesa era mucho mejor y logró inmovilizarla en menos de veinte segundos. Meredith se lanzó a detener la pelea, pero fue demasiado tarde, todo había terminado. Victoria perdió. Rogelio evitó que Vanesa golpeara a Victoria y tanto Meredith como Oliver intentaron levantar un poco de la dignidad de Victoria. Ernesto se acercó con una expresión entre enojo e irritación y se impuso entre todos. —¿Qué pasó? —preguntó con voz pastosa. —Oh, tu mascotita perdió el control. Y no sirvió de nada porque como siempre, gané yo. Victoria se acercó amenazadoramente a Vanesa, pero Meredith evitó que se lanzara otra vez contra ella. —No soy mascota de nadie —escupió Victoria—. Y solo te entrometiste como la chismosa que eres. —Oh, gracias por informarme —Vanesa sonrió—. Ahora sé que eres callejera. ¿Alguien quiere adoptarla? Las risas volvieron a resonar, Victoria se sonrojó tanto, que pensó que estaba por llorar. —Es suficiente —Ernesto habló con tal seguridad, que todos callaron—. No más de este jodido circo. Vanesa y Rogelio parecían querer reprochar, pero al final simplemente se alejaron con otro chico detrás de ellos. Antes de irse, Rogelio volteó. —Alguien debería controlar a esa niña —y de pronto le dieron ganas de golpear a Rogelio—. Los y las guerreras no pierden los estribos tan fácilmente. Eso podría significar la muerte en una batalla. Oliver y él intercambiaron una mirada repleta de odio, Oliver queriendo golpearlo y patearlo para ver qué tanto podía controlarse. Observó a Vanesa alejarse con sus dos amigos. Oliver meditó si lanzar una ráfaga de oscuridad, pero si lo hacía por la espalda, se vería bajo. Sería bajo. Tal vez otro día sería. Ernesto volteó a ver a Victoria quien estaba más apenada que una virgen en su noche de bodas. Victoria apenas lo miró y salió corriendo. Ernesto solo suspiró pesadamente, visiblemente exhausto. —Tal vez pudiste ponerlos en su lugar —declaró Meredith—. Esa perra lo merece. —Ella puede defenderse sola —justifica Ernesto—. No podemos luchar sus batallas por ella. —Oh, vamos, no digas tonterías… Vanesa se excede. —No podemos cuidar de ella siempre, debe aprender a cuidarse sola. Meredith y Oliver intercambiaron una mirada. Ernesto era de mano dura, no entendía cómo Victoria podía enamorarse de él. Sin decir palabra, Oliver salió a buscar a su amiga. Si se escondía demasiado bien, la buscaría otro día. Siempre pasaba que tarde o temprano a Victoria se le bajaba el enojo.
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