—Llegamos —dice Demian sacándola de su reflexión. Demian baja del vehículo. Ella voltea a ver el edificio, mientras respira profundo. Él le ofrece sus manos, las cuales Eloise toma sin rechistar, y de ese modo entran al lugar. La asistente los hace pasar a un consultorio pintado con colores neutros con poco acceso a la vista exterior. Casi no hay decoración, únicamente la necesaria, como sus títulos y uno que otro cuadro de relajación. La terapeuta les ofrece asiento en el cómodo mueble azul mientras ella se sienta en el sillón frente a ellos con la típica libreta de todo terapeuta en mano. —Muy bien, señora Alberti y señor Lambert, tengo entendido que están divorciados desde hace cinco años, también que hay dos niños de por medio, de los cuales usted, Eloise, no tenía conocimient

