Volver a la realidad El reloj marcaba las siete y media de la noche. El cuarto seguía impregnado de un olor mezcla de sexo, sudor y jazmín. El cuerpo de Lea aún temblaba ligeramente entre los brazos de Braulio, que la abrazaba con la ternura de quien ha recuperado un tesoro perdido. Pero el tiempo era un enemigo implacable. Ambos sabían que no podían quedarse ahí eternamente, por más que el corazón les gritara lo contrario. —Tenemos que irnos… —murmuró Lea, sin querer romper el momento. Braulio suspiró, besando su frente. —Sí… pero no quiero soltarte. Lea lo besó una última vez, larga, profundamente. Después, con un gesto decidido, se levantó de la cama y comenzó a vestirse con movimientos suaves, casi rituales. Cada prenda que se colocaba parecía un escudo para enfrentar de nuevo

