En dos mundos paralelos El amanecer llegó más rápido de lo esperado. Lea se despertó temprano, con el cuerpo aún dolorido, las piernas algo temblorosas y la piel marcada por las huellas invisibles de Braulio. Se quedó acostada unos minutos en la cama matrimonial, con la mirada perdida en el techo. Pablo dormía a su lado, respirando profundo, ajeno a todo. El teléfono vibró en la mesita. > Braulio: Buenos días, amor mío. No he podido dejar de pensar en ti. Aún siento tu sabor en mis labios. Eres mi droga, Lea. Tenemos que vernos pronto… no podría soportar no volver a tenerte. Lea suspiró. Una corriente de deseo le recorrió la columna. Quería responderle, decirle que también lo deseaba. Pero el sonido de las sábanas moviéndose a su lado la hizo volver en sí. —¿Amor? —la voz adormila

