Momentos robados La tarde empezaba a desvanecerse lentamente, pero en el interior del salón, el tiempo se había detenido. Lea seguía recostada sobre el sofá de terciopelo, apenas cubierta por una manta ligera, con el cuerpo aún húmedo, vibrante, cálido. Braulio se sentó a su lado, con el torso desnudo, el cabello ligeramente despeinado, y los ojos encendidos por el deseo y la necesidad. —Tenemos que hablar —dijo ella, con la voz rasposa, aún cargada de emoción. Braulio asintió, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas con las de ella. —Sí… tenemos que encontrar la forma de seguir viéndonos. Lea suspiró. Su corazón le gritaba que se quedara ahí para siempre, que se perdiera entre los brazos de ese hombre que conocía cada rincón de su alma, pero la realidad se imponía como una mar

