La propuesta más cínica El silencio que siguió al clímax era denso, casi sagrado. No había culpa, no había arrepentimiento. Solo la vibración latente de lo que acababa de ocurrir. Lea, recostada sobre el sillón de terciopelo, aún respiraba con profundidad. Su cuerpo brillaba bajo la escasa luz del lugar, como si el sudor fuese una capa de oro líquido sobre su piel trigueña. No sentía culpa. No podía. No cuando se sentía tan viva, tan satisfecha… como no lo había estado en años. Braulio, tendido a su lado, la observaba en silencio. Desnuda, perfecta, con ese cabello largo cayéndole por la espalda, desordenado pero sensual. Sus curvas aún palpitaban con el eco del placer. Sus labios, hinchados y tentadores, parecían recién nacidos de un beso. Había algo casi irreal en esa escena: sus cuerp

