Aquello que nunca se cerró La tarde estaba cargada de un calor denso, no por el clima, sino por las emociones que flotaban en el ambiente del salón. Laura ya había recibido su primer cambio de imagen, y aunque los resultados eran notables, aún quedaban muchas lecciones por aprender. Hoy le tocaba una clase más: cómo sentarse, cómo caminar con la espalda erguida y cómo hablar con sutileza. Ser una dama no era algo que se enseñara en una sola sesión. Laura se presentó al salón con una blusa de seda color hueso y una falda plisada que aún no sabía portar con la elegancia que pretendía. Caminó con determinación, directa hacia Lea, quien acomodaba algunas revistas en la sala de espera. —Necesito hablar contigo —dijo Laura sin rodeos. Lea la miró con serenidad, sin miedo. —Claro, dime. Lau

