Más de lo que esperaba

1049 Words
Capítulo 4: Más de lo que esperaba Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones. Lea y Pablo se veían cada sábado como si fueran adolescentes escapando del mundo. No eran citas planeadas, eran escapadas necesarias. Comían sushi, caminaban por la ciudad, se reían por horas en cafés escondidos o en la parte trasera del coche de Pablo, donde se miraban como si fuera la primera y la última vez. —¿Por qué no me dijiste que habías estudiado diseño gráfico? —le preguntó Pablo un sábado, mientras acariciaba distraído los dedos de Lea bajo la mesa. —Porque pensaba que solo me veías como una asistente más —respondió ella con una sonrisa ladeada—. Y tampoco creí que importara. —Todo en ti importa —dijo él con una voz más baja, más cargada. Ella le habló de su infancia con carencias, de cómo luchaba por su independencia, de sus sueños de ser ilustradora, de lo mucho que le dolía sentirse invisible. Pablo se abría también, le contaba que su primer amor, Verónica, lo marcó para siempre. Que la infidelidad de ella lo dejó roto. Que Belén, su actual esposa, lo ayudó a salir del alcohol... pero que nunca volvió a amar igual. —Ella me cuida, me sostuvo en el peor momento... pero nunca hubo fuego. Verónica fue eso —confesó Pablo con la mirada en el horizonte, dentro del coche, mientras Lea acariciaba su brazo con delicadeza. —¿Y yo qué soy? —preguntó ella, con voz trémula. —Eres un incendio... Pero me aterra quemarme —respondió él, girándose hacia ella. No la besó, solo la miró como si ya no pudiera evitarlo más. Ambos ocultaban la verdad: Lea ya había terminado con Rodrigo hacía dos semanas, solo que aún vivían en el mismo departamento. Dormían espalda con espalda. Rodrigo empezaba a sospechar, pero no decía nada, solo lanzaba frases pasivo-agresivas en las mañanas. —No te busco porque ya no estás tú, solo estás él en ti —dijo Rodrigo una noche, sin mirarla. Michael, el mejor amigo de Lea, también lo notó. Ella le contaba todo al principio, pero cuando le dijo que se estaba viendo con un hombre casado, algo en él cambió. —No puedes estar con alguien que tiene otra vida, Lea. ¿Qué esperas que salga de eso? —le dijo Michael por teléfono, serio, seco. —No lo entenderías —le respondió ella con los ojos húmedos. —Sí, porque yo nunca me habría conformado con ser “a veces” de alguien. —Y colgó. Desde entonces, Michael se volvió distante. No contestaba sus mensajes tan rápido. No la buscaba. No la juzgaba... pero ya no estaba. Los sábados seguían, más intensos, más emocionales. Pablo y Lea ya se trataban con una intimidad que los desbordaba. Él le sostenía la mirada mientras hablaba de sus hijos. Ella lo escuchaba como si sus palabras fueran confesiones sagradas. Se tocaban con respeto, con necesidad, con deseo contenido. Y sin embargo, todavía no se habían acostado. Una noche, Lea escribió en su diario: "Pablo me mira como si fuera su escape, y yo lo veo como si fuera el único que ha sabido verme completa. Es irónico: ninguno se atreve a decir que ya dejó todo atrás, pero yo sé... sé que si él me lo pidiera, dejaría lo poco que me queda." El aire olía a pino y humedad cuando llegaron a las cabañas. Era un viernes cualquiera para todos, excepto para ellos. No trabajaron, no dieron explicaciones, solo se perdieron juntos del mundo. Lea no paraba de mirarlo mientras conducía. Pablo tenía la mandíbula apretada, el ceño ligeramente fruncido, como si estuviera conteniendo algo dentro de sí. Cuando llegaron, no hubo mucho que decir. El silencio lo dijeron todo. —¿Seguro que quieres esto? —le preguntó él, con voz grave y ronca, mirándola con una intensidad que le encendió la piel. —Te he querido desde que me di cuenta de que no podía dejar de imaginar tus manos en mí —respondió ella sin dudar. Él no respondió con palabras. Caminó hacia ella con paso decidido, y la besó. No fue un beso dulce ni tímido. Fue urgente. Hambriento. Ella sintió cómo su cuerpo se encendía con ese contacto. Pablo la empujó suavemente contra la pared de madera, sosteniéndola por la cintura con fuerza. Sus labios la recorrían como si la saboreara, como si cada rincón de su piel fuera un manjar reservado solo para él. —Hueles a deseo —susurró contra su cuello, mientras aspiraba el aroma de su piel—. Te imaginé tantas veces así… Lea temblaba. Su cuerpo respondía como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida. Pablo deslizaba sus manos con lentitud pero con autoridad. Le bajó la blusa sin romper el contacto visual, y cuando sus labios tocaron su clavícula, sintió que se derretía por dentro. Le besó el pecho con devoción, con hambre, como si su piel fuera sagrada. La llevó a la cama de la cabaña, y la recostó con cuidado. Él se quitó la camisa, y Lea observó su cuerpo, fuerte, con cicatrices de vida, con historia. Él se agachó y volvió a besarla, esta vez con más calma, con una profundidad que la hizo soltar un gemido entre dientes. —Estás tan mojada sin que siquiera te haya tocado como quiero —le dijo al oído con un tono que la estremeció. Ella arqueó la espalda, desesperada, pero él no la complació enseguida. Paseó sus dedos por sus muslos, por sus caderas, por su vientre, encendiendo cada centímetro. La miraba fijamente, como si quisiera recordarlo todo. Y cuando por fin la tomó, fue con una mezcla perfecta de deseo salvaje y adoración. Lea se sintió rendida. Sus cuerpos se movían al ritmo de un deseo contenido por semanas. Pablo la acariciaba con fuerza, la tomaba con entrega, murmurando cosas que no entendía del todo, pero que la hacían estremecer. Cuando todo terminó, ella estaba entrelazada a él, respirando en su pecho, mientras él jugaba con un mechón de su cabello. —Nunca nadie me ha hecho sentir así —dijo ella. —Porque nunca nadie te ha amado como yo —respondió él, besándola suavemente en la frente.
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