El lunes amaneció lento, pero Lea no. Su cuerpo todavía temblaba de los recuerdos, de las manos de Pablo explorando cada rincón suyo como si fuera un mapa sagrado. No había rincón no besado, no gemido no ahogado entre caricias brutales. La cabaña había sido su universo por horas, y él su dios dominante. No durmieron. No podían. Cuando no estaban penetrándose salvajemente, se estaban tocando con una dulzura brutal, como si quisieran memorizarse el alma a través del cuerpo. Pablo la había dejado cerca de su casa justo antes del amanecer, con el cabello desordenado, los muslos marcados de deseo y los labios aún hinchados de sus besos. En el auto, él solo le había dicho: —Me vas a volver adicto a ti, Lea. Ella solo sonrió, sin decir palabra, porque sentía lo mismo. Ya en la oficina, las mi

