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1028 Words
Hacía algunas semanas que había llegado a Madrid. Mi búsqueda de empleo podría estar yendo mejor, pero Angela había sido increíble. Adoraba cómo cuidaba de mí sin quejarse ni un poco. La luz del sol de la mañana entraba por las cortinas, lanzando un brillo cálido sobre la mesa del desayuno. Angela y yo nos sentamos una frente a la otra, con el aroma del café recién hecho llenando el aire. Removí mi café distraídamente, pensando en mi próximo paso. Era hora de enfrentar la realidad de mi situación y encontrar una manera de mantenerme. No importaba cuánto ella me asegurara lo contrario, no podía seguir siendo una carga para ella. —Angela, agradezco todo lo que estás haciendo por mí —comencé, con toda seriedad—. Pero no puedo seguir contando contigo. Necesito encontrar trabajo para mantenerme. Ella levantó una ceja, con un brillo malicioso en los ojos. —Entonces, ¿estás diciendo que debería dejar de cuidarte como si fueras mi proyecto personal? Reí, agradecida por el humor en medio de la seriedad de la situación. —Bueno, no me gustaría privarte de la alegría de tenerme a tu cargo. Pero, en serio, Angela, necesito encontrar una manera de ganar dinero, para recuperar un poco de independencia. Ella se inclinó hacia adelante, su expresión se suavizó. —Emily, no eres una carga. Eres mi amiga y quiero apoyarte. Pero entiendo tu necesidad de independencia. Solo prométeme que no dudarás en apoyarte en mí cuando lo necesites. Asentí con la cabeza, conmovida por sus palabras. —Lo prometo. Encontraré mi propio camino, pero también recordaré que te tengo a ti a mi lado, apoyándome. Ella sonrió, con un brillo travieso en los ojos. —Y recuerda, si todo falla, siempre tienes la opción de convertirte en una malabarista profesional. Tienes esas impresionantes habilidades de multitarea, ¿sabes? Solté una carcajada, la ligereza del momento proporcionando un alivio muy necesario a lo que sentía por dentro. —Ah, sí, el mundo realmente necesita una malabarista con mi conjunto particular de habilidades. Compartimos una risa, con la camaradería de la amistad impregnando el aire. En ese momento, sentí un renovado sentido de esperanza. Sí, tenía que encontrar trabajo para seguir adelante, pero también tenía una amiga que creía en mí y estaría allí en los buenos y malos momentos. Mientras desayunábamos, nuestra conversación giró en torno a los aspectos prácticos de la búsqueda de empleo, las oportunidades que tenía por delante y los desafíos que me esperaban. El apoyo y el humor de Angela fortalecieron mi espíritu. No sabía si era ella o el café, pero estaba lista para enfrentar el mundo. *** Ajusté mi capucha, tirándola hacia abajo sobre mi cabeza, lista para salir a las caóticas calles. El aire de la mañana estaba tan cortante como una maldita cuchillo recién afilado, y yo estaba en una misión para encontrar un empleo, determinada a reinventarme. Con ese escándalo sobre mi nombre como una nube negra, todos en Madrid ya sabían quién era. Necesitaba adoptar una nueva personalidad y un nuevo nombre que no levantara una sola ceja ni atrajera problemas indeseados. Mientras caminaba, murmuré la palabra "Daniela" para mí misma, probándola, sintiendo una sensación de libertad al abandonar el pasado y abrazar este nuevo comienzo. De repente, me di cuenta: era una fugitiva. Pasé por cafeterías y escuelas, examinando tableros de anuncios y vitrinas de tiendas en busca de ofertas de trabajo. Cada paso que daba estaba lleno de miedo y aprensión, sin saber qué me deparaba esta nueva ciudad. Esperaba que nadie me reconociera en mi nueva personalidad. Entonces la vi: una placa de "Se Necesita Ayuda" colgada en la ventana de una cafetería cercana. Mi corazón dio un salto en el pecho y reuní valor para entrar. El olor a café recién hecho me golpeó en la cara y me acerqué al mostrador con una sonrisa forzada. —Hola, vi su cartel. ¿Aún están contratando? —pregunté, con mi voz teñida de un tono nervioso. La barista detrás del mostrador, una señora de aspecto amable negó con la cabeza con una sonrisa. —Lo siento, la vacante ya está ocupada; simplemente olvidamos quitar el maldito cartel. ¿Por qué juegan con las emociones de la gente de esa manera y se olvidan de quitar el cartel? — ¡Ay! — Grité cuando un hombre de buen aspecto chocó contra mí sin pedir disculpas. — ¡Deberías mirar por dónde caminas la próxima vez! —se burló. Fue una audacia para mí; ni siquiera logró murmurar una disculpa después de pisarme con sus enormes zapatos. — ¿Qué? Tú chocaste contra mí; deberías disculparte —exigí. — Lo siento, no puedo y no lo haré. La próxima vez, mira por dónde caminas —dijo, guiñó un ojo y salió de la cafetería. Podía sentir la ira creciendo dentro de mí; qué idiota era. No tuvo la decencia de hacer lo correcto. Lo observé cuando subió a su Jeep Rojo último modelo. Claro, era un hombre rico; eso era típico de ellos. Resoplé. Nunca había visto a alguien tan grosero como ese hombre, y aun así tan atractivo. Mientras caminaba por las calles, vi una pantalla de noticias en una tienda cercana. Mi corazón se aceleró al ver mi rostro estampado en la pantalla, un recordatorio brutal del escándalo que había puesto mi vida patas arriba. Tiré de la capucha aún más apretada, como si pudiera protegerme de las miradas críticas de los transeúntes. Los días se convirtieron en semanas y no había esperanza de conseguir un nuevo empleo. Después de buscar un trabajo adecuado sin éxito, finalmente surgió una oportunidad en la escuela primaria Primaria flores felices, donde necesitaban un conserje. No era el trabajo glamuroso que había imaginado para mí, pero era un paso en la dirección correcta, una manera de ganar algo de dinero mientras mantenía la discreción. Me puse mi uniforme de limpieza y comencé mi primer día en la escuela. Aquí estaba yo, Daniela, empezando de cero en un lugar con muchas perspectivas. Primaria flores felices sería mi nuevo hogar, y esperaba que me tratara mejor que aquel del que hui.
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