Cuando la pesada puerta de roble de la sala de juntas se cerró tras los socios extranjeros y sus abogados, el silencio que quedó no fue de alivio, sino de una densidad eléctrica.
Julián permanecía de pie, con las manos apoyadas sobre la mesa de caoba, todavía mirando el rastro de agua que Lucía había dejado sobre la maldita cláusula.
Lucía, por su parte, se obligó a mantener la cabeza baja. Sus manos temblaban mientras guardaba el paño húmedo en su delantal. Sabía que había cruzado una línea roja.
Una "empleada de limpieza" no debería saber latín jurídico, ni detectar estafas financieras de alto nivel. Había salvado el imperio, pero acababa de ponerse una diana en la espalda.
—Salgan todos —ordenó Julián sin levantar la vista.
Su voz no era un grito, era un susurro cargado de una autoridad que hizo que los pocos asistentes que quedaban recogieran sus carpetas y desaparecieran en segundos.
Lucía hizo amago de seguirlos, pero la voz de Julián la detuvo en seco.
—Usted no, 402. Quédese.
Lucía cerró los ojos un instante, inhalando el aroma a café y tensión que impregnaba la sala. Se giró lentamente. Julián se enderezó y caminó hacia ella. Cada paso de sus zapatos italianos sobre la alfombra parecía marcar el pulso acelerado de Lucía. Se detuvo a menos de un metro, obligándola a levantar la mirada.
—¿Su abuelo? —preguntó él, con una ceja arqueada y una ironía amarga—. ¿Un abuelo que contaba cuentos sobre latín jurídico en las entrañas de un contrato de absorción?
—La gente humilde también tiene historias, señor Blackwood —respondió ella, intentando recuperar su máscara de invisibilidad—. Mi abuelo era... un hombre culto que terminó trabajando en lo que pudo.
Julián soltó una carcajada seca, carente de humor. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal. Sus ojos grises recorrían la hinchazón en la mejilla de Lucía, y por un segundo, la furia por el engaño de los alemanes fue reemplazada por una punzada de culpa que no supo procesar.
—No me mienta más —siseó—. He pasado meses rodeado de los mejores abogados del país y ninguno vio esa cláusula. Usted derramó el agua con la precisión de un cirujano. Señaló esa palabra porque sabía exactamente lo que significaba. ¿Quién es usted realmente?
La curiosidad no lo dejaba dormir y quería saberlo, pero Lucía sabía que ese paso no era posible.
—Soy la mujer a la que su prometida golpeó esta mañana —replicó Lucía, el dolor en su mejilla dándole el coraje que la prudencia le quitaba—. Soy la mujer que usted envió a un subsuelo a morir de asfixia entre archivos viejos. No busque misterios donde solo hay una empleada que presta atención.
Julián extendió la mano, rozando casi la piel inflamada de Lucía. Ella retrocedió como si el contacto fuera otra bofetada, lista para acabar con el trabajo.
Lo vio hacer una mueca y dudar si intentarlo de nuevo, pero desistió.
—Me ha salvado diez millones de dólares, como mínimo —dijo Julián, su voz volviéndose extrañamente ronca—. Y lo hizo después de que yo la tratara como basura. ¿Por qué? Si me odia tanto como dice, debería haber dejado que firmara mi propia sentencia de muerte.
Lucía sintió que las lágrimas picaban en sus ojos. No podía decirle que lo hizo porque ese imperio era el legado de su padre, Mauricio Valente. No podía decirle que, a pesar del odio, ver su firma a punto de destruir su vida le dolió más que la bofetada de Elena.
—Porque no soy una ladrona, señor —susurró ella—. Ni disfruto viendo cómo otros roban lo que se ha construido con esfuerzo. Ahora, si me permite, tengo que volver a mi trabajo. Mi turno no ha terminado.
Mientras Lucía salía de la sala, Julián se quedó solo con una sensación de vacío que lo desconcertaba. Se sentó en su silla presidencial y se cubrió el rostro con las manos.
La migraña, su eterna compañera desde el accidente, comenzó a latir con fuerza tras sus sienes.
—Ad infinitum indemnitatem —susurró.
Al decir las palabras, una imagen cruzó su mente como un relámpago: una habitación, el olor a flores y una voz de mujer, joven y brillante, explicándole el origen de los términos romanos mientras él la rodeaba por la cintura.
El recuerdo fue tan vívido que Julián sintió el calor de ese abrazo, pero la cara de la mujer seguía siendo una mancha borrosa, un espacio en blanco en su memoria que se negaba a llenarse.
De repente, la puerta se abrió de par en par. Elena entró como un huracán, con el rostro desencajado y la carpeta de Chanel apretada contra el pecho.
—¡Julián! ¡Me acaban de decir que echaste a los alemanes! —gritó ella, caminando hacia él—. ¿Sabes lo que esto significa para la imagen de la empresa? Los Müller están furiosos, dicen que los insultaste. ¡Esa fusión era el pilar de nuestra gala de compromiso!
Julián levantó la vista. Por primera vez desde que despertó del coma, miró a Elena y no vio a la mujer que lo había cuidado, sino a una extraña que solo parecía preocupada por la "imagen" y el dinero.
—Me estaban estafando, Elena —dijo él con una frialdad que la detuvo en seco—. Intentaron colarme una cláusula de responsabilidad ilimitada. Iban a vaciar la empresa y mis cuentas privadas en seis meses.
Elena parpadeó, desconcertada por un momento.
—¿De qué hablas? Los abogados revisaron todo...
—Tus abogados —la interrumpió Julián, levantándose—. Los que tú recomendaste. No vieron nada. Fue la empleada, la mujer que tú golpeaste hoy, la que detectó el engaño.
Elena sintió que el mundo se detenía. El odio hacia Lucía, que ya era una llama ardiente, se convirtió en un incendio forestal.
Ella sabía que Lucía era abogada, sabía de lo que era capaz, y el hecho de que Julián empezara a notar su brillantez era su peor pesadilla.
—¿La empleada? Es una trampa, Julián —dijo Elena, recuperando la compostura con una rapidez asombrosa—. ¿No lo ves? Ella debe estar trabajando con alguien. Quizás con la competencia. Detectó el error para ganarse tu confianza, para que la dejes entrar en tu círculo íntimo. Es una táctica de espionaje industrial de manual.
Julián la miró en silencio. La explicación de Elena era lógica, era lo que cualquier CEO pensaría. Pero no encajaba con la mirada de Lucía. No encajaba con el modo en que ella lo había mirado: con una mezcla de lástima y una lealtad que parecía venir de otra vida.
—Elena —dijo Julián con una frialdad glacial—, tengo curiosidad, ¿por qué la odias tanto?
Julián permanecía de pie, con la mandíbula apretada, observando a Elena. Ella, por su parte, intentaba desesperadamente recomponer su máscara de aristócrata, alisando su falda de seda con manos temblorosas.
—¿Y bien? —soltó Julián. Su voz no era más que un susurro cargado de enojo—. Te he hecho una pregunta, Elena. ¿Por qué tanto odio hacia una empleada de limpieza? ¿Por qué tu primera reacción al ver que me salvaba de un fraude millonario es de furia y no de alivio?
Elena soltó una risa nerviosa, caminando hacia él con un aire de suficiencia fingida.
—Julián, amor, estás bajo mucho estrés. Esa mujer es una manipuladora. ¿No lo ves? Ella causó ese "accidente" con el agua para llamar tu atención. Probablemente escuchó algo en los pasillos y quiso hacerse la heroína. Es patético que caigas en su juego.
Julián acortó la distancia entre ambos. La altura de él y su mirada gélida obligaron a Elena a retroceder hasta chocar con el escritorio de caoba.
—No me subestimes —siseó él—. Esa mujer no "escuchó algo". Ella señaló un término en latín jurídico que tus abogados, los mejores de la ciudad, pasaron por alto. Y tú... tú la golpeaste. Podría demandarnos. Le sacaste sangre.
—¡Me insultó! —gritó Elena, perdiendo los estribos—. ¡Esa muerta de hambre se atrevió a decir que este lugar le repugnaba! ¡A la mujer que va a ser tu esposa! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Qué le diera las gracias?
—Espero que te comportes como una Blackwood, no como una matona de calle —replicó Julián con un desprecio que le dolió a Elena más que cualquier bofetada—. Hay algo que no me estás diciendo. Tu fijación con ella no es normal. La vigilas, la persigues, la humillas. Parece que le tienes miedo, Elena. ¿Qué es lo que ella tiene que te aterra tanto?
Elena sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pánico de ser descubierta, de que Julián se diese cuenta que Lucía era la verdadera heredera, la obligo a pronunciar sus siguientes palabras.
—Lo que tengo es asco, Julián. Asco de que una cualquiera esté intentando engatusarte para robarte. Ella sabe que eres vulnerable y está usando a su hijo y su fachada de mujer sufrida para trepar. Si no la echas hoy mismo, lo haré yo.
—Tú no vas a tocarla —sentenció Julián, dándole la espalda—. De hecho, a partir de ahora, tú no tienes autoridad sobre el personal de esta planta. Si vuelvo a ver que levantas la mano contra ella, o contra cualquier empleado, nuestra boda será lo último de lo que te preocupes.
—¿Qué?
—Vete a tu casa, Elena —dijo Julián, dándole la espalda para mirar por el ventanal hacia el horizonte de la ciudad.
—Julián, amor, solo intento protegerte...
—He dicho que te vayas —su voz tronó en la sala—. Y asegúrate de que esa marca en la mejilla de la empleada sea la última que dejas en alguien de este edificio. No me obligues a elegir entre mi seguridad corporativa y tus arrebatos de ira.
Elena salió de la sala con los dientes apretados. Al llegar al pasillo, sacó su teléfono y marcó un número que esperaba no tener que usar tan pronto.
—Necesito que la sigan —siseó Elena en cuanto contestaron—. Quiero saber dónde vive, con quién habla y, sobre todo, quiero pruebas de que esa rata está usando a su hijo para estafar a la empresa. No me importa el costo. Quiero destruirla antes de que él recuerde su nombre. Y asegúrense de tener toda la información de ese niño.
Lucía terminó su turno a las ocho de la noche. El dolor en su mejilla se había convertido en un latido constante, pero el alivio de haber salvado el legado de su padre le daba una fuerza extraña. Bajó por el ascensor de servicio y salió por la puerta trasera de la torre, esperando pasar desapercibida.
Lo que no sabía era que, en el piso sesenta, Julián Blackwood estaba de pie junto al ventanal, observando por la ventana como si pudiese diferenciar los puntos que se movían.
—¿Quién eres, Sara Méndez? —susurró él para sí mismo.
Tomó su teléfono personal y llamó a su detective privado, el único hombre que no respondía a la junta directiva ni a Elena.
—Necesito un informe completo de la empleada 402. Nombre real, antecedentes, estudios. Todo. No me importa lo que diga su expediente de recursos humanos, quiero la verdad. Y búscame algo sobre un abuelo que sepa latín.
Julián sabía que estaba abriendo una caja de Pandora, pero por primera vez en tres años, sentía que no era un pasajero en su propia vida. La grieta en su amnesia se estaba ensanchando, y la luz que entraba por ella tenía el color de los ojos de la mujer que acababa de salvarlo.