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Diabólicamente mía

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Blurb

En el mundo de poder y ambición donde los sentimientos son un lujo que pocos pueden permitirse, Alan Fox, CEO de Maverick Motors, ha construido su imperio con disciplina y sangre fría. Nunca ha dudado en tomar lo que considera suyo, excepto cuando se trata de Victoria Fletcher, la única mujer que lo desafía y lo odia con la misma intensidad con la que alguna vez lo miró con admiración. Hace cinco, Neil Fletcher, el hermano de Victoria y mejor amigo de Alan, murió trágicamente. Su pérdida dejó una herida imborrable en ella… y una promesa en él. Antes de partir, Neil le confió su mayor tesoro: Victoria. Pero en lugar de protegerla, Alan se convirtió en el hombre al que ella más desprecia, el culpable en quien descarga su dolor y su rabia. Victoria ha pasado los últimos años alejándose de Alan y de todo lo que alguna vez la ató a su pasado. Y cuando el príncipe de Gales,Andrew Ferguson entra en escena con su encanto impecable y la promesa de un futuro seguro, todo parece alinearse a su favor. Sin embargo, la cercanía de Andrew es la alarma definitiva para Alan, quien no está dispuesto a permitir que otro hombre reclame lo que él juró proteger, además que quiere alejarla de los secretos oscuros de la monarquía. Con el orgullo herido y una obsesión que se niega a desaparecer, Alan hace lo impensable: la acorrala con un contrato de matrimonio. Ahora, Victoria está atrapada entre el hombre que le ofrece estabilidad y el que la consume con su presencia. Pero, ¿podrá casarse con el hombre al que culpa por la muerte de su hermano? ¿O descubrirá que el verdadero peligro no está en Alan, sino en lo que su corazón se niega a admitir? Entre juegos de poder, deseo incontrolable y un pasado que los persigue, Alan y Victoria se enfrentan a la batalla más peligrosa de sus vidas. Porque cuando el amor nace del dolor y el orgullo, solo los más valientes podrán reclamar la victoria… y el corazón del otro.

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1.Un contrato matrimonial
Alan Fox Inglaterra siempre ha sido mi refugio. Aquí, todo es orden, control y precisión, exactamente como me gusta. Pero la llegada de Valeria ha traído consigo una energía inesperada, una distracción que en ciertos momentos me resulta molesta y, en otros, necesaria. Y luego está ella, Victoria Fletcher. Desde el momento en que Neil falleció, supe que tenía que protegerla. Fue una promesa, una de esas que un hombre como yo no rompe. No importaba lo que costara. Pero lo que nunca preví fue que, años después, la misma niña que solía seguirme a todas partes con admiración, ahora me mirara con un odio incendiario. La reunión de hoy era necesaria. Tenía que confrontarla, poner las cartas sobre la mesa. Llevaba días preparando los documentos legales junto a mi abogada y amiga Valeria Smith. El problema era complejo y delicado. La madre de Victoria había sufrido una enfermedad cardíaca que la tuvo postrada en un hospital durante años. Cuando Neil Fletcher, mi amigo, murió hace cinco años de forma trágica, dejó a su hermana con una montaña de deudas médicas imposibles de pagar para una joven de apenas 20 años. Desde la muerte de Neil a quien le prometí que las cuidaría, me hice cargo de los gastos. Pero ahora, con la reciente muerte de la señora Fletcher, había decidido cobrar esa deuda. No porque necesitara el dinero, sino porque era mi forma de presionar a Victoria. Pues el verdadero problema inició cuando el príncipe de Gales, Andrew Ferguson, comenzó a pretender a Victoria, sé que mis medidas son extremas pero necesito mantenerla a salvo. Para ello tenía que apartar a Victoria del príncipe y la deuda era mi arma para hacerlo. —Alan, ¿estás seguro de esto? —pregunto Valeria mientras revisaba los documentos una última vez. Gire en mi silla y dirigí la mirada hacia la ventana. —Sí, Valeria. Es la mejor manera. Necesito protegerla de ese príncipe. Fruncí el ceño. —¿Y por qué, exactamente? ¿Qué sabes de él? Gire mi cabeza lentamente para mirar a Valeria a los ojos y contestar: —Es solo una corazonada. Algo en él activa mis alarmas desde el primer momento en que supe que él puso sus ojos en Victoria, más ahora que se quedó sola.— expliqué con una calma que parecía confundirla. —Oh, claro. Ahora resulta que tienes instintos de detective.—soltó con sarcasmo. — Mira, Alan, tanta perfección en Andrew Ferguson me resulta sospechosa, sí. Pero no podemos juzgar a alguien solo por su fachada. Suspire pesadamente.. pasando una mano por mi cabello continué: —Algo en mí me dice que él no es el hombre adecuado para ella. —Alan… —dijo Valeria con una sonrisa astuta. — ¿Estás enamorado de Victoria? El aire pareció espesarse entre nosotros. Mostré en mi mirada la negación antes incluso de que yo hablara. —No. Claro que no. —Ajá.— respondió sin creer en mis palabras. —¡No lo estoy! Levanté las manos en gesto de rendición. —Lo que tú digas, amigo.— dijo guiñando un ojo. Antes de que pudiera seguir interrogándome, Victoria entró en la oficina. Y como esperaba, ella llegó lista para la batalla, desafiante, altiva, con ese fuego en los ojos verdes que tanto la caracterizaba. Una belleza peligrosa, una tormenta que me había jurado que no permitiría que otro hombre la controlara o que siquiera intentara hacerle daño. De inmediato, mi rostro se endureció. Pase de ser un hombre melancólico y reflexivo a una muralla de hielo. Esa que solía usar, la de CEO corporativo, actitud despiadada, estaba en mi máximo esplendor. —Buenos días, Victoria. —salude primero con una formalidad gélida. Ella se cruzó de brazos, ladeó la cabeza y sonrió con ironía. —Vaya, Alan. Tan frío como siempre.Ya estoy aquí sé breve y dime ¿Por qué querían verme? — pregunta mientras lo mira y me mira. Me limité a señalar la silla frente a él. —Siéntate.— sé que no sonó nada cortés, eso parecía más una orden de régimen militar. Victoria ni se inmutó. —Prefiero estar de pie. No planeo quedarme mucho tiempo.— respondió con la intension de contradecirme. —Bien, entonces seré directa.—habló Valeria mientras sacaba el contrato y lo deslizó sobre el escritorio. —Señorita Fletcher, la deuda que tiene con el señor Alan Fox, no se salda solo con la venta de su casa. Los ojos de Victoria se entrecerraron peligrosamente. —¿Disculpa? —El señor Fox adquirió la propiedad cuando pagó la hipoteca que esta tenía, pero además las deudas médicas de su madre también fueron canceladas por él. En términos simples, la casa ya no es suya pero también tiene una deuda adicional de 500.000 dólares. Victoria palideció por una fracción de segundo, pero rápidamente recuperó la compostura. —¡Qué conveniente! —exclamó con sarcasmo.—Entonces, ¿qué, Alan? ¿Piensas dejarme en la calle?— preguntó mirándome con enojo. Apoye los codos sobre la mesa, entrelazando los dedos con una calma que seguramente les parecería exasperante. —No si aceptas mi propuesta.— dije con una voz y una expresión que de seguro podría hacerla temblar. Victoria resopló. —¿Propuesta? Sobre la mesa coloque un segundo documento hacia ella. —Matrimonio.— una simple palabra que dejó al lugar en un silencio sepulcral. Luego, Victoria estalló en carcajadas. —¡Dios santo, estás completamente desquiciado!— comenzó a gritar. —Cinco años de matrimonio. Luego podrás marcharte con una generosa suma y sin ninguna deuda. Victoria me miró como si me hubiera salido una segunda cabeza. —¿CINCO AÑOS?— preguntó con sorpresa. —No es tanto tiempo.— respondí como si no significara nada Victoria golpeó la mesa con ambas manos y se inclinó hacia mi. —Escúchame bien, desgraciado, egocéntrico, manipulador y maldito lunático. ¡Antes de casarme contigo, prefiero vender mi alma al diablo! O quizá dormir bajo un puente. La mire sin mostrar ningún tipo de emoción. —Si prefieres el diablo, supongo que ese es el camino que tomarás. Pero querida, recuerda algo… —me incliné un poco hacia ella, sonriendo con suficiencia— Si me propongo… Yo puedo ser el diablo. Además, no hago ofertas dos veces, tienes solo tres días para pensarlo, no lo olvides. Victoria me fulminó con la mirada. —Eres un maldito. Un monstruo.— respondió con odio. —Eres demasiado dramática.— respondí Victoria soltó una risa amarga. —¿Dramática? ¡Tienes las agallas de venir a cobrarme una deuda cuando fuiste TÚ quien pagó todo voluntariamente! Me encogí de hombros. —Y ahora voluntariamente te ofrezco una solución.— respondí fríamente. La mirada de Victoria fue puro veneno, pero lo que dijo después logró lo que pocas veces alguien ha conseguido: me sacudió hasta los huesos. —No solo eres un desgraciado... ¡Eres el asesino de mi hermano! El golpe fue certero, como una daga directa al corazón. Sin embargo, mi rostro no mostró ninguna reacción. Años de práctica me habían enseñado a ocultar hasta las emociones más profundas. Pero en mi interior, sus palabras encendieron una llama que había intentado apagar durante años. Nigel no solo era mi amigo era como mi hermano, ese que nunca tuve. Creo que su odio por mí ahora era injusto, pero no mancharía la memoria de mi amigo ante ella, eso jamás. Por eso no daba explicaciones a Victoria,dejaría que ella piense lo que quisiera. —Ese es un comentario peligroso, Victoria.— le dije en tono neutral. Ella se marchó, el silencio en la oficina fue ensordecedor. Exhalé un suspiro y me pasé una mano por el rostro. No debía afectarme. No debía permitirme ese lujo. Pero, maldita sea, lo hizo. —Bueno, eso salió genial.— La voz de Valeria, con su característico sarcasmo, me sacó de mis pensamientos. No me molesté en responder. —Claro. A ella solo le faltó lanzarte una silla. Me quedé mirando la puerta por la que Victoria había desaparecido, con una mezcla de frustración y algo que no quería nombrar. —Esa acusación de “'asesino de su hermano”... ¿Me lo vas a explicar, o prefieres que lo averigüe por mi cuenta? Giré la mirada hacia Valeria, impasible. —Tú qué crees. Ella soltó una risa seca. —Alan Fox, siempre tan críptico. No respondí. Porque, en el fondo, sabía que no podía darle esa respuesta. Al menos, no aún. No mientras Victoria siguiera viéndome como su enemigo y no como lo que realmente soy: el único hombre dispuesto a salvarla, aunque tenga que obligarla a odiarme para hacerlo. Toda la mañana en mi oficina había sido una montaña rusa de emociones. Con las palabras mordaces de Victoria retumbando en mi cabeza.Sabía que estaba jugando con fuego, pero no me importaba. Había algo en ella que me mantenía alerta, algo que me atraía y me desafiaba al mismo tiempo. Victoria Fletcher, siempre tan feroz y orgullosa, me sacaba de mis casillas. Yo solía mantener un control férreo sobre mis emociones, pero con ella… todo cambiaba. Cada palabra que me lanzaba con furia tenía el poder de desestabilizarme, como si penetrara directamente mi coraza. Me recliné en mi silla y suspiré. Esta no era una situación fácil, pero si quería que las cosas salieran como quería, tendría que seguir jugando mi juego. —Bueno, Val, ¿qué dices? Vamos a comer. —le pregunté, tratando de desviar la atención hacia algo más ligero. Ella se cruzó de brazos, una sonrisa divertida en sus labios. A pesar del poco tiempo que llevábamos conociéndonos Valeria no solo era mi abogada, muy eficiente por cierto, ella se había convertido en una amiga. —Es lo justo. He trabajado toda la mañana como tu abogada, confidente y analista personal. Solté una carcajada. Tenía razón, aunque no iba a admitirlo. —Te alimentaré bien, lo prometo. No quiero que piensen que exploto a mi abogada favorita. —le guiñé un ojo. Salimos del edificio y nos dirigimos a un restaurante que, para mí era uno de mis favoritos, era elegante y perfecto. Cuando llegamos, no pude evitar sonreír ante la opulencia del lugar. Era como un pedazo de historia envuelto en mármol y cristal. Candelabros brillaban en el techo y los muebles de madera oscura daban al ambiente una atmósfera sofisticada, como la que me gustaba. Nos sentamos en una mesa privada, por un rato, todo parecía en orden. Nos relajamos, disfrutando de la conversación y el momento. Ver a Valeria tan animada, tan… humana, era algo raro para mí, con ella conversaba de trivialidades. —La aristocracia y sus extravagancias. —respondió, aún sonriendo. Al escuchar lo que le contaba. —Por eso prefiero la compañía de la gente real. —le dije, con un tono más serio. Ella arqueó una ceja, claramente sabiendo lo que quería decir, pero también jugando con ello. —Ah, claro, tan real como tú, un multimillonario con un jet privado. Me ofendí ligeramente, pero solo lo fingí. —Valeria, por favor. No puedes comparar mi humildad con la de un príncipe. Ellos nunca tienen los pies sobre la tierra. Justo cuando estábamos disfrutando de nuestra charla, el destino, como siempre, decidió darnos una sorpresa. La puerta del restaurante se abrió, solo para dejar ver al príncipe de Gales Andrew Ferguson, seguido de Victoria. No pude evitar sentir una ligera tensión en el aire, algo palpable, como si un campo de batalla se estuviera levantando. Victoria nos vio de inmediato, pero su actitud no cambió. Sin embargo, algo en su mandíbula tensada me dijo que había notado nuestra presencia. Me recosté un poco en la silla, disfrutando de la dinámica. En cuanto la vi, mi sonrisa se hizo más amplia, pero no era amable. Era esa sonrisa de alguien que tiene el control de la situación, que sabe que todo es parte del juego. Victoria, sin inmutarse, levantó la barbilla y nos dedicó un saludo breve con la mano, aunque debo admitir que sentí que el saludo fue más para Valeria que para mí. Pero lo que realmente me hizo sonreír fue cómo ignoró completamente mi presencia. —Dime, querido cliente, ¿qué pasaría si el príncipe decide pagar la deuda de Victoria? ¿No crees que así tu jugada se arruinaría? —preguntó Valeria en voz baja, casi con un toque de desafío. No me molesté en mirarla. Mis dedos jugaron con el borde de la copa de vino mientras reflexionaba sobre lo que decía. Su duda era natural, pero no iba a dejar que nada me distrajera de mi objetivo.diempre he sabido calcular bien mis movimientos. —Valeria, querida, eso sería… encantador. —dije con tono calmado, sin mostrar la mínima preocupación. —Veremos qué tan generoso es realmente el príncipe de Gales cuando le toque soltar una cifra con tantos ceros. Valeria, como siempre, no podía evitar hacer una pequeña burla. —¿Tan seguro estás? —El príncipe tiene una reputación que mantener.— respondí, encogiéndome de hombros con indiferencia. —La nobleza es maravillosa cuando se trata de galantería y protocolo, pero cuando hablamos de dinero… ahí las cosas cambian. Ella rió, me sentí satisfecho de haberla dejado sin palabras por un momento. Era fascinante cómo podía hacerla dudar, pero en el fondo la verdad es que pensaba que Victoria no involucraría a nadie más en este juego. De repente, la sombra de Victoria se posó sobre nuestra mesa. —Vaya, vaya… si no es otro que el magnánimo Alan Fox.—su voz era una mezcla de dulzura sarcástica y veneno puro. Alzó una ceja, mirando a Valeria y a mí con desprecio, como si fuéramos poco más que una molestia. Pero su actitud no me afectó, al contrario, me divirtió. —Victoria, qué agradable sorpresa. —dije, dejándome caer en el respaldo de la silla con una sonrisa cansada. —Para ti, tal vez. —respondió, en seguida empezó a soltar un torrente de palabras. —Suenas un poco molesta, querida. —Molesta es poco, Fox. Eres un maldito manipulador, un asqueroso oportunista y, lo peor de todo, un grandísimo desgraciado sin alma. Me reí, porque honestamente, ¿qué más podía hacer? Ella era igual de predecible que el viento. —Me halaga que pienses en mí con tanto entusiasmo, tomando en cuenta en que serás mi esposa. —¡Es una locura! —gritó Victoria. —¿Cómo se te ocurre que me casaría contigo?eso nunca pasaría porque prefiero al diablo que a ti. Me encogí de hombros con calma, y como siempre, dejé caer una de mis frases afiladas. —No necesitas invocar al diablo, porque ya lo tienes en frente. Victoria se giró sin más, dando media vuelta, el dichoso príncipe la siguió lentamente, dejando atrás una mirada desafiante. Yo me recosté en mi silla, con una leve sonrisa. —Eso fue… entretenido. —comenté, girando mi copa de vino lentamente. Valeria me miró, completamente incrédula. —Dime, ¿siempre tienes que provocar a la gente hasta hacerlos explotar? Sonreí satisfecho. —Es un talento. Cuando ella se reclinó en su silla, no pude evitar ver cómo sus pensamientos volvían a donde siempre. A Daniel y a James. No podía culparla, el niño tenía una capacidad inusual de sacudirla. Me giré hacia ella. —Sabes que puedes irte cuando quieras, Valeria. No estás atrapada aquí. —Lo sé. —respondió, pero pude ver la duda en su mirada. Ella no estaba lista. Y lo sabía. El resto de la noche fue tranquila, pero algo en mi interior me decía que este juego estaba lejos de terminar. En algún momento, todo esto estallaría. Y cuando lo hiciera, nada volvería a ser igual. Victoria tendría que ceder a mis peticiones, no le quedaba de otra. En la penumbra de mi despacho, con un vaso de whisky entre los dedos, dejé que el ardor del licor se mezclara con los recuerdos que me atormentaban. Bebí lentamente, permitiéndome revivir cada instante desde el primer día que la conocí, como si el destino hubiera tejido con maestría una historia que jamás imaginé protagonizar.

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