Victoria Fletcher
Reunirme con Alan en su oficina fue un error… un terrible error.
Ahora, mientras camino hacia el cementerio donde descansan los restos de mi madre, Elizabeth y de mi hermano, Neil, una sensación de vacío me oprime el pecho. El frío de la tarde acaricia mi piel como un recordatorio de que, en este mundo, estoy completamente sola.
Al llegar a sus tumbas, mis pasos se vuelven más lentos. Me arrodillo frente a las lápidas y deslizo mis dedos sobre los nombres grabados en la piedra. Sus nombres… sus fechas… todo reducido a unas simples líneas en mármol frío.
—¿Por qué me dejaron? —susurro con la voz rota, incapaz de contener las lágrimas. — ¿Por qué me dejaron lidiando con todo esto sola?
Cierro los ojos con fuerza, inhalo profundamente y apoyo la frente sobre la tumba de Neil, como si al hacerlo pudiera sentir su calidez una última vez.
—Neil, sé cuánto significaba Alan para ti, pero… yo no puedo perdonarlo. No puedo. —Mi voz tiembla, llena de resentimiento y dolor. —Sé que tu muerte fue su culpa. Nadie me lo dijo, yo lo vi.
El recuerdo se clava en mi mente como un puñal oxidado. La imagen de aquella noche, la sangre, la desesperación… la impotencia de no haber podido hacer nada.
Me enderezo y paso mis manos por mi rostro, tratando de encontrar fuerzas en medio del sufrimiento.
—Después de que te fuiste, tuve que hacer lo impensable para que mamá recibiera su tratamiento. Alan ayudaba con los pagos, sí, pero el precio que impone ahora es demasiado alto.
Suelto un amargo suspiro y miro al cielo, preguntándome si en algún rincón del universo Neil puede escucharme.
—Sé que estarías orgulloso de mí —murmuro con una sonrisa triste. — Logré convertirme en doctora, tal como te prometí. Pronto empezaré mi residencia en cirugía… quiero ser cirujana de trauma, Nel. Quiero salvar a chicos que lleguen a emergencias en las mismas condiciones en las que tú estuviste… quiero darles la oportunidad que a ti te fue arrebatada.
Un sollozo escapa de mis labios.
—Pero me siento atrapada, hermano… acorralada. No quiero involucrar a más personas en esto, pero… no sé qué hacer.
El viento sopla con suavidad, como si la brisa intentara consolarme.
—Ya no tenemos nuestra casa… la embargaron cuando mamá murió. Ese hogar donde fuimos una familia completa ya no existe. Ahora, todo lo que me queda son recuerdos y esta sensación de pérdida que nunca desaparece.
Bajo la mirada y respiro hondo.
—Andrew es un gran amigo…es un príncipe.. el príncipe de Gales; sé que podría interesarle de otra manera, pero… mi corazón no tiene espacio para el amor en este momento.
Y entonces, el pensamiento que me atormenta desde que salí de la oficina de Alan regresa con brutalidad.
—Tal vez… tal vez no tengo otra opción que aceptar su maldito contrato matrimonial.
Saco el contrato de mi bolso y lo observo con repulsión.
Casarme con alguien a quien detesto.
Casarme con Alan.
La idea me asfixia, pero no veo otra salida.
Doblo el documento con rabia y me levanto lentamente.
No encontré respuestas en este lugar, ni la aprobación que en el fondo anhelaba, pero al menos… al menos pude desahogar un poco lo que me consume por dentro.
Con pasos pesados, me alejo del cementerio y me dirijo hacia el departamento de Charles, mi amigo de toda la vida. Él es mi refugio, mi ancla en este caos.
Y ahora, más que nunca, necesito que alguien me ayude a encontrar un consuelo a la única salida que me queda: aceptar este contrato.
Cuando llego al departamento de Charles, él me recibe con una calidez que contrasta con el frío que llevo dentro. Su sonrisa socarrona aparece en cuanto posa los ojos en mí.
—Hola, querida… —me saluda con suavidad, pero su mirada astuta no tarda en recorrer mi rostro con detenimiento.—Te he visto en mejores condiciones —bromea, aunque su tono es más de preocupación que de burla.
No necesito un espejo para saber que mi rostro delata el desastre emocional en el que me encuentro. Seguramente mis ojos están hinchados de tanto llorar, mis mejillas aún conservan el rastro del sufrimiento y mi expresión… bueno, mi expresión debe ser la de una mujer que carga un peso imposible sobre los hombros.
Sin decir nada, entro y me dejo caer en su sofá como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo sostenerse por sí mismo. Charles me observa en silencio por unos segundos, esperando que hable cuando esté lista.
Y entonces, las palabras simplemente se derraman de mí.
Le cuento todo. El contrato. El matrimonio. Alan.
Cuando termino, su expresión es una mezcla de incredulidad y rabia contenida. Se pasa una mano por el cabello, resoplando con frustración.
—Espera, espera… —su voz se endurece. — ¿Estás segura de que él te está haciendo esto?
—Charles, él ha cambiado. —Mi voz es apenas un susurro. —Siempre fue frío, distante… pero ahora es un maldito témpano de hielo. La única persona a la que pareció querer o al menos, aparentó hacerlo fue a mi hermano. Y aún así, yo sé que él es el responsable de su muerte.
Mis palabras caen como un golpe en el pecho. Charles entrecierra los ojos y aprieta la mandíbula.
—Nena, ya te lo he dicho muchas veces. Deberías enfrentarlo. Decir la verdad.
—No entiendes. Tú no estuviste allí esa noche.
—Pero te creo — afirma con firmeza. —Y si lo crees con tanta convicción, entonces, ¿por qué vas a casarte con él?
Sus palabras quedan suspendidas en el aire como un juicio silencioso.
Miro mis propias manos, buscando respuestas donde no las hay.
—Porque no tengo otra opción.
—Eso no es cierto —su tono cambia, más serio, más decidido. — Sabes que podría prestarte el dinero.
Lo dice con una tranquilidad aplastante, como si la solución fuera así de simple, como si mi tormento pudiera resolverse con una transacción. Y en un mundo ideal, tal vez lo sería.
Pero entonces la voz de Alan resuena en mi mente.
«Si intentas involucrar a otros, haré que esos otros sean arruinados. Haré que deseen morir.»
Alan no necesitó alzar la voz ni mostrar una brutalidad evidente. Su frialdad bastó. La forma en que lo dijo… la certeza con la que lo dijo… fue suficiente para hacerme entender que hablaba en serio.
Trago en seco y niego con la cabeza.
—No, Charles.
—Victoria… —Su mirada se suaviza, pero su frustración sigue ahí.
—No puedo permitirlo. —Levanto la vista y lo miro directamente a los ojos. —Eres demasiado importante para mí. No podría soportar que algo malo te pasara por querer ayudarme. Además, estás en el mejor momento de tu carrera. Eres uno de los cantantes más importantes del país… no dejaré que tu nombre se vea manchado por mi desastre.
Él no responde de inmediato. Solo me observa con una intensidad que me hace sentir vulnerable.
—No quiero que me ayudes con dinero, Charles. Solo quiero saber que cuento contigo. Que, cuando todo esto se vuelva insoportable, seguirás aquí.
Mi voz se quiebra en la última frase.
—Siempre —responde sin dudarlo.
Y en ese momento, por primera vez en todo el día, siento que no estoy completamente sola.
—¿Puedo quedarme contigo esta noche? —pregunté con voz apagada, sintiéndome más cansada de lo que jamás había estado.
Charles no dudó ni un segundo.
—Por supuesto, cariño. Quédate el tiempo que necesites.
Asentí con un leve suspiro, sintiendo un alivio momentáneo al saber que, al menos por esta noche, no estaría completamente sola. Me recosté en su sofá, abrazando mis propias rodillas, mientras la tormenta dentro de mí seguía rugiendo.
«Alan Fox.»
Su nombre era una maldición en mi mente, un eco constante de todo lo que había perdido y de todo lo que ahora me obligaba a soportar. Pero si él pensaba que podía doblegarme, si creía que iba a ser una esposa sumisa y complaciente, estaba muy equivocado.
Tomé mi teléfono con mano temblorosa y, sin pensarlo demasiado, escribí un mensaje.
«Acepto. Pero también tendré mis condiciones.»
Presioné enviar antes de poder retractarme.
La respuesta de Alan llegó pocos segundos después. Fría. Vacía. Arrogante.
«Ok.»
Un simple ‘ok’. Ni sorpresa, ni satisfacción, ni una pizca de emoción. Solo su maldita indiferencia.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero no era miedo. Era rabia.
Si iba a aceptar este maldito contrato, al menos me aseguraría de que su vida fuera un infierno. Alan Fox estaba acostumbrado a salirse con la suya, a manejar a las personas como si fueran piezas en su juego. Pero yo no era una pieza.
Yo iba a ser su peor pesadilla.
No tenía intenciones todavía de envenenarlo, aunque ganas no me faltaban. Pero algo se me ocurriría. Él no iba a tener la esposa que quería, ni la que esperaba. Y si pensaba que sería fácil… se equivocaba por completo.
Cerré los ojos y me recosté en el sofá, sintiendo que el cansancio finalmente me alcanzaba. Charles se sentó en el otro extremo, mirándome en silencio.
—¿Estás segura de lo que vas a hacer? —preguntó con voz baja.
Abrí los ojos y lo miré fijamente.
—Lo único de lo que estoy segura es que Alan Fox se arrepentirá de haberme obligado a esto.
Charles no dijo nada, pero su expresión me dejó claro que no estaba convencido.
—Solo prométeme algo —dijo finalmente.— No dejes que él te destruya en el proceso.
Mi sonrisa fue amarga.
—No te preocupes, Charles. Yo seré la que lo destruya a él.
Al día siguiente me preparé mentalmente para verlo, así que me arreglé y salí con determinación a su empresa.
Cuando entré a la oficina de Alan, lo encontré sentado detrás de su escritorio, impecable como siempre, con su traje perfectamente ajustado y esa expresión de hielo que parecía tatuada en su rostro. Me miró de arriba abajo con una mezcla de aburrimiento y análisis, como si estuviera evaluando una compra que ya había pagado y no le emocionaba recibir.
—Vaya, qué puntual —dijo con su característico tono seco. —Valeria llegará en unos minutos para oficializar el contrato. Hasta entonces, dime, Victoria, ¿cuáles son tus condiciones?
Me crucé de brazos y lo miré fijamente, dejando que el silencio se alargara solo para ver si se impacientaba. No lo hizo, por supuesto. Era Alan Fox, el hombre sin alma.
—Perfecto —dije finalmente, con una sonrisa afilada. —La primera condición: tú y yo jamás tendremos intimidad.
Vi su ceja arquearse apenas un milímetro. Lo sorprendí. Pero claro, su rostro de mármol se recompuso en segundos. Se inclinó ligeramente sobre el escritorio y, con esa voz gélida y letal que seguramente usaba para cerrar negocios millonarios, replicó:
—Créeme, lo último que me interesa es tocarte.
Auch. No lo vi venir, pero tampoco iba a dejar que me afectara.¡ No! Eso jamás.
—Bien —respondí, alzando una ceja.—así evitamos traumas y noches de insomnio, porque no me interesas como hombre.
—Oh, tranquila, Victoria —su sonrisa fue pura burla.—Si alguna vez llegara a perder el juicio y quisiera tocarte, me lo recordaría antes de cometer semejante error.
Apreté los dientes, pero mantuve la compostura.
—Ah, qué alivio, Alan. Pensé que tendría que dormir con un bate bajo la almohada.
Él sonrió, divertido. No porque lo hubiera derrotado, sino porque le encantaba este juego. Maldito.
—Continúa —dijo, como si fuera un rey en su trono concediéndome audiencia.
—Segunda condición: seguiré estudiando hasta convertirme en cirujana.
—Eso ya lo sabía —se encogió de hombros.— Yo te apoyaré.
Eso sí que no me lo esperaba.
—Vaya, Alan Fox apoyando sueños ajenos. ¿Dónde está la cámara oculta? ¿Cuánto más querrás cobrarme?— pregunté con mucho sarcasmo.
—No te emociones, solo quiero asegurarme de que tengas algo que hacer y no me fastidies.
Respiré hondo. No lo mataría. No ahora. No aún.
—Tercera condición —proseguí. —Si reúno todo el dinero antes de los cinco años, te pago y nos divorciamos inmediatamente.
Esta vez, sí noté un destello de interés en su mirada.
—¿Tan desesperada estás por deshacerte de mí?
—¿Te sorprende?
—No. Solo me divierte.
Tomó una pluma y la giró entre sus dedos con una calma irritante.
—Cuarta condición: nos casaremos solo en el ayuntamiento, no por la iglesia ni habrá celebración, pues no tengo que celebrar.
—Bien, acepto —dijo al fin, con esa sonrisa suya que nunca presagiaba nada bueno.— Pero dime, Victoria, ¿de dónde piensas sacar tanto dinero? ¿Tienes un plan o solo estás rezando para que la lotería haga un milagro?
Me acerqué a él, apoyando las manos en su escritorio y sosteniéndole la mirada.
—Me graduaré, me volveré una cirujana de renombre y pagaré cada centavo.
Alan se inclinó levemente hacia mí, con esa expresión de zorro que usa cuando está a punto de destrozar a alguien con sus palabras.
—Admiro tu optimismo, Victoria. Es una pena que la vida no funcione como en tus fantasías.
Sonreí con dulzura.
—Y yo admiro tu arrogancia, Alan. Es una pena que creas que siempre ganas.
Justo en ese momento, Valeria entró a la oficina, impecable como siempre. Nos miró a ambos, luego entrecerró los ojos, como si pudiera sentir la electricidad en el aire.
—Espero no haber interrumpido algo —comentó, dejando caer su maletín sobre la mesa.
—Oh, en absoluto —respondí con una sonrisa maliciosa.— Solo estábamos estableciendo los términos de nuestra futura convivencia.
Alan soltó una leve risa y se recostó en su silla, cruzando los dedos frente a él.
—Sí, Valeria —dijo con diversión.—Parece que este matrimonio será… interesante.
Así fue como firmé ese Contrato, presintiendo que quizá este era un camino sin retorno pero para mí mala suerte era el único que podía elegir.