3.Pacto con el diablo

2158 Words
Alan Fox El día en que debería ser el más feliz de mi vida ha llegado o al menos, eso es lo que suele decirse sobre aquellos que están a punto de casarse. Me visto con un traje oscuro, confeccionado a medida, cuya tela se ciñe con precisión a cada línea de mi cuerpo. Siempre he sido un hombre seguro de mí mismo, implacable en mis decisiones y este matrimonio no es más que una transacción, el cumplimiento de una promesa. Antes de dirigirme al ayuntamiento, hago una última parada. El aire frío del cementerio cala en mis huesos, pero no es el clima lo que pesa sobre mis hombros. Me arrodillo ante la lápida de Neil Fletcher, mi amigo, mi hermano en todo, salvo en la sangre. Paso los dedos por su nombre grabado en la piedra, un gesto simple, pero cargado de significado. Y por primera vez en mucho tiempo, me permito sentir. —Neil… cuánto te extraño —murmuro, como si la brisa pudiera llevarle mis palabras. Él se ha ido, pero su ausencia sigue siendo un eco constante en mi vida. —Hoy me casaré con Victoria, tu hermana. Debes saber que aunque esta unión no es fruto del amor, sino de la necesidad, me aferro a la única certeza que tengo: protegerla.No le di opción. La obligué a aceptar este matrimonio. Porque era la única manera.Pero hay verdades que no pueden ser dichas, secretos que es mejor cargar en silencio. Neil, prefiero que me odie a que descubra la verdad. A que sepa cómo moriste realmente.De mí nunca lo sabrá, lo prometo amigo. Cierro los ojos por un instante, dejando que el peso de esa confesión no dicha me atraviese como un filo invisible. —Guíame, amigo. Desde donde estés, no me dejes solo en este camino. Evita que Victoria y yo terminemos destruyéndonos mutuamente. Me pongo de pie y suelto un suspiro. Parte de mí se pregunta cuánto tiempo pasará hasta que ese “príncipe” que la ronda finalmente se canse de intentarlo. El sonido de unos pasos me saca de mis pensamientos. Mi asistente y amigo, Erick, se acerca con gesto serio. —Es hora. Asiento en silencio y subo al auto. No puedo decir que siento felicidad. Ni siquiera una leve emoción. Pero… ¿sería demasiado pedir un día de paz? ¿Un respiro antes de la tormenta? El ayuntamiento se alza frente a mí con su arquitectura solemne, testigo de incontables uniones, algunas por amor, otras por conveniencia… y luego está la mía, que ni siquiera merece una clasificación. Bajo del auto con la seguridad que me caracteriza, aquella que he cultivado durante años y que, en momentos como este, es la única armadura que me queda. No espero nada de este día, salvo cumplir mi promesa. Apenas doy unos pasos cuando noto una figura familiar acercándose. Valeria Smith, impecable como siempre, camina con esa elegancia innata que la define. A su lado, Daniel Mackenzie, su eterno guardián, quien me observa con ese recelo apenas disimulado. Lo ha hecho desde el primer día que nos cruzamos, como si en su mente siguiera alimentando la absurda teoría de que podría intentar arrebatarle a Valeria. —Daniel Mackenzie —lo saludo con una leve inclinación de cabeza. —Alan Fox —responde con la misma frialdad, sin molestarse en ocultar su desconfianza. Ah, la eterna paranoia masculina. Qué fastidio. Si supiera que Valeria y yo jamás hemos sido ni seremos más que amigos, quizás se ahorraría esos celos innecesarios. Pero, en el fondo, me divierte su actitud territorial. A fin de cuentas, él también sabe que Valeria es una mujer extraordinaria, el tipo de persona que cualquiera querría tener a su lado. —Espero que tu entusiasmo por el matrimonio sea contagioso —comenta Valeria con una sonrisa ladina, cruzándose de brazos mientras me estudia. —No apostaría por ello —respondo con una media sonrisa. No hay tiempo para más, porque la verdadera tormenta hace su entrada. Victoria ha llegado. Y lo hace envuelta en un vestido n***o impoluto, el tipo de atuendo que alguien usaría para asistir a un funeral. ¿Sutileza? Jamás. Es un mensaje claro y directo, una declaración de guerra en forma de tela. La observo con detenimiento. Han pasado años desde la última vez que la vi realmente, desde aquella época en la que Neil y yo cuidábamos de la pequeña Victoria. Pero la niña que solía seguirnos a todas partes con ojos llenos de admiración ya no está. En su lugar, hay una mujer de una belleza innegable, de presencia fuerte y de mirada filosa. Y en esos ojos, justo en este instante, no hay admiración. Solo ira. «Oh, Victoria, créeme que te entiendo.» pienso. Doy un paso hacia ella, estudiando su postura desafiante. Ella cruza los brazos, levantando ligeramente la barbilla. —Vaya, qué bonito homenaje para la ocasión. ¿n***o? —arqueo una ceja, fingiendo sorpresa. —No esperaba menos de ti, pero por un momento pensé que al menos harías el esfuerzo de disimular un poco tu entusiasmo. Ella entrecierra los ojos, la irritación chispeando en su mirada. —¿Y qué esperabas? ¿Un vestido blanco, con encaje y un velo interminable? No me hagas reír. —Oh, no —sacudo la cabeza, con una sonrisa que no llega a mis ojos. — Creo que el n***o es bastante adecuado, considerando que este matrimonio es prácticamente mi funeral.— respondí. Ella frunce los labios, como si estuviera debatiéndose entre replicar o simplemente lanzarme un puñetazo. —Bien —murmura al final. —Al menos estamos de acuerdo en algo. A mi lado está Valeria y junto a ella Daniel; estoy seguro de que él se está divirtiendo con este espectáculo. No necesito mirarlo para saber que está disfrutando cada segundo de esta farsa. Pero qué más da. Estoy aquí y no hay vuelta atrás. Así que sonrío. No porque sea algo natural en mí, sino porque incluso para ser un perdedor, hay que saber mantener la compostura. El juez nos llama, con esa autoridad monótona que indica que para él no somos más que otro trámite en su jornada. Nos acercamos y la ceremonia inicia sin preámbulos innecesarios, desprovista de cualquier vestigio de emoción o solemnidad. Es un acto breve, eficiente, además de monótono. Cuando llega el momento crucial, la sala entera parece contener el aliento. —¿Victoria Fletcher, acepta usted por esposo a Alan Fox? El silencio que sigue es tan denso que podría cortarse con un cuchillo. Ella no responde de inmediato. Duda. Y aunque mantengo una expresión impasible, un escalofrío recorre mi espalda. ¿Sería capaz de retractarse en este punto? ¿De hacer una escena? La observo con calma gélida, mi mirada convertida en un filo de acero. No es súplica, no es ruego. Es un recordatorio de que esta no es una elección, sino una obligación. Finalmente, sus labios se separan y, con la voz cargada de rencor contenido, pronuncia: —sí, acepto— que resuena más como una condena que como una promesa. Cuando llega mi turno, no vacilo. —Sí, acepto —respondo, con un tono tan frío que bien podría congelar el aire a nuestro alrededor. Diez minutos. Ni uno más. Eso tardo esta ceremonia. El juez, siguiendo el protocolo, sugiere el tradicional beso para sellar la unión. Victoria no me da oportunidad de reaccionar. Se inclina y roza mis labios en un gesto fugaz, tan rápido y mecánico que nadie en esta sala podría confundirlo con un acto de cariño. La ironía de la situación no se me escapa: en todas las bodas el beso simboliza el inicio de algo hermoso. En la nuestra, es el último clavo en el ataúd de su libertad. Imagino que Daniel Mackenzie está disfrutando de cada segundo de este fiasco. Y no me equivoco. Victoria, sin perder tiempo, tomó su ramo y, sin siquiera mirarme, se giró hacia los asistentes para decir: —Bien, esto ya terminó. Me voy. Y sin más, se marchó con paso firme. Daniel y Valeria se quedaron a mi lado, mirando como mi nueva esposa se marchó. —Felicidades, amigo —dijo Daniel, acercándose con una sonrisa burlona. —Un matrimonio lleno de amor y ternura. Simplemente le dediqué una mirada letal. —Cállate, Mackenzie. —Vaya, Fox, qué derroche de emoción. Si hubiera sabido que las bodas podían ser tan apasionantes, me habría casado antes.— dijo en tono de burla. Lo ignoro, como ignoro todo lo que no merece mi atención. En este matrimonio, los sentimientos no tienen cabida. Me lo repito a mí mismo con firmeza, como un ancla a la cordura. No vine aquí a enamorarme, sino a protegerla no por ella sino por la promesa que le hice a Neil. —De verdad, Fox, la devoción de tu esposa es conmovedora. Esa despedida casi me hace llorar.— seguía burlándose el muy desgraciado. Valeria le lanza una mirada de advertencia, pero él simplemente se encoge de hombros, disfrutando del espectáculo. Y, en efecto, Victoria se ha ido. Salió del ayuntamiento sin siquiera fingir que le importa la imagen que esto proyecta. En un acto de abierta rebeldía, se marcha con su amigo Charles, como si lo que acaba de suceder no tuviera la menor relevancia en su vida. La observo alejarse y suelto un suspiro, maldiciendo por lo bajo. «Que el destino me ayude.» pienso. El humor se me había evaporado por completo, como si nunca hubiera existido. Lo único que se me ocurrió fue irme a casa, lejos de las miradas curiosas, lejos de los comentarios mordaces y, sobre todo, lejos de la humillación que Victoria me había infligido con su desplante. Porque sí, había sido una humillación. Y aunque pudiera fingir que no me importaba, no podía evitar que la rabia se enredara en mi pecho como un nudo sofocante. Al llegar, me encerré en mi despacho. No necesitaba compañía, solo necesitaba algo lo suficientemente fuerte para apagar el fuego que ardía en mi interior. Abrí mi mejor botella de coñac y serví un trago generoso. El líquido quemó mi garganta, pero ni siquiera eso logró aplacar mi enojo. Sabía que Victoria no iba a hacer esto fácil. Desde el primer momento lo supe. Pero si creía que podía humillarme impunemente, estaba muy equivocada. Esa mocosa malcriada aprendería. No la obligaría a amarme. No era un iluso. Pero el respeto… ese sí se lo exigiría. Tomé mi celular y marqué su número. Apagado. —Por supuesto —murmuré con una sonrisa irónica, apretando los dientes. Respiré hondo, intentando contener el impulso de arrojar el teléfono contra la pared. Pero la rabia seguía acumulándose, palpitando en mis venas como una bomba de tiempo. Marqué de nuevo. Nada.¡Maldición! El vaso en mi mano tembló un segundo antes de que lo arrojara con fuerza contra la puerta de mi despacho. El estruendo del cristal al hacerse añicos apenas sirvió de consuelo. —Maldita sea.— repetí por décima vez. Este era mi matrimonio. Nuestra noche de bodas. Y mírenme aquí, bebiendo solo como un maldito idiota mientras mi esposa desaparecía con otro. Tomé el teléfono nuevamente y llamé a Erick. Él sabía lo que tenía que hacer antes de que siquiera se lo pidiera. —Encuéntrala. Erick no tardó demasiado en responderme. Pero sí tardó en decirme lo que había descubierto, como si estuviera calculando la mejor forma de darme la noticia. —Se fue con Charles. Salieron a un bar y luego regresaron a su departamento. Mi mandíbula se tensó. —¿Cómo quieres que proceda? —preguntó Erick con cautela. Apoyé un codo sobre el escritorio y presioné los dedos contra mi sien. Cada fibra de mi ser pedía venganza, una forma de hacerle pagar por este desprecio. Pero la venganza era para los débiles. Yo no era débil. —Vigílala —ordené con voz firme, sin una pizca de duda. Que se divierta mientras pueda. Colgué y me serví otro trago, dejando que el coñac inundara mi garganta antes de susurrar con una media sonrisa amarga: —Victoria Fletcher de Fox, disfruta tu última noche de rebeldía. Te lo concedo. Pero mañana… mañana entenderás que aunque me cueste más tu odio, aprenderás a respetarme. Apoyé la copa sobre el escritorio, observando el líquido ámbar balancearse dentro del cristal. La furia dentro de mí aún no se disipaba, pero ahora era fría, calculada. Victoria podía correr, podía esconderse detrás de su rebeldía infantil, pero no podía escapar de la realidad. Ella ahora era mi esposa. Tomé el teléfono y envié un último mensaje, sin importar si lo leía esta noche o en la mañana. «Porque así lo pediste al firmar el contrato… y al firmar nuestra acta de matrimonio, hiciste un pacto con el diablo. No lo olvides.» Me recosté en el sillón de mi despacho con una sonrisa cínica en los labios. Bienvenida a tu nueva vida, Victoria Fox
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD