4. Orgullo y poder

2801 Words
Victoria Fletcher Con el teléfono en mano, releí el mensaje que Alan me envió a la madrugada, dejando escapar una ligera risa. «Un pacto con el diablo… », musité para mí misma, con una sonrisa ladeada. Definitivamente, lo había irritado. Y con razón. Huir justo después de la boda y negarme a cumplir con la devoción sumisa que el todopoderoso Alan Fox esperaba de su flamante esposa no debía figurar en su plan maestro. Sacudí la cabeza, apartando el pensamiento. Hoy era un día importante. Tenía mi entrevista en el hospital donde había postulado para mi residencia, mi prioridad era concentrarme en eso. —Cariño, ¿quieres que te lleve? —preguntó Charles desde la cocina, con la taza de café en la mano, se lo veía abrumantemente atractivo. Le sonreí con gratitud antes de negar con la cabeza. —No te preocupes. Andrew me llevará. Charles alzó una ceja con interés y, sin perder la oportunidad, arqueó los labios en una sonrisa pícara. —Oh, qué lástima. Y yo que quería conocer al famoso príncipe. —¡Charles! —exclamé entre risas, mientras él hacía un exagerado ademán de reverencia, como si saludara a la realeza. —¿Qué? No es todos los días que alguien de la nobleza británica pisa mi humilde morada. Negué con la cabeza, divertida. Terminé de arreglarme y, antes de salir, me despedí con un abrazo. —Gracias por dejarme quedarme aquí. —Sabes que mi casa es tu casa —respondió con afecto. Salí del apartamento con una sonrisa aún dibujada en los labios. Abajo, junto a un lujoso automóvil n***o impecablemente pulido, Andrew ya me esperaba con su porte impecable. Su presencia destacaba incluso sin proponérselo. Vestía un traje azul oscuro, perfectamente entallado, en cuanto me vio, una sonrisa aristocrática iluminó su rostro. —Buenos días, princesa —saludó con la elegancia que parecía llevar en la sangre. —Buenos días, Su Alteza —respondí en el mismo tono, sin poder evitar sonreír. Andrew, príncipe de Gales, no solo poseía el linaje de la realeza, sino también los modales refinados que lo distinguían. Su cortesía era tan natural como su respiración y, aunque su vida estaba rodeada de formalidades y protocolos, conmigo siempre tenía un aire relajado, sin perder ese encanto sofisticado que lo caracterizaba. —Vaya, debo decir que hoy te vez radiante Vick—comentó mientras abría la puerta del coche para mí. —Gracias… —dije, algo divertida Se subió al auto con una sonrisa cómplice. Andrew me llevó al hospital donde tendría mi entrevista y aunque su agenda estaba repleta de compromisos propios de la realeza, aprecié enormemente el gesto de querer esperarme. Sabía que la entrevista podía extenderse por horas, que él tenía un imperio que atender y deberes que lo reclamaban constantemente, pero ahí estaba, con esa calma inquebrantable que lo hacía parecer dueño del tiempo mismo. —No tienes que quedarte —le dije mientras el auto se detenía frente a la imponente entrada del hospital. Él sonrió con esa elegancia natural que le era innata. —No tienes que decirme lo que ya sé, Victoria. Pero quiero quedarme. No insistí más. Andrew siempre hacía lo que quería y parte de su encanto radicaba en su lealtad desinteresada. Al ingresar al hospital, me encontré con los demás postulantes: solo seis aspirantes para tres plazas. Sentí un leve nudo en el estómago, pero respiré hondo y me recordé a mí misma que no estaba allí por casualidad. Había trabajado demasiado para llegar a este momento. Mis calificaciones, mis prácticas y mis años de esfuerzo hablaban por mí, pero aun así, sabía que esto no sería sencillo. Cuando llegó mi turno, varios médicos me recibieron en una amplia sala de juntas. Me observaron con rostros serios, analíticos. No era solo un examen de conocimientos, sino una prueba de carácter. —Señorita Fletcher —comenzó uno de los doctores, con un tono medido, — ¿por qué quiere ser cirujana de trauma? La pregunta era esperada, pero aun así sentí cómo algo se removía en mi interior. Tomé aire y recordé mi principal motivación para esto. Él, Niguel, mi hermano, mi guardián. Quien, a pesar de los diez años que nos separaban, siempre estuvo ahí para protegerme. Recordé sus manos, firmes y cálidas, apartando el miedo de mi infancia. Recordé su risa, su voz grave diciéndome que todo estaría bien. Y recordé el día en que no pude hacer nada por él. —Porque sé lo que significa perder a alguien en una sala de emergencias sin que nadie haga lo suficiente —dije, manteniendo mi voz firme a pesar de la emoción que amenazaba con quebrarme. — Vi morir a mi hermano en una camilla, esperando una atención que nunca llegó a tiempo. Su vida se apagó en cuestión de minutos, desde ese momento supe que si algún día tenía la oportunidad de cambiar ese destino para alguien más, lo haría. El silencio en la sala fue absoluto. Sentí las miradas de los médicos sobre mí, pero en lugar de intimidarme, me dieron fuerzas para continuar. —Quiero ser la persona que marque la diferencia entre la vida y la muerte —afirmé con total seguridad. —Quiero que, cuando un paciente entre en la sala de trauma, sepa que hay alguien dispuesto a luchar por él hasta el último segundo, sin importar lo grave o simple que haya sido su accidente. No añadí más. No hacía falta. Los médicos intercambiaron miradas y, al final de la entrevista, algunos me felicitaron. Nos informaron que recibiríamos una llamada cuando los resultados estuvieran listos. Al salir, una ráfaga de aire fresco me golpeó el rostro. Miré a mi alrededor y, entre la multitud, allí estaba él. Andrew, apoyado contra su automóvil con la paciencia de quien sabe que su presencia es más valiosa que cualquier palabra. —Hora y media —comentó con una ceja arqueada. — Pensé que te tomaría más tiempo cautivarlos. Sonreí, sacudiendo la cabeza. —Aún no sé si fui aceptada. —Oh, por favor —replicó con suficiencia. —Por supuesto que lo fuiste. No pude evitar reír. Andrew tenía esa confianza inquebrantable en mí que a veces yo misma no tenía. —Ven, debemos celebrar. —¿Celebrar qué? —Tu inevitable éxito. Su actitud despreocupada era justo lo que necesitaba. Subimos al auto y nos dirigimos a uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad. Andrew siempre elegía lugares donde la privacidad estuviera garantizada, y este no era la excepción. El ambiente era sofisticado, con una iluminación cálida y un servicio impecable. Mientras almorzábamos, supe que era el momento de contarle sobre mi matrimonio. —Andrew… hay algo que debo contarte. Él dejó su copa de vino con suavidad sobre la mesa y me observó con interés. —Eso suena preocupante. Suspiré, jugueteando con la servilleta entre mis dedos. —Ayer… me casé con Alan Fox. Por primera vez en mucho tiempo, vi la sorpresa cruzar su rostro. —¿Disculpa? —Sí —admití, sintiendo el peso de mis propias decisiones.— Me casé con Alan Fox. Andrew me estudió con el ceño fruncido. —Victoria, si hay alguien en este mundo a quien desprecias, es él. ¿Por qué harías tal cosa? —Lo sé —dije con resignación.—pero la situación se complicó. Me observó en silencio durante unos segundos antes de inclinarse ligeramente hacia adelante. —Explícame. Bajé la mirada a mi plato, buscando las palabras correctas. —Es un matrimonio por contrato. Cinco años. Andrew apretó los labios y luego tomó mis manos entre las suyas con una calidez que me reconfortó. —Victoria, ¿por qué no me pediste ayuda? —Porque esto es algo entre Alan y yo. No quiero involucrar a nadie más. Su mirada se volvió más intensa. —Sabes que hubiera movido cielo y tierra por sacarte de esto. Sonreí con tristeza. —Lo sé. Pero mi orgullo y mi terquedad no me lo permitieron. Andrew suspiró, como si estuviera conteniendo una larga lista de argumentos en mi contra, pero al final, simplemente apretó mis manos con suavidad. —Cinco años pueden pasar rápido —dijo finalmente. Me miró fijamente y, por primera vez en toda la conversación, una sombra de preocupación cruzó su rostro. —Solo dime que estarás bien. Lo miré a los ojos y, aunque en el fondo no estaba segura, asentí. —Lo estaré. Andrew no parecía completamente convencido, pero no insistió más. Cuando Andrew tomó mis manos entre las suyas, su mirada se suavizó, pero su tono se mantuvo firme. —Victoria, quiero que recuerdes algo. No importa lo que pase, ni el tiempo que transcurra, siempre estaré aquí para ti. Puedes contar conmigo para lo que necesites. Aparté la vista, sintiéndome incapaz de sostener su mirada. Sabía lo que estaba diciendo, lo que implicaban sus palabras. —Andrew… —suspiré, buscando la manera de hacerle entender.— Sabes que esto no es justo para ti. No puedo pedirte que esperes algo que quizá nunca suceda. Su sonrisa se mantuvo serena, pero en sus ojos había una determinación que me inquietaba. —No necesitas pedírmelo, Victoria. Lo haré porque quiero. No voy a pretender que esta unión con Alan sea por amor, porque sé que no lo es. Pero eso no cambia lo que siento por ti. Sus palabras me golpearon con fuerza. —Andrew… —No me debes una explicación ni una promesa —continuó él, con esa calma británica que nunca perdía. —Me conformo con que sepas que, cuando todo esto termine, seguiré aquí. Sentí un nudo en la garganta. No podía darle lo que merecía, me dolía más de lo que quería admitir. —Eres un hombre increíble, Andrew. Pero lo único que puedo aceptar ahora es tu amistad. Por un instante, algo cruzó su rostro. Fue apenas perceptible, una sombra de molestia bien oculta tras su impecable máscara de nobleza. Pero la vi. Él soltó una leve risa, cargada de resignación. —Si eso es lo que puedes darme, entonces lo tomaré. Y con eso, el tema quedó sellado. Cuando terminamos de almorzar y nos dispusimos a salir del restaurante, mi teléfono comenzó a sonar. Al ver el identificador, mi expresión se endureció. «Alan Fox.» Sin dudarlo, colgué la llamada. Andrew, que no perdió detalle de mi reacción, arqueó una ceja. —Déjame adivinar… ¿tu flamante esposo? Rodé los ojos. —No pienso arruinar mi día viendo la cara de mi frío y calculador esposo. Andrew sonrió con ironía. —Comprensible. Entonces, ¿a dónde te llevo? —Al departamento de Charles, por favor. Él asintió y me abrió la puerta del auto con esa cortesía exquisita que lo caracterizaba. El trayecto fue tranquilo, pero mi paz se esfumó en cuanto llegamos. Frente al edificio, un auto n***o estaba estacionado, seguido por tres camionetas de seguridad. Reconocí de inmediato el vehículo principal. «Era Alan» Mi estómago se contrajo. Andrew descendió del auto con la misma tranquilidad de siempre y me abrió la puerta, pero antes de que pudiera bajar, Alan apareció de la nada y se plantó frente a nosotros, su mirada afilada como una navaja. —Vaya, vaya… —murmuró con una sonrisa cargada de veneno.— Qué conmovedor. Mi esposa y su caballeroso acompañante. Andrew no se inmutó. De hecho, su expresión reflejaba un desinterés casi burlón. —Alan Fox —saludó con un tono pulcro, casi condescendiente.—Qué agradable sorpresa. No sabía que los maridos tenían la costumbre de vigilar tan de cerca a sus esposas por contrato. Los ojos de Alan brillaron con una furia contenida. —Victoria es mi esposa. Andrew inclinó levemente la cabeza, fingiendo contemplar sus palabras. —¿Tu esposa? Oh, claro. Técnicamente, lo es… aunque solo en términos contractuales. Qué curioso tener que obligar a una mujer para que se case contigo. Alan dio un paso adelante, pero Andrew ni siquiera pestañeó. —No necesito obligar a nadie —escupió Alan, su voz gélida. Andrew sonrió con una elegancia letal. —No, claro que no. Aunque en este caso, digamos que no hubo muchas opciones, ¿cierto? Pude ver el músculo en la mandíbula de Alan tensarse peligrosamente. Su postura era la de un depredador listo para atacar. —Te daré un consejo, príncipe —su voz se tornó aún más baja y calculada. —No te metas en problemas en los que no deberías estar. Porque, te guste o no, Victoria es mi esposa. Legalmente y pronto el mundo entero lo sabrá. Andrew se cruzó de brazos con la misma tranquilidad con la que alguien debatiría el clima. —¿Y eso qué implica exactamente? ¿Que deberíamos tenerle respeto a tu ridículo contrato? No me hagas reír. Alan entrecerró los ojos. —Implica que no le conviene a la monarquía que el príncipe de Gales sea visto tan cercano a una mujer casada. Por primera vez, Andrew dejó escapar una risa genuina. —Oh, Alan… ¿me estás amenazando con un escándalo? Qué encantador. Alan no respondió de inmediato. Solo me miró fijamente. —Sube al auto, Victoria. Ahora. Sentí una punzada de rabia. —No soy un objeto para que me des órdenes, Alan. Sus ojos ardieron con algo oscuro, algo territorial. Andrew, con su calma aristocrática intacta, me miró de reojo. —Victoria, creo que tu esposo piensa que aún estamos en la época medieval. Alan estaba al límite. Lo conocía lo suficiente como para saberlo. Y aunque Andrew se mantenía imperturbable, en sus ojos azules había una advertencia silenciosa. Yo estaba en medio de una batalla de titanes. Y lo peor era que ninguno de los dos parecía dispuesto a retroceder. Andrew me sostuvo la mirada, evaluándome con esa serenidad aristocrática que nunca perdía. Sabía que quería discutirlo, que no le agradaba la idea de marcharse y dejarme con Alan, pero también entendía que no podía exponerme a un escándalo. —Por favor, Andrew —murmuré, forzando una sonrisa mientras le tocaba suavemente el brazo. — No quiero problemas. Sus labios se curvaron en una sonrisa melancólica, pero sus ojos aún destilaban orgullo y un dejo de molestia. —Siempre tan diplomática… —susurró antes de tomar mi mano y depositar un beso en el dorso, como un caballero de otra época. — Si necesitas algo, sabes dónde encontrarme. Asentí en silencio. Lo vi girarse con elegancia y alejarse, dejando tras de sí el aroma suti de su loción. Alan, por el contrario, no tenía ni un gramo de esa calma. Su mirada fulminante me dejó clavada en el suelo, sintiendo cómo la tensión en el aire se volvía asfixiante. —No es la manera en la que una mujer casada debería comportarse, Victoria —su voz sonó afilada como una navaja. —Lo de ayer, después del matrimonio, lo dejé pasar. Pero no voy a tolerar que te conviertas en el hazmerreír de la gente y que piensen que me eres infiel. Su intensidad me irritó hasta la médula. —¿Infiel? —reí con sarcasmo, cruzándome de brazos.— Qué interesante. Me casé contigo por un contrato, no por amor ni devoción, Alan. Si alguien es un hazmerreír aquí, eres tú, por necesitar un matrimonio arreglado para solucionar tus problemas. Sus ojos se estrecharon. —Por si acaso no leíste las letras pequeñas, Victoria, nos debemos fidelidad. Puse los ojos en blanco. —Tranquilo, oh gran esposo ofendido. No planeo revolcarme con nadie en nuestra ridícula unión. Aunque, para ser sincera, el simple hecho de que me lo estés exigiendo me hace reconsiderarlo. Su mandíbula se tensó peligrosamente. —¿Te crees graciosa? —No, Alan —sonreí con la misma frialdad que él.—Me creo libre. Y, a diferencia de ti, no necesito recordarle al mundo que tengo a alguien atado a mi lado con un maldito contrato. Hubo un destello oscuro en su mirada. Un peligro contenido. —Sube al auto. —¿Y si no quiero? Dio un paso hacia mí, lo suficiente para invadir mi espacio. —No me hagas arrastrarte, Victoria. Un escalofrío recorrió mi espalda. No porque le tuviera miedo, sino porque su tono era de una seguridad absoluta, como si supiera que al final, yo cedería. Apreté los dientes y, sin dignarme a mirarlo, me metí en el auto de mala gana. Alan cerró la puerta con fuerza y, en cuanto se subió a mi lado, el vehículo arrancó en dirección a su mansión. Me crucé de brazos y miré por la ventana, odiando cada segundo de este absurdo matrimonio. Porque aunque lo negara, aunque quisiera hacerme la fuerte, algo en la forma en la que Alan me miraba me hacía sentir atrapada en un juego que, tarde o temprano, podría consumirnos a los dos.
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