5. Reglas del juego

2167 Words
Alan Fox Cuando Erick me llamó para informarme que Victoria había pasado casi toda la mañana y almorzado con ese príncipe, mi molestia se intensificó. No era cuestión de celos o al menos, eso me repetía a mí mismo, sino de respeto. O mejor dicho, de la falta del mismo. Parecía que ni siquiera se molestaba en disimular su inclinación por aquel hombre, alguien que, además de resultarme insoportablemente presuntuoso, no me inspiraba la más mínima confianza. Con un suspiro de fastidio, me levanté a pesar del molesto rastro de la resaca y me puse lo primero que encontré: un traje color borgoña y una camisa blanca. Decidí no usar corbata; en su lugar, dejé desabrochados los primeros botones de la camisa, como si aquel desaliño calculado pudiera reflejar mi estado de ánimo. Di instrucciones a mi equipo de seguridad para que me siguiera y nos dirigimos al apartamento de Charles. Lo conocía desde hacía años, pues siempre había sido amigo de Victoria desde la adolescencia. Justo cuando llegué, la vi aparecer con él. Con ese maldito príncipe. Mi irritación se convirtió en un incendio contenido. No me importó ejercer presión sobre ella para llevarla de vuelta a la mansión. Quería dejar en claro quién tenía el control. Victoria, por supuesto, se mantuvo en su mutismo desafiante, pero, en realidad, eso no significaba nada para mí. Si quería jugar a la indiferencia, podía hacerlo sin problemas. La llevé directamente a mi despacho y, con la frialdad característica que reservaba para ciertos momentos, la miré con calma antes de soltar todo lo que tenía que decir: —Siéntate. Ella, rebelde como siempre, se cruzó de brazos y me lanzó una mirada retadora. —No quiero. Solté una risa seca, ladeando la cabeza con una sonrisa socarrona. —Perfecto. Quédate parada entonces. —Me acomodé en el asiento con toda la tranquilidad del mundo, esperando a ver cuánto le duraba la actitud. Y, por supuesto, no pasó mucho antes de que se sentara. Solté un suspiro cargado de ironía. Qué infantil podía llegar a ser a veces. Pero tampoco la culpaba. Durante toda su vida, Neil la había tratado como una princesa y la señora Elizabeth la había consentido hasta el exceso. Ahora, sin ambas personas en su vida, no me resultaba difícil entender que debía sentirse sola. Pero yo… yo ya estaba acostumbrado a la soledad. Desde los dieciocho años, cuando quedé huérfano, había tenido que asumir mi papel como heredero de la familia Fox. No sé si fue una bendición o una condena no tener más familia, pero en aquel entonces, mi única compañía había sido él, mi mejor amigo Neil. Y quizá por eso mismo, por ese vínculo que nadie entendía, seguía aquí. Porque le hice una promesa. Y si algo me define, es que nunca rompo mis promesas. Victoria me miró con odio, con esos ojos verdes encendidos que me desafiaban sin necesidad de palabras. Pero eso no me impresionaba; ya estaba acostumbrado a su terquedad. —¿Qué quieres? —preguntó, con un tono tan afilado que podría haber cortado el aire entre nosotros. Me acomodé en mi asiento con la tranquilidad de quien sabe que tiene la ventaja y la observé con una media sonrisa cargada de cinismo. —Mira, Victoria, vamos a aclarar las cosas y establecer ciertas reglas para que esto, al menos, parezca mínimamente civilizado.— Mi tono era calculado, frío, casi didáctico, como si le estuviera explicando algo obvio a una niña caprichosa. Se cruzó de brazos, expectante pero con la hostilidad ardiendo en su mirada. —Lo de ayer en el ayuntamiento te lo paso — continué.— pero lo de hoy… verte paseando por ahí con otro hombre como si estuvieras soltera… eso no. Escúchame bien, porque hoy mismo vamos a fijar las reglas de este estúpido juego. Me incliné un poco hacia adelante, asegurándome de que cada palabra le calara hondo. —Uno: no quiero verte cerca de ese príncipe. —Dos: llevarás guardaespaldas siempre. No me importa si te gusta o no. —Tres: aprenderás a respetarme, al menos de cara al mundo. Aparentando ser la esposa perfecta siempre. —Ademas, debes saber que voy a dar un anuncio y te presentaré como mi esposa en la fiesta de aniversario de la empresa. Victoria me fulminó con la mirada. Su mandíbula se tensó y su respiración se aceleró. Pude notar cómo contenía el impulso de gritarme en la cara. —A cambio, podrás hacer tu especialidad sin ningún problema. Me aseguraré de que te traten bien en el hospital. Y ahí vino su carcajada, como burlándose de mí. —¿Y tú crees que necesito tu ayuda para conseguir un puesto en un hospital?— Su tono era puro veneno. —Estás muy equivocado. Yo tengo mis propias cualidades, créeme, mis capacidades profesionales me avalan sin necesidad de que tú intervengas. No quiero que pongas un solo dedo en mi carrera. Por un momento, casi admiré su determinación. La niña consentida que conocí alguna vez ahora era una mujer que se defendía con uñas y dientes.Neil, estaría muy orgulloso. —Está bien —dije con una sonrisa ladina.— no interferiré en tu carrera, pero a cambio, quiero que sigas estas reglas básicas de convivencia. Frente al público y en eventos sociales, serás la esposa perfecta. Me escuchaste bien. Sus labios se fruncieron en una línea delgada, su mirada se oscureció con una mezcla de rabia e incredulidad. Sabía que no aceptaría tan fácilmente. Así que incliné la balanza a mi favor. —Y escucha bien, Victoria —mi voz bajó un par de tonos, volviéndose gélida, — si cometes algún desplante como el que hiciste en nuestro matrimonio, si se te ocurre desafiarme en público… el que pagará las consecuencias será Charles. Su cuerpo se tensó al instante. Ahí estaba. La guardia baja, el instante de vulnerabilidad que buscaba. —¿Qué dijiste? —murmuró, con los ojos abiertos por la sorpresa. Me encogí de hombros, con una sonrisa cruel. —Lo que oíste. ¿Qué tan fuerte crees que es la carrera de un músico cuando alguien con suficiente poder decide que ha llegado a su fin? La vi tragar saliva. Por mucho que quisiera ocultarlo, le importaba. Claro que le importaba. Charles seguía siendo su punto débil, la persona que protegería incluso si eso significaba someterse a lo que más odiaba. —Eres un… —murmuró con desprecio. —¿Un qué, Victoria? —me burlé, inclinándome apenas para encontrarme con su mirada. —¿Un bastardo manipulador? ¿Un hombre sin escrúpulos? ¿Un tirano? Seguramente lo soy, pero a diferencia de ti, yo acepto lo que soy, tal cual como ya te lo dije yo puedo llegar a ser el diablo, si me lo propongo. Apretó los puños con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. —Tienes hasta la fiesta para demostrarme que puedes comportarte —finalicé con la misma calma con la que había comenzado.—No me hagas dudar de tu capacidad de cumplir simples reglas, querida esposa. Sabía que me odiaba. Sabía que en su mente estaba planeando mil maneras de rebelarse. Pero también sabía que no iba a arriesgar la carrera de Charles. Y eso significaba que, por ahora, tenía la ventaja. Antes de terminar esta conversación y llevarla a su habitación, me giré una vez más y le lancé una última advertencia con voz calmada, pero cargada de veneno. —Ah, y antes de que lo olvides, hay algo más, mi querida esposa rebelde…—hice una pausa, disfrutando de cómo sus ojos se entrecerraban con desconfianza.—No quiero que sigas ventilando que nuestro matrimonio es un contrato. Victoria soltó una carcajada seca. —¿Y qué vas a hacer, Alan Fox? ¿Multarme por cada persona que lo sepa? La miré con una sonrisa ladina. —Algo mejor. Si una sola persona más aparte de Charles o ese príncipe que espero tenga suficiente sentido común para mantener la boca cerrada se entera… Charles pagará las consecuencias. Su expresión cambió en un instante. Ya no había burla en su mirada, solo una tensión silenciosa. Sabía que había tocado su punto débil. —No te atreverías… —su voz era apenas un susurro, pero podía percibir la furia y el miedo contenidos en ella. —Prueba mi paciencia y lo averiguarás —respondí con una frialdad implacable.— Y no solo eso. Tu deuda aumentará un 50 %. La vi apretar los puños, su mandíbula tensa como si estuviera conteniendo el impulso de lanzarme algo a la cara. —Eres un maldito… —Sí, lo soy —admití con una sonrisa indolente. —Y tú, mi amor, deberías empezar a aprender a comportarte. Solo te quedan cinco años a mi lado, ¿no? Eso no debería ser tan difícil para ti…si sigues las reglas de este juego. Victoria respiró hondo, con la mirada encendida por la rabia. —Eres despreciable. Le guiñé un ojo con burla. —Y tú eres divertida cuando te enfadas. Victoria me miró con el ceño fruncido, los brazos cruzados con una mezcla de desdén y fastidio. No había terminado de digerir la amenaza sobre Charles cuando le solté otra bomba. —Levántate —le ordené con una calma implacable.— Vamos, quiero que conozcas tu habitación. Rodó los ojos y permaneció sentada. —No tengo mi ropa, ni mis cosas, ni nada —replicó, con ese tono testarudo que parecía ser su estado natural.— Apenas traigo mi bolso con lo básico. Me apoyé en el marco de la puerta y la observé con una sonrisa ladeada. —No necesitas nada. Conmigo aquí nunca te faltará nada. En tu habitación tienes ropa de las mejores marcas, así que puedes usar lo que hay ahí. La vi abrir la boca, dispuesta a continuar con su berrinche, pero al final no dijo nada. Sabía que discutir conmigo no tenía sentido. Se puso de pie con evidente desgana y me siguió, caminando como si la estuviera llevando al matadero. Al abrir la puerta de su habitación, vi cómo su expresión se transformaba por un breve instante. La sorpresa se filtró en su rostro antes de que pudiera ocultarla. Las paredes estaban combinadas en blanco y lila, los colores pasteles que sabía que le gustaban. Los muebles eran elegantes pero acogedores y la iluminación suave le daba un aire de tranquilidad al lugar. No pude evitar que una sonrisa de satisfacción cruzara mi rostro por una fracción de segundo. Sabía que le gustaba. Pero me recompuse de inmediato. —Esta habitación la preparó mi nana para ti —dije con indiferencia. —Si te gusta, bien. Y si no, cámbiala como te dé la gana. No me importa. Victoria parpadeó, procesando mis palabras y luego me lanzó una mirada que claramente decía: «No me das órdenes.» —Qué detalle el tuyo, realmente me conmueve —soltó con sarcasmo.— ¿También elegiste mi ropa o eso se lo delegaste a alguien más? Solté una breve carcajada y la miré con burla. —¿De verdad crees que perdería mi tiempo en eso? No, querida. Pero sí me aseguré de que no te falte nada. Deberías sentirte halagada. Ella chasqueó la lengua con fastidio y se cruzó de brazos. —Qué generoso de tu parte —dijo con ironía.—Pero si crees que con una habitación bonita y ropa cara vas a convertirme en tu dócil esposa, déjame decirte que vas a necesitar mucho más que eso. Le sostuve la mirada, disfrutando de su pequeño acto de rebeldía. —No espero que seas dócil, Victoria. Eso arruinaría toda la diversión —dije con una sonrisa burlona.— Pero sí espero que sigas las reglas. Dicho esto, giré sobre mis talones para salir de la habitación, pero antes de cerrar la puerta, añadí con voz firme: —Además de eso, quiero que entiendas algo. El desayuno será a las siete de la mañana. Por regla, desayunarás conmigo. Lo mismo en el almuerzo, salvo que el trabajo o tu residencia lo impidan. Pero en la cena siempre nos veremos. Ella bufó y negó con la cabeza. —¿Y si no quiero? —Si sigues las reglas, todo será más fácil —le advertí con una sonrisa gélida.— A cambio, puedes pedirme lo que sea. Pero si decides desafiarme… —me incliné ligeramente hacia ella y bajé la voz. —atente a las consecuencias. Victoria me sostuvo la mirada, desafiante. —¿Sabes? Te encantaría vivir en la Edad Media, Alan. Lo tuyo es puro feudalismo con traje caro. Me reí con auténtico entretenimiento. —Y tú serías la perfecta rebelde de cuento de hadas… pero hasta en los cuentos, querida, la princesa termina siguiendo las reglas del castillo. Ella entrecerró los ojos, fulminándome en silencio, y sin decir más, me marché, cerrando la puerta tras de mí. Sabía que no se rendiría tan fácil. Pero eso solo hacía todo más interesante.
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