Narra Marisela
Al fin pude cambiarme de departamento, así no estaré cerca de ese desgraciado, sin embargo, aun tengo que aguantarlo en el trabajo, ha tratado de buscarme, pero siempre encuentro la manera de huir. Por otra parte, le he contado a mi familia de mis decisiones y de irme a vivir con ellos nuevamente, mi madre se escuchaba decepcionada, ella estimaba mucho a Damián, pero le dije que su amor sólo fue falso. Aunque Hilda diga lo contrario, él me lo ha demostrado. Aun no les voy a negar que aquel dia en ese restaurante, lo d3s3aba mucho, pero tuve fracciones de recuerdos de lo que me hizo Román. Sólo de hacerlo me da asco.
Vine por un café para despertar más, ya que no he estado durmiendo bien, debo tener todo en orden para mi renuncia y cambio de trabajo.
—¿Por qué huyes de mí? —¡Dios! De tan sólo escucharlo me da escalofríos y no de los buenos.
—¿Por qué tendría que hacerlo? —Le respondo con otra pregunta levantando una de mis cejas.
—Porque te he estado buscando. Mira, sé que no hice bien, pero en verdad estoy enamorado de ti y quiero… —Lo interrumpo.
—Es broma ¿verdad? Tú a******e de mí, yo estaba casi inconsciente. —Lee digo mirándolo con rabia, porque que fue así.
—Claro que no, tú fuiste quien me besó y me atrajo hacia la cama pidiéndome que te hiciera mía, nombrando a ese imb… —Le cierro la boca con una fuerte cachetada.
—¡Cállate! Eres un maldito mentiroso, tu debiste drog4rm3 para que lo hiciera, de otra manera no lo habría hecho. Y mira que, si tuviera pruebas de ello, te refundiría en prisión. —Tomo mi baso de café y salgo de ahí, no lo soporto.
Entro a mi oficina y Clara mi asistente entra detrás de mí. Ella últimamente se ha hecho mi amiga.
—¿Qué te pasó? ¿Por qué estas de mal humor? —Me pregunta con preocupación.
—Ese imbécil sigue insistiendo que lo hice por voluntad propia. ¡Demonios! Si tan sólo tuviera pruebas. —Me da una rabia.
—Bueno, al menos no saliste embarazada, sino, te obligaría a casarte con él. —En eso tiene razón.
—Y lo mejor es que pronto me iré de aquí y muy lejos. —Quisiera quedarme, pero, a decir verdad, ya no tengo motivo alguno para hacerlo, Damián está con esa mujer y lo mas probable es de que se casen. Ellos se aman aún. Y duele mucho.
…
Es la hora del almuerzo y me encuentro con Clara en el pequeño restaurante cerca de la empresa, y vemos a ese idiota entra con Mariana. Pobre mujer, no sabe con quien está saliendo.
—Deberíamos decirle sobre ese imbécil. —Sugiere Clara.
—Él se saldría con la suya, como siempre lo hace. —Y no lo dudaría.
—Bueno, en eso tienes razón. Es un desgraciado. —Y lo mas probable, es que pretenda darme celos. Pobre idiota.
—¿Mari? —Alguien me está llamando, volteo y es Hilda.
—Hilda ¿Qué haces aquí? —Me levanto de mi silla y la saludo.
—Vine a una reunión con un nuevo cliente. —Pasa su esposo me saluda con un asentamiento de cabeza.
—Ya veo. —Lo bueno que no están cerca de la mesa de ese patán.
—Por cierto… —Mira a otra parte dudando si decirme o no decirme algo que comienza a intrigarme.
—¿Qué ocurre? —Le pregunto con curiosidad y ella suelta el aire que estaba reteniendo.
—Damián se va a ir del país en estos días. —¡¿Qué dijo?! ¿Cómo que se va? Digo, yo también lo tengo planeado, pero no tan lejos como él. Y tengo que admitir que eso comienza a dolerme que siento como bajan las lagrimas por mis mejillas.
Seguramente ya se debió casar con esa mujer en secreto y es por eso por lo que se van. O se casaran en el extranjero.
Me siento de nuevo en mi lugar y Clara me pasa un pañuelo para mis lágrimas.
—Mari ¿Estás bien? —Hilda se escucha preocupada.
—No lo estoy. —Mi voz se escucha rota, me siento muy mal, creí que esto me aliviaría, mas no fue así.
Me seco las lagrimas y me levanto de mi lugar.
—¿A dónde vas? —Clara se escucha preocupada.
—Tengo que ir a buscarlo, él no se puede ir. No me importa si ya está casado con esa arpía. —Me pide mis llaves y entramos al estacionamiento de la empresa y nos subimos a mi carro y le doy la dirección de la empresa del esposo de Hilda.
…
Sólo pasaron 30 minutos para llegar y los sentí eternos, pero ya estamos aquí. Entro y como la de recepción ya me conoce, me deja pasar sin problemas. Tomo el ascensor y Clara no me ha dejado ni un solo momento.
Llegamos a su piso y veo a su asistente.
—¿Se encuentra Damián? —Me siento muy agitada, como si hubiese corrido un maratón.
—Ya no tarda, salió a comer. —Bueno al menos sé que regresará.
Le agradezco y tomo asiento en uno de los sillones que se encuentran aquí afuera de su oficina.
—Tranquila, todo saldrá bien. —Y eso espero.
Escucho las puertas del ascensor abrirse y sale él junto a una castaña con cuerpo de infarto, pero con mucha elegancia.
Esa mujer se ríe de algo que le comentó al oído y eso me molesta mucho.
—Ahora entiendo porque lo amas. —Me dice Clara al oído.
Lo miro ahí parado con aquella castaña, muy sonriente. —¿A caso es su amante? O ¿ya dejó a esa mujer? Lo voy a averiguar.
Se despiden con un tierno beso en los labios y eso me hace pensar en muchas cosas y se me revuelven los sentimientos y emociones.
La mujer se va y él se va acercando a su oficina y no se ha dado cuenta que estoy aquí.
—Damián. —Hasta que lo llamo. Me mira y se ve algo sorprendido, pero en seguida cambia su expresión a una muy fría, que siento congelarme una vez más. Me levanto de mi lugar y camino hasta quedar frente a él. Extrañaba su aroma a lavanda.
—¿Qué haces aquí? —Su voz es demasiada seria.
—Necesito hablar contigo. —Digo sin mostrarle lo mucho que me afecta su indiferencia hacia mí.
—No tenemos nada de que hablar. —Se da la vuelta y lo detengo. Él se suelta como si mi tacto lo quemara.
—Por favor. —Mira a su asistente y abre la puerta para que podamos entrar.
—No necesitas sentarte, así que habla rápido, tengo cosas que hacer. —Me mira aun con frialdad.
—Sé que te iras al extranjero y la verdad no quisiera que lo hicieras. —Trato de que mi voz no se rompa.
—Eso es algo que no te concierne. Son mis decisiones y no tienes nada de que opinar. —¿Dónde quedó ese hombre tan lindo y caballeroso?
—Además, tu tienes a tu pareja. Así que te voy a pedir que salgas de aquí y no… —No lo dejo terminar porque lo callo con un beso apasionado que él en seguida me corresponde.
Siento como me carga y me lleva a ese sillón donde a veces solía hacerme el amor cuando venía a visitarlo.
Me quita mi tanguita y escucho el cierre de su pantalón y entra en mi sin piedad, haciéndome gritar de placer, jamás se habia comportado de esta manera, siempre era tierno y apasiono, pero esta vez parece un a*****l salvaje, y no sé por qué, pero esto me gusta y mucho.
Se siente posesivo como demostrando que sólo soy suya y de nadie más.
Rompe los botones de mi blusa y libera mis pechos del sostén y los besa, no, mas bien los devora, haciendo que me arquee.
—¡Dios! —Es lo único que sale de mi boca, porque me tiene gimiendo de placer desde que entró en mí.
—Eres solamente mía. —Y de eso no tengo dudas.
Siento como termina dentro de mí y se separa recostándose a un lado de mí.
Los dos estamos muy agitados por lo que acababa de ocurrir, y quiero que sigamos adelante en donde nos quedamos. Sólo espero que no se haya casado o se case.
—Vístete y vete. —¿Qué? Lo miro y no hay ninguna clase de emoción en su mirada.
—Damián, yo… —Me vuelve a interrumpir.
—Ya me escuchaste. Vete. Y te aclaro que esto sólo fue la despedida antes de irme del país. —No pude evitar las lagrimas nuevamente. Me siento muy mal. Arreglo mi ropa como puedo, pero es inútil, la rompió.
Se levanta de su lugar y se arregla su ropa, se acerca a un ropero que tiene aquí, y saca la ropa que yo tenía. Me la entrega y entro al baño a cambiarme.
Salgo y ya no está en su oficina.
Clara me mira con tristeza y preocupación y me abraza para consolarme.
Despedida, sólo fui una despedida para él.