La razón volvió de golpe en Madison, y comenzó a removerse debajo del gran cuerpo de Cameron. Aunque quería más, no iba a dejarse consumir por la pasión. Por eso le mordió el labio inferior, dejando en su lengua un toque del sabor metalizado de su sangre. —¡Jod3er! —exclamó furioso, y se apartó de golpe de ella— ¡¿Te has vuelto loca, mujer?! «¡Claro que no!», quiso gritarle. Solo se estaba poniendo distancia, mientras se recuperaba de aquel ataque de lujuria y pasión. —¡Quítate de encima! —manifestó con los dientes apretados. En el instante en que él dio una respiración profunda, Madison pudo jurar que su erección palpitó en protesta en su canal. —¡No! —soltó, y movió sus caderas sobre ella, haciéndola jadear. La respuesta la sorprendió. —¿Por qué no? —tuvo que preguntar, por

