—Señores pasajeros, por favor abrocharse los cinturones de seguridad en diez minutos aterrizaremos en el Aeropuerto Internacional de Londres Heathrow.
Al escuchar aquellas palabras en el alta voz del avión dio un suspiro, siete horas de vuelo. Su espalda comenzaba a doler, y un pequeño dolor en la sien le anunciaba la llegada de una migraña. No le había pedido a nadie que fuera a buscarla, ni siquiera a Tomás el chofer de su abuela, que más o menos tenía la edad de ella.
Todo el proceso de salida del aeropuerto se realizó de manera normal, cuando las puertas de vidrio se abrieron para salir del aeropuerto, el olor a casa la envolvió en un abrazo. Fue justo en ese momento cuando se dio cuenta de lo mucho que había extraño Londres.
Miró la hora en su teléfono celular eran las diez de la noche, no era la primera vez que tomaba un taxi desde el aeropuerto a esa hora. Así que no se lo pensó dos veces, le pidió al conductor bajar el vidrio de la ventana. Puesto que no quería perderse del camino, era verano. Por tanto, las vistas eran hermosas.
«¡¿Cómo pude mantenerme alejada de Londres por tanto tiempo?!», se cuestionó.
Pero lo cierto era que se fue huyendo de la actitud de su abuela, quería emparejarla siempre con algún hijo o nieto de cualquier conocido suyo. Hasta que se le presentó la oportunidad de abrir una oficina en el centro de Manhattan, y la tomó. Lo más extraño es que Margot Bennett fue a visitarla dos semanas antes de su muerte.
«¡Caramba! ¿Se estaba despidiendo?», pensó en ese instante.
—Yo ya no quiero seguir al frente de los negocios, Madi —la mujer le dijo negando con la cabeza—. Estoy cansada, ya tengo mi edad y solo quiero disfrutar de una casita en isla de Grecia con vista al mar.
—Abuela, solo tienes sesenta y cuatro años —le reprendió—. No estás vieja, además de que sigues siendo hermosa.
Margot hizo lo de siempre, se acercó a ella y le acarició la mejilla.
—¿Y cuándo se supone qué voy a disfrutar? —la miró con ternura—. He estado trabajando desde que tenía dieciséis años, creo que me lo merezco.
—Tienes razón…
—Por eso necesito que vuelvas a Londres, todo lo que tengo es tuyo.
—Abuela…
—¡Basta, Madi! —exclamó porque sabía que iba a decirle—. Vives siempre tratándome de demostrar agradecimiento por lo que hice por ti y por tu madre.
Ella tragó grueso.
—Yo no…
—Lo que hice, fue con amor y cariño —le dio una sonrisa—. Como no abrirle las puertas de mi casa y de mi corazón a dos niñas —se puso la mano en el pecho—. Tu madre solo tenía quince años y tú unos días de nacida. Así que no me debes nada, eres mi nieta, mi orgullo y punto.
—¿Señorita? —la voz del chofer la trajo al presente—. Llegamos a su destino, el hotel Santoria Palace. Hizo usted una muy buena elección.
Madison frunció el ceño al escuchar aquellas palabras.
—¿Por qué lo dice?
—Es uno de los hoteles más lujoso y más elegante de Londres.
Dio un suspiro de satisfacción.
—Es bueno saberlo —manifestó, sacó un par de billetes de su bolso y se los entregó al conductor, y luego se bajó del automóvil.
Se quedó un momento parada frente la fachada del hotel de diez pisos, que emanaba una elegancia que el tiempo no había podido marchitar. La mezcla de elementos arquitectónicos victorianos con toques modernos. El edificio tenía lo majestuoso de las antiguas mansiones londinenses, de las cuales destacaba su fuerte estructura de ladrillo rojo y piedra caliza tallada a mano. Algunos arcos y las ventanas de estilo gótico, adornados con uno que otro detalle ornamental, dándole al huésped una sensación de invitación para sumergirse en la historia.
Sin embargo, lo moderno también se hace presente, y se refleja en sus detalles más sutiles. Los amplios ventanales de vidrio, diseñados para aprovechar al máximo la luz natural. El perfecto contraste vintage. Un elegante jardín vertical se observa desde un lado de la entrada, lo que aporta un toque de naturaleza y frescura en medio de la ciudad.
La entrada principal es un espectáculo en lo que a modernidad se refiere, la puerta giratoria, flanqueada por columnas de mármol, que lleva a un espacioso vestíbulo iluminado por una serie de lámparas de araña de cristal antiguo y modernas luces LED empotradas en los techos. Haciendo que los detalles en bronce pulido y los mosaicos en el suelo parecieran que contaran historias de siglos pasados, mientras que en el medio las líneas limpias y los materiales vanguardistas anunciaban una experiencia de lujo contemporáneo.
A esa hora de la noche, la fachada estaba iluminada con la combinación de luces cálidas y frías que hacían resaltan tanto la majestuosidad de la arquitectura antigua que primordialmente hizo que el hotel fuera número uno en sus primeros años, como la elegancia de los elementos modernos del presente. Los reflectores estratégicamente ubicados daban el relieve a las texturas y los detalles, creando un ambiente acogedor y sofisticado que invitaba a los huéspedes a vivir una experiencia única al poner un pie en las instalaciones. Todo eso mostraba la rica historia de Londres y su constante evolución.
Dio una respiración profunda, esperando que con eso el nudo que sentía en la garganta se deshiciera. Puesto que el orgullo por su Margot Bennett la invadió, había creado un imperio, y estaba segura de que no fue fácil para una mujer joven y soltera como lo fue ella. Negó con la cabeza y sonrió, porque no entendía el afán de su abuela para que se encontrara una pareja.
Al entrar fue directamente a recepción, y como siempre pidió la llave de su habitación toda su vida había vivido en ese hotel.
—Buenas noches, bienvenida —la chica fue muy cordial, al parecer era nueva y no la conocía, le gustó su forma de tratarla—. ¿Es primera vez que nos visita? ¿Tiene alguna reservación?
—No —Madison soltó una risita de niña traviesa—. Sí, tengo una reserva…
—Me indica su nombre —aunque hablaba correctamente, no apartaba la vista del monitor de su computador.
—Solo necesito la llave de la habitación dieciséis quince.
—¿Disculpe? —la chica que en su pecho llevaba el nombre de Oriana, frunció el ceño.
—¡Madi! —exclamó una voz.
—Hola, Chris —ella saludó al hombre mayor que la vio crecer.
—¿Por qué no dijiste que vendrías? —la miró severo, la abrazó de nuevo—. Hubiera mandado a uno de los choferes a buscarte.
—Oh, cariño… —su voz se escuchaba triste.
—No te preocupes, solo espero que Oriana me entregue la llave de mi habitación —le sonrió de oreja a oreja a la recepcionista.
—En un segundo, señorita Bennett —inquirió la joven apenada.
Madison siempre vivió en el hotel, hasta que terminó sus estudios en la universidad de Oxford. Luego su abuela expandió su cadena de hoteles a América y fue cuando entonces encontró la excusa perfecta para irse de casa: quedarse al frente de aquellas sucursales.
Dio un suspiro al entrar en la habitación, por un momento olvidó el amplio espacio que estaba inundado de luz natural. Estaba segura de que no sería la alarma quien la despertara al siguiente día por la mañana. Caminó hasta las ventanas del piso al techo que siempre le ofrecieron las vistas impresionantes de la ciudad. Las paredes pintadas de blanco, algo que siempre le encantó. Puesto que combinaba con cualquier decoración, además de dar una atmósfera de calma y elegancia.
Todavía en el centro de la habitación, estaba la cama king-size, con la cabecera de cuero oscuro, y que se convertía en el centro de atracción. Las sábanas de algodón egipcio, ¿cómo olvidarlas? Si eran tan suaves como la seda, cuatro almohadas hipoalergénicas y de calidad garantizan un descanso perfecto. Y aquel edredón de color rojo que siempre la acompañaba le trajo recuerdos.
El escritorio clásico de madera oscura, de detalles dorados, y acompañado de una silla ergonómica que utilizaba para hacer sus tareas, lo veía en ese momento pequeño, qué combinado con un puf de cuero, una chaise longue junto a la ventana mezclaba lo clásico y lo contemporáneo. En aquella habitación planificó su futuro, y todos los objetivos los había cumplido.
Frunció el ceño, al darse cuenta de que en la esquina ya no estaba su Smart TV de treinta y dos pulgadas en la pared, sino que fue reemplazado por un proyector con un sistema de sonido envolvente que garantiza una experiencia de cine en casa. Recordó la tarde en que Margot le había comentado que todas las habitaciones del hotel tendrían iluminación inteligente, para que pudiera ajustar a diferentes ambientes, y por supuesto, el control de temperatura automatizado aseguraba al máximo confort.
También cuando le había remodelado el baño, por el hecho de que ella había alegado de que ese era su verdadero santuario, y ella le dio la razón. Los suelos y paredes de mármol daban la sensación de opulencia. Incluyeron una bañera independiente, puesto que Margot insistía en que necesitaba largos y relajantes baños. Mientras que una ducha de lluvia de gran tamaño ofrecía una experiencia regeneradora. Los accesorios de baño eran de color dorado, puesto que Madison exigía que su habitación debía ser más especial que la suite presidencial.
Aunque continuaba viviendo en una suite de uno de los hoteles, sentía que no tenía nada ver con la de su infancia. Tal vez sería por eso, en ese lugar su madre le ayudaba hacer las tareas, jugaba con ella, y hasta le leyó los mejores cuentos antes de dormir. Por supuesto, que a pesar de que su abuela se había esmerado por mantener su habitación igual como cuando ella se fue a América. Las cortinas fueron reemplazadas, por unas de seda pesada de color vino tinto. Los pósteres de sus cantantes y actores favoritos continuaban en uno de los armarios.
—Nunca me cansaré de darte las gracias por tantas cosas que hiciste por mí, Margot Bennett —dijo con la voz rota, recordando que su madre también había fallecido— ¡Cómo duele extrañarlas!
Tenía que controlarse, lo mejor era tomar una ducha y descansar un poco. No sabía con qué se encontraría al día siguiente, su abuela era muy organizada y metódica. Pero estaba llena de secretos, muchas veces se lo había comentado. Sobre todo cuando Madison insistía que le contara la forma en que había hecho su fortuna. Ya que su patrimonio era considerable para una mujer, sin embargo, esta la evadía completamente.
Al salir del cuarto de baño, el cansancio y la falta de sueño la invadió. Pero antes tenía que averiguar en donde se encontraba el cuerpo de su abuela, puesto que nadie le había dicho nada al respecto.
—¡¿Chris?! —Madison, exclamó con sorpresa.
—Quise traerte la cena personalmente —el hombre de piel chocolate le dio una sonrisa cordial que la hizo sentir como si fuera una adolescente de nuevo.
—No debiste preocuparte —ella abrió más la puerta y le hizo un gesto con la mano para que pasara.
—Sabes que a Margot le gustaba que estuvieras bien atendida —Chris hizo una mueca— ¡Su niña!
Madison dio una larga respiración, en ese segundo se sintió como una mala agradecida en todos los aspectos.
—Ya lo sé, y lamento mucho haber estado lejos de ella por tanto tiempo.
—No te sientas mal por eso, porque tu abuela sabía muy bien que también sentías admiración por ella.
—¡¿Cómo no hacerlo?! —Madison expresó con un nudo en la garganta—. Si hace tan solo dos semanas, mi abuela me pidió regresar a Londres.
—No puedes culparte por lo sucedido —se acercó a ella y la envolvió en un fuerte abrazo.
—Vine a casa enseguida que me informaron, Chris.
—¿Sí? —el hombre frunció el ceño— ¿Quién pudo haberlo hecho?
—Un hombre… —Madison frunció el ceño— Cameron King…
—Al parecer Cam no pierde el tiempo —resopló.
—¿Quién es él? —preguntó con curiosidad.
—Es el nieto del socio y gran amor de Margot.
Aquella respuesta la dejó sorprendida, al final... ¿su abuela creía en el amor?