Sandra (parte 2)

2492 Words
Estiro el brazo sano cuando llegamos a la base del Escorpión n***o, donde mi comandante espera junto con un grupo de personas bien vestidas y algunos médicos. Al aterrizar, este grupo de bienvenida se acerca a King para atenderlo y para asegurarse de que tenga lo necesario para que se sienta cómodo. Mientras todos se preocupan por él, mi comandante se acerca inflando el pecho con orgullo y sonríe tranquilo. —Reporte soldado. —Destruí el lugar, salvé el objetivo y he descargado, y eliminado, la información que tenían sobre el reino índigo. Señor. —Digo seria haciendo el saludo militar, pero él se concentra en la herida de mi brazo —. Resultado de una bomba que fabriqué con compuestos de nitroglicerina. —¿Alguna otra herida? —Pregunta con ojos preocupados. —Al proteger al objetivo de una granada de metralla, recibí todo el impacto en mi espalda. Fuera de eso, me encuentro bien. —Entiendo. Como tu comandante te digo que lo hiciste bien. —Carraspea un poco —. Pero como tu abuelo no me gusta que recibas heridas por nadie, aunque sea por trabajo y te hallamos entrenado para eso, no me agrada la idea de que mi querida nieta salga herida. —Estoy bien, ya la abuela lo arreglará antes de que llame a mamá y a Vivi. —Digo para tranquilizarlo. —Ah... sí... tu madre y tu hermana. —Mira hacia un lado de manera sospechosa. —¿Qué pasa? —Nada de lo que debas preocuparte. De todos modos, ya te enteraras. Entrecierro la mirada. Si él dice que no es nada para preocuparse es que es así, aunque no me gustó lo último. —¡Sandra Elizabeth Nite, ¿qué te pasó en el brazo?! —Grita mi abuela alarmada, la dueña de esta base, y se acerca preocupada —. Voy a tener que ayudarte a reconstruir todo el tejido, grasa, musculo; deberías cuidarte un poco más querida. —Reprende con cariño mientras tiene las manos en la cintura. —Siempre estaré bien si vuelvo. —Tranquilizo caminando hacia la enfermería —. Vamos abuela, necesito que me cures para llamar a mamá y a Vivi. —¿Aún no lo sabes? —Pregunta ella sorprendida y mira al comandante con los ojos entrecerrados —. ¿Joseph? —Es mejor que lo sepa de la fuente. —Dice él lavándose las manos y se pone atrás de mi abuela —. Vamos, tienes que curar a Sandra. —Habla empujándola hacia la enfermería. La imagen es un tanto irreal. Pues mi abuelo y comandante, que tiene casi sesenta años, aparenta su edad con un abundante cabello gris y algunas arrugas que tiene en su bronceada cara, a diferencia de mi abuela cuyo tiempo se detuvo en sus veinte con un particular cabello castaño y con piel tan tierna y suave como la de un bebé. Lo cierto es que mi abuela, al ser parte de la primera generación de índigo natural, ella aprendió a controlar cada célula de su cuerpo y a detener la degeneración natural que sufre el cuerpo cuando se termina la veintena, así que en realidad tiene más de doscientos años mientras parece de veinte. No sé cuántos esposos ha tenido, pero sí sé que de todos tuvo hijos, sin embargo, solo mi padre es el único índigo natural que ella engendró. Eso me convierte, literalmente, en la tercera generación de índigo natural. A pesar de que este poder existe desde hace más de doscientos años, los números de los naturales son tan pocos que me sorprendería encontrar a alguien que conozca a más de tres. Sigo a mis abuelos hasta la enfermería para curar mis heridas. Lo cierto es que puedo curarme yo misma, pero mis grilletes me impedirían hacerlo a una velocidad apropiada a mi capacidad ya que no me dejan absorber lo que necesitaría. Veo a mi alrededor mientras caminamos, donde noto a muchos niños que como yo han crecido aquí pero que poco a poco se les enseña el mundo para que no sientan que solo pertenecen aquí. También veo a algunos que han decidido quedarse ser entrenados por sus nuevos equipos y ser moldeados para que puedan soportar el peso. A diferencia de estos últimos, yo no pude decidir, mi futuro quedó establecido en el momento en que nací con la marca índigo en mi pecho. Al llegar a la enfermería, la cual es una habitación de gran tamaño con todo tipo de implementos médicos de tecnología de punta, se siente inusualmente vacía. Pero sin prestar atención a esto, me dirijo hacia la parte de atrás de una cortina para quitarme el uniforme de campo, el cual consiste en un enterizo de color n***o con un escorpión bordado en la espalda. La tarea se vuelve un poco complicada al no contar con mi otro brazo, pero sé que no estoy sola. —Déjame ayudarte. —Pide mi abuela bajando la parte de atrás de la espalda y liberando mi brazo herido. Se queda sorprendida al ver la magnitud de mi herida, aunque el uniforme cuenta con una amplia gama de resistencia contra impacto de cualquier tipo, este quedó destrozado por la bala bomba que diseñé y mi brazo se llevó la peor parte. La veo abrir la boca para decir algo, pero decide quedarse callada. Quedo en mi ropa interior, que consta de un bóxer femenino blanco que combina con mi sostén deportivo. Me quedo viendo mi reflejo en el espejo de cuerpo entero cuando mi abuela sale para preparar la máquina que me va ayudar a anular el límite que me imponen mis grilletes. No veo nada nuevo ni sorprendente. Solo a una chica de dieciséis años, de no más de metro sesenta, con piel canela tropical, con atributos equilibrados y con una "I" de color índigo en su pecho, que acaba de volver de una batalla y que cada día se siente aprisionada. Esa es la imagen que me devuelve el espejo, y es la imagen que se dispersa cuando hablo con mi madre y mi hermana, aun cuando sé que algo está pasando, solo con ellas me siento tranquila. —Sandra. —Llama mi abuela, sacándome de mis pensamientos. Camino hacia dónde está mi abuela sin importarme estar en ropa interior y me acuesto en la máquina. Parece una camilla, pero en realidad es una especie de tubo que encierra los componentes que necesito para curarme. Claro que está máquina usa como combustible la habilidad sobrehumana de mi abuela, pues ella está en un nivel que espero alcanzar. A pesar de lo frio que se siente estar acostada aquí, y de cómo mis lentes de contacto son absorbidos por mis ojos, es realmente cómodo estar en esa máquina que me permite experimentar mi poder. Puedo ver las cadenas moleculares que representan lo que necesito junto con componentes importantes para mi cuerpo. Sonrío tranquila de poder ver algo que es parte de mi desde que tengo memoria, y que detesto limitar por el temor que otros me tienen. Quizás los científicos que estudian química estén de acuerdo conmigo cuando digo que no hay nada más hermoso de presenciar que el orden del mundo que imponen las leyes naturales, mismas que puedo descomponer o alterar cuando quiera. Cierro los ojos sintiendo como se recompone mi brazo poco a poco, como el hueso es reconstruido, como el músculo poco a poco toma fuerza, como la sangre comienza a correr. Sí, sé que solo puedo estar en esta máquina por un corto tiempo, pero sentir mi poder sin un gramo de límite realmente vale la pena, aunque no soy tan masoquista para herirme en cada misión para entrar aquí, porque no hay nada que me dé más paz que hacerle saber a mi familia que estoy bien. Poco a poco siento como el proceso de recuperación está terminando así que abro los ojos dejando que los lentes de contacto vuelvan a funcionar, y así, vuelvo a mis cadenas. —Ya está listo. —Avisa mi abuela, con una mirada un tanto triste, mientras me entrega una bata. —Eres la mejor. —Digo aceptando la bata y parándome de la camilla. Ambas volteamos a ver hacia la entrada cuando escuchamos que alguien abre la puerta, y vemos a un hombre de no más de treinta, con cabello rubio oscuro, con ropa formal y con un gesto enfadado en su rostro. Este hombre no es cualquier persona, es el hermano gemelo de mi abuela, padre de mi madre y el rey del reino índigo. A pesar de estar relacionada con él, ser casi una princesa, y contar con su completa aprobación y apoyo, no es alguien con quien me sienta cómoda porque su política es no confiar en alguien normal, y ya que mi madre nació sin una marca índigo, digamos que no tengo la mejor impresión de él. —Elizabeth Sofía, te pedí que por favor tu atendieras a Maikel. —Exige con mando mientras me pongo la bata. —Lo hubiera atendido, pero estaba ocupada. —Responde mi abuela con tranquilidad —. Estaba curando a Nuestra Nieta que se usó a sí misma como escudo para traer a salvo a King. Y Carter, deja de llamarme por mi nombre completo como si fuera una de tus súbditos. —La costumbre. —Se excusa y carraspea —. Gracias por traerlo a salvo, pero Sandra, no me gusta la... —No tiene de qué preocuparse. Solo cumplía con mi deber. —Interrumpo antes de que siga con su interminable discurso —. Por ahora, iré a relajarme un poco. Con permiso. —Camino hacia la salida, sintiendo la risa contenida de mi abuela por mi conducta. No es un secreto para nadie que no me agrada mi abuelo materno, y antes de faltarle el respeto e iniciar una guerra innecesaria, prefiero huir en cuanto puedo. En el camino por la base hasta los baños femeninos noto varias miradas sorprendidas por mi atuendo, o la falta de este, mejor dicho; y aunque algunos valientes se atreven a verme, lo cierto es que se asustan cuando se dan cuenta de mis pulseras y mi marca. Sin embargo, eso no es lo que les da más temor, tomando en cuenta que soy muy joven para estar en el mejor equipo, nieta del comandante, y princesa del reino índigo, también soy una de los cinco mejores índigos naturales de tercera generación que "protege" el continente más grande, así que temerme es algo natural. Por fin llego a los baños, los cuales se encuentran extrañamente solos. Pero no le tomo importancia debido a que eso significa que mis compañeras de equipo están aquí, si me temen a mí, es obvio que a ellas también. Me quito la bata y la ropa interior, luego tomo mis cosas y me meto en la ducha para dejar que el agua calme mis músculos tensos por todo el trabajo que hice. No tardo mucho debido a que prefiero relajarme completamente en el agua caliente de la tina que está en la otra habitación. Una vez limpia, me coloco una bata corta y delgada para ir a la tina grande, cuando abro la puerta, veo dos cabelleras rubias sentadas muy tranquilas. Una es una chica de mi edad, de piel clara y ojos índigo; de personalidad muy agradable y adaptable, pero aterradora cuando se enoja. La otra es una chica de unos veintitantos, no muy fuerte, no muy hábil en batalla, pero muy lista cuando se trata de cosas médicas. La primera en darse cuenta de mi presencia es Sally, la chica de mi edad, quién me sonríe cuando me ve. —Sandra, que bueno que volviste bien. —Saluda sonriendo. —Gracias. Pero más me preocupa Ashley. —Digo sentándome entre las dos, notando el labio partido de la chica mayor que yo y la marca que tiene en el cuello —. Deberías decirle a Gary que no sea tan brusco. Ella se sonroja por mi insinuación, Sally se ríe abiertamente, y mientras yo sonrío malvada. Lo cierto es que Ashley, la chica mayor que yo, es novia de mi medio hermano mayor Gary, un líder fuerte y decidido, para los que no lo conocen. Para mí es un molesto y cariñoso hermano mayor, un sargento cabezota y un consentidor de primera. Pero para Ashley tiene otra cara, y por las marcas que he visto, es algo que no me gustaría descubrir. —No comiences con tus bro... —No termina la frase porque hunde media cara en el agua por la vergüenza —. Por cierto, ¿ya te enteraste? —Ashley, el comandante pidió que no le dijéramos nada hasta que contacte con su madre. —Recuerda Sally, quien está extrañamente precavida. —No sé qué noticia sea, pero sé que tiene que ver con mi madre. El comandante me dijo que no es nada de qué preocuparme, así que le estoy dando largas antes de llamarlas. —Digo para tranquilidad de las dos. —Está bien, aunque sinceramente no me gustaría que te tardes mucho porque es algo que debes saber cuánto antes. Pero no somos quién para decirte. —Dice Ashley recostando su cabeza a la orilla de la tina. —Aunque esto sería mucho más fácil si el capitán te permitiera usar las r************* , todos lo sabemos por eso. —Se queja Sally recostándose también. Las imito recostándome también, encerrándome en mis pensamientos. Lo cierto es que no sería muy lógico que yo usara r************* . Primero tengo mi posición como soldado, y el usar las r************* no sería muy viable ya que no puedo dejar que mis enemigos sepan dónde estoy ni que estoy haciendo, además, si me enterara de todo lo que pasa por medio de las redes, entonces no tendría nada de qué hablar con mi madre y hermana, y la comunicación sería igual a un fantasma. Estaría ahí, pero no se sentiría real. Y, en segundo lugar, se cómo es el mundo fuera de la base, y sé que ver las redes tan solo impulsaría mi deseo juvenil de querer viajar y verlo. Claro que ya lo veo, pero como soldado que solo cumple una misión no tengo mucho tiempo de hacer turismo y solo voy de base en base. Creo que por esas razones el capitán no me permite tener r************* . Sí, es cierto que solo tengo dieciséis, y que si quiero libertad de hacer lo que quiera tan solo tengo que ir al reino índigo, pero entonces no podría estar en contacto con mi familia, no podría viajar y no sería feliz de estar en una familia que va a despreciar aquello que amo. Supongo que ninguna de las dos opciones es viable para mí. —¡Sandra, detente! —Grita Sally alarmada, desde afuera de la tina junto a una Ashley que me ve preocupada.
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