Me dirigí a la cocina para tomar un vaso de agua. El sonido agudo del teléfono interrumpió la tranquilidad. Desde donde estaba, escuché cómo Lorena lo contestaba.
—Mansión Blanco —dijo mientras se acomodaba el cabello—. La señorita Alexa no se encuentra.
Apenas la escuché, mi cuerpo se tensó. Me acerqué rápidamente a ella, con una mezcla de furia y frustración. Sin pensarlo dos veces, le arrebaté el teléfono de las manos.
— Me dijeron que no podía recibir llamadas — Espeta, mirándome con severidad.
—Encárgate de tus asuntos, Lorena —agregué con un tono de impaciencia mientras contestaba el teléfono—. Hola, habla Alexa Blanco.
—Soy Marco White. No me conoces, pero soy...
Lo interrumpí bruscamente.—Sé perfectamente quién eres, Marco.
Noté un breve silencio al otro lado de la línea antes de que continuara.
—Hace días que intento comunicarme contigo. Cecilia quiere verte, si tú quieres, claro.
—Claro que quiero. Puedo viajar a México cuando sea necesario.
—No es necesario. Acabamos de llegar a Estados Unidos. Ella ha venido especialmente para verte.—dijo, con una leve nota de reproche en su voz.
Suspiré, apretando los labios antes de responder.
—Alexa, la familia Clark está en la misma situación que tú —admitió, con una mezcla de resignación y comprensión.—¿Te parece si nos vemos mañana a las diez? Nos estamos hospedando en el Hotel Central. Allí hay un restaurante.
—Sí, lo conozco —respondí, mi mente ya preparándose para el encuentro.
No mencioné a nadie lo de mi reunión con la señora Cecilia. Si ellos me ocultan cosas y me prohíben hacer llamadas, yo también tengo derecho a mis propios secretos. Estoy segura de que me prohibirían verla, alegando que podría afectarme aún más.
[...]
Al entrar al restaurante, mis ojos se fijaron en él. Marco era alto, con una complexión robusta, como alguien que estaba acostumbrado a enfrentarse al peligro, lo cual me hizo pensar que su trabajo debía ser tan serio como su apariencia. Su cabello oscuro, ligeramente despeinado, y esos ojos color café, que a simple vista parecían analíticos, me daban la sensación de que nada se le escapaba. Vestía con una chaqueta de cuero oscura, lo que, junto con la placa que colgaba en su cinturón, lo hacía parecer más un detective que un acompañante casual.
Cuando me hizo una señal, algo en su mirada me dejó clara la impresión de que me estaba evaluando. No había nada de casualidad en cómo me observaba; parecía medir cada uno de mis movimientos. Me acerqué a él y lo saludé con un beso en la mejilla, gesto que él aceptó con una sonrisa apenas visible.
—Mucho gusto, Alexa. La señora Cecilia bajará en unos minutos —me dijo con una voz grave, pero amable. A pesar de su tono respetuoso, había una tensión en el aire, como si estuviera preparado para cualquier eventualidad.
—Gracias —respondí, tomando asiento a su lado.
Sentí que Marco no apartaba los ojos de mí. No era incómodo, pero tampoco del todo relajante. Parecía observarme no solo como la prometida de su amigo, sino como alguien de quien tenía que asegurarse. Como si quisiera asegurarse de que yo no le fallaría a John.
—John me habló mucho de ti... —comenté, intentando romper el hielo mientras sentía la mirada de Marcos aún fija en mí—. Se conocen desde niños, ¿verdad?
Marco asintió, su expresión suavizándose un poco mientras sus pensamientos parecían retroceder en el tiempo.
—Sí, nos conocemos desde que éramos unos mocosos —comenzó, una leve sonrisa asomando en sus labios—. Desde chicos nos metíamos en problemas juntos, nada grave, pero siempre estábamos buscando algo emocionante que hacer.
Su voz tenía un toque nostálgico, y por un segundo, pude imaginar a los dos, corriendo por las calles, haciendo travesuras como cualquier par de niños con demasiada energía.
—John siempre fue más valiente que yo —continuó—. Aunque también más impulsivo. Mientras que yo solía pensar dos veces antes de hacer algo estúpido, él ya estaba saltando de cabeza sin mirar.
Me reí suavemente, y él me devolvió la sonrisa, aunque algo en sus ojos sugería que esa valentía de John también lo había llevado a situaciones peligrosas.
—Supongo que por eso decidió seguir los pasos de su padre —añadió, bajando un poco la voz—. Entró en la DEA, y bueno... yo también. Él siempre tuvo esa pasión por la justicia, y aunque me tomó más tiempo decidirme, al final también me uní. Me atrajo la idea de hacer algo más significativo con mi vida, de proteger a las personas. Nos entrenamos juntos, y con el tiempo, nos asignaron diferentes casos, aunque siempre intentamos mantenernos en contacto. Pero ya sabes cómo es este trabajo… no siempre tienes tiempo ni para respirar.
— Jhon me contó que tu padre y el suyo eran amigos.— Comenté recordando aquella noche donde Jhon me contó casi toda su infancia sobre sus amigos y su padre.
—Nicolás era un tipo increíble —dijo con un tono de respeto profundo—. Siempre fue una figura de autoridad para nosotros, pero también alguien en quien podías confiar incondicionalmente. Mi padre solía decir que si había alguien en el mundo con quien podía dejar su vida en manos, era con Nicolás Mientras ellos se reunían para hablar de trabajo, John y yo aprovechábamos para correr por la casa o montar bicicletas en el jardín.
— Suena hermoso— Expresé — Muchas gracias por hablarme de él.
—Cuando decidí unirme a la DEA, fue en parte por la influencia de mi padre y de Nicolás. Ver lo comprometidos que estaban con su trabajo, cómo se esforzaban por proteger a su país, me hizo querer seguir el mismo camino. Y John... bueno, él no necesitaba motivación. Desde siempre tuvo claro que quería ser como su padre.John era más que un amigo para mí. Era como mi hermano.
Marco me ofreció desayunar, pero rechacé su oferta, fingiendo que ya había comido. Era una mentira. La verdad era que el estómago lo tenía cerrado. Apenas podía comer; solo lo hacía porque era la única manera de seguir viva, aunque últimamente no estaba segura de si eso era lo que realmente quería.
Pasaron solo unos minutos antes de que una mujer de unos cincuenta años se acercara a nosotros. Tenía el cabello castaño claro y unos ojos claros que me recordaban tanto a los de John. Estaba vestida de n***o y se notaba en su rostro que había estado llorando. Al verla, un nudo se formó en mi garganta. Compartíamos el mismo dolor.
Apenas nos vimos, ella me abrazó con fuerza. Le correspondí, sin poder evitar que un par de lágrimas se escaparan de mis ojos.
—Así que tú eres la famosa fresita —dijo con una suave sonrisa triste.
—¿Le habló de mí? —pregunté, sorprendida.
—Claro, todo el tiempo —respondió, con un brillo nostálgico en los ojos.
Marco, desde su lugar, tomó mi mano.
—A mí tampoco me dejaba tranquilo. A pesar de la distancia, nunca perdimos el contacto. John era mi mejor amigo, como el hermano que nunca tuve.
Sentí un nudo en la garganta. Mi voz tembló mientras hablaba.
—Él también te adoraba. Al igual que a usted, señora, y a su hermanita. La última vez que nos vimos, toda la noche me habló de ustedes —mi voz se quebró, no pudiendo evitar sollozar—. Perdón...
Cecilia tomó mi mano con ternura.—No te disculpes, Alexa. Sé que lo querías.
Intenté contener el llanto, pero no pude.
—Es el amor de mi vida. Lo amo como nunca amaré a nadie. Y todo esto es mi culpa, por la obsesión de ese hombre conmigo... Perdón, señora.
Cecilia negó con la cabeza, acariciándome suavemente.
—No es tu culpa. Sé que su trabajo era muy arriesgado. Quiso seguir los pasos de su padre. Lo que más me duele es que me lo mataron... como a Nicolás.
Marco la abrazó con delicadeza mientras ella sollozaba. Su dolor era palpable. Es evidente que ellos tienen una relación muy fuerte.
—Lo que más me duele —continuó ella, entre lágrimas— es que no puedo despedir a mi hijo como se merece, como lo merecen todas las personas que lo amaban.
Es verdad porque jamás encontraron el cuerpo de Jhon.
Ver sus lágrimas, sentir su dolor como si fuera mío... me hizo tomar una decisión. No descansaría hasta encontrarlo.
—Yo le prometo que traeré a su hijo —dije, con determinación.
Cecilia me miró, sorprendida.—¿De qué hablas?
—Yo misma iré a buscarlo. Sé que la búsqueda se canceló, pero a ellos no les importa como a nosotros. Yo tengo el poder para organizar mi propia búsqueda. Le juro que no me detendré hasta encontrarlo.
Ella me abrazó con fuerza, y su voz tembló al hablar.—No me alcanzará la vida para agradecerte.
—No tiene nada que agradecer. Se lo debo a John, y no tendré paz hasta que lo logre.
Marco intervino con voz grave.—Cuenta con todo mi apoyo, Alexa. No quiero darte falsas esperanzas, pero... yo también siento que está vivo.
Cecilia asintió.—Mi corazón me dice que mi hijo está vivo... y nos necesita.
Yo también lo sentía. Si no tuviera esa esperanza, no podría seguir viviendo.
[...]
Cuando regresé a casa, encontré a mi madre y a Sebastián esperándome, con el rostro tenso y preocupado. Sabía que temían que hiciera una locura. Se preocupaban, sí, pero tendrían que acostumbrarse. Ya no era una niña.
—Alexa, temimos lo peor, mi amor —dijo mi madre con los ojos llenos de preocupación.
La miré con seriedad.—No lo volveré a intentar. Ahora tengo un motivo para vivir. Voy a encontrar a John.
Sebastián frunció el ceño.—¿De qué hablas, Alexa?
Le tomé la mano, suplicante.—Necesito tu ayuda, tío. Quiero organizar mi propia búsqueda. Si me amas, me ayudarás.
Sebastián me miró con cariño y negó con la cabeza.—No me chantajees. Sabes que te amo, Alexa.
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.—No podré seguir viviendo si no sé qué le ocurrió. No entienden lo que fue ver a la madre de John. Esa mujer está tan destrozada como yo.
Mi madre me abrazó con fuerza.—Alex, te entiendo, pero...
Me aparté ligeramente, mirándola a los ojos.—No entiendes. Si fuera yo la desaparecida, ¿no harías nada?
Mi madre suspiró, su voz quebrada.—No pararía hasta encontrarte. Me sentí muerta cuando Brandon te secuestró...
Sebastián intervino, su voz firme.—Organizaré la búsqueda, pero tú no irás, Alexa. Es demasiado arriesgado, y sé que no soportarás si no encontramos lo que buscas.
Lo miré decidida.—Claro que iré, tío, quieras o no. Si ustedes no me ayudan, encontraré la forma de hacerlo por mi cuenta. Iré contigo o sin ti, Sebastián, pero sabes que contigo correría menos riesgos.
Finalmente, Sebastián sonrió con resignación.—Está bien, Alexa. Desde el día de tu nacimiento, haces lo que quieres conmigo.
Sonreí con un brillo pícaro en los ojos.—Y así seguiré, tío. Acostúmbrate.