No hay más prórrogas

1289 Words
Ni siquiera me ocupé de darle un sepelio adecuado a mi padre. La verdad, ni siquiera me importó lo que hicieran con sus restos. Lo único que sabía era que tenía que seguir adelante, que no podía dejarme hundir más de lo que ya estaba. Así que me dirigí a trabajar como siempre, intentando olvidarme de todo lo que había sucedido. Sin embargo, al llegar al bar, el hombre que siempre me observaba desde la barra se me acercó mientras yo lo atendía. —Eres muy bonita —me dijo, sonriendo con una mirada que me hizo sentir incómoda—. Y tienes un buen cuerpo... Tengo una propuesta para ti, si no te molesta. Fruncí el ceño, sabiendo perfectamente a dónde quería llegar. —No me acostaré con usted —respondí rápidamente, sin pensarlo. Él soltó una carcajada que resonó en el pequeño bar, como si lo que acababa de decir no fuera serio, como si no comprendiera lo claro que había sido. —No se trata de eso —dijo entre risas, como si mi negativa fuera una broma—. Tengo un amigo que toma fotografías. Paga muy bien, y esas fotos se venden como pan caliente en internet. Me quedé en silencio, mientras sus palabras se iban filtrando en mi mente. Mi estómago se tensó, y sentí una ola de incomodidad invadiéndome. ¿A eso se refería? ¿A usar mi imagen de esa manera? —Yo no sé... —respondí, dudando mientras limpiaba la barra con una servilleta, sin saber cómo reaccionar. —Ganarías mucho mejor que siendo mesera, solo piénsalo —insistió, acercándose un poco más, con una sonrisa astuta. Mi cabeza daba vueltas. La oferta tentaba, pero me sentía sucia solo de pensar en ello. ¿Realmente estaba dispuesta a vender mi imagen para obtener dinero? ¿Qué haría por mis hermanitas? La desesperación me nublaba el juicio, pero algo dentro de mí aún luchaba por mantenerme fiel a lo que creía. —Déjame pensarlo —dije finalmente, mi voz vacilante, mientras me apartaba de él con rapidez, intentando mantener el control. Él sonrió de nuevo, como si ya supiera que mi respuesta estaba a punto de ser positiva, como si estuviera esperando mi debilidad. —Tómate tu tiempo —dijo, mientras se sentaba de nuevo en su lugar, mirándome con una mirada que sabía que dejaría una huella. Me alejé rápidamente, sintiendo que el peso de esa conversación había comenzado a aplastarme. ¿Era realmente una opción viable? ¿O simplemente un paso más hacia algo de lo que no podría escapar después? Solo el tiempo lo diría. Salí del bar y, como siempre, Evans me ofreció llevarme en su carro. Condujimos hasta mi casa en silencio, solo el sonido del motor y mis pensamientos invadiendo mi mente. Cuando finalmente llegamos, ambos nos bajamos del vehículo. —Gracias por traerme —dije, intentando romper el hielo. —Lo haré todas las noches si me lo permites —respondió Evans, acariciando suavemente mi rostro. Su voz sonó cálida, pero algo en su mirada me hizo sentir incómoda. —Lamento mucho lo de tu padre, Lisa. Si hay algo que pueda hacer por ti... —Muchas gracias, Evans —respondí, agradecida pero con cierto distanciamiento. Entonces, sin previo aviso, Evans se acercó a mí y trató de besarme. Su aliento cálido estaba a solo unos centímetros del mío cuando, de repente, escuchamos un fuerte estruido. Una camioneta chocó contra el carro de Evans, haciendo que el ruido de la colisión resonara en la quietud de la noche. —¡Qué mierda te pasa! —exclamó Evans, furioso, pero yo lo detuve al instante, agarrándolo del brazo. La camioneta se detuvo y vi cómo Cassio, acompañado de varios de sus hombres, salía de la cabina. Su presencia siempre me helaba la sangre. —Tu carro estorbaba —dijo Cassio con frialdad, mirándolo sin ningún atisbo de remordimiento. Su tono era como si todo esto fuera solo una molestia para él. Evans no lo podía creer. Se giró hacia él, con los puños apretados y los ojos fulgurantes de rabia. —¡Estaba bien estacionado! —respondió Evans, sin poder contenerse. Cassio lo observó, impasible, mientras sus hombres se mantenían cerca, atentos a cualquier movimiento. Yo sentí un nudo en el estómago, mi respiración se volvió pesada. Esto no iba a terminar bien. Intenté intervenir, acercándome a Cassio. Mi voz tembló, pero era todo lo que podía hacer para evitar que la situación empeorara. —Señor Russo —dije, alzando la voz, tratando de que mi tono sonara lo más calmado posible. —Por favor, no es necesario. Evans no quería causar problemas. Fue un accidente. Cassio me miró, sus ojos oscuros penetraron en los míos como si estuviera evaluando mis palabras. Sus hombres se quedaron inmóviles, pero la tensión era palpable. —¿Un accidente? —repitió Cassio en voz baja, casi como si estuviera saboreando las palabras. —Lo siento, no quería crear problemas —dijo Evans, pero su voz temblaba ligeramente, el miedo estaba allí, y era evidente. Cassio me observó durante unos segundos más, el silencio entre nosotros se alargó hasta hacerse casi insoportable. Finalmente, sus labios se curvaron en una pequeña, casi imperceptible sonrisa. —Mujer… siempre me sorprendes —dijo, su tono algo más suave, pero aún cargado de autoridad. —De todos modos, tu amigo aquí tiene que entender que hay reglas que seguir. Nada de estorbar, especialmente no cuando yo paso por aquí. No dije nada más. Sabía que cualquier palabra de más podía poner a Evans en una peor posición. Miré a Cassio, un poco más tranquila, pero sin dejar de estar alerta. —Lo dejaré pasar esta vez —continuó Cassio, haciendo un gesto a sus hombres para que se alejaran. —Pero no esperes que sea tan indulgente la próxima vez. —Por favor, vete, Evans... —le pedí, con la voz baja, tratando de controlar las emociones que me asaltaban. No quería que él se quedara, no en ese momento. Necesitaba procesar todo lo que había sucedido, y no quería que nadie más me viera vulnerable. —Está bien... —respondió, sus ojos mostraban una mezcla de tristeza y comprensión. Luego, dejó un beso en mi mejilla antes de girarse y alejarse. Cerré la puerta tras él, respirando profundamente. Cuando entré a la casa, la calidez y el bullicio de las pequeñas me envolvieron. Ahí estaban, las gemelas, con sus ojitos brillando de hambre y ansiedad. Damián estaba allí también, como siempre, observando todo desde el sillón. —Lisa, trajiste comida, tenemos hambre y no hay nada —dijo Camila. Reí con algo de incredulidad, a pesar de todo lo que había sucedido. A veces, me sentía como una madre más que una hermana. —Claro que traje —respondí con una sonrisa cansada, aunque mis palabras sonaban más como una afirmación que una pregunta. Comenzaron a tocar el timbre y recordé que le cerré la puerta en la cara a Cassio. Yo me dirigí a la cocina con las niñas y les pedí que coman en su habitación. Después regrese a la sala. —Adelante, señor Russo —dijo Damián, con su tono habitual de respeto hacia Cassio, que se había acercado, como siempre, rodeado de sus hombres. —Bien, hablaremos claro —dijo Cassio, su tono impersonal y autoritario. Su mirada se fijó en mí con intensidad, como si cada palabra que decía fuera una amenaza en sí misma—. Ya he sido muy paciente con ustedes. Quiero mi pago... —su voz se volvió más grave, y pude sentir la presión en el aire. Mi corazón latió más rápido, mi estómago se revolvía—. No habrá más prórrogas.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD