Hace más de un mes que comencé a trabajar como mesera en un bar. Fue la única opción que encontré para intentar reunir el dinero que prometí. Por suerte, aceptaron mi identificación falsa sin demasiadas preguntas, y hasta ahora nadie ha sospechado que soy menor de edad.
El trabajo no es fácil. Las horas son largas, el ambiente es pesado, y los clientes suelen ser groseros. Pero lo peor es lo que me estoy perdiendo: apenas veo a las gemelas. Cada vez que pienso en eso, siento un nudo en el estómago. Ellas son mi todo, y aunque trato de compensarlo llevándoles comida en mis ratos libres, no es suficiente.
Por suerte, la señora Carmen, una vecina amable, me ayuda a vigilarlas. Me asegura que se portan bien, que hacen sus tareas y que no dan problemas. Pero solo tienen siete años. Son tan pequeñas, y me duele dejarlas tanto tiempo solas.
En cuanto a Damián, no sé qué pensar. Rara vez lo veo en casa, y cuando lo hace, siempre tiene alguna excusa vaga sobre cómo está "buscando dinero". Me gustaría creerle, pero después de todo lo que ha pasado, no puedo evitar desconfiar.
Cada noche, cuando termino de limpiar las mesas y regreso a casa agotada, siento que estoy caminando por una cuerda floja. Un mes ha pasado y el plazo que me dio Cassio Russo se ha cumplido. No he reunido todo el dinero, pero tampoco sé qué otra opción tengo. ¿Qué hará él cuando sepa que no he podido pagarle?
El miedo está siempre ahí, acechándome, pero trato de no mostrarlo. Si me derrumbo, ¿quién cuidará de las gemelas?
Estaba caminando hacia mi casa, cansada después de otro turno en el bar, cuando me encontré con Evans. Él es el hermano mayor de mi mejor amiga, alguien que siempre había sido amable conmigo.
—Lisa, hace mucho que no te veo en el colegio —me dijo, deteniéndose frente a mí. Su mirada reflejaba algo entre curiosidad y preocupación.
—Es que ya estoy trabajando —respondí, encogiéndome de hombros—. No iré más a clases.
Evans frunció el ceño, claramente sorprendido por mi respuesta.
—¿Trabajando? —repitió, como si no pudiera creerlo—. Pero Lisa, tienes diecisiete. Deberías estar en la escuela, no...
Lo interrumpí antes de que terminara.
—Evans, no tengo opción. Necesito el dinero.
Pareció querer decir algo más, pero en lugar de eso, su expresión se suavizó.
—Bueno, al menos déjame llevarte. Esta zona es riesgosa, y no deberías estar caminando sola a estas horas.
—Estoy acostumbrada —intenté rechazar su oferta, pero él negó con la cabeza antes de que pudiera seguir hablando.
—No discutas, Lisa. Vamos, te llevo.
Suspiré, demasiado agotada para insistir. Además, sabía que tenía razón. Caminando por esas calles, cualquier cosa podía pasar.
—Está bien, gracias —dije finalmente.
Evans me hizo un gesto para que lo siguiera hacia su auto, y aunque me sentía un poco incómoda, sabía que era mejor que arriesgarme a encontrarme con alguien mucho peor en el camino.
Cuando llegué a casa, me despedí rápidamente de Evans con un beso en la mejilla. Sin embargo, apenas di un paso hacia la puerta, mi corazón se detuvo. Ahí estaba, estacionada frente a mi casa: una camioneta negra, inconfundible. Era de Cassio. Maldita sea.
—Estás pálida, Lisa... —dijo Evans, frunciendo el ceño mientras me miraba con preocupación.
—Estoy bien. Mejor vete.
—¿Segura? —insistió, pero mi tono dejó claro que no había espacio para discusión.
—Sí, vete. Nos vemos luego.
Esperé a que arrancara su auto y desapareciera en la esquina antes de girarme hacia mi casa. La puerta estaba entreabierta. Algo en mi interior me dijo que no iba a gustarme lo que encontraría al entrar.
Empujé la puerta con cuidado, y mi estómago se hundió al verlos. Cassio Russo estaba sentado cómodamente en mi sofá, como si fuera dueño del lugar, rodeado de sus hombres. Sus ojos fríos me siguieron al cruzar la sala, y una sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Señor Russo... —murmuré, tratando de controlar el temblor en mi voz.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como un maestro molesto con una alumna que llega tarde.
—¿Te parecen horas de llegar? —dijo con una calma inquietante, como si realmente tuviera derecho a regañarme.
Antes de que pudiera responder, escuché pasos ligeros y risas detrás de él. De la sala contigua salieron las gemelas. Camila estaba mordiendo una hamburguesa enorme, y Casandra llevaba un cono de papas fritas en las manos. Ambas corrieron hacia mí y me abrazaron, sus rostros iluminados por sonrisas.
—Lisa, ese hombre nos compró comida —dijo Camila, emocionada.
—Es muy amable —añadió Casandra con una inocencia que me rompió el corazón.
Un frío recorrió mi cuerpo al verlas tan despreocupadas. Mi mente no podía evitar imaginar lo peor. ¿Y si las había envenenado? Este tipo no tenía límites, era un asesino, un demente.
—¿Qué les diste? —le espeté, mirando a Cassio con furia, aunque mi voz salió más temblorosa de lo que quería.
Él arqueó una ceja, claramente divertido por mi reacción.
—Hamburguesas y papas fritas —respondió con indiferencia, antes de tomar un sorbo de café de mi taza como si nada pasara—. ¿Qué clase de monstruo crees que soy?
—Un asesino —susurré, apenas audible.
Cassio dejó la taza sobre la mesa y se levantó lentamente, caminando hacia mí. Su presencia era abrumadora, y cada paso que daba hacia mí hacía que me costara más respirar.
—Un asesino, sí —admitió, inclinándose lo suficiente como para que nuestras miradas se cruzaran a la misma altura—. Pero no un hombre que envenena niños.
Mis manos temblaban, pero me obligué a mantenerme firme.
—¿Qué quiere?
Cassio sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—El pago, Lisa. Y hoy he decidido recordarte que no me gusta esperar.
—Está bien… —dije, aunque mi voz apenas salió en un susurro.
Fui hacia la cocina con pasos lentos, sintiendo cada mirada de los hombres de Cassio clavada en mi espalda. Abrí el armario donde estaba el frasco de galletas, mi único escondite seguro. Dentro, entre galletas viejas que nadie se molestaba en revisar, tenía unos cuantos billetes. Era todo lo que había ahorrado en semanas de trabajo, esquivando a mi padre y a Damián para evitar que lo robaran.
Suspiré, sabiendo que no sería suficiente, pero al menos era algo. Con el dinero en mano, volví a la sala. Las gemelas seguían sentadas, comiendo tranquilamente, ajenas a la tensión en el aire.
Me acerqué a Cassio y extendí el puñado de billetes hacia él.
—Esto es todo lo que tengo —le dije, intentando sonar firme, pero mis manos temblaban.
Cassio tomó los billetes con calma, observándolos como si fueran una curiosidad insignificante. Entonces, soltó una carcajada profunda y burlona que resonó en toda la habitación.
—¿Esto es una broma? —preguntó, mirando a sus hombres, quienes también sonrieron, aunque más discretos. Luego volvió a fijar sus ojos en mí, fríos y calculadores—. ¿De verdad crees que esto cubre tu deuda?
Sentí cómo mi rostro se encendía de vergüenza y frustración, pero no dije nada. Solo apreté los labios, porque sabía que tenía razón.
—Esto no alcanza ni para pagar mi gasolina, niña —continuó, dejando caer los billetes al suelo frente a mí como si fueran basura—. ¿Así es como planeas pagarme?
Mis puños se cerraron con fuerza. Quería gritarle, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas.
—Estoy haciendo lo que puedo… —murmuré, mi orgullo herido pero mi miedo aún más grande.
Cassio me observó durante un largo momento, como si estuviera evaluando algo en su mente. Finalmente, sonrió de esa manera peligrosa que me ponía los pelos de punta.
—Entonces, tendrás que esforzarte más, Lisa. Mucho más. —Se giró hacia sus hombres—. Recojan el dinero, aunque sea para un café.
Uno de ellos obedeció, mientras Cassio se inclinaba hacia mí una vez más, sus ojos helados fijos en los míos.
—Tienes una semana para demostrarme que estás tomando esto en serio. Porque si no… —Dejó la frase en el aire, pero no necesitaba terminarla. Su amenaza estaba clara.
Luego se enderezó y comenzó a caminar hacia la puerta, sus hombres siguiéndolo como sombras.
—Nos vemos pronto, niña. —Y con eso, se fue, dejándome temblando en mi propia sala, con las gemelas mirándome sin entender nada.