Las niñas cenaron y durmieron tranquilas. Yo, en cambio, apenas pude dormir. La preocupación me mantenía en vela. Al día siguiente, me desperté temprano y encontré a Damián en la sala, como si nada.
—¿Por qué no viniste ayer? —le pregunté, cruzándome de brazos.
—El señor Russo me mataría si me encontraba. ¿Él vino? —me respondió, evitando mirarme a los ojos.
—Sí, y se llevó el dinero. Me dio una semana más —contesté con frustración.
Damián frunció el ceño y me observó con una expresión extraña antes de hablar.
—Dime la verdad, Lisa… ¿te acostaste con él?
Lo miré con incredulidad, sintiendo cómo la indignación se apoderaba de mí.
—¿Qué? ¡Claro que no! —repliqué, alzando la voz.
—Es raro —continuó, ignorando mi reacción—. Él jamás da dos plazos. Si no obtiene el dinero, al menos corta una mano o tortura a alguien.
—Tal vez sintió lástima por las gemelas. O qué sé yo, Damián. ¿Qué vamos a hacer? —pregunté, desesperada.
Damián hizo una pausa, como si estuviera pensando algo, pero su siguiente respuesta me heló la sangre.
—No tenemos nada de valor… Más que tú. Sigues siendo virgen, ¿verdad?
Lo miré atónita, intentando procesar sus palabras.
—¿Qué…? —murmuré, incrédula.
—Conozco a un hombre que paga mucho por las vírgenes —dijo, con una naturalidad que me enfermó—. Es un poco mayor y tiene ciertos… fetiches.
Sentí cómo el aire abandonaba mis pulmones. Me levanté de golpe, con el corazón latiendo furioso.
—¿Estás loco? —grité, incapaz de controlar mi ira—. ¿Cómo puedes siquiera pensar en algo así? ¡Soy tu hermana, maldito idiota!
Damián levantó las manos, intentando calmarme, pero sus palabras no hicieron más que enfurecerme más.
—Lisa, míralo como una solución. Ese hombre paga bien, y podríamos salir de este problema. Es por el bien de todos.
—¡Por el bien de todos, menos del mío! —le grité, las lágrimas acumulándose en mis ojos—. No pienso venderme, Damián. No voy a sacrificarme por tu estupidez.
Él apretó los labios, claramente molesto, pero no dijo nada más. Yo tampoco tenía fuerzas para seguir discutiendo. Lo único que tenía claro en ese momento era que no permitiría que nadie decidiera mi destino, ni siquiera él. Había llegado el momento de encontrar otra solución, por mi cuenta.
Las niñas no tardaron en bajar las escaleras con sus pijamas desordenadas. Les serví el desayuno: pan tostado con mantequilla y un poco de leche caliente. Comieron rápido, charlando entre ellas, y luego subieron a lavarse los dientes. Una vez listas, con sus mochilas sobre los hombros, las llevé al colegio.
Mientras caminábamos, no pude evitar notar una figura conocida cerca de la entrada del edificio. Evans estaba allí. En cuanto nos vio, sonrió y levantó una mano en señal de saludo.
—¡Buenos días, señoritas! —dijo, dirigiéndose a las niñas con una sonrisa que siempre les sacaba risas.
Camila y Casandra lo saludaron con entusiasmo y comenzaron a bromear con él. Yo, en cambio, lo miré con algo de confusión.
—¿Qué haces aquí tan temprano? —le pregunté, cruzándome de brazos.
—Vine a asegurarme de que llegaran bien —respondió, encogiéndose de hombros. Luego, dirigiéndose a las niñas, añadió con una expresión juguetona—: Y, por cierto, necesito su aprobación. Estoy pensando en ser el novio de su hermana mayor.
Las gemelas estallaron en risas mientras lo miraban como si acabara de contar el chiste del año.
—¿De verdad, Evans? —preguntó Casandra con los ojos entrecerrados, claramente disfrutando del momento.
—¿Estás seguro? —bromeó Camila, poniendo las manos en la cintura como si evaluara su propuesta.
—¿Qué opinan? ¿Me darían su bendición? —insistió él, guiñándoles un ojo.
—Tendrás que cuidarla mucho —dijo Camila, asintiendo con seriedad teatral.
—Y comprarle chocolate —añadió Casandra, completamente metida en el juego.
Yo rodé los ojos, aunque no pude evitar una pequeña sonrisa.
—Evans, no las animes —le advertí, aunque mi tono era más divertido que molesto—. Vamos, niñas, llegaremos tarde.
—Está bien, está bien. Me rindo por ahora. Pero no me rindo contigo, Lisa —dijo, despidiéndose con una sonrisa antes de alejarse.
Las gemelas continuaron riendo mientras caminábamos hacia la entrada. Yo, por otro lado, no sabía si enfadarme con Evans o agradecerle por hacerme olvidar por un momento mis preocupaciones.
Regresé después de dejar a las niñas en el colegio y, para mi sorpresa, Evans seguía allí, apoyado contra su camioneta con los brazos cruzados, como si me estuviera esperando.
—¿Qué fue eso de hace rato? —le pregunté, deteniéndome frente a él con una ceja levantada.
Él sonrió, esa sonrisa despreocupada que siempre llevaba consigo.
—Pues, necesito la aprobación de las gemelas. Son las más difíciles de convencer, ¿no crees? —respondió, encogiéndose de hombros antes de mirarme directamente a los ojos—. Hablando en serio, Lisa, me gustas de verdad.
Solté un suspiro y aparté la mirada.
—Evans, ahora no tengo tiempo para nada de eso. Mi vida no está en un buen momento. Debo trabajar mucho... Damián se metió en problemas.
Su rostro se volvió serio de inmediato, algo que no esperaba.
—¿Qué tipo de problemas? —preguntó, enderezándose.
—Nada con lo que puedas ayudar —respondí rápidamente. Pero él no parecía convencido.
—Si es algo grave, puedo hablar con mi papá. Ya sabes, él es el sheriff.
Negué con la cabeza casi de inmediato.
—No, prefiero no meter a la policía en esto. Además, recuerda que yo no soy legal —dije con firmeza, intentando que entendiera—. Y los policías hacen preguntas. Me muero si me regresan a México... y si me quitan a las niñas, no podría soportarlo.
Él me miró en silencio por un momento, sus ojos reflejando preocupación genuina.
—No voy a dejar que eso pase, Lisa. Sea lo que sea, puedes contar conmigo —dijo finalmente.
—Gracias, Evans, pero este no es tu problema. Cuida a tu hermana y no te metas en líos por mi culpa —respondí, intentando sonar más dura de lo que realmente me sentía.
Él asintió lentamente, pero sabía que no lo había convencido del todo. Sin embargo, no insistió más, lo cual agradecí. Tenía suficiente en qué pensar sin añadir otra preocupación a la lista.