Mi padre el baron Reginald Berkeley siempre fue un hombre frío y despiadado al menos con Migo lo fue, me odiaba simplemente por ser mujer. siempre destiló frialdad y despiadada indiferencia, especialmente hacia mí. Su aversión hacia las mujeres me convertía en un objeto de su desprecio, marcándome desde niña con una existencia apartada en nuestra imponente residencia en St. James's, Londres.
Las escasas ocasiones en que su sombría figura cruzaba los umbrales de nuestra morada, solo servían para confirmar su hostilidad hacia mí. Su tercer enlace nupcial, que presencié desde la distancia, solo intensificó mi desdén por su figura. Tres matrimonios, todas con jóvenes esposas, cada unión efímera debido a la vanidad desmedida de las mujeres y a la falta de herederos que tanto ansiaba.
A los diez años, me vi involucrada en su tercer enlace, aunque no fui invitada. La ventana de mi habitación me permitió ser testigo de la fastuosa celebración que engalanaba nuestro jardín. Sin embargo, la víspera del enlace, mi padre me condujo a su despacho y, con gélida voz, me informó que no deseaba cruzarse conmigo en la casa durante la festividad. Su plan era casarme con la señorita Dorothy Devon, una debutante olvidada, hija de un vizconde. Mi padre aprovechó su posición desesperada para comprometerla, a pesar de su falta de atractivo. Su generosa dote, aumentada a instancias de su padre, la convirtió en un atractivo bocado para potenciales pretendientes.
La unión fue sellada tras un breve cortejo, mi padre ansioso por asegurar la suculenta dote de seiscientas libras esterlinas al año, un monto considerable para una mujer de edad avanzada. La mujer obtuvo su título como baronesa Berkeley, albergando la esperanza de proporcionarle al barón el tan ansiado heredero.
Lo más intrigante sucedió después del matrimonio, cuando el rostro de la mujer se distorsionó al conocer mi existencia, un secreto que mi padre había ocultado a la sociedad. Incitó a mi padre a enviarme a la "Escuela de Damas de Kensington", donde sería pulida y moldeada en un atractivo prospecto para la sociedad.
Así, en un soleado lunes por la mañana, mi padre me condujo de manera poco amable a la Escuela de Damas de Kensington, donde una impecable dama nos guió por las instalaciones, ensalzando las maravillas que ofrecía aquel lugar.
Las jóvenes damas que asisten a nuestra distinguida institución son brindadas con una educación integral que abarca una variedad de disciplinas. Estas incluyen clases de música como el piano y el canto, así como actividades creativas como el bordado y la pintura. Además, se imparten lecciones en literatura y costura, fortaleciendo las habilidades artísticas y prácticas de cada alumna.
Nuestro enfoque educativo también se extiende a áreas más desafiantes, como la historia, las ciencias sociales, las matemáticas básicas y el idioma francés. Además de estos conocimientos académicos, también proporcionamos instrucción en la gestión del hogar y las habilidades domésticas, preparando a las jóvenes para un futuro de autodeterminación y éxito en su vida cotidiana.
Nuestra preocupación no solo radica en el desarrollo intelectual, sino también en la formación de mujeres elegantes y sofisticadas. Se les inculcar el arte de la conversación y la seducción, dotándose de la capacidad de cautivar con su elocuencia y carisma. Los valores fundamentales, como la virtud y la responsabilidad, son parte integral de nuestra enseñanza, preparándolas para encarnar las cualidades apropiadas para el matrimonio y para la vida en sociedad.
Desde ese entonces no he regresado ninguna sola vez a casa.
Este lugar era sumamente estricto; aprendí a bordar, pintar y tocar el piano con gran habilidad. Sin embargo, no tenía mucho interés en estas actividades, ya que consideraba que no me serían de gran utilidad. Lo que realmente me fascinaba eran las clases de historia y literatura, aunque lamentablemente la biblioteca carecía de una amplia selección de libros en esas áreas. Las institutrices que impartían dichas clases siempre insistían en que no debía destacar más allá de los hombres en términos de conocimiento, ya que eso no resultaba atractivo para el sexo opuesto.
Mi estancia aquí no fue en absoluto una tortura; por el contrario, establecí numerosas amistades durante mi tiempo aquí.
Harriet era una de esas personas encantadoras que parecían irradiar inteligencia y gracia en cada uno de sus gestos. Su crianza y distinguido linaje la habían preparado para un matrimonio arreglado con un caballero llamado Lord Archibald Aston, quien tenía diez años más que ella. Aunque sabía muy poco sobre él, la simple existencia de Harriet como prometida de Lord Archibald despertaba mi curiosidad y me llevaba a especular sobre la naturaleza de su relación.
Como todas las semana Harriet recibía correspondencia de su familia y está vez no fue la excepción.
Harriet salto de alegría al leer la carta muy emocionada se dispuso a leerla en voz alta
Querida hija:
Me complace sobremanera escribirte esta carta para compartir unas maravillosas noticias. Siguiendo tu sugerencia en tu carta anterior, he decidido tomar la iniciativa de visitar en persona a la baronesa Berkeley. Mi objetivo era persuadir para que nos permitiera pasar las festividades en nuestra residencia, en compañía de su hija, Lady Philipa. La baronesa se mostró encantada al saber que tú y Lady Philipa son buenas amigas, y no dudó en aceptar nuestra solicitud.
¡Imagino lo emocionada que estará Lady Philipa al enterarse de esta grata noticia! Por favor, transmítele mis saludos y estas buenas nuevas. Estoy segura de que disfrutaremos de unas festividades inolvidables.
Con todo mi cariño,
Tu madre, la Marquesa de Lancaster
Al leer la carta en voz alta, ambas nos llenamos de felicidad por la noticia. Me inundó la emoción de poder pasar la temporada navideña con su distinguida familia. Era la primera vez en mi vida que tendría el privilegio de ser parte de una celebración tan especial, ya que nunca antes había tenido la oportunidad de celebrar la Navidad en familia.
Si tan solo hubiera sabido que desde el momento en que puse un pie en esa mansión, mi vida tomaría un giro que nunca imaginé... Y todo ello, gracias a Percival, el hombre que estaba destinado a convertirse en el futuro Marqués de Lancaster...
Si en aquel entonces hubiera vislumbrado que mi estancia en esa casa sería el punto de quiebre que cambiaría el curso de mi vida para siempre...