Al llegar a la majestuosa mansión de los Lancaster, situada en el corazón de Mayfair, en pleno Londres, la excepción a su esplendor simplemente no existía. Su fachada, imponente y adornada con detalles arquitectónicos exquisitos, reflejaba un esplendor que dejaba sin aliento. Adentrarme en su interior fue como cruzar el umbral a un mundo de elegancia y sofisticación que superaba todas las expectativas.
Justo a tiempo para el té, nos recibieron en uno de los salones, donde la madre de Harriet nos aguardaba con una sonrisa acogedora. Compartimos anécdotas sobre nuestro viaje y pequeños detalles de nuestra estadía en el colegio para señoritas de Londres, mientras el ambiente se llenaba de la cálida sensación de pertenecer a aquel entorno.
La madre de Harriet, una dama de modales impecables, expresó su deseo de que la velada transcurriera junto a los adultos. Nos explicó con dulzura que, en vísperas de ser presentados ante la sociedad, debemos ser extremadamente cuidadosos en nuestra conducta. La noche se distinguirá por contar con la presencia de un invitado especial, cuyo prestigio y relevancia no podríamos permitirnos echar a perder con malos modales o comportamientos inapropiados.
Tras aquel cálido recibimiento, fue la doncella llamada Mery quien tuvo la gentileza de escolar hasta mis aposentos.
Después de eso, una doncella llamada Mery me acompañó hasta mis aposentos. Me instalé en una de las acogedoras habitaciones de huéspedes, ubicadas en el ala oeste de la mansión. Era un espacio encantador, decorado en tonos celestes y blancos que transmitían una sensación de serenidad y tranquilidad. El cielo pintado en las paredes, salpicado de nubes blancas y azules, creaba la ilusión de estar durmiendo bajo un cielo estrellado.
Las cortinas y la ropa de cama, en tonalidades azules, complementaban a la perfección el ambiente celestial de la habitación. Mientras contemplaba la increíble decoración y la encantadora vista desde mi ventana, me sentí extrañamente en casa. Mis pensamientos vagaban mientras me sumía en la belleza del entorno.
La amable doncella se aproximó con una sonrisa cálida en su rostro y me aseguró que estaría a mi disposición para cualquier cosa que necesite. Con voz suave, me informó que había preparado un baño para mí. El agua en la bañera emanaba vapor y el aroma a lavanda llenaba el aire,
Los minutos pasaron sin prisas, permitiendo disfrutar de aquel momento en plenitud. Hacía muchos años que no me sentía tan relajada; en el interior, los baños pueden ser rápidos y funcionales. La amable doncella me brindó un espacio de intimidad para que pudiera sumergirme en el baño relajante que había preparado. Mientras yo me entregaba la sensación reconfortante del agua caliente, ella se encargó de desempacar mi baúl y organizar mis pertenencias en la habitación.
La bañera estaba estratégicamente ubicada junto a una ventana que ofrecía vistas al hermoso jardín que rodeaba la propiedad. El paisaje que se extendía ante mí era simplemente encantador, con sus colores y formas que parecían extraídos de un cuadro. Mis ojos se posaron en la distancia, y en mi campo de visión surgieron dos figuras jóvenes y apostaron que avanzaban con calma. Uno de ellos, sin embargo, acaparó inmediatamente mi atención. Era un hombre alto y atlético, cuyo cabello oscuro y ondulado le otorgaba un aire misterioso. A pesar del frío que envolvía el día, él caminaba con una despreocupación que denotaba confianza. Su camisa desabotonada revelaba un torso definido, lo que resultó que mi corazón latiese con más fuerza en mi pecho. Mis ojos lo cautivaron mientras se acercaba, ajena al mundo que me rodeaba y la presencia de la doncella a mi lado, quien pacientemente esperaba mi atención. Un leve sobresalto fue provocado por sus palabras, y regresé a la realidad, disculpándome por mi distracción. La doncella Mery, en respuesta, esbozó una cálida sonrisa comprensiva.
—Mi lady, su atuendo está listo —anunció Mery, apareciendo de repente en la habitación.
—¡Mery, casi me matas de susto !
—Mis disculpas, mi Ledy —respondió Mery, bajando la cabeza avergonzada.
—No importa, Mery. ¿Tú sabes quiénes son ellos? —pregunté, señalando hacia la ventana mientras me acercaba para obtener una mejor vista.
—Mi lord Percival Lancaster, el futuro marqués, y su buen amigo, lord Archibald Aston.
—¡Ya veo! ¿Cuál de ellos es lord Lancaster? —inquirí con curiosidad.
—El joven con la camisa abierta —respondió Mery, cuyo rostro se coloreó ligeramente.
Seguí la dirección que indicaba con la mirada y murmuré para mí misma: "El hermano mayor de Harriet, sin duda, es un hombre guapísimo". Lo observé mientras se alejaba hasta que lo perdí de vista.
Justo en ese momento, la voz de Harriet resonó al entrar en mi cuarto...
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