Durante una cena tensa, mi madrastra y mi padre abordaron el tema de mi futuro con una claridad gélida. Me hicieron entender que para ellos, yo era más una carga que una hija, y que harían todo lo que estuviera a su alcance para asegurarse de que me casara en mi primera temporada, que estaba por comenzar.
Philippa, una vez que termines tu estadía en el internado para señoritas regresarás a casa y nos aseguraremos de que tu presentación en sociedad sea impecable. Te casarás con el primer hombre que proponga matrimonio, decretó mi padre con su voz gélida.
Mis nervios se apoderaron de mí y finalmente tomé la palabra. Respondí con una mezcla de ansiedad y determinación, agradeciendo sus intenciones. _Padre, agradezco sus intenciones, pero no está en mis planes casarme. Quiero ser institutriz, eso ya está decidido.
La reacción no se hizo esperar. Mi padre se puso de pie, furioso, avanzando hacia mí con ojos en llamas, y golpeó la mesa con un puñetazo. ¡Mocosa insolente!, su voz retumbó mientras me apuntaba con el dedo, ¿cómo te atreves a hablar así?. Sus palabras se mezclaron con su enojo palpable.
_No me casaré, tengo derecho a elegir mi propio camino, respondí, tratando de mantener un tono desafiante.
La ira de mi padre alcanzó su punto máximo. Sin previo aviso, me abofeteó con fuerza, haciendo que mi cabeza girara y vi estrellas por un momento. Las lágrimas llenaron mis ojos mientras luchaba por mantener la compostura.
_¡Harás lo que yo te ordene, maldita malcriada!, vociferó, aferrando mi mandíbula con fuerza, haciéndome sentir la presión en mis mejillas.
_No quiero hacerlo, murmuré, mi voz quebrándose, es mi vida, mi decisión.
Otra vez, su mano impactó en mi rostro, esta vez con más violencia. Las palabras salieron en un susurro apenas audible, sí, señor, haré lo que usted me pida.
Y ahora, lárgate a tu cuarto, rugió, soltando finalmente mi mandíbula. No deseo seguir contemplando tu repulsiva cara, sentenció con una mezcla de desprecio y autoridad.
Asentí con resignación, sintiendo que no me quedaba más opción en ese momento. Con pasos lentos y pesados, me retiré de la sala, dejando atrás una discusión que había dejado claro el control absoluto que mi padre anhelaba ejercer sobre mi vida.
Esa noche, mis lágrimas inundaron mi cuarto. Lloré porque la libertad parecía un sueño inalcanzable, porque mi destino estaba sellado en un matrimonio sin amor, destinada a ser la madre de herederos y llevar adelante un linaje sin sentido. El simple pensamiento de cómo sería mi vida futura me estremecía hasta lo más profundo. La perspectiva de un sinfín de días monótonos me asustaba y perturbaba.
Tras una breve estadía en la residencia de mi progenitor, regresé al internado. No obstante, este recinto ya no poseía el mismo encanto sin la compañía de Harriet. La monotonía se apoderaba de mí, y cada día que transcurría parecía ser un paso más hacia mi melancólico destino. El consuelo se hallaba en mis cartas dirigidas a Harriet, aun siendo consciente de que mis palabras no podían aliviar completamente su aflicción. Al menos, deseaba creer que mis letras la distraían por un breve momento de su propia angustia.
Mi apreciada Harriet,
Hoy culmina mi breve estancia en el internado para señoritas. Mañana, iniciaré la cuenta regresiva hacia mi presentación en sociedad. Desearía fervientemente que estuvieras a mi lado, como solíamos imaginar una y otra vez.
Con cariño,
Popit
Volver a la casa del Barón resultó incómodo y abrumador. Mi madrastra estaba emocionada por sumergirse en los bailes y las festividades, adquiriendo un guardarropa completo de vestidos para cada ocasión. Yo, por mi parte, me sentí agotada por toda esta farsa y solo anhelaba que todo llegara a su fin.
Era un día soleado a principios de primavera caluroso e inusual para esa época del año en londres. aquella mañana como era habitual desde que llegué a la residencia Berkeley salíamos de compras juntos mi madrastra. ella como siempre estaba muy entusiasmada de despilfarrar dinero, no era una dama atractiva pero siempre vistió con la última moda.
como era habitual antes de bajarnos del carruaje me recalcaba:
_tu sabes que todo esto lo estoy haciendo solo por qué tú padre me lo a pedido, no se te ocurra escoger seda eso está solo permitido para mí, tu conformate con algodón.
_ si señora.
_ y no des tu opinión de lo que te gusta tienes pésimo gusto,mírate tu atuendo tan pasado de modas, date presiosa que tengo todo el día.
nos bajamos del carruaje y su desplante cambio volviéndose una mujer muy compasiva, divulgando a todos en la tienda de sombreros que me quería como una hija y solo deseaban que contejera matrimonio con un hombre de buena familia.
escogió dos sombreros más económicos para mí eran horribles nada de mi gusto . en cambio ella escogió siete uno para cada día todos hermosos, delicados todos hacia juego a los siete pares de zapatos.
_ ¡Oh, es tan fatigante ir de compras! _le comentó la baronesa a una de sus amigas con las que se encontró en la tienda.
_ Sí, lo es, especialmente ahora que nuestras queridas Carolines se presentan en sociedad. Mi Caroline está entusiasmada por la llegada de ese gran día. Realizaremos su presentación en los prestigiosos Almack's Assembly Rooms. ¿Y ustedes, dónde presentarán a su hija?
_ Mi querida Philippa ha asistido desde pequeña a la Escuela de Damas de Kensington, y su presentación será en el baile anual de Kensington, junto a sus amistades más cercanas.
_ Ah, entiendo. Mi Caroline siempre mostró gran interés en continuar sus estudios allí, pero, como sabes, ha sido enfermiza desde niña y no pudo asistir, _dijo lamentándose.
_ Qué lamentable situación, _simuló tristeza la baronesa, pero lo bueno es que ahora se presentará en sociedad y, en el mejor lugar de todo Londres, seguramente encontrará marido de inmediato.
_ Estamos ansiosos por escuchar las propuestas de los futuros pretendientes, _respondió la otra dama.
_ Querida, se me hace tarde. Tenemos una cita con la modista, _mintió la baronesa, _deberíamos quedar para tomar el té en algún momento,
_ Sería estupendo, _asintió la otra dama, _esperaré con ansias tu invitación. Ahora, me debo marchar; llegaremos tarde a la cita con la modista.
La baronesa tomó mi brazo y salimos de la tienda. Antes de susurrar.
_ Deberías estar agradecida de que te tenga en gran estima. Ves lo que hice por ti esta mañana. Tendré que asistir a una fiesta de té con mujeres que no me agradan lo suficiente.
_ Deberías haberse negado, le dije.
_ Estás loca. Jamás me negaría a una fiesta de té con una de las familias más influyentes de Londres. Ahora, aléjate de mi vista que me duele la cabeza, y vete caminando; no quiero ver tu rostro.
Se subió al carruaje, dejando a mi doncella afuera de la tienda. El clima era maravilloso, así que decidimos caminar por el parque, disfrutando cada instante lejos de la residencia Berkeley.
Caminamos sin prisa, deleitándonos con el hermoso paisaje que nos ofrecía Londres. A una corta distancia, divisé una figura varonil algo familiar acercándose hacia mi dirección. Mi corazón empezó a latir descontroladamente. El hombre se acercó hasta pasar por mi lado, solo me hizo una venia y siguió su camino, caminando junto a una mujer rubia de rasgos delicados.
Definitivamente nos saludamos como dos completos desconocidos, y sentí cómo mi pecho se apretaba y el aire comenzaba a escasear. Las lágrimas amenazaban con caer. ¿Cómo pudo saludarme con tanta frialdad? ¿Acaso no significaron nada aquellos momentos que vivimos juntos?
Me senté en una banca cercana. Mis piernas comenzaron a temblar, me sentía estúpida por creer todo este tiempo que fui algo especial para él. No comprendía por qué me sentía de este modo al verlo. Solo él tenía el poder de convertirme en una idiota total. Desde aquel último encuentro en su casa, no dejé de recordar la sensación de sus labios, la mezcla de tabaco y brandy en su aliento, cómo sus brazos me rodeaban con fuerza. Habría sido fácil derretirme en sus brazos en ese momento. Sin embargo, ahora éramos poco más que desconocidos que intercambiaban corteses saludos.
Los días transcurrieron velozmente hasta llegar a la jornada en que sería presentada en sociedad. Mi madrastra mostraba un entusiasmo desmedido por asistir a múltiples bailes y fue extraordinariamente considerada conmigo. Aquel día, me brindó sus consejos de belleza con generosidad. Todas las jóvenes que ornamentaban aquel evento estaban destinadas a vestir de blanco riguroso, pero mi madrastra, en su sabiduría, sugirió que llevase una pluma en mi peinado.
_ Me siento como un cisne, _le reclamé, _además, este vestido está demasiado recargado.
_ Eres tan ingenua, mi querida niña. Es imperativo que hoy muestres más de lo acostumbrado. Debes atraer a un pretendiente y casarte lo antes posible.
_ Pero no debería conocer al hombre que quiera casarse conmigo.
_ Tu deber es casarte en esta temporada.
El trayecto hacia el evento fue largo y penoso. Me sentía incómoda; el corsé oprimía mi torso con fuerza, las varillas de hueso de ballena ajustaban mis costillas.
Finalmente, llegamos al lugar. Mi padre me advirtió que este día representaba mi oportunidad para hallar a mi futuro esposo...