Éramos quince debutantes, todas de linaje respetable. Desfilar por aquella alfombra, frente a la mirada de todos, me llenaba de nerviosismo. El solo pensamiento de tropezar o caer me inquietaba profundamente. Pasaron una a una la mayoría de las muchachitas hasta que finalmente escuché mi nombre.
"Philippa Margaret Berklee Campbell", resonó en el salón, y mi cuerpo quedó paralizado ante la mirada concentrada de todos. Una de las últimas chicas me instó: _Philippa, todos esperan que comiences a caminar, date prisa.
Caminé por la extensa alfombra, sintiendo los murmullos y las miradas evaluadoras de la multitud. Escuché claramente comentarios como:
_Estaría dispuesto a casarme con ella por esa suma de dinero.
_No es bonita, pero su dote la hace muy atractiva.
Me sentía como mercancía exhibida hasta que, finalmente, nombraron a otra debutante y las miradas se apartaron de mí.La sociedad londinense, con sus protocolos y apariencias, se volvía un juego de cortejo donde las apuestas eran los matrimonios concertados y los susurros, las monedas de cambio.
Nuestro primer baile oficial, presentadas en sociedad, debía ser con el hombre de mayor rango de nuestra familia, y en mi caso, era mi padre. Fue incómodo, pues jamás habíamos estado tan cerca. "_Solo espero que encuentres marido pronto para no tener que soportar más tu desagradable rostro", me susurró, fingiendo una sonrisa.
El baile transcurrió en silencio, ambos simulamos estar felices por la ocasión. Al concluir, cada uno partió en direcciones opuestas. Saludé a algunas amistades en la mesa de ponche, y en poco tiempo, mi tarjeta para los próximos bailes estaba repleta de posibles pretendientes.
Mi primer baile fue con un caballero apuesto e interesante, el único con el que pude entablar una conversación sensata.
_¿A qué se dedica?. le pregunté con curiosidad.
_Estudio abogacía, estoy en mi último año en el bufete más renombrado de todo Londres.
_Qué maravilloso. Amaría tener la posibilidad de estudiar, pero nací mujer,le dije con pesar.
_Pero una mujer muy atractiva, me dijo sonriendo.
_Pero no me sirve de mucho, igual tendré que contraer matrimonio y depender de un hombre toda mi vida.
_Y ¿qué le gustaría hacer?
_Institutriz sería maravilloso, ser dueña de mi propia vida y no casarme jamás.
_Es una vida solitaria.
_No me importaría llevar una vida así, le sonreí. Cuénteme, ¿qué lo trae hasta un baile de debutantes?"
_Fui obligado por mis padres, reconozco que no está en mis planes contraer matrimonio.
_Entonces, si usted y yo no queremos casarnos, podríamos ayudarnos mutuamente, le susurré.
_Lo lamento, pero me marcharé en un par de días.
Es una lástima; quería beneficiarme con usted esta temporada, le dije, fingiendo tristeza.
¿A qué se refiere con beneficiarnos? ¿Qué me propone, Lady Berkeley? preguntó él, altamente interesado.
_El matrimonio... alcancé a decir antes de ser interrumpidos por una tos detrás de mi espalda. Un hombre mayor, posiblemente de la misma edad que mi padre, se acercó y dijo: _Lady Berkeley, tiene un baile pendiente conmigo.
_Nuestra charla tendrá que ser para otra ocasión, me despedí con una venia y me marché con el hombre regordete. El baile con él fue desastroso; el constante pisoteo me hacía sentir que perdía la sensibilidad.
Mientras tanto, mi padre proliferar promocionando mi dote por todo el salón como si fuera un comerciante. Para él, el matrimonio era un negocio lucrativo, y yo era su mercancía más valiosa, lista para ser vendida al mejor postor.
La noche avanzó lentamente; conocer a posibles pretendientes era, sin duda, la cosa más tediosa. Pero los siguientes bailes fueron igual o más tortuosos que el baile de debutantes. Estaba carente de hombres con los que pudiera entablar conversación, y en cada baile, el señor Clark, el hombre regordete, pedía uno o dos bailes conmigo.
Solo tenía una pequeña esperanza de vislumbrar al Marqués en medio de la multitud, y, si podía permitirme ser atrevida en mi deseo, me gustaría que compartiera conmigo al menos un baile. Pero él era como una sombra, desaparecido en la temporada social. Era como si el mundo se lo hubiera tragado.
Mi vida en la alta sociedad se convirtió en una rutina de cortejos. Un reguero constante de hombres se presentaba en mi casa, cada uno formulando las mismas preguntas intrascendentes, lo digo con sarcasmo, puesto que siempre preguntaban lo mismo.
¿Cuántos hijos deseas tener?
¿Toca algún instrumento musical?
¿Tiene alguna habilidad en el arte del bordado, pinturas? Conversaciones vacías que me resultaban tediosas. Uno de cada tres pretendientes, por alguna razón, me recitaba el mismo poema:
"Eres hermosa como una flor en primavera,
Tu fragancia me envuelve como una brisa ligera,
Tu voz dulce es un eco de melodías celestiales. En tu presencia, los días se vuelven instantes especiales"...
Este poema, aunque agradable al oído, comenzó a sentirse como una repetición monótona. Cada palabra se desvanecía en la similitud, y detrás de esas líneas, me preguntaba si alguien en verdad se tomaba el tiempo de conocer a la verdadera Philippa.
Dios, cómo detestaba esos poemas clichés, especialmente este que empezaba con:
"Eres hermosa como una flor ".
Cada vez que alguien se aventuraba a recitarlo, tenía que poner mi mejor cara de complacencia, como si esas fueran las palabras más hermosas jamás pronunciadas en mi nombre. Pero, por fin, la temporada social llegaba a su fin y el último baile se acercaba.
Para empeorar las cosas, Lord Clark, un viudo que bien podría rivalizar en edad con mi propio padre, había decidido que yo sería su próxima conquista. Si algo me desagradaba más que sus intentos de cortejo eran sus constantes salpicaduras de saliva mientras hablaba. Se jactaba de sus costosos dientes, supuestamente hechos con dientes de valientes soldados caídos en batalla. La idea me revolvía el estómago.
Mi padre, sin embargo, parecía encantado con la perspectiva de que me casara con él;l señor Clark poseía una gran riqueza y negocios en auge, aunque careciera de título. En ese último baile, el viudo insistió en ser mi acompañante. A pesar de haber salido unas cuantas veces a la ópera y paseos por el parque, jamás le había prestado verdadera atención. Pero eso parecía no importarle en lo más mínimo. En mi intento desesperado por evitar ser emparejada con él, decidí recitar el mismo poema que él me estaba recitando aún más rápido y con voz burlona.
"Eres hermosa como una flor en primavera, Tu fragancia me envuelve como una brisa ligera..."
Incluso antes de terminar el verso, lo vi molesto y su rostro regordete se volvió rojo como un tomate maduro. No podía creer que hubiera tenido el atrevimiento de contradecirlo de esa manera. En un rápido movimiento, se levantó de su asiento, casi tirando su copa de brandy en el proceso. Mi madrastra, que estaba cerca, observaba la escena con los ojos entrecerrados.
_Mi lord, quizás sea un poco mayor para recitar poemas, ¿no sería mejor dejar esa labor a los jóvenes? Susurré con suficiente intensidad para que solo él escuchara, impidiendo que mi madrastra o alguien más escuchara mis palabras. La respuesta fue una mirada horrorizada y un rostro empapado en sudor, acentuando su tono rojo.
_No pensé que me hablarías así, niña insolente. Ni pienses que pediré que me case contigo después de esto gritó enfadado y salió con rapidez del pequeño saloncito.
Mi madrastra me miró furiosa, Con la voz más dulce y falsamente inocente que pude encontrar, Con lágrimas en los ojos y voz entrecortada, le conté que había rechazado sus avances cuando quiso tocar mi pierna mientras repetía su poema. Fingir estar devastada. y ella se acercó preocupada.
_Mi niña, tienes toda la razón. Ese hombre quería aprovecharse de tu inocencia. Hablaré con tu padre sobre esto, me aseguró antes de sugerirme un baño relajante.
Agradecí y me alejé, aún fingiendo el llanto. Detrás de esa fachada, estaba satisfecha de haberme librado momentáneamente de los intentos del Lord Clark y de haber logrado que mi madrastra se compadeciera de mí. Era como jugar un juego peligroso, pero por primera vez, me sentí un poco más en control de mi propio destino.
La temporada había llegado a su fin y con ello el desfile de pretendientes. Me sentí aliviada, pues no tendría que comprometerme con alguien al menos durante esta temporada. Además, el baron y la baronesa se habían marchado, dejándome sola en Londres. Me sentí liberada;
Incluso el desayuno tiene un sabor distinto, un sabor de libertad. No tengo que soportar la mirada llena de desprecio de mi padre, ni sentir sus palabras pesando sobre mí. Me siento como si hubiera dejado atras...