Prologo
Como cada mes, el bufete para el que trabajaba mi papá realizaba una de sus famosas "reuniones hogareñas" y esta vez tocaba en nuestra casa, la casa de los Eriksen.
Mi papá corría de un lado para otro viendo si hacía falta barrer por quinta vez hasta que mamá se acercaba a él, plantaba un beso en su frente y decía: "Todo está listo, todo saldrá bien", y le sonreía de la manera más cálida posible hasta que por fin se calmaba y volvía a iniciar su ataque de pánico.
Mientras, yo me mantenía encerrada en mi habitación escuchando a Daughter, las canciones que hacían que todo a mí alrededor pareciera tranquilo aunque no lo fuera en absoluto.
Me miro ante el espejo de cuerpo completo y suspiro mientras doy un último chequeo a mi atuendo, zapatillas negras con arreglos rosados pastel acompañadas de unas calcetas negras que llegan hasta mis rodillas, un vestido rosa pastel con mangas que hace que me encante, un collar con un dije en forma de corazón, mi cabello n***o en pequeñas ondas cayendo por mis hombros con un pasador rosado, y finalmente un maquillaje con sombra rosa, violeta y gris todo bien difuminado, el sonido del timbre me saca del trance y me hace pegar un pequeño brinco, corro hacía mi tocador y rocío por mi cuello un perfume de la línea de Victoria's Secret.
–¡Olivia, baja ya! –la voz de mi madre hace que entre en pánico y entonces recuerdo la reunión pasada en nuestra casa.
Todo iba bien hasta que por accidente puse un CD de Marilyn Manson de mi hermano y los invitados creyeron que era satánica o algo por el estilo, todos se fueron y papá tuvo que arreglar las cosas hasta el lunes en el trabajo.
–Descuida, ya guardé mis discos en mi habitación –me habla Daemon, mi hermano, mientras me da una palmada en la espalda.
–Gracias –le sonrío sarcástica.
Bajo detrás de él las escaleras y empiezo a sentir como tiemblan mis piernas, pero me calmo justo antes de tocar el piso.
–Hola Darrel –papá saluda al hombre que ha llegado junto a una mujer de su misma edad–. Ellos son mis hijos, Daemon y Olivia, y mi esposa Melinda.
El hombre extiende su brazo y nos da la mano la cual todos los mencionados tomamos con una sonrisa bastante fingida en el rostro.
Después de aquel hombre llegan más invitados, nada importante hasta que dan las diez de la noche.
Me encuentro sentada en las escaleras bebiendo algo de café, y el timbre vuelve a sonar.
–¡Olivia, cariño, atiende por favor! –me pide mi papá desde la sala de estar.
–Claro –hablo exhausta.
Camino con mucho trabajo a causa de las zapatillas que ahora me molestan, tengo tantas ganas de quitármelas pero haría otro oso así que mejor saco esa idea de mi cabeza, llego hasta la puerta y la abro.
–Hola, ¿es esta la casa de los Eriksen? –un hombre alto de unos veintiséis años porta una hermosa sonrisa en su rostro.
"Habla, Olivia"
–S-Sí, adelante -me hago a un lado y le dejo pasar–. ¡Papá!
El hombre llega corriendo a la entrada y saluda a la perfección que acaba de entrar en mi casa.
–Hola Patrick –ambos se estrechan la mano y no dejo de poner atención a lo que dicen.
–Señor Hamilton, que gusto, ella es Olivia, mi hija.
Mis manos empiezan a sudar y me emociono de tan solo pensar que estoy a punto de estrechar su mano.
–Un placer, preciosa –sus palabras llegan a mi como un suave susurro que hace que me estremezca.
Suelto su mano y veo como se aleja con mi papá.
–Cariño, ayuda a tu hermano a poner la mesa –me habla mi madre.
Asiento sin prestarle mucha atención pues toda mi atención sigue en el señor Hamilton.
Mi hermano y yo empezamos a poner en la mesa toda clase de bocadillos y unas cuantas botellas de diferentes tipos de vino, al terminar me voy a la cocina con Daemon y pasamos las horas esperando hasta que no haya ruido para salir y comer lo haya sobrado de los deliciosos bocadillos que ha preparado mamá.
Es hasta después de tres horas cuando por fin podemos salir y disfrutar. Camino esta vez con las zapatillas negras con detalles rosa pastel en las manos y mis pies descalzos, y me escurro hasta la mesa, observo que llama más mi atención, y como a toda joven los vinos ganan. Giro para ver si no hay alguien cerca, tomo un pequeño vaso y lo lleno hasta la mitad de la primera botella que agarro, dejo todo en su lugar y le doy el primer trago.
–Una señorita como tú no debería estar tomando algo tan fuerte –una voz masculina llama mi atención.
Me giro de golpe y derramo un poco de vino en el suelo. No puedo creer a quien estoy viendo y por quien estoy siendo regañada. El señor Hamilton. Paso con mucho trabajo aquel sorbo y siento como quema mi garganta.
El hombre de cabellera rubia se acerca a mí, mi cuerpo empieza a temblar y no puedo creer que me ponga así, me sonríe y mi cuerpo se eriza, ¿acaso lo hará apropósito?
–Descuida, no le diré a tus padres.
–Gracias –hablo con la mirada un poco nublada y puedo imaginarme cuan roja estoy.
Sin previo aviso, mi mentón es tomado por sus largos dedos y me hace verlo a los ojos, mi corazón palpita velozmente que siento que tendré un paro cardiaco, y sin más, Hamilton planta un delicado beso en mis labios, solo es un beso de labios a labios, algo simple, pero para mí es lo mejor que me ha pasado.
–Pero si fueras mía, estarías a punto de ser castigada –susurra muy cerca de mis labios, haciendo que desee otro beso de él.
Suelta delicadamente mi mentón y se gira para salir de mi casa y dejarme parada como una tonta.
Puedo sentir como mis pulmones y mi cerebro me piden que respire y así lo hago, suelto el aire retenido y aprieto con mi manos mis caderas para evitar caerme.
Y me paso toda la noche pensando en ello, todo el fin de semana pensando en Hamilton, intento sacarle información a mi padre sobre él pero nada es bastante conciso como para tener información de aquel hombre, y entonces me doy por vencida y espero ansiosa el lunes para poder sacar de mi cabeza aquel momento, aquel beso, aquel hombre.