PARTE 02

1306 Words
—Ya todo está revisado, se ha asegurado los antecedentes e identidad del capitán del yate, así como del personal de servicio, en cualquier momento estará llegando la señorita Alna Gold.   Mientras volvía a revisar los compartimientos del yate, pasando los detectores de micrófonos o de frecuencias electrónicas bajas como cámaras escondidas, era un hombre precavido por más que ya habían revisado el yate, tenía la necesidad de asegurarse hasta que escucho que el capitán anunciaba la llegada de la tan mencionada Alana Gold, Edward había oído acerca de la familia Gold y su dominio de los medios de comunicación, de agencias de publicidad, era un imperio dirigido por Mauricio Gold, él sabía que si hacían un excelente trabajo esto podría llevar a trabajos más grandes, quería que su padre este orgulloso de él viéndolo ser exitoso y logrando los sueños que alguna vez lo forzaron a dejar.   Cuando llego a su posición, junto a las escaleras del yate, no puedo evitar sentir que se le formaba un nudo en la garganta, todo en ella era algo difícil de dejar pasar por alto, no solo su cuerpo de muñeca con su pequeña cintura o sus hermosas piernas que se dejaban apreciar muy por lo pequeño de su vestido rojo junto con su escote profundo, la manera en que la brisa marina jugaba con su cabello, hacía que puedo cortar la respiración a quien sea o si quisiera podría parar el tránsito con un par de pasos, tuvo que tratar de recobrar el control de sus sentidos, agradecía las gafas oscuras que tenía para no ser descubierto viéndola como lo hacía    —Buenas tardes, señorita Gold, mi nombre es Edward Kingston y estaré encargado de su seguridad durante su viaje— Manteniendo su postura recta, con las manos en la espalda con un saludo formal como todo un profesional, no iba a dejar que sus inútiles pensamientos influyeran en su trabajo.   —No es necesario los formalismos que mi padre no está conmigo, puedes decirme Alana porque yo no te voy a llamar Kingston ni que estuviéramos en una película, aunque no niego me gustaría ser Whitney Houston. — Guiñándole el ojo, muy divertida de ver como esa manzana de adán se hacía notar, ese simple acto la dejo en shock nunca se había fijado en ese tipo de pequeñeces provocando en ella un hormigueo en la parte baja de su cuerpo, al encontrándolo un acto tan varonil, tan atractivo, sumado a ese aroma que el emanaba, podía volver loca a cualquier mujer si se lo propusiera.   —¡Estás loca Alana! Como te va a gustar ese simple acto, es un hombre naturalmente hace eso, pon limites niña — Se decía a si misma moviendo la cabeza.   —Ya todo está revisado y su seguridad asegurada —Alana solo lo vio de arriba abajo sacándose a agrede los anteojos dejando ver sus hermosos ojos color verde claro, todo eso para asegurarse que él la viera hacer eso, además que el color de sus ojos era uno de sus atractivos heredados de su madre.   —Ayúdeme a subir por favor — Cuando él tuvo que hacerlo, con su mano tocando la de ella, era como un estruendoso cosquilleo apareciera con el simple roce de su piel con la de ella, la suavidad de su mano, lo estaba descontrolando de una manera que no le gustaba. Al igual que a él, a ella le paso algo similar había tenido muchos hombres arrojándose a sus pies, muchos hombres queriendo llamar su atención de tantas formas que su padre desconocía, pero este hombre de aspecto tan varonil con un acto tan simple había hecho que sus férreas defensas se quieran venir abajo.   Ambos tratando de recobrar la compostura, quisieron disimular lo innegable, cuando Alana subió a bordo, saludo al piloto a quien ya había visto antes, siempre imagino que su padre hiciera ese tipo de cosas, estaba acostumbrada a su tipo de cuidado, lo que no entendía era como había dejado pasar por alto a su guapísimo guardaespaldas.   —Hola, Marcial, sigues tan guapo como siempre — Aunque pareciera lo contrario, ella era muy distinta a su padre quien, hacía siempre la diferencia entre jefe y empleados, no para Alana quien le caía bien se debía su amistad y respeto y quien o no.   —Dígale eso a mi esposa, que me ha mandado una dieta estricta —Alana solo reía sobre eso sin perder de vista a Edward Kingston, ya que no entendía por qué con un sol en todo su esplendor el vestía un traje tan acartonado, reconocía que era poliéster tenía el talento de su madre para detectar al ojo ese tipo de cosas, pero lo que le daba más curiosidad era el forro de este.   MIENTRAS TANTO EN EMPRESAS GOLD   —Señor esta es la información de Emilio Lexington, el hijo del dueño de hoteles Lexington. — Mauricio sabía del interés del muchacho sobre su hija, aunque solo era cinco años mayor que ella, de igual manera tenía que investigar casa detalle al respecto, le alegro saber que era un hombre con posgrado en administración y comunicaciones, que era de los solteros más afamados sin escándalos sacados a la luz pública, también vio que solía visitar los mismos clubes que ellos, sería el perfecto para su hija, aunque le había dicho que ella heredaría empresas Gold su alto grado de misógina hacia las mujeres le hacían creer que su imperio iba a terminar en manos de un hombre y por ende sería el marido de su hija, así que tenía que ser muy cuidadoso aunque a sus cincuenta años aún tenía tiempo para seguir al mando de sus empresas, tenía que ver a futuro y para eso necesitaría tiempo para entrenar al muchacho. Estaba tan concentrado leyendo la documentación que le habían traído que no se dio cuenta el momento en que Vanessa interrumpió en su oficina.   —¡No puedes hacerme esto Mauricio, Soy tu mujer¡, no puedes pasearte con cuanta puta se te regale —Mauricio Gold empezó a reír hasta el punto de secarse las lágrimas que tanta risa había provocado en él para luego pasar a su lado serio, golpeo la mesa de vidrio de su escritorio y de manera dura miro a Vanessa una hermosa rubia de treinta y siete años que a pesar de su edad seguía pareciendo la hermosa jovencita con la que él se enredó hace más de dieciocho años.     —¡Mira Vanessa! Aclaremos algo, primero no eres mi mujer eso dejaste de serlo en momento en que trataste de achacarme un hijo que no era mío y en segundo lugar yo puedo meterme con cuanta mujer me da la regalada gana, recuerda que soy un hombre viudo además tú confórmate con el dinero que recibes como indemnización por tus servicios, confórmate con que te visite todos los fines de semanas para desfogar mis deseos y caprichos y ¡Me pides perdón por tu impertinencia! Y por cierto hazlo de la manera en que sabes que se hace, eso que la experiencia te ha ayudado a perfeccionar con años tesoro, ese algo que hizo que te sacara de puta en un burdel a ser mi puta personal— Mauricio Gold, era un hombre que disfrutaba usando su poder para humillar a otros, él era el tipo de hombres con que ninguna mujer debería alguna vez toparse tal como lo había hecho Vanessa desde hace muchos años.   —Pero Mauricio — En casi un susurro, pero la mirada que él le lanzaba le advertía que podía pasar si no obedecía, así que obedeció como por tantos años había hecho, si se atrevía a desobedecerlo este dejaría de pagar los estudios de su hijo en una de las universidades más caras de Londres y sus gastos personales.  
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