— Linda. — llamo la atención de la señora del servicio. — ¿Qué harías tú luego de haber pasado por una situación como la mía?
Nos habíamos vuelto bastante unida, la veía como una madre, porque daba unos buenos consejos de vida, todos aquí la respetábamos y era algo que se había ganado.
Linda supo cómo manejar mis ataques de ansiedad y también me alegro en los momentos de depresión en tan solo unas cuantas semanas. Me acompaña a mis terapias con la psicóloga y hacemos yoga, sí, yoga. Jamás hubiera pensado que hacer esa actividad era tan relajante, siento como ya mi cuerpo se va sanando y cada vez más tengo una buena actividad física.
En cuanto a mis guardianes, no esta tan mal a penas los puedo ver, cuando salgo a la calle. En una ocasión un hombre se me acerco y de la nada tenía a 3 chicos y una chica apuntando a la cabeza del pobre, salió disparado fuera de la cafetería en la que estaba.
Los hermanos Guevara me visitan constantemente, tengo una buena relación con agustina, se ha vuelto una … amiga íntima, ella me cuenta de sus días y yo con un poco de recelo lo que sucede en la mía.
En cuanto a Ernesto, simplemente cruzamos saludos, él no suele ser conversador y prefiere quedarse pegado en su teléfono, desde que ahora es el presidente de la compañía no deja de hablar por teléfono ni un minuto.
— Que bueno que hagas esa pregunta mi niña. — deja lo que estaba haciendo para sentarse junto a mí en el sofá. — yo hubiera ido a Broadway y/o protagonizar una obra.
— ¿querías ser actriz? — pregunto con una sonrisa.
— Quería hacerlo, pero mis padres nunca me dejaron hacerlo ya sabes que en esos tiempos la palabra de los padres es la ley. — extiende su mano y comienza acariciar mi cabello. — ¿Qué te gustaría hacer a ti?
— Me gustaría terminar la universidad. — respondo con una sonrisa.
— ¡Eso suena bien! — exclama emocionada. — ¿Qué estudiabas?
— Atención a la primera infancia. — respondo con nostalgia. — me gustan los niños.
— Entiendo. — Linda agacha su mirada. Ella ya sabia acerca de mi útero hostil. — podemos decirle a Ernesto que te quieres inscribir nuevamente en la universidad.
— Yo agradezco lo que han hecho por mí en estos momentos, pero ya pagar una universidad es mucho, ni siquiera mis padres pudieron pagarla, afortunadamente me gane una beca y puede estudiar.
— Yo no tengo ningún problema en pagar tu universidad.
Linda y yo nos espantamos al escuchar a Ernesto detrás de nosotras.
— Creo que perdí 10 años de vida. — susurra Linda llevándose la mano al pecho.
— Lo siento. — intenta ocultar una sonrisa. — cómo te decía, no tengo ningún problema.
— No voy a dejar que pagues mi universidad. — me levanto de mi asiento. — quiero hacerlo algo por mi misma, no sé, trabajar y ahorrar para poder hacerlo yo misma.
— Marilyn, recuerda que tú estas en peligro y que no puedes estar exponiéndote.
— Pero tengo a mis matones
— No le digas matones, ellos solo te están protegiendo.
— Como sea, quiero sentirme útil y estar aquí todo el día.
La mirada de Ernesto se queda fija en la pared y tuerce sus labios, estaba pensando en las palabras que había dicho, aunque estuviera lejos de aquella casa del terror, también la pasaba encerrada y no he vuelto a salir desde que atacaron a aquel pobre chico.
— Está bien. — asiente con su cabeza. — ¿Qué sabes hacer?
Hago un recuento de casi toda mi vida y me doy cuenta de que todo este tiempo no hice nada para ganar dinero por mi propia cuenta. Hago una mueca de fastidio.
— No lo sé. — respondo un poco desanimada.
— No te pongas triste mi niña. — Linda acaricia mi espalda. — ¿Qué tal si durante toda la semana hacemos una serie de actividades y la que más te guste haces?
— Eso suena bien. — habla Ernesto.
— ¿con qué te gustaría comenzar? — pregunta Linda.
— Me gustaría hacer una lista. — digo.
— Como tú quieras. — dice Ernesto mientras que teclea en su teléfono.
Así lo hice, tomé un lapicero y hoja y comencé a anotar cada idea que se me venía a la cabeza.
1. Tejer.
2. Repostería.
3. Pintura.
4. Pasear perro.
5. Cuidar ancianos.
6. Cuidar niños
7. Vender limonadas.
8. Bibliotecaria.
9. Secretaria.
10. Asesora de ventas.
11. Escritora.
Sonrió como una niña pequeña que recién cometió una travesura, solo quedaba esperar al día siguiente cuando Linda llegue a casa, hoy tuvo que irse más temprano porque su hijo tuvo un problema en la escuela y debía atenderlo de inmediato.
Dejo la hoja sobre la mesita de café y me dirijo a la cocina para preparar algo de comer, el reloj ya marcaban las 6 y como si de una alarma se tratara mi estómago comenzó a rugir, se me antojaban unas pastas con salchichas como las que hacia mi madre.
La luz de la cocina se encontraba apagada, la enciendo y pego un grito cuando veo a una figura vestida de n***o.
De inmediato la figura deja caer un vaso y un grupo de personas se acercan corriendo hasta donde yo estaba con sus armas apuntando en dirección a la figura.
— ¡Soy yo! — la figura levanta las manos y se gira lentamente.
— Maldición Philip. — dice uno de los que me cuida. — casi te haces matar.
— Lo siento, solo venía por un vaso con agua. — señala al vaso roto.
— Lo sentimos señora Guevara. — dice la única chica del grupo.
— No me digas señora Guevara nunca me ha gustado que me llamen por ese apellido.
— Mi culpa. — lleva su mano al pecho.
— No te preocupes. — le sonrió. — ¿quieren comer algo? No tengo ningún problema en cocinarles.
— Tenemos que volver a nuestras posiciones. — indica otro hombre.
— Estoy segura de que pueden escuchar hasta una mosca acercarse. — infiero. — además, quiero conocer a las personas que me cuidan y expresarles mi gratitud por ello.
— Yo soy Jonás Philip. — comienza a presentarse el que dejo caer el vaso.
Jonás era moreno y bastante alto, diría que mide unos dos metros, tiene una barba que se asemeja a un candado y al igual que el resto van vestidos de n***o.
— Soy Luciana Aguirre.
La única chica del grupo se notaba bastante seria, el azul potente de sus ojos te podía aniquilar, y también era alta, pero no tanto como el resto, su contextura era una persona que alza cosas pesadas, se notaba que pegaba fuerte, además de eso se notaba impecable con su cabello todo recogido hacia atrás.
— Thomas Webster.
El siguiente hombre en presentarse muy lindo, era rubio con ojos verdes y su porte al igual que Philip era de uno dos metros de altura.
— Matthew Winchester.
La voz profunda del hombre hizo que mis todos los vellos de mi piel se erizaran, él también era excepcionalmente guapo, cosa que no había notado hasta ahora.
— Es un gusto conocerlos, lamento no haberme presentado antes, solo supe de ustedes cuando se abalanzaron a aquel chico.
— Nuestro trabajo es pasar lo más desapercibido posible. — habla Matthew.
— Entiendo. Asiento con mi cabeza. — pueden tomar asiento en el comedor o aquí en la cocina mientras que voy preparando la comida ¿sí?
Los cuatro se quedan viendo entre debatiéndose si aceptar o no.
— Hemos comido puro enlatado, ya me hace falta una comida casera. — dice Jonás a sus compañeros.
— Prometo no demorarme. — levanto mis manos al aire para darles más confianza.
— Jefe usted decide. — le dice Luciana a Matthew.
Tuerce su boca y luego me lanza una mirada.
— que no pase de una hora.
Sonrió en grande ante la poca confianza que me había ganado.
— lo prometo. Asiento con mi cabeza. — pueden tomar asiento.
Mis cuatro cuidadores se sientan en los taburetes que se encontraban en la cocina. Enciendo la estufa y monto una cacerola con agua y una pizca de sal, cuando ya lo tengo todo listo, rebusco en la alacena las pastas para echarlas en el agua cuando ya estuviera caliente, también busco en el refrigerador toma y especias para preparar la salsa desde cero.
Mi madre me había enseñado esta receta cuando tenía 13 años, afirmo que podía cautivar a cualquiera con tan solo un bocado. Desde ese día se volvió mi favorita y de todo aquel que la probara.
Cuando tengo todo completamente listo voy colocándolos sobre el mesón para empezar a servir, pasta, salsa, queso parmesano, y así sucesivamente hasta tener cinco platos listos, coloco uno en frente de cada las personas que están en mi cocina, por último, me siento yo en la cabecera de la mesa.
— Buen provecho. — les digo para que empezaran a comer.
Al llevar cada uno un bocado de pasta los gemidos de degustación no tardaron en surgir, vi a todos contraes sus expresiones en pro de mi creación.
— Creo que me acaban de subir al cielo. — dice Philip, para luego llevarse más pasta a la boca.
— Necesito esta receta. — Dice Thomas.
— Está todo muy rico, señora Marilyn. — habla esta vez Luciana.
El único que no menciono nada al respecto fue Matthew, pero no me desanimo, sé que mi comida estuvo deliciosa.
— ¿Por qué quisieron cuidarme? — les pregunto para ir creando un ambiente agradable.
— Estás en problemas, ¿no? — Me mira fríamente Matthew.
— Sí. — alejo mi vista de él para ver al resto del grupo. — pero son militares ¿Por qué quisieron protegerme?
— Ernesto es nuestro amigo y necesitaba ayuda, nosotros accedimos. — se encoge de hombros Luciana.
— ¿Saben algo de Joaquín?
Los cuatro cruzan miradas.
— Lo único que podemos decir es que salió del país. — dice Thomas.
— Está bien. — trago grueso. — así estoy mucho más tranquila.
— Ya es momento que volvamos a nuestros pues.
Matthew Winchester se levanta y consigo todo su séquito.
— Gracias por la comida, estuvo todo muy delicioso. — Dice Jonás Philip con una gran sonrisa.
Definitivamente, él era el más carismático de todos.
Escucho la puerta del departamento cerrarse, y quedándome completamente sola, miro a todo mi alrededor y la nostalgia me invade, quisiera estar rodeada de las personas que más quiero, volver a tener amigos, tener a mis padres a mi lado sin importar lo que hicieron, yo los perdonaría porque no tengo cavidad para el rencor.
Mi psicóloga me ha recomendado volver a construir mi vida desde cero y que olvidara a todos aquellos que se olvidaron de mí, que era lo más recomendable para mi estabilidad emocional, pero aún siento que no lo he soltado y tengo la necesidad de volver sin importar que, ahora se me hace muy difícil reconstruir mi vida, a estas alturas debería tener una gran familia o por lo menos una vida profesional impecable.
J O A Q U Í N
EN ALGUNA PARTE DEL MUNDO.
No podía evitar pensar en Marilyn, la muy maldita había dañado toda mi vida con tan solo unos minutos y con sus malditos actos de mujer prepotente y egoísta. No le costaba absolutamente nada darme un heredero, ahora mismo seriamos los reyes del mundo.
Odiaba a mi padre como nunca por todo lo que me hizo, no podía soportar pensar ni un minuto en todo el lavado de cerebro que me hizo cuando era niño, odio que haya asesinado a nuestra madre y odio haberme convertido en él.
No pude creer cuando mencionaron que mi hermano menor seria casi que el dueño de toda la empresa familiar, y a mí solo me correspondió un maldito 10% que a comparación con los suyos eran insignificante. Ernesto nunca estuvo interesado en el legado familiar y ahora si lo hace.
Con el simple hecho de ver sus fotografías en revistas como el salvador de Vinos Guevara me hierve la sangre de furia, pero también por su culpa me toco irme muy lejos de mi ciudad natal para evitar ser capturado por la policía.
— Me las pagarás Ernesto. — masculle tirando el periódico al suelo. — ¡Tú también me las pagarás Marilyn!
— Papi. — el pequeño niño aparece a mi lado con su mirada tierna. — ¿Dónde está mamá?
— No lo sé campeón. —me agacho para estar a la altura del niño.
— ¿Quién es Marilyn? — su cabecita se inclina hacia un lado.
— Nadie importante, mejor ve a tu habitación y sigue viendo tus muñecos.
— Sí.
El niño sale disparada escalera arriba directo a su habitación.
Apolo Guevara era mi hijo no legítimo, lo tuve con una de mis amantes y fue ella quien lo presento ante mi padre creyendo que iba a ser acreedora de una fortuna, pero se topó con el diablo en persona, fue sacada de la hacienda como un perro y gritando de cuantas barbaridades, obviamente le aconseje que no hiciera ninguna demanda o las pagara muy caro. No me hizo caso y a la mañana siguiente tuvo un aparatoso accidente que la ha dejado en un coma.
En muchas ocasiones quise llevar a mi hijo a casa junto con Marilyn, pero no me parecía lo correcto, aquel pequeño no podía pisar el mismo espacio que mi esposa porque no es fruto de su vientre y jamás lo será.
El teléfono que tenía en casa comenzó a sonar, extrañado y con recelo me acerco hasta él y contesto.
— Sé donde estás en estos momentos.
La furia comienza a invadir mi cuerpo, era la misma persona que había estado llamando en los diferentes números que tenía.
— ¿Qué carajos quieres? — mascullo. — dímelo de una maldita vez por todas.
— Vas a sufrir por todo lo que hiciste.
— Mejor vete al demonio.
— Ya estoy con él Joaquín, te manda saludos.
Cuelga.
Habían estado torturándome psicológicamente para que buscara protección, pero ahora mismo era uno de los empresarios más buscado de todo el maldito país, si llegara a asomar mi cabeza por algún lugar que tuviera cámara, tendría a toda una bandada de policías apuntándome en la cabeza.
Pero lo único que tenía claro era cambiar por completo mi rostro, más que todo modificar facciones que me hagan lucir irreconocible para el ojo público.
— Papá. — de nuevo aquella voz inocente me llama.
— ¿Qué sucede hijo?
— Puedes subir conmigo, es que hay un monstruo en el armario.
— Los monstruos no son reales, Apolo. — digo tratando de no sonar tan brusco, el pequeño era tan sensible que con él mino grito lloraba.
— Si existe, dice que me va a comer todo cuando tú te duermas. — la agonía en su rostro me compadeció.
— Está bien, voy contigo.
Dejo a un lado el teléfono y me acerco a él para ir a la habitación que compartimos, me encargue de que Apolo tuviera todo lo necesario para no aburrirse, es un niño de tres años que nunca ha tenido un amigo en la calle y que tampoco ha ido a la escuela, antes de todo esto una tutora iba todos los días para enseñarle todo lo básico en el aprendizaje y a decir verdad es un niño bastante inteligente, puede leer frases cortas ante su poca edad y se sabe los números del 1 al 50 y cuando me los dijo me sentí el padre más orgulloso del mundo.
Marilyn tenía razón cuando me decía que mi padre era quien estaba dañando toda nuestra relación, si hubiéramos sido pacientes probablemente seriamos una gran pareja, hubiéramos adoptado a un niño que realmente lo necesitara.
No he criado a Apolo como lo ha hecho mi padre, estoy consciente de que lo que me hizo estuvo mal, pero ya estaba tan dañado que no pude hacer más nada al respecto. Quiero que mi hijo crezca siendo respetuoso, que haga lo que yo nunca pude ser.
Mi pequeño poco a poco se fue apagando, a decir verdad, era bastante hiperactivo, la energía no dejaba de fluir por todo su cuerpo hasta el punto de sacarme de quicio, ser padre es difícil cuando nunca has tenido experiencias anteriores y creo que ningún padre llega a tener toda la paciencia como las que tienen las madres.
El teléfono vuelve a sonar, de inmediato mi humor cambia y dejo a mi hijo de lado para proceder a bajar con pasos pesado e insultar a quien sea que me está llamando para joderme los cojones.
— Hola hermanito.
— Agustina. — escupo con rabia. — ¿Cómo encontraste mi número?
— ¿Acaso olvidas quiénes somos?
Sí, había un pequeño detalle de mis dos hermanos gemelos.
Ambos decidieron irse a otro país y ambos decidieron enlistarse en el ejército, solo que Agustina decidido una rama jurídica y Ernesto es coronel del ejército y ambos tienen conexiones con todo el mundo y la tecnología que el ejército posee es simplemente única e irrepetible.
— Te llamaba para informarte que Marilyn solicito el divorcio y ya sabes lo que significa todo eso.
— No voy a firmar una mierda, y no le dejaré ni un centavo a esa ramera.
— Si no lo haces por las buenas ya sabes que te irá mal y yo que tuvo cuido a mi sobrino, no lo pierdas de vista.
Cuando Agustina dijo aquello tire el teléfono y corrí escaleras arriba en busca de mi pequeño hijo, al entrar ahí se encontraba él durmiendo plácidamente.