Mi pregunta cuelga en el aire, pero su mirada no se aparta de la mía. Silencio. Él está midiendo cada reacción, cada palabra mía, y eso solo aumenta la tensión. Entonces, lentamente, su lengua roza el borde de sus labios antes de responder.
—Digamos que mis deseos no siempre coinciden con lo que la sociedad espera de un hombre como yo.
Siento un escalofrío recorrer mi columna. No es tanto lo que dice, sino cómo lo dice. Hay algo en sus palabras que me provoca un tipo diferente de alerta, una sensación que no había experimentado en años. Pero no puedo caer en esto.
Respiro hondo y trato de reencauzar la sesión.
—Lo que deseas no define quién eres. Todos tenemos fantasías. Algunas son convencionales, otras no lo son tanto. El punto es comprender qué te impulsa a ellas y cómo gestionarlas.
—¿Gestionarlas? —replica, su tono cargado de ironía—. Doctora, no estoy aquí para gestionarlas. Estoy aquí porque quiero vivirlas.
El impacto de sus palabras es instantáneo. Mi piel se eriza. Y entonces lo entiendo. No es solo un paciente. Este hombre es peligroso. Su lenguaje no es el de alguien que busca ayuda, sino el de alguien que está tentando. Lo veo en su mirada, en la manera en que sus ojos oscuros recorren mi cuerpo de una manera que me hace sentir vulnerable... y algo más. Algo que no me gusta admitir.
Me aclaro la garganta y cruzo las piernas, intentando mantener una postura firme, a pesar de que mi corazón está latiendo más rápido de lo normal.
—Estás aquí porque necesitas control —respondo, mi voz más firme de lo que me siento por dentro—. Vivir tus fantasías sin entenderlas podría ser más destructivo de lo que piensas.
Jack se inclina hacia adelante, sus codos apoyados en sus rodillas, y me mira directamente a los ojos. La intensidad de su mirada me atrapa, como si fuera incapaz de apartar la vista.
—¿Y tú, Emily? —susurra, usando mi nombre con tanta naturalidad que me hace estremecer—. ¿Alguna vez has deseado algo tan fuerte que te consuma? Algo tan oscuro que no puedas decirlo en voz alta.
Su pregunta me paraliza. No debería permitirme involucrarme de esta manera. Soy su terapeuta, por el amor de Dios. Y sin embargo, aquí estoy, atrapada en su juego. Un juego que no puedo permitirme jugar.
—No estamos aquí para hablar de mí —respondo, con voz fría y controlada—. Tú eres mi paciente. Este no es el lugar para ese tipo de preguntas.
Pero Jack no se echa atrás. De hecho, parece disfrutarlo. Una sonrisa perezosa aparece en su rostro, y el peligro que siempre sentí en él se hace más evidente.
—Ah, pero tal vez deberíamos hablar de ti —su tono es bajo, casi un susurro, y siento que su voz acaricia cada rincón de mi mente—. Después de todo, no pareces ser una mujer que esté completamente... satisfecha.
El golpe es certero, y no puedo evitar la ola de calor que sube por mi cuello. ¿Cómo se atreve?. Pero lo peor de todo es que, en el fondo, sabe que tiene razón. Llevo años evitando lo inevitable, negándome a mí misma lo que realmente deseo. Porque, después de todo, ¿quién ayudaría a la terapeuta cuando ni siquiera puede enfrentarse a sus propios demonios?
El silencio se apodera de la habitación nuevamente, pero esta vez es diferente. Hay una corriente subterránea, algo oscuro y cargado de peligro. No puedo dejar que esto continúe.
—Este no es el propósito de nuestra sesión, Jack —le advierto, más para convencerme a mí misma que a él—. Si no estás aquí para recibir ayuda, entonces no tiene sentido que continuemos.
Pero él no se inmuta. Se levanta lentamente, sus movimientos son fluidos, calculados, y camina hacia la ventana que da a la ciudad. No lo puedo evitar: mi mirada sigue cada uno de sus pasos. Es imponente, amenazante, y, al mismo tiempo, inexplicablemente atractivo. El tipo de hombre del que deberías alejarte, pero que no puedes evitar querer acercarte.
Cuando finalmente habla, lo hace sin mirarme, con la vista perdida en el horizonte de Londres.
—No estoy aquí porque necesite ayuda. Estoy aquí porque quiero que me entiendas.
Esa palabra me deja helada. "Entender". ¿Qué demonios quiere decir con eso? Siento cómo mis defensas se tambalean. No sé si puedo manejar esto.
—¿Entender qué? —pregunto, casi en un susurro.
Se gira hacia mí, sus ojos oscuros clavados en los míos, y su expresión se suaviza por un breve momento. Algo crudo y sincero brilla en sus pupilas. Un destello de vulnerabilidad, tal vez. Pero es tan fugaz que me pregunto si realmente lo vi.
—Entender mis deseos, mis necesidades —hace una pausa y da un paso más hacia mí—. Entender por qué estoy aquí... contigo.
Mis pulmones parecen olvidar cómo respirar por un momento. Todo en mi cuerpo me grita que salga de esta habitación, que termine esta conversación antes de que sea demasiado tarde. Pero una parte de mí, una parte que no quiero reconocer, quiere quedarse. Quiere saber más. Quiere sentir más.
Me levanto de mi silla, intentando poner distancia entre nosotros. Necesito recuperar el control, volver a mi papel profesional. Pero cuando doy un paso hacia atrás, él da un paso hacia adelante. Y entonces lo siento: la tensión eléctrica que se cierne sobre ambos. Es como si estuviéramos jugando a un juego peligroso, uno que ni siquiera sé cómo comenzó.
—Jack, esta sesión ha terminado —intento sonar firme, pero mi voz tiembla levemente. Lo suficiente para que él lo note.
—¿Estás segura? —pregunta, inclinando la cabeza levemente. Es un desafío, lo sé. Pero no puedo permitirme perder.
—Sí —respiro hondo y me acerco a la puerta, abriéndola para indicarle que debe irse—. Nos veremos en otra ocasión, si realmente estás dispuesto a trabajar en lo que sea que te está afectando.
Por un momento, parece dudar. Pero luego, esa sonrisa peligrosa reaparece en su rostro. Se inclina hacia mí, lo suficientemente cerca como para que su aliento roce mi piel, y susurra:
—No me iré sin que me entiendas, Emily.
—Jack, es en serio, debes irte —mi voz suena más firme esta vez, pero no del todo convincente.
Él no responde de inmediato. Sus ojos escudriñan mi rostro, como si estuviera buscando algo que todavía no he dicho. Algo que tal vez no estoy lista para decir. Finalmente, exhala y da un paso atrás, aunque su presencia sigue siendo abrumadora.
—Está bien, me iré... por ahora —dice, su tono bajo y cargado de promesas no dichas—. Pero no pienses ni por un segundo que esto ha terminado.
Da media vuelta con una calma que me irrita, como si él controlara completamente la situación, y sale al pasillo. Me quedo un momento inmóvil, observando cómo la puerta se cierra detrás de él, con la sensación de que la conversación no terminó cuando cruzó el umbral.
Miro el pomo de la puerta y, por alguna razón inexplicable, lo aprieto con más fuerza de lo necesario, como si aferrarme a esa acción pudiera ayudarme a recuperar la compostura. Pero no funciona.
El silencio que dejó atrás es ensordecedor. El eco de sus palabras aún resuena en mi mente: "No me iré sin que me entiendas". ¿Qué diablos significa eso? No sé si quiero entender. Hay algo en él, algo oscuro y atrayente a la vez, que me pone en guardia. Pero también me atrae. Y esa atracción me asusta.
Vuelvo a la silla, dejándome caer con un suspiro. Mi mano tiembla levemente cuando la paso por mi cabello, intentando despejar la nube de emociones contradictorias que me envuelve. El reloj en la pared marca el paso del tiempo, pero yo sigo aquí, atrapada en este torbellino de pensamientos y sensaciones.
El golpe de la puerta resuena por todo mi cuerpo. Es como si el aire en la habitación se detuviera de repente. Mis músculos se tensan al reconocer el sutil cambio en la atmósfera.
Giro lentamente, con la esperanza de que mi mente me esté jugando una mala pasada, pero no es así. Jack está ahí, parado en el umbral, con una expresión que mezcla determinación y algo más... algo que no puedo identificar del todo.
—Esta sesión no ha terminado hasta que yo lo diga —su voz es baja, firme, pero hay una sutil amenaza implícita en ella.