Descontrol

1373 Words
+++*+++*+++*+++ La copa de vino descansaba fría entre mis dedos, mi mirada perdida en el horizonte de la ciudad. Las luces parpadeaban a lo lejos, pero no me importaba. Jack Thyne. Su nombre, su presencia, su intensidad... todo lo que era él me tenía en un torbellino. Nunca antes había cancelado todas mis citas, nunca. Y ahora aquí estoy, una terapeuta de 30 años, devastada por un hombre que apenas conocía. ¿Qué diablos acaba de pasar? Me inclino sobre la barandilla de la terraza, dejando que el viento fresco me acaricie el rostro. Trago un sorbo más de vino, intentando calmar la tormenta que arde dentro de mí. Pero no hay forma. Su voz, su mirada, su maldita sonrisa siguen flotando en mi mente. Nunca había permitido que un hombre me afectara así desde que Mark me traicionó. Cinco años sin nada, sin interés en nadie. Y ahora, de la nada, este loco aparece y me hace dudar de todas mis reglas. ¡Todas! Dejo caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Pero incluso con los párpados cerrados, él sigue ahí. Su rostro, esa sonrisa que me decía que sabía exactamente lo que estaba haciendo. Su maldita pregunta: "¿Alguna vez has deseado algo tan fuerte que te consuma?" No puedo más, vuelvo a la silla que tengo cerca, no quiero desmallarme. —¡Maldita sea! —grito, tirando la cabeza hacia adelante de nuevo, mirando al suelo. No sé si estoy más enojada conmigo misma o con él. El sonido de la puerta de mi oficina abriéndose abruptamente me saca de mi trance. Escucho los pasos familiares de mi mejor amiga. —¡Emily! —El grito agudo de Michaela resuena a través del espacio vacío. Suelto un largo suspiro y dejo la copa de vino en la mesita de vidrio junto a mí, cruzando las piernas con cierta elegancia forzada. Esto es lo último que necesito ahora. Pero ella no me va a dejar en paz hasta que le cuente lo que ha pasado. —¡Aquí estoy! —grito de vuelta, alzando la voz. Michaela aparece en la terraza, su rostro es una mezcla de confusión y preocupación. Siempre ha tenido esa habilidad de saber cuándo algo anda mal conmigo, y por la expresión que tiene, sabe que esto es grave. —Tania me llamó, sí, tu secretaría y por favor, no se te ocurra despedirla —empieza, sin preámbulos, señalando hacia el interior de mi oficina—. Me dijo que cancelaste todas tus citas. ¿Emily, qué demonios está pasando? ¡Tú nunca cancelas nada! Me río de forma amarga. Es cierto. Me he sumergido tanto en mi trabajo que, hasta ahora, había logrado construir una sólida reputación. Siempre era "Emily, la que nunca falla". Bueno, parece que esa Emily se fue al carajo hoy. —Vamos, sírvete un trago —le digo mientras me levanto de la silla y me paso una mano por el cabello—. Lo que te voy a contar está fuera de lugar. Ni siquiera yo lo puedo creer. Michaela frunce el ceño, visiblemente asustada ahora. Nunca me había visto así. Se apresura a servirse un poco de vino y se sienta frente a mí, tamborileando nerviosa con los dedos sobre el brazo de la silla. —Dime ya qué pasó —dijo en tono de voz casi suplicante—. ¿Qué te hizo cancelar todo el día? Porque esto no es normal. Respiro hondo. Ni siquiera sé por dónde empezar. Empiezo a caminar de un lado a otro, sintiendo la energía eléctrica en cada centímetro de mi cuerpo. No es solo el vino lo que me tiene así. Es él. —Un hombre... —empiezo, arrastrando las palabras, sin saber cómo seguir—. Guapo. Sexy. Radiante. Dominante. ¡Con carácter, Michaela! ¡Olvídalo! Me detengo en seco, jalando de mi cabello con ambas manos. ¡Su maldita mirada ardía de deseo, de dominación! Había algo en él que no solo me intimidaba, me atrapaba. Me dejaba sin control, y eso es lo que más me asusta. Yo no pierdo el control. —Ese maldito —prosigo, con los ojos clavados en el suelo— me tuvo en sus manos. No sé cómo ni cuándo, pero en algún punto de nuestra conversación, él tomó el control. ¿Cómo se lo permití? Michaela me mira boquiabierta, con el vaso a medio camino de sus labios. Ella siempre ha visto cómo manejo a mis pacientes, cómo mantengo la compostura. Pero hoy... hoy fue diferente. —Te juro que es la primera vez que me pasa algo así —digo con la voz entrecortada—. Yo... yo me sentí la paciente. ¡Dios mío! ¡Sentía que él me estaba analizando a mí! Ella deja el vaso sobre la mesa y se incorpora, visiblemente alarmada. —¿Tu paciente? —pregunta incrédula—. ¿Estás diciendo que todo esto te lo hizo un paciente? —¡Sí! —grito, alzando las manos al aire en un gesto de desesperación—. ¡Un paciente que entró por esa puerta y de repente tomó el control de todo! Estoy perdiendo la cabeza, Michaela. No puedo volver a verlo. —¡Emily! —exclama Michaela, completamente atónita—. ¿Quién es ese hombre? ¡¿Qué te hizo exactamente?! —¡Nada! —grito, frustrada—. No hizo nada. Y al mismo tiempo, hizo todo. ¡Me tuvo bajo su control, Michaela! Todo el tiempo que estuvo en mi oficina, lo único que pude pensar fue en... en... Me detengo en seco, las palabras atascadas en mi garganta. No puedo decirlo. No puedo admitir que, por primera vez en años, alguien me hizo sentir... de esa manera. Como si de repente todo en mí estuviera ardiendo. —Emily... —susurra Michaela, acercándose a mí lentamente, sus ojos cargados de preocupación—. ¿Qué estás diciendo? Me río, una risa nerviosa que no hace más que reflejar lo perdida que me siento. —Estoy diciendo que necesito sexo —solté de repente, y la risa de Michaela fue tan fuerte que casi derrama su vino. —¡¿Qué?! —grita, sin poder contener la carcajada—. ¿Estás diciendo que tu abstinencia te está volviendo loca? —¡Sí! —respondo, levantando las manos al aire en gesto de derrota—. Eso debe ser, ¿no? Llevo cinco malditos años sin tocar a un hombre. Tal vez eso es lo que me pasa. Tal vez simplemente necesito... ya sabes… No sé lo que sucede con los juguetitos, ellos me dan mucho placer, pero lo de hoy… Michaela sigue riendo, sacudiendo la cabeza en un gesto incrédulo. —¿Sexo? —pregunta, alzando una ceja—. ¿Emily, la reina del autocontrol, está perdiendo la cabeza por un paciente porque necesita un buen polvo? —No te rías —le digo, aunque yo misma no puedo evitar soltar una pequeña risa nerviosa—. Esto es serio. ¡Casi me lanzo a sus brazos en medio de la sesión! No sé qué demonios me pasa. —Ay, amiga... —Michaela se limpia una lágrima de risa de la esquina del ojo—. Esto es demasiado. Pero en serio, ¿quién es este tipo? ¿Qué te dijo para hacerte reaccionar así? Cierro los ojos, intentando bloquear su imagen, pero ahí está, más claro que nunca. Su voz, su mirada... la manera en que parecía saber exactamente lo que me estaba pasando. —Es un paciente nuevo —respondo, abriendo los ojos lentamente—. Su nombre es Jack. Jack Thyne. Y, Michaela... no es solo guapo. Es... él sabe lo que hace. Cada palabra que decía estaba cargada de... de algo. Como si me estuviera desafiando. Y lo peor es que... Me detengo, sin saber si debo continuar. Pero Michaela me mira expectante, y no puedo dejar de hablar. —Lo peor es que me gustó —digo finalmente, sintiendo el peso de las palabras. Michaela deja su copa de vino y me mira fijamente, con una mezcla de sorpresa y preocupación. —¿Te gustó? —repite, como si no pudiera creerlo.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD