Estoy en la entrada de la casa en donde viví toda mi infancia y aunque sé que necesito hacer esto para seguir con mi vida, siento como un enorme nudo en la garganta se apodera de mi e interrumpe mi respiración. Angeline me llamó hace unas horas para informarme que papá ya fue dado de alta y estaba en casa, por lo que aquí estaba yo, esperando armarme de valentía para poder tocar a la puerta y enfrentar a mí padre. —Vamos, yo puedo —susurro en voz baja dándome ánimo y luego tomo una enorme respiración para tocar la puerta con mis nudillos. Espero unos minutos, que parecen una eternidad, hasta que por fin mi madre aparece al otro lado de la puerta. Sus ojos parecen no creer lo que ve, pero de igual forma se hace a un lado para dejarme entrar. —Hola, hija. No pensé que vendrías —murmura

