Subimos a la moto, aceleré hasta que dejamos atrás el extraño encuentro. Bajé el escudo y sentí la tristeza de su alma. La carretera estaba llena de nieve, disminuí la velocidad. Al entrar a Salem llovía, quería regresar, mi intención real era saber si él aún vivía en la casa. Todo permanecía igual, salvo el jardín de la abuela que por primera vez lucía muerto. La de él no presentaba cambio alguno. Mi pecho se estremeció, no seas masoquista, ¿para qué querías verlo?, tal vez con hijos, no lo aguantaré. Bajamos de la moto. —Yelena. —Está lloviendo, esperemos a que escampe, además sé que tú quieres descansar, déjame ver el golpe. —Sabes que estoy curada. —cubrí la casa con mi escudo. —Necesito hablar contigo, por ahora descansa y llora. —Lo odio, lo odio, ¡LO ODIO! Dos años soñando con

