Cap 6. No te dejaré sola

3243 Words
Aquella tarde salimos las tres a dar un paseo y al parque como cada viernes por la tarde. Les conté que Checo había sido admitido en la academia militar y que definitivamente dejaría el instituto y no nos volveríamos a ver. Sabían que ese era el motivo de mi tristeza e intentaron animarme diciendo que él volvería cuando le diesen permiso y que nos veríamos esos días igual que le veíamos casi todos los fines de semana con sus amigos cuando salíamos a pasear. Además Bea ya se iba haciendo a la idea de que en cuanto yo cumpliese los 16, que era la última de las tres en cumplirlos, empezaríamos a salir a bailar los fines de semana y eso significaba más posibilidades de encontrarse con ellos que eran mayores y salían de fiesta casi todas las semanas… me hacía mucha gracia los planes que mi amiga tenía, ya estaba pensando en empezar a quedar para elegir modelitos de ropa que combinasen para las tres, maquillarnos juntas y cosas de esas, pero a mí aún me quedaban seis meses para cumplir los 16. Ella decía que eran seis meses para organizar armarios y aprender a maquillarse. Se fueron pasando las semanas. En el instituto todo seguía igual, Checo volvía a ser como antes, ya no estaba tan serio y seguía ayudándome en gimnasia, este año había tocado fútbol como deporte y hasta conseguí aprender a regatear unos pocos metros con el balón en los pies. En clase era otra cosa, seguían metiéndose mucho conmigo y yo seguía sin llevarlo bien. Maite y Lisa estaban cada vez más distantes conmigo y no sabía por qué, pero tampoco les reclamé nada… su indiferencia respecto a lo que los demás hacían conmigo me hacía pensar que nunca llegamos a conectar del todo ni a ser amigas, con un poco de suerte el curso siguiente al mezclar las clases tendría mejores compañeros. Un día, nos dijeron que el profesor de la penúltima hora no estaba y tendríamos libre pero que teníamos que quedarnos en la clase porque a última hora tocaba tutoría. Algunos compañeros salieron al patio sin hacer caso, pero otros nos quedamos en clase. Checo fue de los que salieron del edificio. Maite y Lisa se fueron al aseo y yo me quedé tranquilamente en mi mesa, junto a la ventana, haciendo parte de los deberes que nos habían puesto y mirando hacia el patio, era casi verano, el sol y el verdor de los árboles hacía que hasta el patio del colegio pareciese un lugar precioso. De repente, empezaron a lloverme bolas de papel de todos los tamaños, capuchones de bolígrafos, tizas de la pizarra…, me decían groserías, insultos y se reían de mí. No podía aguantar más… metí todo deprisa en mi mochila e intentando que no saliese ni una lágrima me fui de clase. Corrí por el pasillo. Las clases de los pequeños estaban vacías porque ya era su hora de comer, no quería irme del todo ya que después teníamos tutoría y no me gustaba faltar a ninguna clase, así que busqué un pequeño rinconcito que conocía fuera del pasillo común, y ahí me refugié, estaba casi segura de que nadie me encontraría ahí y tenía más de media hora antes de la tutoría para calmarme, aunque lo primero que hice fue sentarme en el rincón apartado, abrazar mis rodillas y esconder la cabeza en ellas mientras lloraba intentando soltar la vergüenza, la rabia, la desilusión y el miedo que sentía por dentro. Oí un carraspeo y contuve la respiración un poco para intentar dejar de llorar, pero no levanté la cabeza. No quería ver quién era. Noté que se sentó a mi lado y puso una mano en mi hombro. No dijo nada pero sabía que tenía que levantar la cabeza y ver quién era. Levanté la cabeza despacio y ahí estaba la directora del colegio, sentada a mi lado, mirándome con cara de preocupación. -          ¿Qué es lo que pasa? – dijo muy seria pero a la vez amable y preocupada. Sólo negué con la cabeza y volví a agacharla entre mis rodillas. Ella con un par de dedos apoyados en mi frente intentó hacerme levantar de nuevo la cabeza y no me quedó más remedio que hacerlo. No quería hablar con nadie, no quería contárselo a nadie… y menos a ella. Eso podría tener repercusiones en clase y yo no quería que fuese a peor. Insistió tanto que tuve que contarle lo que pasaba, aunque no di nombres ni dije quiénes eran los que se metían conmigo porque en general era toda la clase, aunque había unos cuantos que lo hacían más y que recordaba que habían sido ellos los que empezaron hacía ya muchos meses aquella odiosa tortura. Ella insistía en que se lo contase porque era la única forma de poderlo solucionar, pero no quise decirle nada. Me llevó a la sala de profesores donde estaba José, mi tutor de clase, y me hizo sentarme a la mesa con ellos dos. Por lo visto José ya se había dado cuenta de que algo iba mal, pero necesitaba que fuese yo quien se lo contase. Yo no quería contarlo, nadie lo sabía, ni siquiera mis amigas… pero ahí sentados los tres tuve que hacerlo. José me dijo los nombres de algunos compañeros de clase que él creía que eran los cabecillas de todo, fui asintiendo a los que yo creía que eran… y de pronto dijo el nombre de Checo, ¿qué? ¿pensaba que él tenía algo que ver? Era imposible, él nunca estaba cuando pasaban esas cosas… y ahí me di cuenta… -          No, Checo nunca se ha metido conmigo. De hecho… creo que nunca está delante cuando pasa. – Dije mientras limpiaba mis ojos una vez más. La hora de tutoría empezaba en 5 minutos. José y la directora me pidieron que fuese a clase e intentase estar tranquila. Así lo hice. Cuando llegué a clase aún había mucho alboroto, me fui hacia mi sitio, Maite y Lisa estaban en sus sitios y me preguntaron si estaba bien, sólo asentí con la cabeza y volví a sentarme para mirar por la ventana. José entró en clase charlando con Pepe y Checo, Pepe se quedó en las filas de atrás y José y Checo siguieron hacia sus respectivas mesas. Checo se volvió con intenciones de coger algo de mi mesa, pero no había sacado nada de la mochila, así que me miró durante un segundo sin decir nada y se quedó sentado de lado en su pupitre, con un brazo apoyado en su mesa y el otro en la mía. José nos contó algunas cosas internas del colegio, algunas quejas que había respecto a los cursos mayores y la utilización del patio y del gimnasio, y en menos de 15 minutos de tutoría nos dijo que podíamos irnos a casa… todos empezaron a recoger deprisa sus cosas, pero José alzó la voz para decirle a los cuatro compañeros que había nombrado en la sala de profesores que ellos debían quedarse. Yo ya tenía mis cosas en la mochila, y por primera vez salí de las primeras de clase. En vez de salir por la puerta que daba al patio y que estaba más cerca de clase para cruzarlo y salir a la calle, me fui por el pasillo central que llevaba a las clases de los pequeños, saldría por la puerta principal del edificio, así me cruzaría con menos personas. Logré salir del edificio y crucé la calle para ir por la otra acera hacia mi casa, no iba a esperar a Bea y a Lidia porque ellas hasta las 15h no saldrían. De repente oí que alguien me llamaba: -          ¡¡Desi!! ¡¡Desi!! ¡¡Espera…!! No hice caso. Podría reconocer esa voz con los ojos cerrados, pero no quería hablar con nadie, ni siquiera con él. Al cruzar en la esquina del paseo, le vi que hablaba con unos amigos suyos, no podía distinguir quiénes eran, pero después salió corriendo en mi dirección. Me alcanzó en la siguiente manzana. “¿Por qué me sigue? ¿qué quiere? No tengo ganas de hablar con nadie…” pensé. Me agarró del brazo para hacer que me girase a mirarle. -          ¿Qué ha pasado Desi? Nunca sales tan rápido de clase – dijo. Yo solo agaché la mirada y negué con la cabeza. Noté que mis ojos volvían a llenarse de lágrimas y las limpié con mis manos. -          Nada. Quiero llegar pronto a casa – dije un poco seca. -          José me ha dicho antes de tutoría que te apoye en clase, que no salga en los cambios de clase y que te eche un vistazo disimuladamente. Estaba preocupado, se notaba en su tono ¿por qué el tutor le diría eso? Me encogí de hombros y suspiré. -          No tienes que hacerlo. Haz como siempre. Me puedo apañar… ya está acabando el curso. -          ¿Qué es lo que está pasando, Desi? – preguntó un poco nervioso. – Somos amigos. Sabes que puedes contar conmigo. -          No, no puedo – dije un poco cortante. Suspiré y relajé el tono de mi voz, él no tenía la culpa de lo que me pasaba. – Lo siento. Es que… tú te vas a ir del instituto y yo me quedo, así que tengo que aprender a llevar estas cosas sin un que me proteja. Tengo que salir adelante y hacerme mayor para que todos dejen de pensar que soy pequeña y débil. -          ¿Así que me ves como un ? – preguntó curioso, y con una sonrisa en su cara que no supe descifrar. -          No… yo… no… no quise decir eso. – Me tapé la cara con una mano. – Es solo que no necesito que me salven y me protejan. -          Ya… pero sigues sin decirme qué es lo que está pasando – dijo mientras se sentaba en las escaleras del portal de un edificio. Dio unos golpecitos con su mano en el escalón a su lado para que me sentase. – Hemos salido pronto… ¿te quedas un rato y me cuentas antes de ir a casa? Me senté a su lado pero no dije nada. -          ¿Y…? – preguntó él intentando tirarme de la lengua para que hablase. No sabía ni qué contarle… -          Ha sido en la hora libre – gaché la cabeza para continuar. – Los de clase han empezado a meterse conmigo otra vez, he recogido y me he ido corriendo. -          ¿Cómo que otra vez? – dijo un poco enfadado. Suspiré y continué ignorando su pregunta. -          No quería faltar a tutoría así que me quedé en el rincón del almacén que hay en el pasillo de los pequeños, pero Paloma me encontró llorando. – Tapé mi cara con las manos porque me daba vergüenza confesarlo. – Me llevó a la sala de profesores con José y tuve que contarles lo que había pasado. -          Ya… pero ¿qué es eso de otra vez? ¿cuánto tiempo llevas así? – volvió a preguntar. -          No sé – me encogí de hombros… – Hace mucho. Al principio lo tomé como una tontería… pero cada vez fue a más. -          Pero… yo no he visto nada… – dijo un poco afligido. -          Hablando con Paloma y José me he dado cuenta de que nunca estabas en clase cuando pasaba… – le dije sin mirarle. Tampoco quise decirle que me habían preguntado si él estaba implicado. – De todas formas, no importa Checo, de verdad, tengo que aprender a superar esto. -          ¿Qué te hacen? ¿Qué te dicen? ¿Quiénes son? – preguntó tan rápido que apenas pude asimilarlo pero se notaba preocupado y algo enfadado. -          Ya no importa, de verdad – miré mi reloj, quería llegar a casa pronto. – No quiero hablar más de esto – me puse de pie y sacudí mis pantalones porque el escalón estaba un poco sucio. Al día siguiente no había clase por ser festivo y después era fin de semana, así que tenía tres días para recomponerme antes de empezar otra semana de clases. Di un paso en dirección hacia mi calle. -          Nos vemos la semana que viene, ¿vale? – le dije intentando sonreír. Él también se levantó. -          Hasta luego Desi – dijo levantando su mano como despedida. – No te dejaré sola – dijo un poco más alto mientras yo me alejaba, me giré al oírle y me sonrió. Sonó como una promesa, pero no le di importancia porque sabía que él no estaría para cumplirla el curso siguiente. Me quedaban cinco minutos hasta casa, sola y bajo el sol del mediodía… con suerte el calor que hacía me haría sudar un poco subiendo la cuesta hacia mi casa y camuflaría la mala cara que llevaba. Al llegar a casa mamá no se dio cuenta y como quedaba un rato para las 15h María aún no había llegado, así que aproveché a descansar un rato en mi habitación hasta la hora de comer. No había visto a Bea y a Lidia después de clase, seguro que alguien les diría que salimos antes de tutoría y ellas saben que no me quedo sola esperándoles. Cuando acabamos de comer me fui a hacer deberes… había tres días libres, pero cuanto antes los hiciese mejor, además había que estudiar para los exámenes finales, no podía perder el tiempo aunque pese a lo mal que lo pasaba en clase mis notas no se habían resentido, me refugiaba en estudiar, los libros no se metían con nadie y yo sonreía cada vez que esa frase venía a mi cabeza. De pronto sonó el teléfono y mamá gritó por el pasillo que era para mí. -          Seguro que es alguna de las trillizas – dijo María desde el sofá refiriéndose a Bea y a Lidia. Siempre nos llamaba las trillizas porque andábamos juntas todo el tiempo. Al llegar a la puerta de la cocina donde estaba el teléfono mamá sonrió y me lo dio pero no dijo nada. -          Hola, ¿quién es? – pregunté, vi que mamá volvía a sonreír y se giraba para continuar con sus cosas. -          ¿Desi? Soy Checo. Uppss eso no me lo esperaba… -          Hola… – no sabía qué decir – no esperaba que fueses tú. -          Bueno, es una tontería – dijo riéndose – pero estabas mal y como a veces vais al campo de fútbol pues… quería decirte que he quedado esta tarde con Roberto y otros del equipo para echar un partido amistoso porque este fin de semana no hay liga. -          Ajam… – acerté a decir. Escuché cómo se reía un poco. -          Por si queréis ir, vamos a estar allí. -          Bueno, no sé…, como hemos salido pronto no he hablado con las chicas para quedar – dije abriendo los ojos como platos. Mamá se reía bajito, pero la oí. -          Díselo… si os apetece, allí estaremos – oí llorar a un niño, supuse que era su sobrino. – Tengo que colgar que Aarón llora. Nos vemos luego ¡Adiós! -          ¡Vale! ¡Adiós! – dije, y colgué el teléfono. Me fui corriendo hacia donde estaba mi madre. – Mamá puedo llamar a Lidia. -          Claro cariño, pero desde la cocina y así me entero – me guiñó un ojo. Llamé a Lidia y le conté lo del partido… no le dije que Checo me había llamado a casa, sólo que me lo había dicho. Seguramente entendería que me lo dijo en clase, aunque Roberto era su hermano y yo no sabía realmente cuando habían hablado ellos para quedar… a Lidia le encantó la idea de ir, quedamos a las 18h y dijo que ella llamaba a Bea. De repente toda la tristeza y enfado que tenía por el día en el instituto habían desaparecido. Era un momento nuevo, y el chico más guapo del instituto me había llamado a casa para que fuese al parque con mis amigas a ver cómo jugaba al fútbol con sus amigos… estaba feliz, me fui hacia mamá y le di un beso. -          No le digas a María… yo sólo he quedado con Lidia y Bea, por favor, mamá… – supliqué y ella asintió. La tarde fue normal, como la de cualquier otro día que hubiésemos quedado para ir al parque. Nosotras comíamos chucherías y hablábamos tiradas en el césped que rodeaba al campo de fútbol mientras mirábamos cómo ellos jugaban. Había chicos del equipo y otros que no eran del equipo, pero eran suficientes para jugar once contra once. Aquella tarde nos reímos mucho a veces Roberto se acercaba a hablar un rato con nosotras y Checo nos dedicó un gol. Quizás me lo dedicó solo a mí… no, fue a todas, prefería pensar eso. Bea tenía que irse pronto porque sus padres querían ir al pueblo ese fin de semana, así que pasaron a buscarla sobre las 19h, pero Lidia y yo nos quedamos un rato más. Los chicos terminaron su partido y Roberto vino a tumbarse con nosotras en la hierba y a robarnos chucherías. Al rato Checo se acercó y me llamó desde la valla del campo. -          ¿Estás mejor? – me preguntó cuando me acerqué a él. -          Sí, salir con mis amigas y ver fútbol siempre me anima. -          Lo sabía – dijo apretando un poco mi mano apoyada en la barandilla. – Tengo que irme, he quedado para salir. -          Diviértete – dije sonriendo – nos vemos en clase el lunes. -          Me encanta verte sonreír , no quiero verte como esta mañana – me guiñó un ojo y se fue corriendo a recoger su mochila. Volví con Lidia y Roberto y les dije: -          Chicos, se hace tarde, tengo que volver a casa. -          Venga, os acompaño, que yo también voy para casa – dijo Roberto. El hermano de Lidia era genial. Nos reíamos mucho con él. Era protector con nosotras pero a la vez era un buen amigo de todas, nos había visto crecer y nos conocía demasiado bien. Siempre nos escuchaba y nos daba opiniones sobre lo que nos pasaba o cualquier cosa que le preguntásemos, y sobre todo... guardaba nuestros secretos. Era como un hermano mayor, el mejor hermano mayor. Los días y las semanas fueron pasando. Llegaron los exámenes de final de curso, y después la entrega de notas y las ansiadas vacaciones de verano. Esas últimas semanas del curso fueron más tranquilas en clase, después de hablar con la directora y el tutor, los cuatro cabecillas de mis pesadillas durante el curso fueron expulsados del colegio durante dos semanas. Yo tenía miedo de que al incorporarse de nuevo volviesen a hacerme la vida imposible, pero por suerte ni siquiera me dirigieron la palabra, ni se acercaban donde yo estaba. No sabía qué pensar… en mi interior estaba siempre un poco alerta pensando que en cualquier momento todo volvería a suceder, pero según fueron pasando las semanas sin que pasase nada, me fui relajando.
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