Aquel verano de 1998 pasó volando. María y yo íbamos algunas semanas al pueblo a casa de los abuelos y otras semanas las pasábamos en Madrid. Cuando estaba en Madrid quedaba casi todos los días con Bea y Lidia. Nos encantaba estar juntas en verano, ir a la piscina, pasar mañanas y tardes enteras tiradas en el parque hablando de chicos y otras cosas de adolescentes, etc… Bea seguía enseñándonos a Lidia y a mí a maquillarnos, y podíamos pasar horas y horas con los estuches de pinturas maquillándonos unas a otras.
Casi todos los días veíamos a los chicos del instituto por la calle. Empezaron a saludarnos cuando nos cruzábamos, no solo Checo o Pepe, sino que los demás también nos saludaban. Me di cuenta de que se sabían mi nombre porque algunas veces los oímos hablar. Fuimos averiguando donde vivían algunos de ellos… no les seguíamos por la calle, no éramos acosadoras, pero resultó que un par de los amigos de Checo vivían muy cerca de mi casa y a veces los veía incluso cuando iba a la compra con mamá, incluso uno de ellos resultó ser hijo de un viejo amigo de mi padre de cuando iban al colegio.
De todas formas, aunque nos encontrásemos por la calle y nos saludásemos, nunca llegamos a mezclar los grupos o a quedar juntos, así que aparte de saludos no volví a hablar con Checo. Me entristecía pensar que no volvería a estar en clase con él, ya no me quitaría mi estuche de rotuladores, ya no me ayudaría en gimnasia, ya no me pediría ayuda con las clases y no pasaríamos ratitos estudiando juntos, a solas, sin nadie más.
Al final de agosto un día estábamos Lidia y yo en el parque viendo a su hermano jugar fútbol con sus amigos. Acabaron el partido, Checo nos saludó de lejos con la mano, pero no se acercó a nosotras. Vimos a los chicos agruparse todos muy juntos y armar jaleo, se estaban divirtiendo y haciendo gamberradas entre ellos. Nosotras seguimos con nuestra partida de cartas. Al cabo de un rato Roberto vino a tirarse en el césped a nuestro lado, después de meterse con nosotras, gastarnos bromas y robarnos chucherías, sacó un papel doblado y me lo dio.
- ¿Qué es esto? – le dije sin parar de reír por la última broma que le había hecho a su hermana.
- No sé, léelo a ver – dijo con una sonrisa pícara. Vio mi cara de extrañeza y añadió – es de Checo.
Pufff… me puse nerviosa y me empezó a temblar el pulso.
- Jajaja – se rio Roberto. – Estás loca por él ¿no?
- ¡Qué dices! Estás loco – dije… aunque no me debió creer, yo misma noté que me puse roja como un tomate. – Ha sido mi compañero de clase dos años, nada más.
- Jajaja – él seguía riéndose. – Claro, por eso te manda notas… ¿vas a leerla o qué?
La abrí y la leí en silencio. No merecía la pena esperar, conociendo a Roberto, me la hubiese quitado de las manos y la hubiese leído él mismo en voz alta.
“Desi, me voy en cuatro días a la Academia Militar, pero recuerda que no te dejaré sola. Checo”
Era lo único que ponía en la nota. Otra vez esa especie de promesa que era imposible cumplir. Después de haberla leído un par de veces la doble y fui a guardarla en el bolsillo de mi pantalón, pero Roberto me la quitó de las manos y se la enseñó a su hermana para leerla juntos.
- No le gustan las despedidas – dijo serio.
- Lo sé – contesté bajando la mirada y jugando con la hierba del parque. – Me gustaría que no se fuese, pero tenemos objetivos distintos, yo quiero seguir estudiando y él ha decidido alistarse en el ejército. Supongo que nos veremos cuando tenga permiso para volver a Madrid, con eso me conformo.
- ¡Madre mía! Me había olvidado de lo que son los 15 años, jajaja. – A Roberto le encantaba meterse con nosotras y en este caso lo hacía conmigo, aunque sabía que lo hacía para sacarme alguna sonrisa y hacer más liviano el momento.
Bien pues esa fue la despedida que tuve con Checo. No hubo palabras dichas, no hubo un abrazo, ni un beso como a mí me hubiese gustado, sólo hubo una nota. Una nota con su letra desastrosa que costaba leer, pero escrita con cariño. O eso quería pensar yo. Cuando llegué a casa guardé la nota en un joyero con llave que me regaló hace unos años mamá. No tenía joyas, sino cosas que consideraba especiales, una foto con Bea y Lidia, otra con mamá, papá y María, una pulsera de hilo que me hizo María cuando éramos pequeñas y un colgante que teníamos igual Bea, Lidia y yo, el verano anterior se me había roto la cadena en la que lo llevaba y por eso lo guardé ahí. Ahora además guardaba en esa cajita las dos notas que me había escrito Checo aquel curso, escribí la fecha de cuando me las había dado en una esquinita para siempre recordar esos momentos. En el fondo sabía que nunca habría nada más entre nosotros, habíamos sido compañeros de clase dos años, me atrevería a decir que incluso fuimos amigos, mi primer amigo chico (además del hermano de Lidia), el primer chico que me gustaba, el chico que me encantaría que me diese mi primer beso…
Los días iban pasando y se acercaba el principio del nuevo curso. Tercer curso del instituto. Nos separarían según la elección entre ciencias y letras, por suerte Bea, Lidia y yo teníamos claro que las tres queríamos ciencias… era posible que esta vez nos tocase juntas en clase, aunque había dos clases de ciencias y una sola de letras, pero yo no perdía la esperanza.
Mamá, María y yo tuvimos que ir de compras antes de que empezase el curso, mi cuerpo por fin empezaba a cambiar, perdí algo de peso y me iba creciendo el pecho, así que mi figura se estilizó un poco y se iban formando mis curvas. La ropa del curso pasado no me quedaba bien. Además en menos de dos meses cumpliría los 16 años y María seguía manteniendo la promesa de que nos llevaría a mis amigas y a mí a una discoteca, eso también me emocionaba, con lo rancia que era mi hermana para que nos viesen juntas en el instituto me encantaba que ahora quisiese ser hermana mayor y enseñarme la parte divertida, ella ya había terminado el instituto y este curso empezaba la universidad pero le encantaba salir a bailar con sus amigas y ahora que yo también iba a poder salir a bailar me hacía mucha ilusión hacerlo con ella y divertirnos juntas.
Llegó el inicio del curso. De nuevo estaba nerviosa aunque fuese ya el tercer año. Elegí ciencias porque tenía claro cómo me veía en el futuro: bata blanca, gafas de protección, microscopios y un montón de cacharritos de laboratorio a mi alrededor. Un par de días antes de empezar el curso habíamos ido a ver las listas de clase, Bea y yo estábamos juntas, y Lidia estaba en la otra clase de ciencias. Me fijé que había algunos amigos de Checo en mi clase, también estaba Luis que había sido mi compañero de equipo en gimnasia junto con Checo, pero al que no vi en ninguna lista fue a Pepe ¿también había dejado el instituto? No tenía tanta relación con él como con Checo, pero me caía bien.
Al llegar a clase el primer día Bea y yo nos fuimos directas a primera fila, justo en frente de la mesa del profesor. A Bea no le gustaba la primera fila pero sabía que yo necesitaba estar ahí para ver mejor la pizarra. En aquella aula, la mesa del profesor no estaba en un lado con ventanas sino en pared lisa, las ventanas quedaban al otro lado de la clase, echaría de menos eso. Bea se sentó justo al lado de la pared y yo en la mesa del medio. Llegó una chica que no había visto nunca, supuse que sería nueva en el colegio, y me preguntó si estaba libre la mesa que había a mi izquierda. Asentí sonriendo y ella se sentó ahí.
- Me llamo Lucía – dijo sonriendo, firme pero creo que a la vez un poco tímida.
- ¡Hola! Yo soy Desi – dije sonriendo, hablar con chicas era más fácil que hablar con chicos, eché la cabeza un poco hacia atrás y señalé a mi amiga – y ella es Bea.
- ¡Beíta! – gritó un chico que había llegado justo a las mesas que estaban detrás de nosotras. Le tiró del pelo a Bea de forma juguetona, ella se volvió y le dio un golpe en el brazo.
Era Borja, uno de los amigos de Checo que el curso anterior estaba en clase con Bea y Lidia. Se sentó justo detrás de Bea, a su lado se sentó Miguel otro chico de su grupo, y detrás de Lucía se sentó Luis. Vaya tres se nos habían colocado detrás, no creía que nos fuésemos a aburrir en clase, Borja era muy gracioso, siempre estaba riendo, haciendo bromas, contando chistes y era muy fácil de tratar, le conocía porque era uno de los mejores amigos de Checo, los cursos anteriores muchas veces venía entre clase y clase a hablar con él. Miguel era muy reservado, según Bea hablaba muy poco porque era muy tímido y se sonrojaba muchísimas veces. Y Luis pues era un muchacho normal, agradable, pasaba desapercibido excepto en clase de gimnasia que era muy bueno en cualquier deporte aunque su preferido era el baloncesto. Sin duda, estaba casi segura de que Borja revolucionaría nuestras clases.
Este curso prometía y yo me sentía genial por tener a Bea en clase conmigo. Nos tocó como tutora Emma, la profesora de inglés, y la verdad… era un poco rara.
Los días fueron pasando y todo iba genial en clase. Lucía era una chica muy divertida y en seguida Bea y yo hicimos buenas migas con ella, se la presentamos a Lidia en un descanso y a ella también le cayó bien. Pasamos rápidamente de ser siempre tres para ser cuatro amigas.
Llegó octubre y con él mi cumpleaños. 19 de octubre de 1998, mi decimosexto cumpleaños. María me despertó subiéndose encima de mi cama. Era lunes y ella parecía más emocionada que yo por mi cumpleaños. Cuando conseguí abrir los ojos se puso como histérica a darme besos y me dio un paquete envuelto para regalo.
- ¡Ábrelo, rápido! – dijo emocionada mientras juntaba sus manos y las apoyaba en su boca mirándome con impaciencia.
- Ya voy… dame un momento que me acabo de despertar – dije mientras buscaba donde estaba pegado el papel de envolver para abrir el paquete.
Mamá vino corriendo, estaba ya casi lista para irse a trabajar pero quería verme abrir el regalo. Cuando deshice todo el paquete lo vi, era un top blanco, sin mangas y con el escote cuadrado, y en el borde del escote tenía un bordado con cristalitos muy pequeños haciendo una línea muy finita.
- ¡Me encanta! – dije abrazándola.
- Lo elegimos mamá y yo, te lo pondrás el sábado para ir a la discoteca con los pantalones vaqueros nuevos – y se marchó a su habitación aplaudiendo por la emoción.
Yo me levanté rápido para prepararme y desayunar antes de ir al instituto. Aún quedaba toda la semana y ya quería ponerme guapa e ir a bailar, pero tocaba esperar unos días.
De camino al instituto les conté a Bea y a Lidia el regalo de mi hermana y en seguida empezamos a planificar modelitos de ropa para ponernos ese sábado, saldríamos nosotras tres con María y dos de sus amigas. Nos iban a llevar a una discoteca donde iba casi toda la gente de nuestro instituto, así que teníamos que ponernos súper guapas. De pronto una idea pasó por mi cabeza ¿irían también los amigos de Checo a esa discoteca? ¿vendría Checo a Madrid ese fin de semana y saldría con sus amigos? Quizás sí… y podría verle. Una sonrisa tonta apareció en mi cara mientras entrábamos en clase.
- Desi, ¡felicidades! – gritó Borja al entrar en clase.
¿Cómo? ¿Por qué sabía que era mi cumpleaños? Miré a Bea:
- ¿Se lo has dicho tú?
Ella se encogió de hombros, después sonrió con un poco de malicia.
- Puede… – dijo volviéndose para sacar sus libros de la mochila.
Y ahí se quedó todo porque entró el profesor de la primera clase.
La semana se hizo eterna… teníamos tantas ganas de salir a bailar por primera vez a una discoteca. Bueno Lidia y Bea habían ido ya alguna vez en sus pueblos, porque ellas cumplieron los 16 unos meses antes, pero era la primera vez que íbamos a salir las tres juntas. El viernes quedamos como siempre a dar una vuelta pero empezó a llover y nos fuimos a casa de Bea. Su madre nos estuvo pintando las uñas a las tres y nos hizo tortitas para merendar mientras veíamos una película. No nos había dado tiempo de ver a nadie por la calle el rato que estuvimos fuera así que ni rastro de Checo ni de sus amigos.
- Desi, ¿crees que Checo estará aquí este finde? – preguntó Bea.
- El finde pasado no vino – dijo Lidia – y el anterior tampoco. Roberto llamó a su casa para ir a jugar un partido con los chicos del equipo y su madre le dijo que no había podido venir.
- Pues no sé… – me invadió un poco la tristeza, quería verle, necesitaba volver a verle, esta vez iba a ser un ambiente completamente distinto y quería que él estuviese aunque fuese de lejos.
- Venga Desi, – dijo Lidia – da igual si está o no, vamos a celebrar tu cumpleaños y nos vamos a divertir mucho. Piensa sólo en la música, en lo que vamos a bailar y en ese top nuevo que te ha regalado María, vas a estar guapísima.
Lidia siempre sabía cómo sacarme una sonrisa. Terminó la película y menos mal que había dejado de llover. Lidia y yo salimos de casa de Bea para ir a nuestras casas y… ahí estaban bajando por nuestra calle Borja, Checo y Juan, éste último vivía a dos portales más arriba de mi casa. Borja y Juan iban pinchando a Checo y los tres se reían a carcajadas. Estaba casi segura de que no nos habían visto porque ellos iban por el medio de la calle y nosotras por la acera, con suerte los coches aparcados nos taparían. Lidia me dio un codazo ¿qué quería?
Dejamos de oír las carcajadas de los chicos, ya casi llegábamos a la misma altura de la calle. Checo levantó la mano para saludarnos, yo sólo sonreí e incliné un poco la cabeza para devolverle el saludo. Noté que me puse roja.
- Desi, ¿no hay fiesta de cumpleaños? – me gritó Borja.
- Nooo – le contesté riéndome.
Habíamos cogido confianza en clase, en la calle era diferente yo no estaba tan cómoda como en clase. Al fin y al cabo, era un compañero de clase pero poco más sabía de él salvo que era el mejor amigo de Checo.
- Mañana vamos a celebrarlo – dijo Lidia mientras andaba de espaldas para mirarlos a ellos.
Estaba riendo y dándome golpecitos en la cintura para que yo también me diese la vuelta. Me giré un poco a mirarlos, ellos estaban parados en el medio de la calle mirando hacia nosotras mientras nos alejábamos. Dijimos adiós con la mano y nos dimos la vuelta para continuar hacia nuestras casas. Lidia echó su brazo sobre mis hombros:
- Amiga… se te caen las bragas cuando le ves, no lo niegues.
En respuesta solo encogí los hombros y sonreí.