Llegó septiembre. Empieza el segundo curso de instituto. Nueva clase, nuevo tutor (ese curso me había tocado José, el profesor de gimnasia, como tutor) pero los mismos compañeros.
Llegué a clase con Maite y Lisa y nos sentamos las tres juntas en la segunda fila. Cuando entró José a la clase llamó a Pepe y a Checo igual que lo había hecho el tutor del primer curso, y les dijo que se sentasen en la primera fila justo delante de nosotras pero separados por una mesa vacía.
- ¿A quién pondrá en esa mesa? – me dijo Lisa que estaba sentada a mi lado.
Me encogí de hombros. Checo se sentó junto a la pared, justo delante de mí, se volvió a mirarme, sonrió y cogió mi estuche para quitarme algunos de mis rotuladores. Sólo le sonreí mientras le daba un golpe en la espalda para que se girase hacia delante a mirar al tutor.
En clase éramos casi los mismos que el curso anterior. Había un par de repetidores más y todos habían hecho lo mismo que nosotras, sentarse junto a sus mejores amigos en clase.
José, además del profesor de gimnasia, era un gran tipo. A todos nos dejó mantener los sitios que habíamos elegido, salvo a Pepe y a Checo que los colocó él en primera fila, pero por lo que se ve ellos ya estaban acostumbrados, era el segundo curso con ellos de compañeros y en los dos les habían sentado en primera fila. Dentro de mi cabeza se esbozó una sonrisa un poco malvada “Vaya fama tienen estos dos entre los profesores” pensé.
Segundo curso del instituto. Pensé que iba a ser más fácil porque ya tenía algunos amigos en clase, pero Lisa y Maite eran más amigas entre ellas de lo que eran conmigo así que aunque nos sentábamos juntas a veces me sentía un poco sola. Durante las clases me daba igual porque yo estaba concentrada en los profesores, los libros y las tareas que íbamos haciendo en clase, pero en los cambios de clase a veces ellas se ponían a hablar entre ellas y yo me sentía un poco desplazada, luego a la hora siguiente volvíamos a ser las tres y se me pasaba, pero eran ratos un poco raros para mí.
Checo también había cambiado un poco, de vez en cuando se daba la vuelta y me molestaba un poco quitándome cosas o haciendo algún chiste o broma, pero ya no hablábamos tanto como el curso anterior, ni había vuelto a pedirme ayuda con ninguna asignatura, bueno algún día me había preguntado alguna duda pero nada para quedarnos un rato solos o para volver a quedar alguna tarde a estudiar juntos. Ya no salía con Rosa, parecía que estaban peleados o que no se hablaban, pero sus grupos seguían saliendo juntos los fines de semana.
Cuando yo salía con mis amigas los viernes o los fines de semana a dar una vuelta y nos los cruzábamos, Checo siempre me saludaba. Éramos todos del mismo instituto así que no tenía nada de extraño que nos saludásemos si nos cruzábamos por la calle. Lo mejor era cuando íbamos a ver entrenar a Roberto, porque allí estaba Checo también y ahí no había muchos chicos del instituto así que si llegábamos con tiempo antes del entrenamiento o nos quedábamos hasta el final los saludos y las miradas que nos dábamos eran más y yo me sentía más contenta por tener esos ratos cerca de él… “¿sabrá él que me gusta? Ufff… espero que no” pensaba muchas veces al verle fuera del instituto, realmente prefería que él no lo supiese porque en el fondo sabía que los chicos como él no se fijaban en chicas como yo.
Las semanas fueron pasando y en clase las cosas se empezaron a poner un poco feas. No supe en qué momento comencé a ser el centro de atención, pero no por algo que hubiese hecho, sino porque casi toda la clase me tomó como objetivo de sus burlas. Cuando había chistes malos o sucios siempre salía el nombre de Desi en ellos. Cuando se retrasaba algún profesor y teníamos más tiempo entre clase y clase, se dedicaban a tirarme bolitas de papel o cualquier cosa que se pudiese tirar sin que me hiciese daño físico. Me hacían sentir fatal. Maite y Lisa a veces intentaban distraerme, pero otras se metían en sus conversaciones privadas y también me daban un poco de lado. Pepe dejó de sentarse en primera fila porque empezó a salir con una chica de clase y se cambió de sitio para sentarse a su lado. Así que en primera fila sólo quedaba Checo que seguía volviéndose sólo a quitarme mis rotuladores, la calculadora o el diccionario de latín. Ya casi ni hablábamos, nuestra comunicación pasaba por miradas, sonrisas y poco más.
Algunos días me sentía fatal en clase sobre todo si se habían metido mucho conmigo ese día, así que me entretenía con cualquier cosa para salir siempre la última de la clase… a veces sólo tenía ganas de hacerme una bola debajo del pupitre y ponerme a llorar, pero no podía hacerlo mientras hubiese gente delante, por eso intentaba siempre quedarme la última. Así intentaba contener al máximo las lágrimas, con suerte eso haría que se me fuesen las ganas de llorar.
Pasaron los meses y en febrero hubo un par de semanas que Checo faltó a algunas clases casi todos los días. Esas semanas fueron extrañas, durante las primeras horas de clase los compañeros se metían conmigo, pero después del recreo ya volvía a ser todo un poco más normal y yo podía estar más tranquila, además esas últimas horas hablaba más con Checo porque me pedía los apuntes y las tareas de las horas a las que no había venido. Quería preguntarle por qué no venía a esas clases pero no habíamos sido tan cercanos este curso y me daba un poco de vergüenza preguntar.
Un día, después de pedirme las tareas de las primeras horas, me dijo que a partir de la semana siguiente ya volvía a venir a todas las clases. Me sentí un poco más valiente, le sonreí y le dije:
- ¿Me vas a contar por qué no has venido a las primeras horas de clase estos días o me vas a dejar con la duda?
- Eres una cotilla ¿lo sabías? – me dijo, y no pude más que reírme y asentir con la cabeza.
Él agachó la cabeza y mirando sus manos dijo:
- Ha estado viniendo gente del Ejército a dar charlas a los de cursos superiores por si alguien se quiere meter al Ejército, me lo dijeron mis amigos y pedí permiso en Dirección para asistir a las charlas. – Hizo una breve pausa y después continuó. – Voy a cumplir 18 en un par de meses y aún no sé qué hacer con mi vida, el Ejército puede ser una opción.
- ¿Vas… vas a dejar el instituto? – fue lo único que salió de mi boca.
Me miró a la cara y no supe qué cara tenía yo, pero sentía que me escocían los ojos y tuve que hacer mi mejor intento para que no se me llenasen los ojos de lágrimas.
- No lo sé. Aún no he decidido nada. Ni siquiera tengo 18 todavía. Pero sabes que los estudios no se me dan bien, y creo que en el Ejército puedo encontrar un sitio para mí. – Noté algo de preocupación en su voz. – De todas formas, aún tengo mucho que pensar – puso una sonrisa un poco forzada cogió mi estuche de rotuladores y se volvió hacia delante.
No dije nada, no sabía qué decir. Aquello me cayó como un jarro de agua fría. El único amigo que tenía estaba pensando dejar el instituto. El chico que me gustaba estaba pensando dejar el instituto y el equipo de futbol (los únicos sitios donde yo podía verle), porque si se iba a la academia militar también tendría que dejar el equipo de fútbol… ufff terminar aquel día de clases se me hizo muy duro.
Siguieron pasando las semanas. Yo seguía siendo la burla de la clase y el objetivo de cualquier cosa que se pudiese tirar. Estaba un poco harta, empezaba a odiar a mis compañeros de clase. Maite y Lisa cada vez me dejaban sola más tiempo así que ya ni siquiera sabía cuándo podía contar con ellas. Checo se fue separando un poco de sus amigos, ya no se entretenía tanto a hablar entre clase y clase y se estaba esforzando en sus estudios.
Había muchos días que salía de clase y en el camino a casa después de dejar a Bea y Lidia en sus casas me echaba a llorar por la presión de las clases. En serio estaba empezando a odiar el instituto, ¿por qué se metían conmigo? ¿por qué se reían de mí? No lo entendía, yo era una chica normal, con pocos amigos, pero no me metía con nadie e intentaba pasar desapercibida… ¿qué era lo que estaba pasando ese curso?
Pero no podía dejar que nadie me viese así. No se lo había contado ni siquiera a Bea y a Lidia, no sabía si Maite y Lisa les habían contado algo, supongo que no porque Bea no se podría haber callado… pero yo no quería sacar el tema. Tampoco se lo había contado a mi hermana o a mi madre, no quería que lo supiesen. Me refugiaría en mis estudios y pronto terminaría el curso, en el tercer curso de instituto nos separaban según la opción que fuésemos a elegir (ciencias o letras) así que con suerte cambiaría de compañeros de clase y todo sería un poco más normal.
Fueron pasando las semanas y llegó el día del cumpleaños de Checo. Este año ya sabía cuándo era y además era importante para él porque cumplía 18. Pero seguíamos sin tener ningún tipo de relación fuera de clase salvo saludarnos si nos veíamos, así que este año tampoco me había invitado a su fiesta, además 18 años significa ser mayor de edad por lo que seguramente lo celebraría yendo a alguna discoteca con sus amigos… a partir de los 16 años ya se podía entrar en algunas discotecas, pero yo aún tenía 15 así que mis amigas y yo no habíamos ido a ninguna todavía, María siempre me decía que cuando cumpliese los 16 nos dejaría salir con ella y sus amigas, al menos las primeras veces, para que conociésemos buenas discotecas donde ir con esa edad.
Checo entró en clase y se sentó solo en su sitio, justo delante de mí, pero no dijo ni hola. Le di golpecitos en el hombro para que se volviese.
- Feliz cumpleaños – le dije con una sonrisa cuando giró su cabeza para mirarme.
Él sólo sonrió, me robó mi estuche de rotuladores como todas las mañanas y se giró hacia delante. En seguida entró el profesor y comenzó la clase.
Cuando se llegó la hora del recreo, antes de salir de clase, Checo se giró y me dijo:
- ¿Lo has visto? – Arrugué mi nariz y le miré extrañada, no sabía de qué hablaba. Entendió mi gesto y me dijo: – Mira dentro del estuche, pero no lo leas hasta el final de la mañana – y se fue con sus amigos.
Estaba muy serio aunque intentaba forzar alguna sonrisa mientras hablaba con unos y con otros.
La mañana se me hizo muy larga. No llegaban nunca las 15:00h para salir de clase… y para leer la nota que Checo había metido dentro de mi estuche.
Miré el reloj por enésima vez durante la última clase, 14:54h… ya casi era hora. La profesora estaba marcando los ejercicios que había que hacer de deberes para la semana siguiente pero ya había gente empezando a recoger sus cosas. Yo guardé todos mis bolígrafos en el estuche y guardé la nota en el bolsillo del pantalón de chándal (odiaba el chándal, pero habíamos tenido clase de gimnasia justo antes). Cuando la profesora recogió sus cosas ya había empezado a salir la gente de clase. Checo se volvió hacia mí, sonrió y dijo en un susurro:
- Te espero.
Al final nos quedamos solos en clase, yendo juntos hacia la puerta. Me miró con algo de ansiedad y se paró justo en medio de la puerta sin dejarme salir. No sé cómo, pero supe qué era lo que quería… rápidamente saqué la nota de mi bolsillo, estaba doblada varias veces y en uno de los lados había escrito “GRACIAS”. Le miré sin comprender, pero se puso serio de nuevo. Abrí la nota y la leí en silencio:
“Tomé una decisión. Hice la solicitud y he pasado las pruebas. En septiembre empiezo en la Academia Militar. No sabía cómo decírtelo, pero tengo que darte las gracias por tu ayuda en clase, aprobar estos dos cursos era necesario para enderezar mi vida. Echaré de menos tus colores. Checo”.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, él estaba justo en frente de mí y no pude evitarlo. Me abrazó y me dijo:
- No llores , por favor… – Soltó su abrazo y me agarró de la cara con sus manos para levantar mi mirada hacia él. – Aún nos quedan un par de meses de clase y tengo que aprobar la última evaluación – dijo – y seguro que nos vemos este verano. – Sonrió y esta vez no parecía una sonrisa forzada, sino tierna.
Yo solo pestañeé rápido para evitar que las lágrimas saliesen de mis ojos.
- Disfruta de tu cumpleaños – dije en un murmullo después de que él se fuese por el pasillo del instituto.
Limpié mis ojos antes de salir de clase y yo también me fui. Lidia y Bea me esperaban al final del pasillo, aún no habían salido del edificio. Me vieron seria y Bea quiso hablar pero yo negué con la cabeza y nos fuimos en silencio para nuestras casas.