Salía casi todos los días con Lidia y Bea, a veces se venían Maite y Lisa, e incluso Ana y Patri que iban a la clase de Lidia y Bea. Juntas pasábamos las tardes de paseo o tiradas en el parque comiendo pipas o gominolas mientras jugábamos a las cartas, hablábamos de chicos o nos contábamos qué íbamos a hacer en vacaciones.
Algunos días íbamos a la piscina municipal a pasar el día, normalmente con mi madre o la madre de Lidia. Llevábamos unos bocadillos, comíamos allí y nos quedábamos hasta que cerraban aunque si venía mi madre con nosotras ella solía irse a casa un poco antes. La piscina estaba muy cerca de casa y nos dejaba volver solas porque al ser verano aún era de día cuando cerraba la piscina.
Cuando quedábamos con Ana y Patri, que vivían en otro barrio cercano, solíamos quedar en la puerta del instituto que era donde estaba la parada más cercana del autobús de su barrio y descubrimos que casi todos los grupos del instituto quedaban allí para juntarse aunque luego se fuesen a otros sitios. El grupo de Pepe y Checo no era una excepción, se juntaban en la acera de enfrente del instituto pero solo los chicos, las chicas solían quedar en otro sitio.
Un día llegamos Bea, Lidia y yo a la puerta del instituto y ahí estaba Lisa esperando, las demás no habían llegado aún. Y en la acera de enfrente estaban Pepe y Checo hablando con un par de chicos que creo que iban un curso por delante de nosotros. Checo me miró y me sonrió, yo le devolví la sonrisa y le saludé tímidamente con la mano para que a nadie le llamase la atención. En respuesta él volvió a sonreír.
Me puse colorada y aparté la mirada pero mientras hablaba con mis amigas, de vez en cuando iba mirando de reojo hacia ellos. Al cabo de unos minutos todas las chicas habían llegado y nos disponíamos a marcharnos. La verdad, yo no me había enterado de casi nada de la conversación, había oído algo del parque, pero estaba en mi mundo mirando de reojo hacia Checo, a veces cruzábamos miradas, otras veces no… cada vez que nuestras miradas se cruzaban notaba como me subían colores pero no podía dejar de mirar, me podía la curiosidad sobre si también miraba o no.
- Eres tonta Desi – me dijo Bea bajito cuando empezamos a andar hacia el paseo. Las dos nos habíamos quedado las últimas del grupo e íbamos andando unos metros por detrás de las demás. – ¿Por qué siempre dices que no te gusta Checo si no puedes dejar de mirarle?
Me quedé con la boca abierta, no era capaz de encontrar las palabras.
- Yo… No… Bueno… No sé. – Conseguí decir y me encogí de hombros.
- ¿Cómo que no sabes? ¿Te gusta o no te gusta? – inquirió ella subiendo un poco la voz.
- Me cae bien. Creo que somos amigos pero… – dije.
- Pero ¿qué? – insistió Bea.
- Está con Rosa – dije levantando las manos en signo de derrota y dejando caer las palabras como si éstas me hiciesen volver a la realidad.
- Vamos a ver Desi, – empezó a decir otra vez Bea – vamos a cumplir 15 años, ¿qué más da si está saliendo con Rosa? No es que se vaya a casar con ella. Además, ahora estamos de vacaciones, se separarán, seguro que cuando empiece el segundo curso ya no están juntos.
- Ay… ¡ya! – dije frotándome los ojos – no quiero hablar de esto – y salí corriendo hacia donde estaban las demás ya en la puerta de la tienda de chucherías pensando qué comprar.
Entramos todas a mogollón para escoger cada una lo que quería ya que no nos poníamos de acuerdo.
Después de comprar las provisiones seguimos andando por el paseo. Por el rumbo que llevábamos parecía que íbamos hacia el campo de fútbol, pero no dije nada por no admitir que no había prestado atención a la conversación de antes.
Cuando llegamos al campo de fútbol había un montón de chicos jugando. Echamos un vistazo y ahí estaba Roberto con algunos de sus compañeros de equipo y otros amigos. Eran vacaciones, así que tampoco había liga ni entrenamientos de fútbol pero ahí seguían ellos, el fútbol era su pasión. Lidia saludó a su hermano desde lejos y nos fuimos al parque que había al lado.
Nos sentamos en la hierba y Patri sacó su revista favorita y ahí estaba en portada el grupo de música que más nos gustaba a Lidia, Patri y a mí. Nos dedicamos toda la tarde a leer cotilleos de cantantes y actores, leer el horóscopo de esa semana para cada una de nosotras y a hacer los test que venían. Para uno de los test había que decir el nombre del chico que nos gustaba. “Oh mierda ¿qué digo?” pensé. Bea estaba sentada a mi lado, me miraba y se reía por lo bajito…
- Manu, mi novio del pueblo – dijo Bea.
- José, un vecino del barrio – dijo Patri.
- A mí no me gusta nadie – dijo Ana.
- Eso no vale, – contestó Bea – di alguien, aunque sea un famoso – se rio mientras le daba en el brazo a Ana.
- Está bien, Ricky Martin – se rio Ana siguiendo el juego.
- Roberto – dijo Maite mirando a Lidia y sonriendo tímidamente.
- ¿Mi hermano? – preguntó Lidia, y Maite asintió un poco vergonzosa. – Está bueno, ¿eh? – dijo Lidia guiñando un ojo. – Pues a mí me gusta Cristian, el de segundo.
Sólo quedábamos Lisa y yo por contestar… nos mirábamos y no decíamos nada ninguna de las dos… al final agaché la cabeza temerosa de quién diría ella.
- A mí me gusta… Ch… Checo – me costó pero al final lo dije.
Todas se quedaron en silencio, solo oí a Lisa respirar como aliviada:
- Pues a mí, Pepe – dijo ella.
A Bea se le había iluminado la cara después de oírme. Parecía hasta contenta.
- Así que ¿lo estás admitiendo Desi? ¿Te gusta Checo? – dijo sonriendo.
- ¡No!, ¿Checo? ¿En serio? – dijo Patri. – Se ha morreado con casi todas las chicas de segundo y… ¡es mayor! – esto último lo dijo con cara de asco.
- Tía, sólo es dos años mayor que nosotras, no es como si tuviese 25 – dijo Bea intentando defenderme un poco porque yo apenas podía hablar.
- Está bien – dijo Patri – qué le vamos a hacer, nuestra al final se ha enamorado de uno de ellos – dijo riéndose, y todas menos yo la siguieron riéndose también, pero en plan amigas, sin rencor ni malicia.
Yo no podía reírme, no le encontraba la gracia, de hecho no estaba enamorada. Checo era el mejor amigo chico que tenía en clase. Llevaba todo el curso sentado a mi lado y habíamos compartido un montón de situaciones y charlas porque yo le ayudaba en clase y él a mí en gimnasia.
Bueno, acababa de admitir frente a mis amigas que me gustaba Checo, pero sólo era eso, mi amigo y compañero de clase. Aunque era cierto que no era un amigo con quien quedar en el parque como lo hacía con ellas. No era un amigo con quien compartir las tardes de verano, ni siquiera en grupo, porque nosotras no éramos guays, no éramos populares, al menos yo no lo era.
Aquel verano de 1997 fue pasando. Maite tenía casa en la playa en un pueblo de Murcia, pero las demás veraneábamos en nuestros correspondientes pueblos, en casa de los abuelos y si había suerte coincidíamos allí con tíos y primos.
Ese era mi caso, mamá nos mandaba a María y a mí a casa de los abuelos un par de semanas en julio y un par de semanas en agosto. En agosto normalmente papá y ella tenían también vacaciones y también venían al pueblo. Nos lo pasábamos genial allí, pero era verdad que yo echaba de menos a mis amigas y quería volver a Madrid pronto. Cada semana que estaba en pueblo le enviaba una carta a Bea y otra a Lidia. No había mucho que contar, pero así nos manteníamos en contacto porque al estar fuera de Madrid las llamadas eran muy caras.
Después de las semanas de agosto que estuvimos en el pueblo, era hora de volver a Madrid. Había que preparar todo para empezar el segundo curso de instituto, comprar libros, material escolar, volver a verse con las amigas… y ahí estábamos de nuevo juntas Bea, Lidia y yo uno de los últimos días de agosto. Habíamos decidido quedar las tres solas, pasé a buscar a Lidia por su casa y después fuimos a casa de Bea, íbamos hacia el paseo y a lo lejos en la puerta del instituto vimos a un grupo de chicos.
- ¿Pasamos por allí a ver si está Checo? – dijo Bea dándome un codazo.
- No, por favor, no me hagáis pasar vergüenza que me muero – dije suplicando.
Pero dio igual, cada una enlazó un brazo suyo con uno mío y seguimos andando las tres juntas, riéndonos intentando hacer que no pasaba nada. Así, llegamos a la altura de la puerta del instituto y entre tantas cabezas identifiqué la de Checo por su pelo.
Nadie dijo nada. Ellos seguían a lo suyo y nosotras a lo nuestro, pero cuando pasamos justo a su lado, Checo levantó la mano para saludar aunque no dijo nada. Lidia y yo le devolvimos el saludo igual, con la mano, y sin darme cuenta una sonrisa se formó en mi cara. A una distancia prudencial Bea y Lidia empezaron a pincharme porque Checo me había saludado.
- Diossss… a veces me da vergüenza salir con vosotras – les dije. – Por favor, prometedme que no le vais a decir nada a nadie de que me gusta. Os conozco demasiado. No quiero que él lo sepa porque dejará de ser mi amigo – hice pucheros… me entristecía pensar en eso. – Por mucho que nos llevemos bien, piensa que soy más pequeña que él.
- Eres más joven que él – corrigió Lidia.
- Sí, bueno, díselo a él – dije demasiado rápido, y ella giró para ir hacia donde estaba el grupo – ¿¡Qué haces!? Vuelve aquí. – Le agarré de la camiseta y tiré de ella hasta que volvió a mi lado riéndose a carcajadas. – Jamás, por favor, jamás le digáis nada de mí, ni a él ni a sus amigos – las miré suplicante a las dos. Sonrieron y asintieron.
“Mierda” pensé, “en algún momento me arrepentiré de haberles dicho que Checo me gusta”.