Los días y las semanas seguían pasando. En el instituto la gente se volvió medio loca, querían organizar un baile de graduación, en plan película americana, pero el instituto no tenía infraestructura para albergar algo así. Hicieron hasta un comité para organizar el evento.
Al final lo consiguieron planificar bastante bien, hablaron con una sala de fiestas que había en el barrio a unos diez minutos del instituto y cerca del paseo del río. No se pudo alquilar la sala completa porque era muy grande y nos hubiese salido muy caro, así que se llegó a un acuerdo con la sala para que nos cerrasen la mitad de la sala para celebrar nuestro baile, y el resto podía ser ocupado por otras personas que iban ahí habitualmente a bailar y a divertirse. Todos los profesores del bachillerato y del último curso fueron invitados para que viniesen también al baile. La mayoría de los compañeros quedaron para ir a cenar juntos y después ir al baile, pero nosotras preferimos hacer una cena de chicas y dejamos que nuestro chef Roberto nos preparase la cena en casa de Lidia. Ahí estábamos las cuatro: Lucía, Bea, Lidia y yo, guapísimas todas con nuestros vestidos nuevos y nuestras sandalias de tacón, maquilladas y peinadas como si fuese una fiesta de fin de año. Roberto no nos dejó hacer nada, nos sentó en la mesa del salón y además de hacer de chef hizo de camarero, incluso nos había preparado sangría. Le tuvimos que obligar entre las cuatro a sentarse a cenar con nosotras, y nos costó mucho convencerle, menos mal que los besos de su hermana le ablandaron y por eso finalmente conseguimos hacer que se sentase en una silla. Fue una cena muy divertida, nos reímos mucho y también comimos mucho. Roberto nos iba a llevar en coche para que no anduviésemos mucho con los tacones, así que antes de salir de casa se cambió de ropa, él también se puso guapo con un pantalón n***o y una camisa blanca que le hacía parecer todo un rompecorazones. Salió de su habitación con una caja en las manos y dijo:
- Si este baile es una americanada, vamos a hacer que sea como en las películas.
Ninguna teníamos ni idea a qué se refería hasta que abrió la caja y una a una nos fue poniendo un broche de flores en la muñeca derecha. Todas le llenamos de besos.
- Ya, ya… que si me llenáis de marcas de pintalabios no voy a ligar nada esta noche – se rio.
Aquella noche él era nuestro gran héroe. Nos dijo que se quedaría un rato en la discoteca tomando una copa hasta asegurarse de que todo iba bien y luego se iría, pero le pedimos que se quedase en la parte de gente normal y no en la parte reservada para el instituto.
Roberto tenía un amigo que trabajaba en esa sala de fiestas, así que le dejó un sitio reservado para que aparcase el Mercedes n***o de sus padres justo en la puerta de la discoteca. Nos dijo que no saliésemos del coche hasta que él nos dijese. Se bajó y se puso una chaqueta negra, era el broche que le faltaba a su imagen de ligón. Se dirigió a la puerta del copiloto, la abrió y le tendió la mano a su hermana para que saliese. Qué caballeroso. Después abrió una de las puertas traseras y fue haciendo lo mismo con cada una de nosotras que íbamos en el asiento de atrás. Qué vergüenza, todos los que estaban en la puerta de la discoteca nos miraban. Roberto nos pidió que no nos riésemos y que estuviésemos serenas y sonrientes.
Lidia y Bea engancharon sus brazos a los de Roberto, yo me enganché a Lidia y Lucía a Bea. Y así caminamos los cinco hasta la puerta. Había dos filas para entrar, una para la gente del instituto y otra para la gente de fuera. Al entrar vimos a unos profesores que enseguida reconocieron a Roberto.
- Roberto, qué bien acompañado vas, no esperaba verte por aquí – dijo José. Había sido mi tutor en segundo curso, y en ese momento estaba hablando con una de las profesoras de biología y otra de inglés.
Los tres le saludaron y nosotras nos soltamos de sus brazos.
- ¿Qué clase de hermano mayor sería si no acompaño a mi hermana y sus amigas al baile y vigilo lo que hacen? – se rio y Lidia le dio un golpe en el brazo. – Está bien, me han hecho prometer que me mantendría alejado – dijo levantando las manos. Los profesores se rieron. – Me alegro de verles. Voy a saludar a unos conocidos y me paso a la zona adulta a tomar algo.
Le dimos un beso en la mejilla cada una y nos fuimos a la pista de baile.
Mamá me había hecho un vestido precioso, era azul cielo y había comprado una tela con brillo para que quedase más fino, era sencillo, con unos tirantes finitos, tenía el escote recto tapando el pecho, pero por la espalda era totalmente descubierto hasta la cintura, salvo por unas tiras finitas y cruzadas que salían de los tirantes, suficientes para que el vestido no se moviese de su sitio. De largo era por debajo de la rodilla y la falda tenía vuelo. María me había dejado unas sandalias de tacón fino blancas y unos pendientes de perlas que le regaló Pablo en su cumpleaños. Me dijo que no necesitaba más adornos. Con este vestido podría bailar toda la noche si quería, además como la discoteca estaba en el barrio, no nos habían puesto hora de llegar a casa, sólo habían dicho que teníamos que volver todas juntas.
La noche iba bien, nos lo estábamos pasando genial. A lo lejos pude ver a Roberto hablando con María y Pablo, ¿en serio? ¿ellos también habían venido a ver cómo iba el baile? María me miró y me saludó con la mano, pero después me dio la espalda como para decirme que no me preocupase que ella no me miraba. No pude aguantar la risa.
Lidia me pidió que le acompañara a por una copa, así que nos fuimos las dos hacia la barra a pedir unas bebidas. Mientras la camarera nos servía, Lidia me dijo con una sonrisa:
- Ha venido Checo. – Mi corazón se revolucionó.
- ¿Qué? – dije asustada. Lidia me intentó tranquilizar sujetándome la cara para que no girase a buscarle. – No puede ser. Aquí no tengo controladas las distancias. No puedo manejar eso y…
- Y… ¿qué? – dijo Lidia sonriendo. – No necesitas controlar nada. Sólo sé tú misma.
Desvió la mirada hacia donde habíamos estado bailando nosotras.
- Escucha, está en la otra zona hablando con mi hermano y con María. Yo necesito ir a ver a Juan, pero ellos han venido con el mismo grupo así que supongo que antes o después Checo cruzará a este lado para estar con sus amigos. – Lidia hizo una pausa y yo intenté respirar hondo para calmarme. – Vamos y te quedas con las chicas, yo estaré al lado con Juan, pero cuando Checo venga hacia el grupo vuelvo al baile contigo ¿te parece?
- Gracias, amiga – dije asintiendo, aunque no demasiado convencida.
Nos agarramos de la mano y fuimos con nuestras copas hacia nuestras posiciones de baile. Lidia me dejó disimuladamente de espaldas a donde estaba Checo y me apretó fuerte la mano antes de soltarme. Me quedé bailando con Bea y Lucía. Después de tres o cuatro canciones Lidia se unió a nosotras. Supe que ese era el momento crucial. Checo probablemente estaría detrás de mí porque ahí estaban sus amigos. Lidia me agarró y empezamos a bailar juntas haciendo pasos de baile que habíamos ido aprendiendo sobre la marcha y también al ver programas de videos musicales en la televisión. La canción terminó y nos echamos a reír las dos, en alguna vuelta había visto de refilón a Checo pero esos pasos de baile no me dejaban mirar mucho alrededor, así que realmente aún no habíamos cruzado miradas, mejor para mí porque estábamos realmente cerca.
Lidia y yo paramos a descansar un poco, pero empezaron a sonar los acordes de Suavemente de Elvis Crespo y era una de las canciones favoritas de Lidia. Así que volvió a agarrarme de la mano para empezar a bailar, pero vi llegar a Juan justo por detrás de Lidia y le sonreí mientras él agarraba la mano libre de Lidia y la hacía girar para bailar con ella esa canción.
Yo me giré hacia la derecha que era donde estaban Bea y Lucía bailando. Habían venido también Natalia y Rosi y estaban con ellas. Sabía que los chicos estaban en el lado de la izquierda así que era mejor ir hacia la derecha. Y cuando ya había dado el primer paso hacia mis amigas, lo noté.
Alguien agarró mi mano izquierda suavemente y otra mano tocó mi espalda baja empujándome despacio para hacer que me girase. Ese toque fue mágico, suave, dulce… un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Era la primera vez que alguien me tocaba así la espalda desnuda... el vestido era precioso y me encantaba, pero en este momento me arrepentí de que tuviese la espalda descubierta. Tuve miedo de averiguar quién era, aunque en el fondo ya lo sabía, mis amigas me miraban sonriendo ¿sería él? Solo había una forma de averiguarlo, pero me había quedado clavada en el suelo, era como si el tiempo se hubiese parado y la música hubiese dejado de sonar. Sentí otro suave empujoncito de su mano en mi espalda, también sentí su respiración al lado de mi oreja.
- Desi… – dijo esa voz que tan bien conocía, esa voz con la que tantas noches había soñado.
Entonces reaccioné, me giré para quedar frente a él. Cambió sus manos tomando mi mano derecha con su izquierda y poniendo su mano derecha sobre mi espalda baja, entonces coloqué mi mano izquierda sobre su pecho, sabía que era real pero necesitaba tocarle para terminar de creérmelo. Él no dijo nada más, sólo sonreía y me miraba a los ojos. Me dejé guiar por la pista de baile.
Nunca le había visto bailar así, quizás sí le vi mover los pies al ritmo de la música y dar alguna vuelta, pero nunca le había visto bailar de pareja con alguien y la verdad era que lo hacía muy bien, yo sólo me iba dejando llevar, él me daba vueltas, cambiaba el ritmo, cambiaba el agarre de derecha a izquierda, me separaba o me acercaba a él moviendo sus caderas. Yo intentaba seguir el ritmo y a la vez no pisarle. Estaba muy nerviosa, seguro que él lo notaba. No podía dejar de mirarle, y sentía mucho calor. Enlazamos dos o tres canciones de ritmo latino seguidas, sin hablar, solo bailando juntos, mirándonos a los ojos y sonriendo. Después de dar una última vuelta, necesitaba bajar un poco el ritmo de baile, así que clavé un poco los pies en el suelo para que él notase que necesitaba parar, acerqué mi cuerpo al suyo, puse mi mano izquierda sobre su pecho y apoyé mi cabeza a la altura de su clavícula mirando hacia su hombro y cerré los ojos. Con mi mano derecha guie su brazo hasta mi espalda baja y después uní mis manos en su espalda abrazándolo a la altura de la cintura. Estaba demasiado emocionada, demasiado ansiosa, necesitaba su abrazo, necesitaba sentirle conmigo una vez más. Noté que agachó su cabeza a la altura de la mía. Y susurró mi nombre:
- Desi…
- Shhh… no hables todavía, por favor – le dije sin apenas moverme.
Como si el DJ nos estuviese espiando, empezó a sonar una canción romántica. Checo empezó a mover sus pies en un dulce baile. Seguíamos siendo sólo nosotros dos, lo demás no importaba. Abrí los ojos y giré mi cabeza para quedar mirando a su cuello y volví a apoyarme en su clavícula. Vi como a unos metros de distancia Lidia movía sus manos como aplaudiendo pero sin que nadie se diese cuenta. Me hizo sonreír. Respiré profundo el perfume del chico que me estaba abrazando y lo recordé.
- Has cambiado de perfume – le dije. – Éste me gusta más. – Noté el ruido de su pecho al reírse de mi comentario.
- Desi… – soltó una mano de su abrazo y con sus dedos levantó mi cara para que le mirase. Sentía nervios en su cara, sonreía pero no era una sonrisa feliz como mientras bailábamos. – Tengo que decirte algo. – Puse dos dedos en sus labios para indicarle que no hablase.
- No rompas mi corazón de nuevo. No ahora que estoy empezando a recuperarlo…
Noté que empezaban a aparecer lágrimas en mis ojos, y no quería llorar, no ese día, no en ese momento, no después de pasar media noche bailando con él.
- Ojalá supiese cómo decirte lo que tengo que decirte sin lastimarte. Créeme que lo que más quiero en este momento es hacerte feliz… pero una cosa es lo que quiero y otra es lo que debo hacer – besó mi frente y volvió a abrazarme fuerte. – ¿Nos sentamos un rato para poder hablar, por favor?
Asentí nerviosa, no quedaba más remedio si quería saber exactamente a qué se refería. Al final de la sala, fuera de la pista de baile había una zona con mesas y sillas, estaba menos iluminada que la pista pero no importaba. Fuimos hacia allí agarrados de la mano, andando lentamente, con nuestros dedos entrelazados. Nos sentamos uno al lado del otro sin soltar nuestras manos.
- Tengo miedo… – le dije bajando la mirada a la mano que tenía libre, empecé a jugar con el dobladillo del vestido.
- Desi, por favor, mírame – me rogó levantando mi barbilla con su mano libre, la otra no soltaba la mía. – Lo que tengo que decirte ya lo he hablado antes con Roberto y con María.
- ¿Qué? ¿Se lo has dicho a ellos? – me asusté, ¿qué podía ser tan grave como para que se lo dijese a ellos primero?
- María tenía que saberlo. Es tu hermana y es con quien más tiempo pasas. – Suspiró. – Ella me pidió que te hiciese feliz antes de decirte nada.
La busqué con la mirada. La encontré bailando abrazada de Pablo pero me miraba a mí. La vi sonreír, y pensé que intentaba mandarme fuerzas para la conversación que se acercaba. Volví a mirar a Checo.
- Lo has conseguido – le dije. – Creo que bailar contigo ha sido el momento más feliz de mi vida. Pero ahora… – cogí aire – ahora no sé si aferrarme a esa felicidad o si ponerme a llorar.
- No llores, princesa. Déjame contarte…
Estuvimos en silencio durante unos minutos. Nos mirábamos a los ojos, yo estaba nerviosa pero él tenía un debate interno que se veía desde afuera, se notaba que le estaba costando encontrar las palabras. Le di un suave apretón en la mano animándole a hablar mientras yo intentaba hacerme la fuerte. Carraspeó un poco, tomó aire y volvió a mirarme.
- Desi… me gustas, me gustas demasiado – tragó saliva. – Me gustas como mucho más que la amiga que eras para mí. Me di cuenta antes de dejar el instituto. Pero eras tan buena, tan tierna, tan dulce… Además, tú eras menor de edad…
- Aún lo soy – le interrumpí – aún quedan unos meses para que cumpla 18 años.
- No importa, princesa. Te conocí siendo una niña y yo ya era un cabrón. Te vi crecer y ahí fue cuando me di cuenta de que me gustabas cada vez más. No solo físicamente, recuerdo cómo te ponías roja cuando te hablaba, recuerdo cómo te ponías nerviosa si tenías que hablarme tú a mí, recuerdo cuando venías a estudiar conmigo a casa en primero y como al curso siguiente fui incapaz de pedirte que siguieses viniendo. Ahí fue cuando me di cuenta de que si seguíamos así te enamorarías de mí. Tu corazón era tan puro y yo había vivido tantas cosas que tú todavía no… – volvió a pausar su discurso. – Después pasó lo que pasó en clase y me di cuenta de que no había estado para ti cuando más necesitabas un amigo. Le pedí a Borja que cuidase de ti en tercero. – Tapé mi cara con mi mano libre, así que mis sospechas eran reales. – Sabía que no lo necesitarías, pero tenía que asegurarme de que estuvieses bien y nadie te hiciese llorar. Y… el año pasado en mi cumpleaños la cagué. Llevábamos mucho tiempo sin vernos. Verte en el parque fue el mayor regalo que pude imaginarme, pero la cagué, metí la pata hasta el fondo...
- No sigas por favor… – una lágrima cayó por mi mejilla.
Él la secó con su pulgar y pestañeé varias veces para que no cayesen más.
- Déjame terminar por favor… – me miró suplicante y asentí. – Sé que aquella noche había bebido de más, pero recuerdo perfectamente tus palabras, dijiste que yo no te dejaría ser la persona que tú querías ser para mí… En ese momento entendí todo el daño que yo te había hecho. Finalmente te enamoraste de mí, aunque yo intenté que no lo hicieses y te rompí el corazón. Necesitaba pedirte perdón y no sabía cómo hacerlo… llamé un par de veces a tu casa pero María me dijo que no te iba a decir nada.
- ¿Qué? ¿Llamaste?
- Sólo dos veces… María me pidió que no volviese a llamar. – Se pasó la mano por su pelo y continuó. – Supe que no me habías perdonado porque ni quiera respondías mis saludos cuando nos cruzábamos. Sé que no merecía tu perdón. Y entonces, hace unos meses volviste a saludarme, volviste a sonreírme… Dios, me encanta tu sonrisa y me encanta verte bailar subida a ese escenario. Y… cada vez que te veo pienso que pudimos ser felices juntos pero en vez de pedirte salir, la cagué y te hice daño en lo más bueno y puro que tienes, en tu corazón. – Ahora una lágrima resbaló por su mejilla y yo la limpié, él levantó su mano y sujetó la mía apoyada en su mejilla, giró un poco la cara y besó la palma de mi mano. – Lo que necesito decirte es… que sé que debo alejarme, debo dejarte volar para que puedas ser feliz del todo.
- No… No… No… – dije mientras negaba con la cabeza y mis lágrimas empezaban a salir.
- No llores, Desi… princesa… – me sostuvo la cara con sus dos manos limpiando todas mis lágrimas. – En el ejército he encontrado mi sitio, Desi. Me encuentro muy a gusto trabajando allí, pero he pedido destino fuera de Madrid y me marcho en dos semanas. Así no nos veremos tanto y te dejaré espacio para que recuperes tu corazón y tu felicidad. Conviértete en la gran mujer que sé que puedes llegar a ser, ve a la universidad, termina tus estudios y persigue tus sueños. Sé que lo conseguirás.
Ambos lloramos después de esas palabras. Nos abrazamos. No fui consciente de cuánto tiempo estuvimos abrazados, pero sentí que alguien se agachaba a nuestro lado, abrí los ojos y ahí estaba María, me metió un mechón de pelo suelto por detrás de la oreja y me sonrió tiernamente.
- ¿Me acompañas al aseo Desi? Creo que hay que retocar un poco ese maquillaje – me dijo dando unos golpecitos en su bolso.
- No… quiero quedarme aquí – susurré.
- Yo también voy al aseo, pero después te esperaré aquí mismo. – Checo se separó un poco de mí, besó mi frente.
- No te vayas, por favor – le miré suplicante.
- Aquí estaré esperándote, princesa. – Pasó sus dedos por mis mejillas limpiando la humedad que dejaron las lágrimas.
Me dejé llevar por María hacia los aseos de la discoteca. Ella me abrazó durante un buen rato, pero intenté evitar llorar de nuevo. María me ayudó a limpiar el maquillaje que se había corrido con las lágrimas, después sacó su estuche de pinturas y me pintó los ojos de tonos suaves para que no se notase demasiado y le diese un aire más fresco a mi cara. Me echó un poquito de agua fresquita en el cuello y en la nuca.
- ¿Estás segura de que quieres quedarte más rato? – me preguntó María.
- Un poco, quizás no mucho – le contesté. – Me gustaría volver a bailar con él una última canción.
- Baila muy bien ¿verdad? – se rio María, yo asentí sonriendo. Y después salimos del aseo juntas.
Checo estaba justo donde dijo que esperaría. Pablo estaba hablando con él, tenía una mano puesta sobre el hombro de Checo como si le estuviese consolando.
Llegamos a su lado y María preguntó intentando dar un toque de alegría al ambiente:
- ¿Un último baile antes de irnos? – Pablo asintió y la tomó de la mano para tirar de ella hacia la pista de baile.
- ¿También quieres bailar? – me preguntó Checo. Sonreí.
- Sólo si es contigo.
Él me devolvió la sonrisa y seguimos los pasos de Pablo y María hacia la pista de baile.
Bailamos un par de canciones seguidas. Volvimos a bailar mirándonos a los ojos y sonriendo de vez en cuando, aunque eran sonrisas mucho menos felices que las del resto de la noche. Dejamos de seguir el ritmo de la música y volvimos a bailar lento abrazados por nuestras cinturas. El resto del mundo dejó de existir de nuevo, sólo éramos nosotros dos.
- Muero de ganas por besarte, Desi – me dijo en un susurro.
- Yo nunca… – empecé a decir mientras agachaba la mirada.
- Eso no importa. Lo único que importa es si tú quieres.
Volví a mirarle a los ojos y moví mis brazos para ponerlos alrededor de su cuello. A pesar de mis sandalias de tacón, me empiné un poco más sobre las puntas de mis pies y apoyé mis labios en los suyos. Fue un beso tierno, suave, no sabía bien lo que estaba haciendo, pero quería sentir sus labios en los míos. Ninguno de los dos se movió lo más mínimo. Mantuvimos nuestros labios unidos durante lo que pareció bastante rato. Ambos supimos que ese era el momento de la despedida. Volví a poner los tacones en el suelo y él se agachó un poco para apoyar su frente en la mía.
Cerré los ojos antes de hablar.
- Espero que haya sido suficiente para ti.
- Fue perfecto. – Susurró, yo sonreí sin abrir los ojos. – Siempre serás mi princesa, Desi – me susurró.
- Y tú siempre serás mi amor.
Abrí mis ojos para mirarle una última vez. Su mirada parecía enamorada, pero se le habían vuelto a poner los ojos vidriosos por las lágrimas que se formaban de nuevo. Acaricié suavemente su cara y me separé de él. Seguramente no volvería a verle en mucho tiempo. Nuestro momento había pasado ya, esa noche tenía que terminar todo. Me sorprendió no sentirme tan rota por dentro, aunque aún tenía que procesar todo lo que había pasado. María me acompañó a la salida y Pablo fue a buscar a las chicas para decirles que nos íbamos para casa.